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Aledo Luís Meloni: Diálogo con el último mito viviente de la literatura chaqueña, Vidal Mario. - 29/05/06 (Argentina)
 

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Aledo Luís Meloni: Diálogo con el último mito viviente de la literatura chaqueña, Vidal Mario. - 29/05/06 (Argentina)


Aledo Luís Meloni: Diálogo con el último mito viviente de la literatura chaqueña

por Vidal Mario

Próximo a cumplir 94 años, Aledo Luís Meloni recibió, el pasado 24 de mayo, el título de doctorado honoris causa de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Subió al estrado con su timidez a cuesta y su aire de bondadoso patriarca y abuelo bonachón. El cerrado aplauso de la multitud que se congregó en el Aula Magna de la UNNE avaló la entrega - por parte del Rector, arquitecto Oscar Vicente Valdéz, - de la última distinción que tal vez le faltaba cosechar en el campo de las letras. No faltó nadie de los que debían y querían estar, incluidas altas autoridades políticas de Chaco y Corrientes y de la Academia Argentina de Letras. Habló durante algunos minutos sobre el arte de la poesía para terminar asegurando, con su típica humildad, que lo que se le entregaba era "una distinción inmerecida". Escribió más de 17 libros de poemas y coplas, muchas de las cuales fueron musicalizadas y otras integran textos de estudio y programas escolares. Pero él sigue insistiendo en que lo único que hizo en su vida fue "robarle un poco de fuego poético a los dioses".
Éste diálogo a fondo con el poeta abre para el lector las puertas de la vida y obra de quien es considerado el último mito viviente de la literatura chaqueña.

Usted llegó al Chaco, un día ya lejano, "procedente del corazón pampeano", como acostumbra decir. ¿Qué significa eso?

Vine a este mundo a través de Buenos Aires. Mis documentos dicen que nací en Bolívar. La verdad es que mi primer llanto se escuchó en una de las estaciones del Ferrocarril Midland, que salía del puente Alsina e iba a Carhué, un balneario de agua salada. Mi padre era inspector de vías y nací en una estación que se llamaba María Lucila, el 1 de agosto de 1912. Me bautizaron recién a los cuatro años porque aquellos pagos eran tan pobres que ni cura tenían.

También suele recordar, en rueda de amigos, que su infancia transcurrió en una estancia.

La estancia Hueited, una de las más grandes de la época. Allí lo vi a Alvear luego de ser electo presidente, en 1922. Él era sobrino de la dueña de la estancia. En 1925 estuvo también el príncipe de Gales, futuro rey de Inglaterra, aquel que abdicó para casarse con la plebeya Simpson. A éste no lo vi porque, adorador del alcohol como era, se pegó una borrachera fenomenal. Los vaqueanos habían organizado en su homenaje toda suerte de pruebas de destreza. Pero él no vio nada. No pudo salir afuera,. De tan borracho que estaba. Sí lo vi a Carlos Gardel, que lo acompañaba. El "Zorzal Criollo", con una estampa que mataba, aplaudía todas las destrezas que los arrieros hacían delante suyo.

¿Cómo fue a parar su familia, humilde, a esa estancia tan poderosa?

Mi padre arrendó cien hectáreas dentro de la estancia, renunció a su trabajo en el ferrocarril y fuimos todos para allá. Eramos nueve hermanos. Por eso alguna vez dije que de niño había sido "boyero de chacra". Antes de los siete años me pusieron a cuidar animales. Ya adolescente descubrí que no quería ser boyero el resto de mi vida. Quería ser maestro. Así que estudié con los curas salesianos, hasta que me recibí en 1933. En aquel tiempo y en aquellos campos pampeanos estudiar era una odisea, pero llegué a la meta. Alcancé mi ansiado título de maestro y comencé a enseñar en La Pampa y Santa Fe. En 1937 pedí ser maestro nacional, me nombraron y me preguntaron dónde quería ser destinado. "Donde caiga", respondí.

Y cayó en el Chaco...
Cosas que tiene el destino. El 3 de julio de 1937 me llama el secretario del Consejo Nacional de Educación y me dice: "Usted ha sido nombrado maestro nacional. Va a ir al Territorio Nacional del Chaco". Me preguntó si conocía el Chaco y contesté que no. "Lo vamos a mandar a un lugar muy lindo que se llama Campo del Cielo", agregó. En aquel tiempo el actual Departamento 12 de Octubre del Chaco se denominaba Departamento Campo del Cielo. Recuerdo que después, cuando pisé ese territorio, no pude menos que exclamar: "Si Campo del Cielo es así, ¡cómo será Pampa del Infierno!". Vine en barco y el resto del trayecto lo hice en tren.

¿En qué lugar se levantaba su escuela?

En General Pinedo, 17 kilómetros monte adentro. Empecé a enseñar allí el 21 de julio de 1937. Algunos amigos porteños me habían advertido que el Chaco no era para flojos y la realidad se encargó de demostrarme que aquellos amigos míos no me habían mentido. Me dio la bienvenida una sequía espantosa. La gran sequía del año 1937 fue seguramente la más grave que haya padecido aquella región. Fue entonces que lancé esa desdichada frase "si Campo del Cielo es así, ¡cómo será Pampa del Infierno!".

¿Qué memoria tiene hoy de aquella pequeña escuela rural?

Los que viví allí fueron algunos de los años más hermosos de mi vida. Y la escuela, ¡ah, la escuelita!. A mis alumnos con sus guardapolvos blancos me parece verlos todavía. Unos años atrás les dediqué este poema que titulé País de Dios: "La escuela en el umbral de la mañana/suelta la alondra de su voz y espera/. Por caminos de chacras y senderos de monte/la risa al aire azul, los niños llegan.../.Traen prendido en cada guardapolvo/el júbilo del día, como una escarapela/. Gracias al claro sortilegio de su risa/ mi corazón desanda calendarios de arena/. Se desnuda de toda su malicia/y la abandona al sol, como una capa vieja/. Y entra purificado y simple, de ocho a doce,/ en el País de Dios, en la inocencia".

¿Qué suponía, en aquellos tiempos, social y económicamente, ser maestro?

Los empleados de banco y los maestros éramos los preferidos de las chicas. Eso da una pauta de nuestra valía social. Teníamos sueldo bueno y seguro. Se suponía también que, siendo maestros, debíamos ser caballeros finos y cultos. De modo que se nos consideraba excelentes partidos para toda casamentera que anduviera suelta por ahí. Como maestro empecé ganando 193,20 pesos. La pensión con desayuno, almuerzo y cena me salía 45 pesos mensuales. El lavado de ropa, 5 pesos por mes. La cuestión era que 50 pesos por mes me alcanzaban para vivir. Me sobraban 143,20 pesos que, como no tenía cómo ni en qué gastar, los ahorraba.

¿Toda su carrera de maestro de campo transcurrió en esa escuela de General Pinedo?

A un año de mi llegada abrieron otra a unos cinco kilómetros de distancia, en una colonia de rusos alemanes llamada San Antonio. Era la Escuela N° 378 y fui su primer director. Me hice cargo de la misma el 18 de noviembre de 1938. De los 34 alumnos que tuve inicialmente 30 no sabían hablar castellano. Hablaban el idioma de sus padres.

¿Se despidió entonces, para siempre, de la otra escuela?

La verdad es que por una razón muy especial no podía cortar el cordón umbilical que me unía a mi anterior escuela. Mi lugar fue ocupado por una maestra que vino de Corrientes, la señorita Nydia Gutierrez. Esa maestrita me gustaba de veras. Así que todos los días ensillaba mi caballo, que ya sabía para dónde rumbear, para ir a verla. Nos pusimos de novio, nos casamos y vivimos en mi escuela.

Su poema "Distancia" parece recordar aquellos cotidianos galopes hacia la casa de su enamorada.

Si, lo recordé de ésta manera: "En la polvareda verde/ de algarrobos y quebrachos,/desde mi escuela a tu escuela/ hay una legua de canto./Si lo sabremos/ yo y mi caballo.../ Y en la polvareda oscura/ de la noche, paso a paso,/ hay de tu escuela a mi escuela/ diez leguas de sobresalto./ Si lo sabremos/yo y mi caballo...".

¿Cuántos años duró su vida de maestro rural?

Desde 1937 a 1956. Ese año nombraron a mi amigo Guido Miranda interventor en la Inspección de Escuelas Nacionales Seccional Resistencia. Fue a verme y me dijo que me necesitaba como secretario suyo. Me negué rotundamente. "¿Qué voy a ir a hacer allá?. Soy maestro de campo. No sirvo para otra cosa", le dije. Pareció que todo había quedado allí. Pero un día recibo un telegrama. Me trasladaban a Resistencia, como secretario técnico de la Inspectoría de Escuelas Nacionales. No tuve más remedio que juntar mis calchas y rumbear para la capital. El 14 de abril de 1956, con un miedo pánico, empecé mi nueva vida laboral. Me jubilé allí, en 1964.

También trabajó en una biblioteca pública. ¿Es así?

En la Biblioteca Pública "Leopoldo Herrera", de Resistencia, después de mi jubilación. Estuve ligado a esa institución durante un año y ocho meses. En ese tiempo redacté 10.037 fichas de artículos del diario "La Prensa", de Buenos Aires, que hablaban del Chaco y el noreste argentino en general.

¿En qué momento el maestro rural se convirtió en poeta?

Soy maestro rural, no poeta. Intento serlo, pero no lo consigo. Lo único que hago es robarles de vez en cuando un poco de fuego poético a los dioses. Antes les robaba más seguido y por mi corazón todavía joven fluían las coplas y poemas. Tanto que un día escribí: "Por amor y por costumbre/ llevo una copla conmigo: Primero en el corazón/ después en el bolsillo". Ahora, próximo a cumplir 94 años y ya cansado, tanto mi poesía como yo andamos como podemos, no como queremos. "Trabajosamente/ empujo mi canto:/ Sueño a sueño,/ vocablo a vocablo".

El doctorado honoris causa de la Universidad Nacional del Nordeste que se le otorgó el pasado 24 de mayo habla de un rotundo reconocimiento a su impresionante proyección literaria. ¿Qué otras distinciones ha recibido?

En 1982 el gobierno de Italia me confirió el título de Caballero al Mérito. En 1992 la Academia Argentina de Letras me designó miembro correspondiente. En 1994 la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) me entregó una medalla de oro durante un acto realizado en Buenos Aires. Una biblioteca de Resistencia lleva mi nombre. Le pusieron mi nombre a un certamen literario que cada año realiza la Subsecretaría del Chaco. Al complejo cultural y deportivo de General Pinedo también le han puesto mi nombre.

Se comenta que rechazó un proyecto de bautizar con su nombre a una escuela de Resistencia. ¿Por qué declinó esa invitación?

En mis tiempos el Digesto de Educación Común exigía que para poner el nombre de alguien a una escuela el candidato al homenaje debía acreditar diez años de muerto. Obviamente, no reúno tal requisito. Si diez años después de mi muerte alguien todavía se acuerda de mí, entonces que le pongan Aledo Luís Meloni a cualquier escuela que se les ocurra. Ya no estaré allí para oponerme.

¿En qué momento cree usted que comenzó su vida de coplero?

Me parece que fue durante una siesta de cuarenta grados, en Colonia San Antonio. Hojeando una revista descubrí una poesía de Antonio Machado. Una estrofa me impactó: "Nosotros exprimimos/ la penumbra de un sueño en nuestro vaso,/ y algo, que es tierra en nuestra carne, siente/ la humedad del jardín como un halago". Descubrí que ese era el estilo, el camino, que andaba buscando, y comencé mi propio camino.

¿De qué hablan sus coplas y sus versos?

De las profundas verdades de la condición humana y de ésta geografía caliente "que amo con fervor de labriego", como escribí alguna vez. En cada poema y en cada copla, he querido ser intérprete de mi propio sentimiento, que es ser intérprete del sentimiento de los demás. Mis temas tocan los días del ayer, lo cotidiano y las cosas del alma.

El próximo 1° de agosto cumplirá usted 94 años. ¿Alguna vez ha reflexionado, literariamente, sobre la vejez?

Hace tiempo que vengo expresando mis pensamientos sobre la ancianidad. Lo hago, claro, a través de coplas. Una vez escribí: "Al hombre cuando envejece/ rara tristeza lo embarga:/ es la tristeza divina/ de no asombrarse de nada". También llegué a la conclusión de que "el hombre llega al otoño/ como a una tierra de nadie:/ para morir es muy pronto/ y para amar es muy tarde". De todos modos, creo que el ocaso no tiene por qué ser tomado como una tragedia o como un día gris de otoño. Algo del antiguo fuego juvenil debe quedar en el corazón. En lo que a mí concierne, "Aunque la escarcha me cubra/ por dentro y por afuera,/ hoy quiero mirar la vida/con ojos de primavera".

Dios también aparece con mucha frecuencia en sus coplas. ¿Por qué tanta insistencia?

A que soy un hombre de profunda devoción religiosa. Creo que todos, en el fondo, somos así. Hasta en un ateo hay un creyente escondido. "En una fuente escondida/ abreva la sed de Dios/ si alguien no encuentra la fuente/ la sueña con su corazón", escribí alguna vez.

¿Ha vuelto alguna vez a Colonia San Antonio, a su antigua escuelita, a General Pinedo, su pueblo adoptivo?

Siempre estoy volviendo, últimamente ya solamente por el camino de los recuerdos y de la nostalgia. Recuerdo a General Pinedo en poemas como éste: "En una vía muerta, en su ayer detenido/ está mi pueblo: el de mi huella y de mi sombra;/ el de mi amor y de mi olvido./ Cuando mi corazón quiere soñar, lo nombra".

Hay una copla que usted dedicó al oficio de Corrector. ¿A qué se debió esa dedicatoria?

Ese poema decía, en una de sus estrofas, "Señor, mi oficio no es bueno,/ pues busco, obstinado y frío,/ la paja en el ojo ajeno/ y no la viga en el mío". Esa dedicatoria se debió a que también dediqué veinticinco años de mi vida en trabajar como Corrector en los diarios "El Territorio", ya desaparecido, y "Norte", ambos de Resistencia. Comencé en "El Territorio" en octubre de 1963 y estuve allí cinco años. En 1968 me incorporé a "Norte", fundado el 1° de julio de ese año. Pasé veinte felices años en éste diario, hoy el más importante del noreste argentino.

Finalmente, ¿qué mensaje lanzaría usted a los nuevos escritores y periodistas?

Que sean fieles a sí mismo. Consecuentes con sus pensamientos. Que hagan un culto de la palabra empeñada y de la ética. En mi lenguaje coplero les diría, también, que recuerden esto: "Si no borras con el codo, lo que escribes con la mano,/ tal vez no sueñes en vano, tal vez no mueras del todo".




 

 

 

 

 

Gentileza:: vidal mario

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