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Discurso de aceptación del
Premio Nóbel*
por José
Saramago.
El hombre más sabio que he
conocido en toda mi vida no
sabía leer ni escribir. A las
cuatro de la madrugada, cuando
la promesa de un nuevo día aún
venía por tierras de Francia, se
levantaba del catre y salía al
campo, llevando hasta el pasto
la media docena de cerdas de
cuya fertilidad se alimentaban
él y la mujer. Vivían de esta
escasez mis abuelos maternos, de
la pequeña cría de cerdos que
después del desmame eran
vendidos a los vecinos de la
aldea. Azinhaga era su nombre,
en la provincia del Ribatejo. Se
llamaban Jerónimo Melrinho y
Josefa Caixinha esos abuelos, y
eran analfabetos uno y otro. En
el invierno, cuando el frío de
la noche apretaba hasta el punto
de que el agua de los cántaros
se helaba dentro de la casa,
recogían de las pocilgas a los
lechones más débiles y se los
llevaban a su cama. Debajo de
las mantas ásperas, el calor de
los humanos libraba a los
animalillos de una muerte
cierta. Aunque fuera gente de
buen carácter, no era por
primores de alma compasiva por
lo que los dos viejos procedían
así: lo que les preocupaba, sin
sentimentalismos ni retóricas,
era proteger su pan de cada día,
con la naturalidad de quien,
para mantener la vida, no
aprendió a pensar mucho más de
lo que es indispensable. Ayudé
muchas veces a éste mi abuelo
Jerónimo en sus andanzas de
pastor, cavé muchas veces la
tierra del huerto anejo a la
casa y corté leña para la
lumbre, muchas veces, dando
vueltas y vueltas a la gran
rueda de hierro que accionaba la
bomba, hice subir agua del pozo
comunitario y la transporté al
hombro, muchas veces, a
escondidas de los guardas de las
cosechas, fui con mi abuela,
también de madrugada,
pertrechados de rastrillo, paño
y cuerda, a recoger en los
rastrojos la paja suelta que
después habría de servir para
lecho del ganado. Y algunas
veces, en noches calientes de
verano, después de la cena, mi
abuelo me decía: "José, hoy
vamos a dormir los dos debajo de
la higuera". Había otras dos
higueras, pero aquélla,
ciertamente por ser la mayor,
por ser la más antigua, por ser
la de siempre, era, para todas
las personas de la casa, la
higuera. Más o menos por
antonomasia, palabra erudita que
sólo muchos años después
acabaría conociendo y sabiendo
lo que significaba. En medio de
la paz nocturna, entre las ramas
altas del árbol, una estrella se
me aparecía, y después,
lentamente, se escondía detrás
de una hoja, y, mirando en otra
dirección, tal como un río
corriendo en silencio por el
cielo cóncavo, surgía la
claridad traslúcida de la Vía
Láctea, el camino de Santiago,
como todavía le llamábamos en la
aldea. Mientras el sueño
llegaba, la noche se poblaba con
las historias y los sucesos que
mi abuelo iba contando:
leyendas, apariciones, asombros,
episodios singulares, muertes
antiguas, escaramuzas de palo y
piedra, palabras de antepasados,
un incansable rumor de memorias
que me mantenía despierto, al
mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba
cuando descubría que me había
dormido, o si seguía hablando
para no dejar a medias la
respuesta a la pregunta que
invariablemente le hacía en las
pausas más demoradas que él,
calculadamente, le introducía en
el relato: "¿Y después?". Tal
vez repitiese las historias para
sí mismo, quizá para no
olvidarlas, quizá para
enriquecerlas con peripecias
nuevas. En aquella edad mía y en
aquel tiempo de todos nosotros,
no será necesario decir que yo
imaginaba que mi abuelo Jerónimo
era señor de toda la ciencia del
mundo. Cuando, con la primera
luz de la mañana, el canto de
los pájaros me despertaba, él ya
no estaba allí, se había ido al
campo con sus animales,
dejándome dormir. Entonces me
levantaba, doblaba la manta, y,
descalzo (en la aldea anduve
siempre descalzo hasta los
catorce años), todavía con pajas
enredadas en el pelo, pasaba de
la parte cultivada del huerto a
la otra, donde se encontraban
las pocilgas, al lado de la
casa. Mi abuela, ya en pie desde
antes que mi abuelo, me ponía
delante un tazón de café con
trozos de pan y me preguntaba si
había dormido bien. Si le
contaba algún mal sueño nacido
de las historias del abuelo,
ella siempre me tranquilizaba:
"No hagas caso, en sueños no hay
firmeza". Pensaba entonces que
mi abuela, aunque también fuese
una mujer muy sabia, no
alcanzaba las alturas de mi
abuelo, ése que, tumbado debajo
de la higuera, con el nieto José
al lado, era capaz de poner el
universo en movimiento apenas
con dos palabras. Muchos años
después, cuando mi abuelo ya se
había ido de este mundo y yo era
un hombre hecho, llegué a
comprender que la abuela,
también ella, creía en los
sueños.
Otra cosa no podría significar
que, estando sentada una noche,
ante la puerta de su pobre casa,
donde entonces vivía sola,
mirando las estrellas mayores y
menores de encima de su cabeza,
hubiese dicho estas palabras:
"El mundo es tan bonito y yo
tengo tanta pena de morir". No
dijo miedo de morir, dijo pena
de morir, como si la vida de
pesadilla y continuo trabajo que
había sido la suya, en aquel
momento casi final, estuviese
recibiendo la gracia de una
suprema y última despedida, el
consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de
una casa, como no creo que haya
habido alguna otra en el mundo,
porque en ella vivió gente capaz
de dormir con cerdos como si
fuesen sus propios hijos, gente
que tenía pena de irse de la
vida sólo porque el mundo era
bonito, gente, y ése fue mi
abuelo Jerónimo, pastor y
contador de historias, que, al
presentir que la muerte venía a
buscarlo, se despidió de los
árboles de su huerto uno por
uno, abrazándolos y llorando
porque sabía que no los volvería
a ver.
Muchos años después, escribiendo
por primera vez sobre éste mi
abuelo Jerónimo y ésta mi abuela
Josefa (me ha faltado decir que
ella había sido, según cuantos
la conocieron de joven, de una
belleza inusual), tuve
conciencia de que estaba
transformando las personas
comunes que habían sido en
personajes literarios y que ésa
era, probablemente, la manera de
no olvidarlos, dibujando y
volviendo a dibujar sus rostros
con el lápiz siempre cambiante
del recuerdo, coloreando e
iluminando la monotonía de un
cotidiano opaco y sin
horizontes, como quien va
recreando sobre el inestable
mapa de la memoria, la
irrealidad sobrenatural del país
en que decidió pasar a vivir. La
misma actitud de espíritu que,
después de haber evocado la
fascinante y enigmática figura
de un cierto bisabuelo berebere,
me llevaría a describir más o
menos en estos términos un viejo
retrato (hoy ya con casi ochenta
años) donde mis padres aparecen.
"Están los dos de pie, bellos y
jóvenes, de frente ante el
fotógrafo, mostrando en el
rostro una expresión de solemne
gravedad que es tal vez temor
delante de la cámara, en el
instante en que el objetivo va a
fijar de uno y del otro la
imagen que nunca más volverán a
tener, porque el día siguiente
será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho
en una alta columna y sostiene
en la mano izquierda, caída a lo
largo del cuerpo, una flor. Mi
padre pasa el brazo por la
espalda de mi madre y su mano
callosa aparece sobre el hombro
de ella como un ala. Ambos pisan
tímidos una alfombra floreada.
La tela que sirve de fondo
postizo al retrato muestra unas
difusas e incongruentes
arquitecturas neoclásicas". Y
terminaba: "Tendría que llegar
el día en que contaría estas
cosas. Nada de esto tiene
importancia a no ser para mí. Un
abuelo berebere, llegando del
norte de Africa, otro abuelo
pastor de cerdos, una abuela
maravillosamente bella, unos
padres graves y hermosos, una
flor en un retrato ¿qué otra
genealogía puede importarme? ¿en
qué mejor árbol me apoyaría?".
Escribí estas palabras hace casi
treinta años sin otra intención
que no fuese reconstituir y
registrar instantes de la vida
de las personas que me
engendraron y que estuvieron más
cerca de mí, pensando que no
necesitaría explicar nada más
para que se supiese de dónde
vengo y de qué materiales se
hizo la persona que comencé
siendo y ésta en que poco a poco
me he convertido. Ahora descubro
que estaba equivocado, la
biología no determina todo y en
cuanto a la genética, muy
misteriosos habrán sido sus
caminos para haber dado una
vuelta tan larga. A mi árbol
genealógico (perdóneseme la
presunción de designarlo así,
siendo tan menguada la sustancia
de su savia) no le faltaban sólo
algunas de aquellas ramas que el
tiempo y los sucesivos
encuentros de la vida van
desgajando del tronco central.
También le faltaba quien ayudase
a sus raíces a penetrar hasta
las capas subterráneas más
profundas, quien apurase la
consistencia y el sabor de sus
frutos, quien ampliase y
robusteciese su copa para hacer
de ella abrigo de aves
migratorias y amparo de nidos.
Al pintar a mis padres y a mis
abuelos con tintas de
literatura, transformándolos de
las simples personas de carne y
hueso que habían sido, en
personajes nuevamente y de otro
modo constructores de mi vida,
estaba, sin darme cuenta,
trazando el camino por donde los
personajes que habría de
inventar, los otros, los
efectivamente literarios,
fabricarían y traerían los
materiales y las herramientas
que, finalmente, en lo bueno y
en lo menos bueno, en lo
bastante y en lo insuficiente,
en lo ganado y en lo perdido, en
aquello que es defecto pero
también en aquello que es
exceso, acabarían haciendo de mí
la persona en que hoy me
reconozco: creador de esos
personajes y al mismo tiempo
criatura de ellos. En cierto
sentido se podría decir que,
letra a letra, palabra a
palabra, página a página, libro
a libro, he venido,
sucesivamente, implantando en el
hombre que fui los personajes
que creé. Considero que sin
ellos no sería la persona que
hoy soy, sin ellos tal vez mi
vida no hubiese logrado ser más
que un esbozo impreciso, una
promesa como tantas otras que de
promesa no consiguieron pasar,
la existencia de alguien que tal
vez pudiese haber sido y no
llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con
claridad quiénes fueron mis
maestros de vida, los que más
intensamente me enseñaron el
duro oficio de vivir, esas
decenas de personajes de novela
y de teatro que en este momento
veo desfilar ante mis ojos, esos
hombres y esas mujeres, hechos
de papel y de tinta, esa gente
que yo creía que iba guiando de
acuerdo con mis conveniencias de
narrador y obedeciendo a mi
voluntad de autor, como títeres
articulados cuyas acciones no
pudiesen tener más efecto en mí
que el peso soportado y la
tensión de los hilos con que los
movía. De esos maestros el
primero fue, sin duda, un
mediocre pintor de retratos que
designé simplemente por la letra
H., protagonista de una historia
a la que creo razonable llamar
de doble iniciación (la de él,
pero también, de algún modo, la
del autor del libro,
protagonista de una historia
titulada "Manual de pintura y
caligrafía", que me enseñó la
honradez elemental de reconocer
y acatar, sin resentimientos ni
frustraciones, sus propios
límites: sin poder ni ambicionar
aventurarme más allá de mi
pequeño terreno de cultivo, me
quedaba la posibilidad de cavar
hacia el fondo, hacia abajo,
hacia las raíces. Las mías, pero
también las del mundo, si podía
permitirme una ambición tan
desmedida. No me compete a mí,
claro está, evaluar el mérito
del resultado de los esfuerzos
realizados, pero creo que es hoy
patente que todo mi trabajo, de
ahí para adelante, obedeció a
ese propósito y a ese principio.
Vinieron después los hombres y
las mujeres del Alentejo,
aquella misma hermandad de
condenados de la tierra a que
pertenecieron mi abuelo Jerónimo
y mi abuela Josefa, campesinos
rudos obligados a alquilar la
fuerza de los brazos a cambio de
un salario y de condiciones de
trabajo que sólo merecerían el
nombre de infames. Cobrando por
menos que nada una vida a la que
los seres cultos y civilizados
que nos preciamos de ser
llamamos, según las ocasiones,
preciosa, sagrada y sublime.
Gente popular que conocí,
engañada por una Iglesia tan
cómplice como beneficiaria del
poder del Estado y de los
terratenientes latifundistas,
gente permanentemente vigilada
por la policía, gente, cuántas y
cuántas veces, víctima inocente
de las arbitrariedades de una
justicia falsa. Tres
generaciones de una familia de
campesinos, los Mau-Tempo, desde
el comienzo del siglo hasta la
Revolución de Abril de 1974 que
derrumbó la dictadura, pasan por
esa novela a la que di el título
de "Alzado del suelo" y fue con
tales hombres y mujeres del
suelo levantados, personas
reales primero, figuras de
ficción después, con las que
aprendí a ser paciente, a
confiar y a entregarme al
tiempo, a ese tiempo que
simultáneamente nos va
construyendo y destruyendo para
de nuevo construirnos y otra vez
destruirnos. No tengo la
seguridad de haber asimilado de
manera satisfactoria aquello que
la dureza de las experiencias
tornó virtud en esas mujeres y
en esos hombres: una actitud
naturalmente estoica ante la
vida. Teniendo en cuenta, sin
embargo, que la lección
recibida, pasados más de veinte
años, permanece intacta en mi
memoria, que todos los días la
siento presente en mi espíritu
como una insistente
convocatoria, no he perdido,
hasta ahora, la esperanza de
llegar a ser un poco más
merecedor de la grandeza de los
ejemplos de dignidad que me
fueron propuestos en la
inmensidad de las planicies del
Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo
recibir de un portugués que
vivió en el siglo XVI, que
compuso las "Rimas" y las
glorias, los naufragios y los
desencantos patrios de "Os
Lusíadas", que fue un genio
poético absoluto, el mayor de
nuestra literatura, por mucho
que eso pese a Fernando Pessoa,
que a sí mismo se proclamó como
el Super-Camoens de ella?
Ninguna lección a mi alcance,
ninguna lección que yo fuese
capaz de aprender salvo la más
simple que me podría ser
ofrecida por el hombre Luis Vaz
de Camoens en su más profunda
humanidad, por ejemplo, la
humildad orgullosa de un autor
que va llamando a todas las
puertas en busca de quien esté
dispuesto a publicar el libro
que escribió, sufriendo por eso
el desprecio de los ignorantes
de sangre y de casta, la
indiferencia desdeñosa de un rey
y de su compañía de poderosos,
el escarnio con que desde
siempre el mundo ha recibido la
visita de los poetas, de los
visionarios y de los locos. Al
menos una vez en la vida, todos
los autores tuvieron o tendrán
que ser Luis de Camoens, aunque
no escriban las redondillas de "Sobolos
rios". Entre hidalgos de la
corte y censores del Santo
Oficio, entre los amores de
antaño y las desilusiones de la
vejez prematura, entre el dolor
de escribir y la alegría de
haber escrito, fue a este hombre
enfermo que regresa pobre de la
India, adonde muchos sólo iban
para enriquecerse, fue a este
soldado ciego de un ojo y
golpeado en el alma, fue a este
seductor sin fortuna que no
volverá nunca más a perturbar
los sentidos de las damas de
palacio, a quien yo puse a vivir
en el teatro en el escenario de
la pieza de teatro llamada "Que
farei con este livro?" ("¿Qué
haré con este libro?"), en cuyo
final resuena otra pregunta,
aquélla que importa
verdaderamente, aquélla que
nunca sabremos si alguna vez
llegará a tener respuesta
suficiente: "¿Qué haréis con
este libro?". Humildad orgullosa
fue ésa de llevar debajo del
brazo una obra maestra y verse
injustamente rechazado por el
mundo. Humildad orgullosa
también, y obstinada, esta de
querer saber para qué servirán
mañana los libros que vamos
escribiendo hoy, y luego dudar
que consigan perdurar largamente
(¿hasta cuándo?) las razones
tranquilizadoras que quizá nos
estén siendo dadas o que estamos
dándonos a nosotros mismos.
Nadie se engaña mejor que cuando
consiente que lo engañen otros.
Se aproxima ahora un hombre que
dejó la mano izquierda en la
guerra y una mujer que vino al
mundo con el misterioso poder de
ver lo que hay detrás de la piel
de las personas. El se llama
Baltasar Mateus y tiene el apodo
de Siete-Soles, a ella la
conocen por Bilmunda, y también
por el apodo de Siete-Lunas que
le fue añadido después porque
está escrito que donde haya un
sol habrá una luna y que sólo la
presencia conjunta de uno y otro
tornará habitable, por el amor,
la tierra. Se aproxima también
un padre jesuita llamado
Bartolmeu que inventó una
máquina capaz de subir al cielo
y volar sin otro combustible que
no sea la voluntad humana, ésa
que según se viene diciendo,
todo lo puede, aunque no pudo, o
no supo, o no quiso, hasta hoy,
ser el sol y la luna de la
simple bondad o del todavía más
simple respeto.
Sontres locos portugueses del
siglo XVIII en un tiempo y en un
país donde florecieron las
supersticiones y las hogueras de
la Inquisición, donde la vanidad
y la megalomanía de un rey
hicieron levantar un convento,
un palacio y una basílica que
asombrarían al mundo exterior,
en el caso poco probable de que
ese mundo tuviera ojos bastantes
para ver a Portugal, tal como
sabemos que los tenía Bilmunda
para ver lo que escondido
estaba. Y también se aproxima
una multitud de millares y
millares de hombres con las
manos sucias y callosas, con el
cuerpo exhausto de haber
levantado, durante años sin fin,
piedra a piedra, los muros
implacables del convento, las
alas enormes del palacio, las
columnas y las pilastras, los
aéreos campanarios, la cúpula de
la basílica suspendida sobre el
vacío. Los sonidos que estamos
oyendo son del clavicornio del
Doménico Scarlatti, que no sabe
si debe reír o llorar. Esta es
la historia del "Memorial del
convento", un libro en que el
aprendiz de autor, gracias a lo
que le venía siendo enseñado
desde el antiguo tiempo de sus
abuelos Jerónimo y Josefa,
consiguió escribir palabras como
éstas, donde no está ausente
alguna poesía: "Además de la
conversación de las mujeres son
los sueños los que sostienen al
mundo en su órbita. Pero son
también los sueños los que le
hacen una corona de lunas, por
eso el cielo es el resplandor
que hay dentro de la cabeza de
los hombres si no es la cabeza
de los hombres el propio y único
cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía,
sabía ya alguna cosa el
adolescente, aprendidas en sus
libros de texto cuando, en una
escuela de enseñanza profesional
de Lisboa, andaba preparándose
para el oficio que ejerció en el
comienzo de su vida de trabajo:
el de mecánico cerrajero. Tuvo
también buenos maestros del arte
poético en las largas horas
nocturnas que pasó en
bibliotecas públicas, leyendo al
azar de encuentros y de
catálogos, sin orientación, sin
alguien que le aconsejase, con
el mismo asombro creador del
navegante que va inventando cada
lugar que descubre. Pero fue en
la biblioteca de la escuela
industrial donde "El año de la
muerte de Ricardo Reis" comenzó
a ser escrito. Allí encontró un
día el joven aprendiz de
cerrajero (tendría entonces 17
años) una revista - "Atena" era
el título - en que había poemas
firmados con aquel nombre y,
naturalmente, siendo tan mal
conocedor de la cartografía
literaria de su país, pensó que
existía en Portugal un poeta que
se llamaba así: Ricardo Reis. No
tardó mucho tiempo en saber que
el poeta propiamente dicho había
sido un tal Fernando Nogueira
Pessoa que firmaba poemas con
nombres de poetas inexistentes
nacidos en su cabeza y a quien
llamaba heterónimos, palabra que
no constaba en los diccionarios
de la época, por eso costó tanto
trabajo al aprendiz de las
letras saber lo que ella
significaba. Aprendió de memoria
muchos poemas de Ricardo Reis
("Para ser grande sê inteiro/Põe
quanto és no mínimo que fazes"),
pero no podía resignarse, a
pesar de tan joven e ignorante,
a que un espíritu superior
hubiese podido concebir, sin
remordimiento, este verso cruel:
"Sábio é o que se contenta com o
espectáculo do mundo". Mucho,
mucho tiempo después, el
aprendiz de escritor ya con el
pelo blanco y un poco más sabio
de sus propias sabidurías se
atrevió a escribir una novela
para mostrar al poeta de las
"Odas" algo de lo que era el
espectáculo del mundo en ese año
de 1936 en que lo puso a vivir
sus últimos días: la ocupación
de la Renania por el Ejército
nazi, la guerra de Franco contra
la República española, la
creación por Salazar de las
milicias fascistas portuguesas.
Fue como si estuviese
diciéndole: "He ahí el
espectáculo del mundo, mi poeta
de las amarguras serenas y del
escepticismo elegante. Disfruta,
goza, contempla, ya que estar
sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo
Reis" terminaba con unas
palabras melancólicas: "Aquí
donde el mar acabó y la tierra
espera". Por tanto no habría más
descubrimientos para Portugal,
sólo como destino una espera
infinita de futuros ni siquiera
imaginables: el fado de
costumbre, la saudade de siempre
y poco más. Entonces el aprendiz
imaginó que tal vez hubiese una
manera de volver a lanzar los
barcos al agua, por ejemplo
mover la propia tierra y ponerla
a navegar mar adentro. Fruto
inmediato del resentimiento
colectivo portugués por los
desdenes históricos de Europa
(sería más exacto decir fruto de
mi resentimiento personal), la
novela que entonces escribí -
"La balsa de piedra" - separó
del continente europeo a toda la
Península Ibérica,
transformándola en una gran isla
fluctuante, moviéndose sin remos
ni velas, ni hélices, en
dirección al Sur del mundo,
"masa de piedra y tierra
cubierta de ciudades, aldeas,
ríos, bosques,fábricas, bosques
bravíos, campos cultivados, con
su gente y sus animales", camino
de una utopía nueva: el
encuentro cultural de los
pueblos peninsulares con los
pueblos del otro lado del
Atlántico, desafiando así, a
tanto se atrevió mi estrategia,
el dominio sofocante que los
Estados Unidos de la América del
Norte vienen ejerciendo en
aquellos parajes. Una visión dos
veces utópica entendería esta
ficción política como una
metáfora mucho más generosa y
humana: que Europa, toda ella,
deberá trasladarse hacia el Sur
a fin de, en descuento de sus
abusos coloniales antiguos y
modernos, ayudar a equilibrar el
mundo. Es decir Europa
finalmente como ética. Los
personajes de "La balsa de
piedra" - dos mujeres, tres
hombres y un perro - viajan
incansablemente a través de la
Península mientras ella va
surcando el océano. El mundo
está cambiando y ellos saben que
deben buscar en sí mismos las
personas nuevas en que se
convertirán (sin olvidar al
perro que no es un perro como
los otros). Eso les basta. Se
acordó entonces el aprendiz que
en tiempos de su vida había
hecho algunas revisiones de
pruebas de libros y que si en
"La balsa de piedra" hizo, por
decirlo así, revisión del
futuro, no estaría mal que
revisara ahora el pasado
inventando una novela que se
llamaría "História do Cerco de
Lisboa", en la que un revisor
trabajando un libro del mismo
título, aunque de historia, y
cansado de ver cómo la citada
historia cada vez es menos capaz
de sorprender, decidió poner en
lugar de un "sí" un "no",
subvirtiendo la autoridad de las
"verdades históricas". Raimundo
Silva, así se llamaba el
revisor, es un hombre simple,
vulgar, que sólo se distingue de
la mayoría por creer que todas
las cosas tienen su lado visible
y su lado invisible y que no
sabremos nada de ellas, mientras
no les hayamos dado la vuelta
completa. De eso precisamente
trata una conversación que tiene
con el historiador. Así: "Le
recuerdo que los revisores ya
vieron mucho de literatura y
vida, Mi libro, se lo recuerdo,
es de historia. No es propósito
mío apuntar otras
contradicciones, profesor, en mi
opinión todo cuanto no sea vida
es literatura. La historia
también. La historia sobre todo,
sin querer ofender. Y la
pintura, y la música. La música
va resistiéndose desde que
nació, unas veces va y otras
viene, quiere librarse de la
palabra, supongo que por
envidia, pero regresa siempre a
la obediencia. Y la pintura,
mire, la pintura no es más que
literatura hecha con pinceles.
Espero que no se haya olvidado
de que la humanidad comenzó
pintando mucho antes de saber
escribir. Conoce el refrán, si
no tienes perro caza con el
gato, o dicho de otra manera,
quien no puede escribir, pinta,
o dibuja, es lo que hacen los
niños.
Lo que usted quiere decir, con
otras palabras, es que la
literatura ya existía antes de
haber nacido, sí señor, como el
hombre, con otras palabras,
antes de serlo ya lo era. Me
parece que usted equivocó la
vocación, debería ser
historiador. Me falta
preparación profesor, qué puede
un simple hombre hacer sin
preparación, mucha suerte he
tenido viniendo al mundo con la
genética organizada, pero, por
decirlo así, en estado bruto, y
después sin más pulimento que
las primeras letras que se
quedaron como únicas. Podía
presentarse como autodidacta
producto de su digno esfuerzo,
no es ninguna vergüenza,
antiguamente la sociedad estaba
orgullosa de sus autodidactas.
Eso se acabó, vino el desarrollo
y se acabó, los autodidactas son
vistos con malos ojos, sólo los
que escriben versos o historias
para distraer están autorizados
a ser autodidactas, pero yo para
la creación literaria no tengo
habilidad. Entonces métase a
filósofo. Usted es un humorista,
cultiva la ironía, me pregunto
cómo se dedicó a la historia,
siendo ella tan grave y profunda
ciencia. Soy irónico sólo en la
vida real. Ya me parecía a mí
que la historia no es la vida
real, literatura sí, y nada más.
Pero la historia fue vida real
en el tiempo en que todavía no
se le podía llamar historia.
Entonces usted cree, profesor,
que la historia es la vida real.
Lo creo, sí. Que la historia fue
vida real, quiero decir. No
tengo la menor duda. Qué sería
de nosotros si el deleatur que
todo lo borra no existiese,
suspiró el revisor". Escusado
será añadir que el aprendiz
aprendió con Raimundo Silva la
lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este
aprendizaje de la duda el que le
llevó, dos años más tarde, a
escribir "El Evangelio según
Jesucristo". Es cierto, y él lo
ha dicho, que las palabras del
título le surgieron por efecto
de una ilusión óptica, pero es
legítimo que nos interroguemos
si no habría sido el sereno
ejemplo del revisor el que, en
ese tiempo, le anduvo preparando
el terreno de donde habría de
brotar la nueva novela. Esta vez
no se trataba de mirar por
detrás de las páginas del "Nuevo
Testamento" a la búsqueda de
contradicciones, sino de
iluminar con una luz rasante la
superficie de esas páginas, como
se hace con una pintura para
resaltarle los relieves, las
señales de paso, la oscuridad de
las depresiones. Fue así como el
aprendiz, ahora rodeado de
personajes evangélicos, leyó,
como si fuese la primera vez, la
descripción de la matanza de los
Inocentes y, habiendo leído, no
comprendió. No comprendió que
pudiese haber mártires de una
religión que aún tendría que
esperar treinta años para que su
fundador pronunciase la primera
palabra de ella, no comprendió
que no hubiese salvado la vida
de los niños de Belén
precisamente la única persona
que lo podría haber hecho, no
comprendió la ausencia, en José,
de un sentimiento mínimo de
responsabilidad, de
remordimiento, de culpa o
siquiera de curiosidad, después
de volver de Egipto con su
familia. Ni se podrá argumentar
en defensa de la causa que fue
necesario que los niños de Belén
murieran para que pudiese
salvarse la vida de Jesús: El
simple sentido común, que a
todas las cosas, tanto a las
humanas como a las divinas,
debería presidir, está ahí para
recordarnos que Dios no enviaría
a su hijo a la Tierra con el
encargo de redimir los pecados
de la humanidad, para que
muriera a los dos años de edad
degollado por un soldado de
Herodes. En ese Evangelio
escrito por el aprendiz con el
respeto que merecen los grandes
dramas, José será consciente de
su culpa, aceptará el
remordimiento en castigo de la
falta que cometió y se dejará
conducir a la muerte casi sin
resistencia, como si eso le
faltase todavía para liquidar
sus cuenta con el mundo. "El
Evangelio" del aprendiz no es,
por tanto, una leyenda
edificante más de
bienaventurados y de dioses,
sino la historia de unos cuantos
seres humanos sujetos a un poder
contra el cual luchan, pero al
que no pueden vencer. Jesús, que
heredará las sandalias con las
que su padre había pisado el
polvo de los caminos de la
tierra, también heredará de él
el sentimiento trágico de la
responsabilidad y de ella la
culpa que nunca lo abandonará,
incluso cuando levante la voz
desde lo alto de la cruz:
"Hombres, perdonadle, porque él
no sabe lo que hizo",
refiriéndose al Dios que lo
llevó hasta allí, aunque quien
sabe si recordando todavía, en
es última agonía, a su padre
auténtico, aquel que en la carne
y en la sangre, humanamente, lo
engendró. Como se ve, el
aprendiz ya había hecho un largo
viaje cuando en el herético
evangelio escribió las últimas
palabras del diálogo en el
templo entre Jesús y el escriba:
"La culpa es un lobo que se come
al hijo después de haber
devorado al padre, dijo el
escriba, Ese lobo de que hablas
ya se ha comido a mi padre, dijo
Jesús, Entonces sólo falta que
devore a ti, Y tú, en tu vida,
fuiste comido, o devorado, No
sólo comido y devorado, también
vomitado, respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no
hubiese establecido en el norte
de Alemania un monasterio, si
ese monasterio no hubiese dado
origen a la ciudad de Münster,
si Münster no hubiese querido
celebrar los 1.200 años de su
fundación con una ópera sobre la
pavorosa guerra que enfrentó en
el siglo XVI a protestantes
anabaptistas y católicos, el
aprendiz no habría escrito la
pieza de teatro que tituló "In
Nomine Dei". Una vez más, sin
otro auxilio que la pequeña luz
de su razón, el aprendiz tuvo
que penetrar en el oscuro
laberinto de las creencias
religiosas, ésas que con tanta
facilidad llevan a los seres
humanos a matar y a dejarse
matar. Y lo que vio fue
nuevamente la máscara horrenda
de la intolerancia, una
intolerancia que en Münster
alcanzó el paroxismo demencial,
una intolerancia que insultaba
la propia causa que ambas partes
proclamaban defender. Porque no
se trataba de una guerra en
nombre de dos dioses enemigos
sino de una guerra en nombre de
un mismo dios.
Ciegos por sus propias
creencias, los anabaptistas y
los católicos de Münster no
fueron capaces de comprender la
más clara de todas las
evidencias: en el día del Juicio
Final, cuando unos y otros se
presenten a recibir el premio o
el castigo que merecieron sus
acciones en la tierra, Dios, si
en sus decisiones se rige por
algo parecido a la lógica
humana, tendrá que recibir en el
paraíso tanto a unos como a
otros, por la simple razón de
que unos y otros en El creían.
La terrible carnicería de
Münster enseñó al aprendiz que
al contrario de lo que
prometieron las religiones nunca
sirvieron para aproximar a los
hombres y que la más absurda de
todas las guerras es una guerra
religiosa, teniendo en
consideración que Dios no puede,
aunque lo quisiese, declararse
la guerra a sí mismo. Ciegos. El
aprendiz pensó "Estamos ciegos",
y se sentó a escribir el "Ensayo
sobre la ceguera" para recordar
a quien lo leyera que usamos
perversamente la razón cuando
humillamos la vida, que la
dignidad del ser humano es
insultada todos los días por los
poderosos de nuestro mundo, que
la mentira universal ocupó el
lugar de las verdades plurales,
que el hombre dejó de respetarse
a sí mismo cuando perdió el
respeto que debía a su
semejante. Después el aprendiz,
como si intentara exorcizar a
los monstruos engendrados por la
ceguera de la razón, se puso a
escribir la más simple de todas
las historias: Una persona que
busca a otra persona sólo porque
ha comprendido que la vida no
tiene nada más importante que
pedir a un ser humano. El libro
se llama "Todos los nombres". No
escritos, todos nuestros nombres
están allí. Los nombres de los
vivos y los nombres de los
muertos. Termino. La voz que
leyó estas páginas quiso ser el
eco de las voces conjuntas de
mis personajes. No tengo,
pensándolo bien, más voz que la
voz que ellos tuvieron.
Perdonadme si os pareció poco
esto que para mí es todo.
*( Nota del editor de
Inventiva: la fecha de recepción
del Nobel fue el 11 de Diciembre
de 1998, en Estocolmo. )
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