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La censura y quema de libros
durante la dictadura militar
Por
Fernando Ruffa
Red-Acción
Además del secuestro y la
desaparición sistemática de los
luchadores sociales y de la
consolidación de las bases del
plan económico de Martínez de
Hoz, la última dictadura militar
también llevó adelante una clara
política de desaparición y
sustitución de buena parte de la
producción literaria de la
época. "Primero había una
evaluación política del libro, y
luego venía la censura, que era
una herramienta de control
político en manos del Estado. No
había ninguna improvisación,
ningún capricho. Sabían muy bien
lo que hacían", cuenta el
investigador Hernán Invernizzi.
"Allí donde se comienza
quemando libros, se termina
quemando hombres"
(Heinrich Heine)
Biblioclastas: genocidas
culturales
El término genérico (y poco
conocido) que se utiliza para
denominar a los quemadores de
libros es el de "biblioclastas",
y los hubo a lo largo de toda la
historia, en toda tiranía y
dictadura que hubiera. Los
bibloclastas eliminan la
evidencia de una historia, un
pasado, un pensamiento; y esto
equivale a la eliminación, casi
en efecto, de una población.
Generalmente, cuando se habla de
la última dictadura militar se
la asocia casi únicamente con la
represión física y el plan
sistemático de desaparición y
aniquilamiento ejercida por el
gobierno militar sobre los
luchadores del campo popular, y
con la aplicación de las bases
económicas que instalaron al
neoliberalismo en Argentina.
Pero el autodenominado "Proceso
de Reorganización Nacional"
también tuvo entre sus objetivos
la desaparición y quema de una
gran cantidad de libros cuyos
contenidos eran catalogados de
"subversivos", llevando a cabo
así otro tipo de genocidio: el
genocidio cultural. Quizás
porque sabían que, como dice
León Gieco en su inolvidable
"Hombres de Hierro", "hombres
que avanzan se pueden matar /
pero los pensamientos quedarán".
Y los libros son herramientas
fundamentales para
transmitirlos, en su capacidad
multiplicadora.
El gobierno militar destinó
muchos recursos para la
conformación de una increíble
infraestructura destinada a esa
tarea. "La censura y el control
cultural no solamente estaban
centralizados, sino que estaban
muy claramente centralizados en
el Ministerio del Interior, que
fue el gran controlador de la
cultura en la Argentina, donde
funcionaba la Dirección Nacional
de Publicaciones. Este edificio,
que aún hoy está en la calle
Moreno 711, en el cruce de
Moreno y Diagonal, es un gran
edificio. Si hoy lo miramos
desde afuera nos vamos a dar
cuenta del pedazo de
infraestructura que había
dedicado a esto, y no era la
única unidad dedicada a esta
tarea", señala el investigador
Hernán Invernizzi, quien junto a
Judith Gociol escribió "Un golpe
a los libros" (editado por
EUDEBA en el 2002), que aborda
este tema.
El mito de los "militares
tontos"
Una idea muy generalizada hoy en
la sociedad es que los militares
eran todos brutos y que las
censuras que accionaban con los
libros respondían a la
ignorancia o caprichos de un
sargento ignorante o un
comisario tonto. Este mito se
originó por el hecho de que
algunos libros fueron prohibidos
por malas interpretaciones de
sus títulos, como fue el caso de
"La cuba electrolítica" (libro
de física), censurado porque
contenía la palabra "cuba" en su
título ("cuba": recipiente
rectangular para operaciones
químicas), o el caso de "Cinco
Dedos", que era un libro
infantil escrito en la Alemania
Occidental, en donde una mano
verde persigue a los dedos de
una roja que, para defenderse y
vencer, se une y forma un puño
colorado. Por esta última obra
estuvo detenido 127 días a
"disposición del Poder Ejecutivo
Nacional" el director de
Ediciones de la Flor, Daniel
Divinsky, junto al editor Kuki
Miler.
Aunque, ¿por qué no pensarlo
también como una política
general de terror que quería
mostrar al gobierno militar como
una banda de locos que podía
reprimir a cualquier intelectual
o editorial, aunque no sea
militante, como el caso de
Ediciones de la Flor, que era,
cuanto mucho, una editorial
"progresista"?
Podemos pensar que el terror
funciona cuando no queda claro
cual es el código o criterio con
el cual funciona. Si parece que
la represión es aleatoria,
entonces nos aterrorizamos todos
y nos paralizamos. Con la
cultura parece que operaban en
este sentido: hacían un control
sistemático, y tomaban
decisiones políticas, para
producir también sobre la
cultura un efecto generalizado
del terror.
Para Invernizzi, esos casos que
parecían responder a la
ignorancia, capricho o paranoia
de los censores militares, sólo
fueron hechos aislados que no
respondían a la regla general, y
que hacen al folclore y no a la
parte más importante del tema:
"El funcionamiento de la censura
era extremadamente simple,
eficiente y prolijo. El criterio
era: no se censura porque sí;
porque fulano cae mal o porque
es zurdo, porque es comunista o
peronista combativo. Detrás de
todo acto de censura de libros
había una investigación del
libro. Muchas de esas
investigaciones las encontramos.
A veces el informe sobre el
libro son tres carillas, y a
veces hasta cuarenta. Esos
informes eran escritos por
intelectuales, por
profesionales, profesores de
letras, abogados, sociólogos,
antropólogos. Gente inteligente,
capaz y preparada. Y más de uno
de estos estudios los
sorprendería porque es más que
aceptable el nivel intelectual.
Es más: en líneas generales,
deberíamos decir que tenían
razón en lo que decían, no se
equivocaban. Desde el punto de
vista de los intereses de clase
de la dictadura y de su proyecto
ideológico, los libros que ellos
identificaban como "peligrosos"
o como representantes del
pensamiento crítico, por decirlo
de alguna manera, estaban
correctamente identificados, no
se equivocaban. Entonces,
después, estos informes iban a
la Dirección General de
Publicaciones, en donde se
tomaba la decisión política.
Ellos discriminaban entre el
análisis y qué hacer con el
análisis. Discriminaban entre el
conocimiento y el uso político
del conocimiento. Primero había
una evaluación política del
libro, y luego venía la censura,
que era una herramienta de
control político en manos del
estado. No había ninguna
improvisación, ningún capricho.
Sabían muy bien lo que hacían."
Y toda esta política no estaba
destinada sólo a censurar y
destruir una parte de la
producción literaria argentina y
extranjera que los militares
consideraban como "subversiva",
sino también a tratar que
"llenar" ese hueco cultural con
producciones orientadas hacia su
proyecto de sociedad basada en
la premisa "estado, religión y
familia". "La dictadura tuvo una
política cultural basada en un
plan sistemático de persecución
a cierto tipo de cultura, y de
"sustitución" de un tipo de
cultura por otro. - continúa el
investigador Invernizzi - Hay
documentos de la represión
ilegal, algunos de los cuales
zafaron de la destrucción, que
explicaban cómo censurar, cómo
controlar, cómo prohibir, y
también cómo elaborar y
desarrollar una política de
sustitución cultural. Y a veces,
cuando la cúpula militar se daba
cuenta que sus asesores o
censores intelectuales se
pasaban de mambo por derecha, se
rectificaban, pero para
modernizar su técnica de
represión cultural."
"Cuidando" a los niños
Uno de los focos en donde el
gobierno de facto puso más
atención fue en los libros
escolares e infantiles, ya que
sentían que su obligación moral
era preservar a la niñez de
aquellos libros que -a su
entender- ponían en cuestión
valores sagrados como la
familia, la religión o la
patria. Gran parte de ese
control era ejercido a través de
la escuela.
Para ello, el gobierno militar
crea una comisión de censura
previa, y empieza a hacer
circular públicamente
documentos. En 1977, el
Ministerio de Cultura y
Educación publica la circular
"Subversión en el ámbito
educativo (conozcamos a nuestro
enemigo)", que informaba lo
siguiente:
"(...) 3. NIVELES PREESCOLAR Y
PRIMARIO
a. El accionar subversivo se
desarrolla a través de maestros
ideológicamente captados que
inciden sobre las mentes de los
pequeños alumnos, fomentando el
desarrollo de ideas o conductas
rebeldes, aptas para la acción
que se desarrollará en niveles
superiores.
b. La comunicación se realiza en
forma directa, a través de
charlas informales y mediante la
lectura y comentario de cuentos
tendenciosos editados para tal
fin. En este sentido se ha
advertido en los últimos tiempos
una notoria ofensiva marxista en
el área de la literatura
infantil. (.)"
Asimismo, el gobierno militar,
con la firma del jefe del Estado
Mayor del Ejército, Roberto
Viola, pone a circular las
instrucciones de la "Operación
Claridad", orientadas a detectar
y secuestrar bibliografía
considerada "marxista" e
identificar a los docentes que
aconsejaban "libros
subversivos". Las indicaciones
incluían tener en cuenta los
siguientes datos:
"(1) Título del texto y la
editorial, (2) Materia y curso
en el cual se lo utiliza, (3)
Establecimiento educativo en el
que se lo detectó , (4) Docente
que lo impuso o aconsejó, (5) De
ser posible se agregará un
ejemplar del texto. Caso
contrario, fotocopias de algunas
páginas, en las que se evidencie
su carácter subversivo, (6)
Cantidad aproximada de alumnos
que lo emplean, (7) Todo otro
aspecto que se considere de
interés."
Es muy dificultoso hacer hoy una
lista de libros prohibidos,
porque hubo censuras parciales.
Había libros que estaban
prohibidos en una zona del país
y en otra no. Por ejemplo, la
resolución N° 480 del Ministerio
de Cultura y Educación de
Córdoba prohibió en su momento
"La torre de cubos", de Laura
Devetach, con el argumento de
que de su análisis se
desprendían "graves falencias
tales como simbología confusa,
cuestionamientos
ideológicos-sociales, objetivos
no adecuados al hecho estético,
ilimitada fantasía, carencia de
estímulos espirituales y
trascendentes (.) Critica la
organización del trabajo, la
propiedad privada y el principio
de autoridad". Luego, más tarde,
su prohibición alcanzaría nivel
nacional.
Otro de los casos más recordados
fue el del libro "Un elefante
ocupa mucho espacio", de la
escritora Elsa Bornemann, en el
que relataba una huelga de
animales, que fue prohibida por
un decreto el 13 de octubre de
1977, que incluía también a "El
nacimiento, los niños y el amor,
de Agnés Rosenstiehl, y que fue
prohibido porque consideraban
que el título y el contenido
eran demasiado sugerentes para
la niños. El decreto militar
señalaba que "en ambos casos se
trata de cuentos destinados al
público infantil, con una
finalidad de adoctrinamiento que
resulta preparatoria a la tarea
de captación ideológica del
accionar subversivo (...) De su
análisis surge una posición que
agravia a la moral, a la
Iglesia, a la familia, al ser
humano y a la sociedad que éste
compone."
Libros ardiendo
El destino final de muchos
libros prohibidos era, entonces,
arder en un pozo, en una hoguera
común. Aunque hubo muchos otros
casos, la quema de libros más
grande de la dictadura
argentina, o sea, la
paradigmática, fue la que sufrió
el Centro Editor de América
Latina, que había fundado Boris
Spivacow. El 30 de agosto de
1980 la policía bonaerense quemó
en un baldío de Sarandí un
millón y medio de ejemplares del
sello, retirados de los
depósitos por orden del juez
federal de La Plata, Héctor
Gustavo de la Serna.
"Los libros del depósito de
Sarandí ardieron durante tres
días, algunos habían estado
apilados y se habían humedecido,
así que no prendían bien. La
colección en la que yo
colaboraba, Nueva Enciclopedia
del Mundo Joven, fue quemada
íntegra. Me acuerdo de que en
uno de los fascículos, de
historia del feudalismo, había
un príncipe que no se terminaba
de quemar. El pobrecito era un
príncipe medio afeminado y lleno
de flores que se resistía a la
hoguera", cuenta la escritora
Graciela Cabal, que en esa época
era la secretaria de redacción
de esa enciclopedia.
Ardieron así, en esa como en
otras quemas, infinidad de
libros de diversos autores de
todo tipo, como Trotsky, Ernesto
"Che" Guevara, Marx, Fidel
Castro, Perón, Mao Tsé Tung,
Enrique Medina, Blas Matamorro,
Griselda Gambaro, entre muchos
otros.
"Hasta el 76' la literatura
argentina era best seller.
Luego, se vuelve sospechosa.
Además, los escritores dejan de
escribir sobre la realidad. Y
cuando vuelve la democracia,
nunca fue posible reestablecer
esa relación entre literatura
argentina y público. Y hoy el
marketing quema más que el
fuego. Los 90' completaron el
proyecto que se quería imponer
en los 70'", analiza, apenada la
escritora Ana María Shua.
Quizás pensando en lo que el
mercado ofrece hoy al "público
lector argentino" como
"literatura": autoayuda, ayuda
espiritual, religiones new age y
ocultismo, que obviamente no
tienen nada que ver con aquella
vieja palabra que usaban los
militares para definir la
literatura digna de ser
controlada: la "subversiva".
En este sentido, nunca viene mal
devolver al término su verdadero
sentido. "Subversivo": adj.
Capaz de subvertir. Subvertir:
tr. Trastornar, revolver,
alterar un estado de cosas dado,
especialmente en sentido moral.
¿No suena parecido a querer
cambiar el mundo?
Fuentes consultadas:
Mesa redonda: "La quema de
libros en la dictadura" (jueves
16 de marzo, en el C.C.Recoleta.
Hernán Invernizzi, Judith Gociol,
Daniel Divinsky, Ana María Shua,
Jorge Gómez).
"Un golpe a los libros
(1976-1983)", de Hernán
Invernizzi y Judith Gociol (Eudeba,
2002).
Revista Digital Imaginaria N°
48, del 4 de abril de 2001.
www.archivo-elciudadano.com.ar/16-02-
2006/laotracara/index.php
"La hoguera del miedo" (artículo
de Marcelo Massarino aparecido
en Revista Sudestada, N°46,
Marzo 2006)
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