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Vida tehuelche
En 1879, Ramón Lista fue
nombrado gobernador del
territorio de Santa Cruz y al
poco tiempo mudó la capital a
Río Gallegos, según parece para
estar cerca de las tolderías de
la cacique Koila, con quien tuvo
un hijo. Su convivencia con los
tehuelches le cambió su
cosmovisión y terminó publicando
un lúcido testimonio de la
cultura de “una raza que
desaparece”, de cuya reciente
reedición se ha seleccionado
este fragmento.
Por Ramón Lista
La hora postrimera de un pueblo,
ya sea civilizado o salvaje,
reviste siempre un carácter de
suprema solemnidad. Tiene la
amargura de todas las
catástrofes de la historia, es
la tragedia siempre nueva de las
razas. Un día, un viajero se
detiene al borde del más grande
de los ríos de América. A su
margen se halla una choza y en
ésta un anciano que acaricia un
loro. “Cuando yo y este pájaro
hayamos muerto, ya nadie volverá
a hablar nuestra lengua”,
balbucea tristemente el salvaje.
El cuadro no puede ser más
melancólico, ni más amarga la
frase. Se dice y se repite que
la extinción de las razas
superiores obedece a una ley
fatal; pero ha debido agregarse
un comentario: extinción es
refundición, incorporación, pero
no aniquilamiento implacable y
artero por un instinto de
malignidad civilizada, y
tácitamente consentida por los
que mandan (...)
Algún día se ha de escribir la
relación fehaciente,
documentada, de las atrocidades
cometidas con las tribus
mapuches, y cuando a ellas se
agreguen las sangrientas escenas
de que ha sido teatro la
Araucania y el Gran Chaco, el
filósofo no podrá menos que
reconocer en el hombre toda la
ferocidad del tigre, disimulada
por fementidos propósitos de
redención, cuando en realidad
sólo le guía su instinto
destructivo: “Raspad el ruso y
encontraréis el tártaro”.
Nuestro siglo es siglo de
egoísmo: el móvil único del
hombre es la riqueza: su corazón
está vacío de creencias y de
esperanzas; lo que no es
aritmético le es indiferente.
Sólo así se explica el silencio
en torno de las agrupaciones
indígenas que van
desapareciendo, no por la ley
del evolucionismo natural sino
por la pólvora y el licor, por
la crueldad sin freno de los
unos y la rapiña de los otros.
Hoy mismo, a esta misma hora,
estamos presenciando el
hundimiento de una raza
americana, antigua, que aunque
más no fuese por interés
científico, ya que no por
sentimiento humanitario,
habríamos debido proteger y
dejar que poco a poco se
fundiese en las masas
civilizadas. Nos referimos a los
indios tehuelches, o patagones,
que viven nómades en los campos
de Chile y de la Argentina,
desde Chubut hasta el Estrecho
de Magallanes (...)
Las
creencias
La religión tzóneka o tehuelche
es muy elemental y carece de
representaciones exteriores. El
dominio de la tierra, del mar y
del cielo, dispútanselo dos
deidades: el Espíritu del bien y
el del mal. El primero es el
dispensador de todos los bienes
mundanales; es el genio benéfico
que vela por los indígenas, pero
cuyo influjo suele ser ineficaz
para evitar las acechanzas del
Espíritu del mal que, según sea
la manifestación de su
malignidad, se denomina
Kerpónkeken, Huendáunke, Mapie o
Arhjchen.
Mapie es la oscuridad de la
noche, el viento desolado en la
planicie. En Kerpónkeken se ve
el monstruo impalpable que hiere
en la cuna a los recién nacidos
y bebe las lágrimas de las
madres, burlándose de todos los
dolores con mueca siniestra: a
veces encarna la forma de un
potro salvaje y artero, siempre
veloz como el relámpago.
Desde que nace el hombre hasta
que muere, el Espíritu del bien
le ayuda y combate por su
existencia contra el Espíritu
adverso, único causante de la
enfermedad y de la muerte, las
que el indígena trata de evitar
propiciándose a la cruel deidad,
al diablo, por medio de dos
ceremonias (...)
¿Creen los tehuelches en la
inmortalidad del alma? Tal vez
no, en el sentido estricto del
dogma cristiano; pero es
indudable que creen en la
resurrección de los muertos, lo
que se desprende fácilmente de
su costumbre de enterrar los
cuerpos en la actitud que
tuvieron en el seno maternal,
rodeándolos de aquellos objetos
que pudieran necesitar al
renacer en otra parte.
En época remota mataban el
caballo preferido del extinto,
mataban sus perros; y al lado
del cadáver se depositaban las
armas, los utensilios y hasta el
alimento de que debía echar mano
al despertar de aquel más allá
del océano misterioso (Jono) en
que vuelve a vivirse la vida
penosa de la tierra, hasta el
día en que el tehuelche se cuasi
diviniza. Dicen los ancianos que
la bóveda celeste está poblada
por sus antepasados purificados,
y que en ella no se conoce el
dolor, ni aun la fatiga (...)
Intimamente ligada con estos
principios religiosos se
manifiesta la superstición. El
tehuelche cree en la hechicería
y le teme sobre todas las cosas.
Los que tienen el poder de
hechizar, los “brujos”, son
aborrecidos y a veces
victimizados, porque piensan los
indígenas que las desgracias que
ocurren en sus hogares suelen
ser la obra del maleficio de
aquéllos. Los brujos son
individuos taciturnos y huraños,
y la facultad que les es propia
puede transmitirse de padres a
hijos, pero juntamente con
ciertas piedras horadadas,
pequeñas, alisadas y de forma
irregular, sin las cuales sería
imposible la acción maléfica,
pues su pérdida implica la
cesación de aquel poder
diabólico.
Propiamente, el brujo es el
agente del Espíritu del mal, y
el tehuelche está siempre
prevenido contra él: si se
recorta el cabello, arroja al
fuego las mechas; si se monda
las uñas, hace lo propio, pues
piensa que lo más superfluo de
su cuerpo, y hasta de su
vestido, puede servir de
vehículo para la hechicería.
Todo instrumento cuyo mecanismo
ignora tiene shoik’n, y
naturalmente le inspira
repulsión. Los fenómenos
astronómicos, los eclipses, por
ejemplo, tienen para ellos una
significación siniestra: la
muerte, el hambre, los crueles
inviernos, vienen después. El
chirrido estridente del
mochuelo, la aparición fortuita
de un reptil, el aullido de un
perro, son signos de desgracia
siempre inmediata. Creen en las
fantasías de los sueños y dicen
que “cuando el corazón está
dormido, se ve como la vislumbre
de las cosas que han de suceder”
(...)
El
lenguaje
Los tehuelches, como he dicho,
carecen de medios exteriores
para representar y fijar su
pensamiento; pero no por ello
olvidan los acontecimientos más
remotos de su colectividad. En
general están dotados de una
memoria sobresaliente que apenas
si disminuye con los años: de
aquí que los ancianos sean como
el archivo de los sucesos que
han ocurrido en el pueblo
tehuelche desde su origen mítico
hasta el día; conservando los
detalles más importantes de sus
poéticas tradiciones, que
desgraciadamente los ancianos ya
no refieren en torno del fuego a
los jóvenes tehuelches,
amenguados en la estatura,
corrompidos, alardeando de todos
los vicios importados por la
plebe cristiana.
Es cosa sabida que los dialectos
bárbaros sudamericanos, con
exclusión del quechua y del
guaraní, cuentan con un reducido
número de palabras, y que sus
signos numéricos no pasan de
cinco. Los tobas en el Chaco y
los alacalufes en Tierra del
Fuego son las agrupaciones
humanas típicas a las que se
puede aplicar este detalle
lingüístico. Por lo contrario,
los tehuelches tienen un sistema
numérico que representa cierto
progreso relativo. Hasta los
niños saben contar de corrido de
uno a cien, y aquellos indios
que mantienen relaciones
comerciales con los cristianos
no sólo lo hacen sin equivocarse
hasta mil sino que, también,
formulan cálculos elementales,
como sumar y restar (...)
Ambos sexos llevan en sí el
sello peculiar en todos los
pueblos indígenas sudamericanos,
y éste es el de la tristeza;
detalle que se advierte al
primer golpe de vista. Es un
aire doliente, pesado, lánguido
e indiferente a la vez, y sin
que ello importe el querer hacer
una frase, diríase que el
tehuelche retrata en su
semblante la desolación, la
árida monotonía del país en que
ha nacido. Es poco dado a la
risa, y cuando lo hace es a
manera de estallido, anormal,
como que su temperamento no se
presta a tal manifestación.
Por otra parte, he observado que
conversan poco y con cierta
indecisión, que en las horas
aflictivas se convierte en
balbuceo. Dado este modo de ser,
nada tiene de extraño que las
manifestaciones de sus más
íntimas alegrías, siempre
breves, revisen un carácter de
brusquedad turbulenta y salvaje.
Estos indios no se sorprenden de
nada; todo lo miran con la mayor
indiferencia, al menos aparente,
y ni siquiera las obras
arquitectónicas o mecánicas más
notables despiertan en ellos
signos externos de asombro. El
cacique Papón visitó conmigo, no
hace mucho, el Río de la Plata;
mas nada llegó a alterar la fría
serenidad de su rostro.
Figurábame que todo le era
conocido: ferrocarriles,
monumentos públicos,
instalaciones de industria,
alumbrado eléctrico. Lo único
que llegó a interesar su
curiosidad fue la pareja de
elefantes del Jardín de
Aclimatación de Buenos Aires. ¡Oh!
¿Cómo llamar ese animal
grande?... Ketcshk (lindo)
agregó en su lengua; y se quedó
callado, girando su mirada a
otra parte.
El
final
¡Pobres indios! Quien como yo
haya asistido a vuestros
regocijos de familia, en la hora
melancólica que precede a la
noche; quien como yo os haya
oído decir que la vida es
“buena”; quien conozca vuestras
inquietudes y temores de cada
día, o haya sondeado vuestro
corazón infantil, os dedicará
como yo un afectuoso recuerdo.
¡Pobres tehuelches! Cuán felices
no seríais de nuevo, si al
despertar una mañana, alguien os
dijese que los hombres blancos
se habían marchado para no
volver jamás...
Autor
de Los indios tehuelches; una
raza que desaparece. Ediciones
Patagonia Sur 2006.
www.patagonia-sur.com
Gentileza: volar [
volar@fibertel.com.ar ]
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