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La Sojización encierra graves
problemas ambientales, sociales
y económicos
Por Alberto Lapolla
El cultivo de soja transgénica
forrajera ocupa ya el 60% de
nuestra producción de granos y
casi igual porcentaje de la
superficie sembrada. Lejos de
ser un hecho saludable,
constituye un verdadero problema
en expansión para la economía
nacional y la protección de
nuestro ecosistema agrícola, así
como también para la vida misma
de nuestros habitantes. Nuestro
país es parte de los 19 países
que permiten el cultivo de
variedades transgénicas o
modificadas genéticamente (OGM).
Es también uno de los 5 que lo
permiten a gran escala. Más aun,
la Argentina es el primer país
del mundo en cuanto a porcentaje
de expansión de los OGM respecto
del total de su producción. El
99% de la soja sembrada en
nuestro país es sojaRR, es decir
OGM, para hacerla resistente al
herbicida glifosato. Siendo la
soja una especie de polinización
cerrada o autógama en un
porcentaje del 95 al 99%, es
dable suponer que la soja no
transgénica (la llamada soja
orgánica) no existe en nuestro
territorio. Esto sólo ya
constituiría un grave problema.
Pero hay muchos más. En
principio la producción se ha
transformado en un monocultivo,
hecho peligroso desde el punto
de vista ambiental, económico y
estratégico respecto de la
estructura productiva de la
nación. Todo modelo basado en el
monocultivo es esencialmente no
sustentable y débil desde el
punto de vista estructural. Sin
embargo la expansión del
monocultivo de soja transgénica
forrajera, trae aparejada otros
serios problemas. El primero es
la degradación de nuestro
sistema productivo: hemos dejado
de ser un país productor de
alimentos para producir forraje,
para que otras naciones –las más
industrializadas- produzcan
carne. Hemos reducido nuestra
producción de carne -al reducir
su área, el número de cabezas y
la calidad de los campos
destinados a la misma- para
producir ‘pasto-soja’.
Destinamos nuestras mejores
tierras –del mejor ecosistema
del mundo para producir
alimentos- para producir
forraje, para que otros países
produzcan y exporten carne, en
lugar de hacerlo nosotros. En
segundo lugar para producir
pasto-soja hemos dejado de
producir un sinnúmero de
alimentos. Ya el objeto de
nuestra producción agrícola no
es la de producir alimentos para
nuestra población y exportar el
remanente, sino que todo el
sistema agrícola del país está
puesto al servicio de producir
materias primas en forma de
pasto-soja –también petróleo
crudo y gas natural- para la
exportación a los países
industrializados. La Argentina
decidió abandonar su Soberanía
alimentaria, junto con la
pérdida de su soberanía
económica y política. Cuando
Martínez de Hoz Ministro de
economía de Videla expresó: ‘si
la nación va a producir acero o
galletitas lo va a decidir el
mercado’, hacía referencia a
este cambio de modelo. La nación
industrial tecnológica y
científica anterior a 1976-1989
dejó de existir. Con ella
también lo hizo la nación que
producía alimentos para su gran
mercado interno –su pueblo- e
insumos para su industria. En un
proceso perverso y neocolonial
la nación dejó de producir
acero, camiones, vagones,
tractores, aviones, tanques y
barcos. Junto con la entrega de
su petróleo, su gas, su energía
eléctrica, sus rutas y la
destrucción de sus FFCC., dejó
de producir alimentos como maíz,
trigo, papa, batata, lentejas,
arroz, frutales, productos
hortícolas, algodón, carne
ovina, y alimentos en general,
para pasar a destinar toda su
economía a producir pasto-soja.
Así China, la UE y otros países
industrializados crían su ganado
y producen carne para abastecer
a los emergentes y gigantescos
mercados asiáticos donde se
asienta el futuro de la
humanidad, con el pasto-soja
barato que les vendemos. En
tercer lugar, se agrega la alta
contaminación ambiental que
produce el sistema Siembra
directa-sojaRR-glifosato, ya que
se basa en el uso masivo de
agrotóxicos en forma permanente.
En la última campaña se usaron
–por lo menos- 150 millones de
litros de glifosato, 20 millones
de litros de 2-4-D y 6 millones
de litros de endosulfán. Los
últimos dos, sumados a los
coadyudantes y acompañantes del
glifosato son altamente
cancerígenos. Para ejemplo
tenemos los graves casos de
barrio Ituzaingó Anexo en
Cordoba, los de Loma Sené en
Formosa y los centenares de
casos de cáncer en Santa Fe. En
cuarto lugar: en términos
ecológicos y ambientales, todo
el sistema de Siembra directa-sojaRR-glifosato,
no es más que un gigantesco
experimento en 15 millones de
hectáreas de selección de
malezas resistentes y
contaminaciones genéticas
verticales y horizontales
irreversibles, apenas
imaginadas. Un quinto aspecto
del problema se refiere a que el
sistema produce la pérdida
masiva de mano de obra: 4 de
cada 5 puestos de trabajo real
se destruyen por la diferencia
de Tiempo Operativo/Hombre/Ha,
entre los sistemas Tradicional y
SD, mientras se produce sólo 1
puesto de trabajo por cada
500has de SD-sojaRR. Un sexto
aspecto sumado al anterior, es
la destrucción de la pequeña
producción. No son viables la
huerta, el monte frutal, la
apicultura, el monte nativo,
artificial u otras producciones
cercanas a los vuelos u
aplicaciones de glifosato que
por ser un herbicida total
destruye todo tipo de
plantaciones por deriva. Tampoco
es rentable la sojaRR para
superficies menores de 300, 350
y hasta 500 has según la región,
por lo cual los pequeños y
medianos agricultores deben
arrendar sus campos o venderlos.
Un séptimo aspecto se vincula al
robo ‘legal’ de la propiedad
ancestral y la expulsión de
gente del campo. El sistema
Siembra directa-sojaRR-glifosato
hace posible la producción de
pasto-soja en regiones y lugares
donde antes la agricultura no
era posible; de allí que
comunidades ancestrales o de
escasos recursos, que vivían en
áreas marginales ocupando sus
tierras y viviendo de la
producción familiar o de los
frutos del monte, sean
expulsados por la conspiración
mafiosa de gobiernos
provinciales y comunales,
estudios jurídicos gansgsteriles
y fondos de inversión al
servicio del capital financiero
internacional. Se apoderan así
de enormes extensiones de
tierras, que algunos estiman ya
cercanas a los 35 millones de
hectáreas en manos extranjeras.
Este hecho claramente ilegítimo,
pues arrasa con derechos
escritos en la Constitución
Nacional pero no reglamentados,
está introduciendo la violencia
en el campo. Este conjunto de
factores trae aparejadas la
miseria, la expulsión y la
destrucción de la producción
familiar, junto con la riqueza
de un sector minúsculo de
población –toda la población
rural del país no llega hoy al
10% del total nacional-
expresadas en camionetas 4x4,
maquinaria importada de alto
costo, la construcción de
mansiones, gastos suntuarios de
todo tipo y negocios de escasa
legalidad en la mayoría de las
comunidades vinculadas al
‘negocio’ de la soja. Esto se
une a la brutal concentración de
la tierra: 6900
familias-empresas son dueñas hoy
del 49.7% de toda la tierra del
país. Esta riqueza de pocos
unida a la proliferación del
hambre y la desocupación de la
población laboriosa se expresa
en los miles de Planes jefes y
jefas de hogar, cobrados en
pequeñas comunidades rurales
donde nunca existió el
desempleo. Es bueno recordar que
la mitad de la población del
país está aun bajo la línea de
pobreza y un cuarto de la misma
es indigente. Un último tema se
refiere a la dependencia del
productor respecto de las
multinacionales como Monsanto,
propietarias de los derechos de
patentes sobre las simientes y
que subsumen al productor en un
deudor permanente. En síntesis
esta verdadera catástrofe
ambiental, social y económica se
ha llevado adelante para
producir pasto-soja, así los
países industriales pueden
producir carne a bajo costo
subsidiada por el hambre, el
desempleo, la enfermedad y la
devastación ambiental de la
Argentina y los argentinos.
Ingeniero Agrónomo genetista.
Gentileza: alberto lapolla [
agrolapolla@yahoo.com.ar ]
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