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El proceso de singularización
hegeliano como posibilidad
analítica estético-literaria
Por Alberto Fernández Hoya
El presente estudio, así como su
continuación en el trabajo de
investigación para la obtención
del DEA, se han visto
notablemente enriquecidos por el
apasionante magisterio de la
Dra. María José Callejo Hernanz
-profesora titular y directora
del Dpto. Filosofía I de la UCM-
y su amable invitación al
seminario sobre Hegel que ella
misma imparte.
La presencia real que tiene
Hegel en el lenguaje de su
contemporáneos no consiste en
unos pocos conceptos raquíticos
tales como tesis, antítesis, y
síntesis o como espíritu
subjetivo, objetivo y absoluto;
ni menos aún en las numerosas
aplicaciones esquemáticas que se
han hecho de estos conceptos,
(...) en los más diversos campos
de investigación.” (Gadamer, H.
G. 2000: 142)
“La consideración de la obra
hegeliana -desde fuera- invalida
el intento de comprensión del
pensamiento allí plasmado. Este
pensamiento se encuentra
incorporado a un lenguaje cuya
unidad con el pensamiento es más
rigurosa que lo que pudiera
acontecer en otras filosofías.”
(Artola, J. M. 1972: 5)
Introducción
El discurso hegeliano presenta
inicialmente grandes
dificultades y son muchas las
características de tan exigente
proceder que estudiadas por
diversos autores así lo indican.
(Adorno, T. W. 1974: 16; Artola,
J. M. 1972: 5-11-47; Gadamer, H.
G. 2000: 51-143). Por tal motivo
intentamos abordar, desde
distintos perfiles, aquellos
elementos que consideramos
fundamentales, así como, incluir
resúmenes en algunas partes del
texto intentando fijar y matizar
las ideas expuestas. Todo ello
procurando conseguir una
exposición inteligible, pero con
una premisa fundamental: la
mayor fidelidad posible al
sistema del filósofo alemán y su
particular uso terminológico.
Nuestro estudio persigue el
aprovechamiento del pensamiento
estético de Hegel para la teoría
literaria, sin embargo, se trata
de una tarea de tal extensión y
profundidad que desborda las
expectativas de un trabajo como
éste. Por tanto, nos planteamos
el mismo como una mera
aproximación con idea de
continuidad pero no como algo
cerrado, unilateral o en sí
concluso. Esta propuesta
pretende delimitar y explicar,
de manera general, lo que hemos
dado en llamar proceso de
singularización, además de
plantear algunas líneas de
actuación futura para su posible
aplicación a los estudios
literarios.
La actual situación de la teoría
del arte en general y de la
literatura en particular,
deudora de una crisis sobre la
consideración estética que
profundiza el debate abierto por
la modernidad en torno al
criterio de excelencia de las
creaciones poéticas, postula la
objetividad como categoría
problemática del juicio estético
artístico. Una vez más, sería
imposible explicar aquí los
factores que influyen en tales
circunstancias. A la
constitución fragmentaria de la
cultura actual, los medios de
producción, o la democratización
en la creación y recepción
artísticas, habría que añadir y
explicar otros tantos factores
como por ejemplo la
consideración del creador de
manera casi exclusiva, en la
legitimación y validez de las
obras de arte. Una línea de
pensamiento individualista,
heredada de los planteamientos
románticos e idealistas como
errónea y parcial lectura de los
mismos, que sin duda ha
resultado ser la interpretación
más adecuada para un contexto
consumista donde el negocio
prima de forma avasalladora
sobre cualquier otra cuestión,
también en la esfera del arte.
A nuestro juicio, toda teoría
artística debe intentar explicar
los objetos concretos que
centran su interés
contemplándolos tanto en su
realidad individual -productos
acabados- como en su contexto
histórico y general. Para ello
necesita de forma inevitable,
como disciplina rigurosa y
sistemática, establecer patrones
generalizables que funcionen
extensivamente en la fundación
de un criterio, lo más universal
posible, del juicio estético.
“La crítica literaria y la
historia literaria intentan, una
y otra, caracterizar la
individualidad de una obra, de
una autor, de una época o de una
literatura nacional, pero esta
caracterización sólo puede
lograrse en términos
universales, sobre la base de
una teoría literaria.” (Welleck,
R. y Warren, A. 1966: 22).
Otra cuestión muy distinta, es
pensar que pueda conseguirse una
explicación pormenorizada del
funcionamiento artístico en las
grandes creaciones artísticas,
hasta sus últimas consecuencias,
puesto que de ser así, la obra
de arte sublime o el artista
genial podrían reproducirse en
un laboratorio. Ahora bien,
dichas objeciones no están
reñidas con el camino de la
objetividad que debe suponer
obligadamente la tarea de la
teoría, en nuestro más preciso
interés, aplicada a los estudios
literarios.
Argumentar que no pueden
ofrecerse criterios objetivos
para juzgar la creación poética,
por el hecho de no poder
diseccionar y resumir a modo de
mágica receta su funcionamiento
más íntimo, supone situarse en
un relativismo peligroso,
finalmente nihilista. Pero el
nihilismo, lejos de resultar
“postmoderno” o revolucionario,
nos parece, aún en su perfil más
autodestructivo y negativo, una
postura conservadora. La
negación sistemática del
significado consiste finalmente
en igualarlo todo, y si todo
vale, nada vale nada. Este
posicionamiento, además de ser
un error, no contribuye en modo
alguno al cambio, sino más bien
todo lo contrario, posibilita y
legitima lo establecido, aquello
que en principio parecía estar
dispuesto a derogar.
Precisamente el reciente y
finisecular auge de la
deconstrucción en la crítica
literaria como radicalización de
tendencias relativistas que
venían defendiendo la
significación de la obra
únicamente en la recepción
lectora individual, llegó a
negar el significado de los
textos poéticos y la posibilidad
de objetivación teórica en torno
a los mismos, invalidando con
ello las propuestas de
explicación universal del
fenómeno literario.
Sin embargo, no se trata de
instaurar una universalidad
inamovible como factor canónico
excluyente o afirmador, tales
presupuestos muy alejados del
pensamiento hegeliano pueden
suponer un peligro conducente a
una suerte de absolutismo
interesado y partidista. Por
otro lado, tampoco podemos
cifrar tal objetivación en la
mera fusión de universales
temáticos con la individualidad
creadora. La utilización de
temas con un hondo arraigo
antropológico, comunes a todos
los seres humanos, no garantiza
como sabemos la excepcionalidad
de la obra. De la misma manera,
considerar factores
apriorísticos en la construcción
del pensamiento humano tales
como el espacio o el tiempo, no
supone aporte alguno más allá de
una evidencia asumida como
condición universal, quedándose
en un intento explicativo
abstracto y unilateral. Una vez
más, la mera fusión de esta
característica general con la
imaginación creadora del artista
como la contrapartida individual
del proceso creativo, no penetra
en la verdadera esencia de tales
categorías según la propuesta
estética de Hegel, y plantea una
mera articulación, grosso modo,
de dos esferas disímiles,
separadas y a muy distintos
niveles de concreción. El
resultado final de tales
planteamientos sólo podrá
ofrecer la visión de un falso, o
al menos, erróneo idealismo sin
fundamento, que en su desajuste
quedará como una simple
abstracción indemostrable.
Plantear la fundamentación
estética de las creaciones
literarias bajo la dualidad
universal individual como
fusión, supone una
simplificación nada
satisfactoria y enormemente
alejada de la auténtica
profundidad que nos ofrece el
pensamiento de Hegel.
Muy al contrario, la analítica
hegeliana plantea un exhaustivo
camino de las categorías
implicadas, en una
transformación progresiva que es
necesario recorrer para
encontrar su adecuado
aprovechamiento. El proceso de
singularización va mucho más
allá de las circunstancias
biográficas o psicológicas del
artista, del contexto
histórico-social donde se
inscriben éste y su obra, de
consideraciones particulares
como los géneros, etc.,
englobándolas dentro de su
discurrir, que se inicia con la
explicación del concepto y su
realidad en la constitución de
la idea de lo bello y alcanza
hasta el posterior aflorar del
ideal de lo bello artístico
conforme a su idea, como
manifestación en la realidad
efectiva. La Estética de Hegel
plantea un férreo devenir
dialéctico, conectado con el
resto de su sistema filosófico,
donde aparecen múltiples
determinaciones del proceso
tales como por ejemplo la
confrontación subjetividad
objetividad y su superación en
la obra de arte ideal, en una
reconciliación y relación entre
lo interno y lo externo, (Hegel
1989: 74-75). Finalmente la
singularidad, como producto y
resultado de la singularización,
funciona para el filósofo alemán
como un primer acceso a la
verdad, concentrada ésta en una
autonomía superior conforme al
ideal de lo bello artístico y
constituida como creación
poética unitaria distinta del
resto de meras individualidades
que resultarían fallidas en su
pretensión artística (Hegel
1989: 117).
Tal singularidad, supone una
unidad individualmente
delimitada, configurada y
representada por la obra ideal
como producto y resultado del
proceso de singularización. No
estamos ante una singularidad
como mero conjunto de rasgos y
características distintivas, o
ante la manifestación de una
universalidad inmutable,
abstracta e indefinida, sino muy
al contrario, frente a la
sublimidad de la creación
poética singular como totalidad
concreta y efectivamente real.
1.
Estética, ciencia y sistema en
Hegel.
Como sabemos las Lecciones sobre
la estética, no fueron
publicadas por Hegel, sino por
su alumno Heinrich Gustav Hotho
que elaboró el texto con notas
de clase realizadas por el
propio pensador alemán, y
apuntes de sus alumnos. Sin
embargo, en ellas no aparece
nada distinto al conjunto de su
pensamiento, tanto es así, que
pueden considerarse parte de su
analítica global, y por supuesto
el sistema mismo. “La estética
de Hegel no sólo constituye ya
parte de su sistema filosófico,
se encuentra como síntesis
monumental al final de una época
en la que la ocupación teórica
estaba estrechísimamente ligada
a la poesía de la investigación
histórica y de la producción
misma” (Szondi, P. 1992: 155).
En este sentido, nos ha
sorprendido la poca o nula
dedicación que su pensamiento
estético tiene en nuestro país,
hecho evidenciado por la escasez
de publicaciones especializadas
al respecto. Quizás se trate de
una mera cuestión de rigor
filológico, ya que, al no haber
sido publicadas por el filósofo
de Stuttgart y teniendo en
cuenta la meticulosidad con que
revisaba sus ediciones, pueden
presuponerse algunos cambios en
caso de que el mismo Hegel
hubiese asumido la publicación
de sus Lecciones sobre la
Estética. Quizás simples
matices, no podemos saberlo. Si
así fuera, dicho prejuicio
constituiría un gran error ya
que, conociendo sus argumentos
respecto al proceder filosófico,
es imposible considerar la
Estética de menor valor que el
resto de su sistema, pues ella
misma es aquél. Sus
planteamientos estéticos
resultan de igual importancia
que su Lógica, sencillamente
porque son parte de ella, igual
que ésta se ve posibilitada por
la Fenomenología del espíritu.
No se trata sólo de constatar
una íntima y estrecha
vinculación entre obras, sino de
comprender que todas son parte
de lo mismo: El sistema.
El pensamiento estético
hegeliano, es el propio sistema
particularizado en el ámbito
artístico, en él, la mayor parte
de su exposición pertenece a un
desarrollo común para el
conjunto del arte y sus posibles
sistemas de codificación. Su
último tramo expositivo se
concreta en cada manifestación
artística general, y dentro de
éstas, finalmente en la
literatura. A nuestro entender,
la Estética hegeliana participa
del mismo rango científico
-según en el uso del término que
realiza Hegel- que su Lógica, y
es a dicha posibilidad de
justificar la filosofía del arte
como ciencia, a la que dedica
parte de su introducción.
De esta manera, la adecuada
utilización conceptual de sus
categorías estéticas requiere
una constante aproximación al
conjunto de su filosofía.
Estamos sencillamente ante una
necesidad, pero no subjetiva, en
función del lector del texto,
sino independientemente de éste.
La consideración de las
Lecciones sobre la Estética,
desde dentro, en el propio
recorrido trazado por el
filósofo alemán, conduce tarde o
temprano, de forma inevitable, a
su ciencia como Lógica
-metafísica-, y a la
Fenomenología del Espíritu. En
realidad, cualquier parte de su
filosofía, finalmente el
sistema, debe ser asumida en sus
propios términos como condición
previa para entender su
auténtica significación. “Si no
se quiere rebotar de él con las
primeras palabras que se digan,
es preciso, por
insuficientemente que se haga,
comparecer ante la pretensión de
verdad de su filosofía, en lugar
de parlotear meramente de ella
desde arriba y, por
consiguiente, por debajo de
ella”. (Adorno, T. W. 1974: 16).
Tales consideraciones podemos
hacerlas extensivas al proceder
discursivo de Hegel, donde el
calificativo sistemático alcanza
su máxima expresión. Avanza
lenta y minuciosamente en una
implacable sucesión, en la cual,
cada momento encuentra su
fundamento en el anterior y
posibilita el siguiente. Por tal
motivo, en cada parte del
discurso puede reconocerse el
todo, sin embargo, para
comprender una zona determinada
del sistema se hace necesario el
recorrido global. “El
conocimiento de Hegel no tolera
atajos”. (Artola, J. M. 1972:
5).
Evidentemente dichas
características afectan
directamente a nuestro estudio
actual, y lo harán en la posible
continuidad del mismo, ya que
nuestro objetivo más ambicioso
sería la aplicación del
pensamiento estético de Hegel a
lo estudios literarios. Las
palabras de Szondi abundan en lo
que venimos exponiendo: “La
poética de Hegel no puede ser
separada de la estética y la
estética no puede serlo de la
lógica. No es posible buscar
respuestas particulares de la
teoría literaria en Hegel.
Tenemos que considerar todo el
sistema y debemos hacer nuestro
el camino que recorren las
lecciones de Hegel sobre la
estética (...)”. (Szondi, P.
1992: 156).
La palabra sistema, no resulta
un término más en el vocabulario
hegeliano. Igual que en el caso
de otros grandes filósofos, pero
si cabe, de manera aún más
férrea y exigente en Hegel, el
sistema es la propia ciencia, y
ésta lo es sólo y exclusivamente
en la medida que se constituye
como sistema. A tal propósito, y
para ganar su propio lugar como
ciencia, es decir, para poder
posicionarse adecuadamente
alcanzando el punto inicial, y
de esta forma proceder al
despliegue de su filosofía ya
como verdadera ciencia, Hegel
dedica todos sus esfuerzos. Y lo
hace recorriendo un camino
previo, algo que no es el
verdadero comienzo científico,
propiamente dicho, sino un
principio necesario para obtener
el derecho a empezar de verdad,
en su forma adecuada. Dicho
trayecto, es la Fenomenología
del espíritu. Esta obra junto
con la Lógica, suponen la
exposición más amplia del
sistema.
La primera de estas obras tiene
una gran importancia para la
comprensión y el estudio del
pensamiento hegeliano, y por lo
tanto, también en cuanto a sus
ideas sobre la estética. Para
Valls Plana, en dicha exposición
Hegel “habría ya alcanzado lo
que fue, hasta su muerte, el
principio sintético y generador
de su filosofía (la
sustancia-sujeto, el concepto de
espíritu), mientras las obras
posteriores serían un simple
despliegue de ese principio”. “A
La Fenomenología (...) se le
concede por lo general un valor
meramente introductorio, aunque
no ha faltado quien ha visto ya
en ella una cierta exposición de
la totalidad del sistema
hegeliano”. (Valls Plana 1997:
11-12).
La Fenomenología del espíritu
obedecía al proyecto hegeliano
de una obra en dos partes que
tituló inicialmente como Sistema
de la ciencia. Primera parte:
Ciencia de la experiencia de la
conciencia, posteriormente, de
forma inmediata, sustituirá
dicho título por Sistema de la
ciencia. Primera parte: la
Fenomenología del espíritu
(1807), cinco años después
saldrá su Ciencia de la Lógica
pero no ya como una segunda
parte, sino como el sistema
científico propiamente dicho.
En el prólogo de esta obra
podemos leer: “La filosofía si
tiene que ser ciencia, no puede
(...), tomar en préstamo para
este fin sus métodos de otra
ciencia subordinada, como sería
la matemática (...).Solamente la
naturaleza del contenido puede
ser la que se mueve en el
conocimiento científico, puesto
que es al mismo tiempo la propia
reflexión del contenido, la que
funda y crea su propia
determinación”. Ahora bien, para
Hegel la ciencia está desde el
principio, o no es ciencia de
ninguna manera (Martínez Marzoa,
F. 2003 II: 203). Por tanto la
Fenomenología supone ya la
ciencia, aunque todavía no como
tal, sino como recorrido hacia
la misma y por lo tanto parte de
ella. Así, su prólogo si sería
una visión completa del sistema,
sin embargo, la introducción
correspondería únicamente a este
recorrido hacia la ciencia. Esta
es la necesaria conexión, en
sucesivos pasos, del camino
hacia la verdadera ciencia que
la conciencia tiene como lo
propio de su naturaleza. El
principio no es el verdadero
comienzo, lo primero no es el
conocimiento, sino simplemente
la facultad de llegar a tenerlo.
El método científico es camino y
movimiento. Se trata de un
desarrollo inmanente del
concepto mismo, y al tiempo el
método del conocer. Dicho
movimiento afecta tanto a la
estructura del saber como al
objeto del saber, de este fluir
de la brota el nuevo objeto,
dicho principio como cualidad
íntima de la conciencia es para
Hegel la experiencia. “Lo que
vemos que ocurre en Hegel es que
este movimiento es tanto el
sistema en su conjunto como cada
uno de los pasos de él; eso es
sencillamente el movimiento
dialéctico, lo
fenomenológico-negativo-genético,
el Aufheben” (Martínez Marzoa,
F. 2003 II: 209). Por eso la
Fenomenología es la ciencia de
la experiencia de la conciencia,
y por tanto es ciencia como
camino hacia ella misma como
tal, como desarrollo de la
conciencia mediante la completa
realización de la experiencia de
sí misma. “La ciencia de este
camino es la ciencia de la
experiencia que hace la
conciencia; la sustancia con su
movimiento es considerada como
objeto de la conciencia. La
conciencia sólo sabe y concibe
lo que se halla en su
experiencia, pues lo que se
halla en ésta es sólo la
sustancia espiritual, y
cabalmente en cuanto objeto de
su sí mismo” (Hegel 1966: 26).
En este recorrido como
experiencia de la conciencia y
camino a la ciencia, lo primero,
antes que el juicio, sería lo
sensible, la certeza sensible
como saber de algo, a éste
primer estadio de la conciencia
se contrapone como segundo
momento general de dicha
evolución la autoconciencia como
sujeto o saber de sí, y
finalmente, aparece la razón
como reconciliación
objeto-sujeto. Este tercer
momento abre el planteamiento a
un nivel universal donde la
razón sería análoga al individuo
colectivo, el espíritu a la
conciencia objetiva y la
religión al mundo del sujeto,
por último entraríamos en el
saber absoluto. “La experiencia
que la conciencia hace sobre sí
no puede comprender dentro de
sí, según su mismo concepto,
nada menos que el sistema total
de la conciencia o la totalidad
del reino de la verdad del
espíritu. (...). Impulsándose a
sí misma hacia su existencia
verdadera, la conciencia llegará
entonces a un punto donde se
despojará de su apariencia de
llevar en ello algo extraño que
es solamente para ella y es como
otro y alcanzará por
consiguiente, el punto en que la
manifestación se hace igual a la
esencia y en el que,
consiguientemente, su exposición
coincide precisamente con este
punto de la auténtica ciencia
del espíritu y, por último, al
captar por sí misma esta esencia
suya, la conciencia indicará la
naturaleza del saber absoluto
mismo”. (Hegel 1966: 60).
Puesto que la conciencia avanza
hacia su propia existencia,
llegará a un punto en el cual
ceda su apariencia, en virtud de
la cual siempre se encuentra
encadenada a algo exterior a
ella como la alteridad. Pero
esencia y apariencia son lo
mismo. Así, en el saber absoluto
desaparece la ilusión de la
alteridad.
Hegel rechaza el discurso fácil,
para él no puede accederse a la
verdad de forma rápida, o bien
mediante la aplicación de un
método cualquiera, pues como
vimos, sostiene que la filosofía
viene generada como sistema
desde su propio objeto de
estudio. “La verdad, según Hegel,
no se da inmediatamente. Lo
inmediato es algo dado a nuestra
consideración y que, de alguna
manera, se impone a nuestra
conciencia. De aquí que la
conciencia, vertida al objeto
que se le ofrece, no tenga
habitualmente en cuenta que
junto al objeto que se sabe está
el saber de ese objeto” (Artola,
J. M. 1972: 50).
El contenido de la ciencia
genera su propio método. Ahora
bien, comunicar el sentido de
algo, sobre todo si se trata de
una cuestión compleja, exponer
un argumento, así como su
comprensión, requieren un
tiempo. La enorme magnitud del
discurso hegeliano supone un
intento de explicación de algo
intemporal, al menos
difícilmente apreciable para la
comprensión humana, su
subjetividad y limitación
temporales. Este tiempo
dialógico e individual (Pardo J.
L. 2004: 265-292 ) se contrapone
al tiempo diacrónico y objetivo,
de tal forma que un pequeño paso
o iluminación para el hombre
puede suponer toda una vida.
Dicho desajuste temporal queda
manifestado en la Fenomenología
del espíritu, alcanzando
distintas oposiciones
conceptuales como por ejemplo,
diacrónico-dialógico,
esencia-apariencia o
sujeto-objeto. El final de tal
recorrido lo es también de la
Fenomenología, que igualmente
supondrá un ajuste de dichas
desavenencias como sólo
aparentes. Entonces la
conciencia simplemente habrá
ganado el descubrirse a sí misma
como lo que en realidad era. En
dicho plano puede entonces
comenzar la ciencia como tal, en
un plano auténticamente “lógico”
-metafísico- . Finalmente el
sentido gana la batalla al
tiempo, el concepto borra el
tiempo, puesto que el sentido
mismo es el concepto. Así, desde
la percepción de nuestra
subjetividad temporal el
discurso se ve interrumpido por
la muerte como limitación del
individuo en tanto que
contingente, sin embargo en la
auténtica argumentación, la
verdadera esfera donde el
espíritu desarrolla su discurso,
se impone el sentido. Esta
exposición se da de forma
completa en una escala que
supera con mucho la temporalidad
humana individual, y donde el
proceso se plantea en su
auténtica dimensión. La Ciencia
de la Lógica, es entonces la
ciencia del verdadero espíritu,
donde ya las figuras han sido
sustituidas por esencialidades
puras, y la limitación temporal
de nuestra subjetividad como
manifestación individual del
espíritu ha sido superada.
La Fenomenología del espíritu es
una narración que procede a la
pérdida de las ilusiones,
conquistando con este desengaño
la verdad. En ella, el discurrir
de la conciencia a través de su
completa experiencia termina
igualándose a la esencia. Ésta
es la existencia real y
verdadera, el sistema científico
generado por ella misma. “(...)
el camino de la conciencia
natural que pugna por llegar al
verdadero saber o como el camino
del alma que recorre la serie de
sus configuraciones como otras
tantas estaciones de tránsito
que su naturaleza le traza ,
depurándose así hasta elevarse
al espíritu y llegando, a través
de la experiencia completa de sí
misma al conocimiento de lo que
en sí misma es”. (Hegel 1966:
54). En este camino cuya
realización es la Fenomenología,
distintas categorías iniciales
deben llegar a su transformación
final, así, la conciencia
natural acabará por ser ciencia
libre, el saber tal y como
aparece será saber verdadero y
el alma se convertirá en
espíritu. Dicho tránsito supone
la depuración y el
perfeccionamiento inmanente de
la conciencia. “(...). La
presentación del saber que sólo
se manifiesta es el camino de la
conciencia natural hacia la
ciencia. Como por ese camino la
apariencia de lo no verdadero va
desmoronándose más y más, se
trata de un camino de
purificación del alma en
dirección al espíritu. La
presentación del saber que sólo
se manifiesta es un itenerarium
mentis in Deum.” (Heidegger, M.
1995: 132).
Desde el punto de vista de la
conciencia natural, el camino
puede ser negativo por la
pérdida de la verdad -sólo
aparente-, o estimarse de forma
positiva, considerándose la
adquisición del saber real como
una ganancia. En ambos casos,
para Hegel es el “camino de la
desesperación” (Hegel 1966: 54)
del escepticismo consumado.
Ahora bien, tal escepticismo,
pese a su enorme dureza, no
supone una renuncia sino la
apuesta por el cultivo de la
conciencia. “La serie de
configuraciones que la
conciencia va recorriendo en
éste camino, supone más bien, la
historia desarrollada de la
formación de la conciencia misma
hacia la ciencia” (Hegel 1966:
54).
El miedo a la verdad es
realmente temor a la
universalidad, pues la
consciencia como ser sólo para
sí, como conciencia común, es
individualidad unilateral. La
verdad, el absoluto, la razón,
etc., representan lo universal.
Finalmente, el proceder mismo
del pensar conforme a su
verdadero concepto es igualmente
un universal que se proyecta
desde la singularidad
consciente. “(...), la
conciencia es para sí misma su
concepto y, con ello, de un modo
inmediato el ir más allá de lo
limitado y, consiguientemente,
más allá de sí misma, puesto que
lo limitado le pertenece con lo
singular, se pone en la
conciencia al mismo tiempo, el
más allá, aunque sólo sea, como
en la intuición espacial, al
lado de lo limitado.(...), ya
que huye de lo universal y busca
solamente el ser para sí”. (Hegel
1966: 56). La verdadera
conciencia como razón
autopensante es autoexamen y
autocrítica.
Como venimos diciendo, tanto la
Fenomenología como la Lógica,
resultan de enorme importancia
para una comprensión profunda de
los postulados hegelianos acerca
del arte. En las Lecciones sobre
la Estética partirá de la
explicación de la idea como
simple manifestación conceptual,
que sin embargo, conforme a lo
bello artístico habrá de
manifestarse de forma
efectivamente real en el ideal.
Este es uno de los fundamentos
del proceso de singularización
que pretendemos exponer, así
como, de la consideración del
arte como verdad. En dichas
cuestiones la implicación de su
sistema como ciencia global es
innegable. “El automovimiento
del concepto, que Hegel intenta
seguir en su lógica, descansa
por tanto enteramente en la
absoluta mediación de la
conciencia y su objeto, de la
que Hegel hizo tema expreso en
la Fenomenología del espíritu”.
(Gadamer 2000: 19).
2. El
proceso de singularización:
Tensión dialéctica
particularizante y autodevenir
cíclico cohesivo.
Hasta el momento hemos visto de
forma resumida y con diferentes
matices, la total imbricación de
la Estética hegeliana en el
sistema del que forma parte. A
continuación entramos en el
desarrollo general del proceso
que nos ocupa, donde podremos
corroborar algunas de las
cuestiones apuntadas con
anterioridad.
2.1.
Mediación e idealización: el
eliminar y la negación
determinada como cualidades
necesarias y esenciales.
Cuando Hegel desarrolla su
sistema, conoce perfectamente
las doctrinas filosóficas más
importantes que le han
precedido, por lo tanto, en lo
referente a la dialéctica sabe
de su sucesiva utilización por
distintas escuelas: como método
platónico de la división,
aristotélico como lógica de lo
probable y de los estoicos
constituida en lógica de la
recta exposición discursiva.
En el caso del filósofo alemán,
la dialéctica se plantea de
forma general como síntesis de
opuestos, sin embargo, y de
manera detallada, la explicación
de dicho proceder resulta
compleja y supone una auténtica
piedra de toque del pensamiento
hegeliano. El sujeto, la
conciencia, es lo uno y lo otro,
el yo como mero ser y como
pensamiento que se toma a sí
mismo como su propio objeto.
Así, la razón autopensante se
construye en esta unicidad, que
tiende inevitablemente a
desdoblarse, pues ésta es la
auténtica naturaleza de su
subjetividad: el ir más allá de
sí, para sí misma.
Éste es el auténtico dialogar
hegeliano, o mejor aún, el
monólogo dialógico que
constituye la cualidad
inmanente, la esencia íntima del
sistema y el motor del mismo. Un
proceso protagonizado por la
conciencia, subjetividad
espiritual libre y autónoma que
se pone a sí y también como lo
otro ante ella, para finalmente
abolir la distancia que media
entre sujeto y objeto. Se trata
del devenir mismo como retorno y
subjetividad autogenerada en la
necesaria búsqueda espiritual
que se objetiva en su final
unión consigo.
Como comentamos en el apartado
anterior, la singularización
participa del autodespliegue
espiritual hacia el saber
absoluto como parte del discurso
total protagonizado por el
espíritu pero acotado, para
nuestra explicación y posible
aplicación futura, en el plano
estético-artístico. En dicha
esfera, el diálogo conceptual
funciona de igual manera que en
las demás regiones de este
grandioso desarrollo argumental
que supone el sistema, sin
embargo en el arte, el espíritu
debe manifestarse de manera
sensible y por lo tanto su
exposición no puede quedarse en
el simple terreno conceptual.
“(..) es el propio espíritu el
que se corporifica como
expresión de lo espiritual y por
tanto ya como idealizado. Pues
se llama precisamente
idealización a esta asunción del
espíritu, a esta conformación y
configuración por parte del
espíritu.” (Hegel 1989: 124).
Según su funcionamiento general,
podemos exponer el proceder
dialéctico como estructura móvil
constituida en forma de
dualismos conceptuales que
realmente funcionan como una
tríada interconectada cuya
articulación presenta siempre
tres momentos ineludibles:
oposición, contradicción, y
disolución, o autodisolución.
La oposición, queda planteada en
un estado inicial donde el
concepto, como su propia
naturaleza espiritual, se pone
ante sí como lo otro,
negativamente. Este proceder a
oponerse frente a lo
aparentemente otro, marca una
tensión dialéctica entre
extremos como oposición o
negación sólo aparente, en
general como sujeto frente a
objeto, que finalmente es
reabsorbida en una convergencia
asimilativa de la que resulta un
tercer momento. Nuevo plano que,
establecido como producto de la
mencionada autodisolución,
deviene afirmativo, y define el
nuevo punto de partida que
posibilita el consiguiente fluir
dialéctico. “(...), el concepto
se caracteriza, desde su primera
fase, por la “continuidad” de
unas determinaciones en otras.
Lo cual quiere decir que cada
una de ellas se hace presente y
explicita, se transparenta en
aquellas a las que remite. Es lo
que viene a decir que lo
universal del concepto es
mediación absoluta. (...). El
concepto es esencialmente
comunicación en razón de su
universidad.” (Álvarez Gómez, M.
2002: 120).
Esta estructura dialógica como
lucha de contrarios y superación
de la oposición, va desde el
planteamiento universal más
general y abstracto del
pensamiento, hasta los niveles
más concretos, densos y
sucesivamente determinados en
posteriores pasos que definirán
la manifestación real y
efectiva, en nuestro interés
particular: la obra poética
singular. Se canaliza
progresivamente hacia una
manifestación más específica
que, procediendo como una
sucesión de momentos
encadenados, ocurre en distintas
etapas del devenir explicativo
del espíritu. Así, por ejemplo,
dicha exposición triádica,
aparece de forma particular en
la Ciencia de la Lógica -dentro
de su primera parte, la lógica
objetiva-, como recorrido de la
cualidad en la doctrina del ser
: el ser , la nada y el devenir
(Hegel 1968 I: 108). O de manera
más general, tomando ya la
cualidad como un todo asimilado,
resuelto en el devenir, y
partiendo de éste como su tercer
momento culminativo, tendríamos:
cualidad, existencia y
ser-para-sí (Hegel 1968 I:
494-495). También en la
Fenomenología del Espíritu
aparece la mencionada
articulación conceptual, por
ejemplo en forma de momentos
generales del discurrir
fenomenológico: Conciencia,
Autoconciencia y Razón (Hegel
1966: 477-478).
En estrecha conexión con lo
dicho, podemos revisar una
definición en palabras del
propio Hegel: “(...) llamamos
dialéctica al superior
movimiento racional, en el cual
tales términos, que parecen
absolutamente separados,
traspasan uno al otro por sí
mismos, por medio de lo que
ellos son; y así la
presuposición [de su estar
separados] se elimina. La
inmanente naturaleza del ser y
la nada mismos consiste en que
ellos muestran su unidad, esto
es el devenir, como su verdad.”
(Hegel 1968 I 135-136).
Igualmente, en la Lecciones
sobre la Estética encontramos
numerosos ejemplos que pueden
darnos otra visión de dicho
funcionamiento. En este sentido,
podemos recordar su
funcionalidad en el campo
teórico de los géneros
literarios con la adecuación
ternaria de “una tipología de
las modalidades de
representación referencial
literaria de la realidad”
(García Berrio, A. y Huerta
Calvo, J. 1999 :12) en sus
momentos generales tesis,
antítesis y síntesis. Donde,
dejando a un lado las innegables
objeciones respecto del
hibridismo como rasgo
fundamental del anclaje
genérico, encontramos un aporte
importante cuyo resultado supone
finalmente “la más completa
tipología jamás elaborada”
(García Berrio, A. y Huerta
Calvo, J. 1999: 124). Otro
ejemplo de dicho proceder
triádico como movimiento
encadenado, lo observamos en un
momento más avanzado y
específico del tránsito de la
idea al ideal, proceso que nos
ocupa. Se trata de una
referencia a la literatura
dramática para cuya
ejemplificación Hegel escoge a
los clásicos: “(...), las
trilogías de los antiguos son
seriales en el sentido de que
del final de una obra dramática
deriva la colisión para una
segunda que a su vez exige su
solución en una tercera. Ahora
bien, habiendo menester la
colisión en general de una
resolución subsiguiente a la
lucha de opuestos, la situación
de colisión es el objeto
primordial del arte dramático
(...)” (Hegel 1989: 151).
Sobre estos momentos rectores en
la analítica hegeliana y en el
proceso que perseguimos fijar,
así como, su actuación en
distintos estadios de
generalización, podemos decir a
modo de resumen, que según su
cualidad y modo de relación, son
en primer lugar la oposición,
planteada por un algo -el
concepto puesto por sí mismo-,
al que necesariamente se opone
un algo otro, en apariencia como
dos extremos enfrentados, que en
realidad es su trascenderse. En
segundo lugar, la contradicción
generada por dicho conflicto,
que aparece como negación
aparente, o conflicto
irresoluble, pero que al mismo
tiempo suscita una reacción que
lleva, en tercer lugar, a su
autodisolución como superación
asimilativa que se establece
ella misma en un nuevo plano,
determinidad unificada a partir
de la cual continua el proceso,
trascendiendo lo otro a sí.
Ambos lados se necesitan, la
existencia de uno supone
igualmente y de forma necesaria
la de su “oponente” porque
participan de la misma esencia.
La reconciliación en los propios
términos que venimos utilizando,
no supone una exclusión de los
extremos en juego, sino al
contrario, una superación
integradora fundamentada en la
necesidad de ambos como
posibilidad y realización de su
elevación al plano subsiguiente.
El fluir de dicho procedimiento
es una cuestión de necesidad y
constituye la propia naturaleza
de la esencia o sustancia
espiritual.
Como aspecto importante de la
dialéctica hegeliana cabe
recordar su cualidad evolutiva e
inmanente, que la convierte en
un proceso de perfeccionamiento
donde lo esencial sólo se da
como producto y resultado de
dicho progreso. “Las llamadas
filosofías racionalistas de
Descartes, Espinoza y Leibniz
ven en la sustancia el concepto
fundamental. Hegel mismo
considera ciertamente el ser
como ineludible punto de
partida, pero a la vez como el
concepto más pobre, que postula
desde sí mismo su superación y
su definitiva culminación en la
idea, que de este modo se
convierte en el verdadero objeto
de la “ciencia de la lógica”, la
más alta creación metafísica de
la filosofía moderna hasta
nuestros días” (Álvarez Gómez,
M. 2002: 89-90).
Una ayuda inestimable para la
comprensión de este proceder
mediador y de su determinado e
íntimo movimiento, nos es
ofrecida en la Ciencia de la
Lógica a propósito de la
expresión eliminar -Aufheben- y
su condición polisémica en
alemán, donde por un lado
significa conservar, y por otro
lado, poner fin o abolir, así
como, en la diferencia entre la
propia acción del verbo y el
objeto de dicha acción. “El
eliminar [Aufheben] y lo
eliminado (esto es, lo ideal)
representa uno de los conceptos,
más importantes de la filosofía,
una determinación fundamental,
que vuelve a presentarse
absolutamente en todas partes, y
cuyo significado tiene que
comprenderse de manera
determinada, y distinguirse
especialmente de la nada. Lo que
se elimina no se convierte por
esto en la nada. La nada es lo
inmediato; un eliminado, en
cambio es un mediato; es lo no
existente pero como resultado
salido de un ser. Tiene por
tanto la determinación, de la
cual procede, todavía en sí.” (Hegel
1968 I: 138).
Asimismo, Aufheben, cuya
propuesta equivalente para
Ortega y Gasset y luego aceptada
por Zubiri fue absorber (Zubiri,
X. 1935: XVI), puede significar
sublimar, en el sentido de
elevar. Dicha elevación
ejemplifica el tercer momento de
toda oposición, como
reconciliación final de donde
surge la síntesis en la que los
extremos son reabsorbidos y
eliminados -Aufgehoben-,
conservándose al mismo tiempo.
Estamos ante la clave resuelta
de la propia tensión entre
aparentes opuestos que
finalmente, en la continuidad
del proceso que nos ocupa,
posibilitará la aparición de la
singularidad -obra poética
singularizada-. En este punto,
un nuevo concepto hace su
aparición para matizar aún más,
si cabe, dicha eliminación como
el proceder mismo del espíritu
en su particularizarse: la
negación determinada.
Efectivamente los extremos en
tensión resultan eliminados y
por tanto extintos como tales,
sin embargo, su desaparición
como su propia constitución
unilateral y contradictoria, no
supone una nada sin más, como
simple ausencia, sino al
contrario, su eliminar como
supresión asimilativa, obtiene
su sublimación en un tercer
momento que los incorpora. En
este incorporar convergente que
supone la actividad misma del
proceso, al mismo tiempo que son
asimilados desaparecen como lo
que erráticamente se postulaban,
y ese eliminarse como simples
opuestos, supone en verdad una
nada, pero no como vaciedad
última, sino como negación
determinada y por tanto de signo
afirmativo y continuador. Esta
Aufhebung implica “la
preservación de todos los
elementos de verdad que se hacen
valer en las contradicciones e,
incluso, una elevación de estos
elementos a una verdad que
circunda y une a todo lo
verdadero.” (Gadamer, H. G.
2000: 133).
Tal disposición conceptual
aparece también en el desarrollo
de la lógica subjetiva,
concretamente en la doctrina del
concepto, donde podemos leer, a
propósito de dicha tensión
dialéctica y como ejemplo
concreto, lo siguiente: “El
concepto fue considerado antes
como la unidad del ser y la
esencia. La esencia es la
primera negación del ser, que se
ha convertido así en apariencia;
el concepto es la segunda
negación, o sea la negación de
la negación, y por ende, es el
ser restablecido, pero como la
infinita mediación y la
negatividad del ser en sí mismo.
Por consiguiente, ser y esencia,
ya no tienen, en el concepto, la
determinación en la que ellos
existen como ser y esencia, no
tampoco están en una unidad tal
que uno aparezca sólo en el
otro. El concepto por tanto no
se distingue de estas
determinaciones. Es la verdad de
la relación sustancial, en la
que ser y esencia consiguen su
acabada independencia y
determinación, uno por medio del
otro. Como verdad de la
sustancialidad se ha mostrado la
identidad sustancial, que existe
igual y solamente como el ser
puesto. El ser puesto es la
existencia y el distinguir;
(...). ”(Hegel 1968 II).
Para ir terminando con este
apartado, y antes de continuar,
resulta interesante tener en
cuenta una peculiaridad
expositiva del discurso
hegeliano para una mejor
comprensión del mismo. Se trata
del uso habitual de sinónimos
que suponen, además de la
utilización de varios términos
para un mismo campo semántico,
una matización y enriquecimiento
en la explicación como
consideración de una misma
cuestión desde distintos
perfiles o puntos de vista.
Así por ejemplo, resultan de
gran importancia para nuestro
estudio según lo venimos
desarrollando, los vocablos:
Mediar, idealizar, eliminar o
particularizar que recogen la
misma actividad subjetiva como
inmanencia sustancial, y que
son, junto a las categorías
universal, particular,
individual y singular, la clave
del proceso de singularización
para nuestro interés en la
esfera del arte. Este
procedimiento discursivo es
doblemente interesante, pues al
establecimiento de dichos grupos
sinonímicos se oponen otros, de
manera que su atenta observación
nos permite fijar con mayor
precisión su significación más
ajustada. Utilizando un simple
ejemplo y a este respecto,
podemos recordar como para Hegel
la negación sin más es
inmediatez, mientras que la
negación determinada es
mediación.
Finalmente, el movimiento
dialéctico descrito, supone el
fundamento mediador de
contrarios y la superación de la
alteridad, que aparece en
distintas estaciones del devenir
espiritual, y del mismo modo,
protagonizado por otros tantos
extremos aparentemente opuestos.
Tal es el caso, por ejemplo, de
la unidad subjetivo- objetiva o
del funcionamiento estructural
triádico planteado
esquemáticamente bajo la
dualidad universal-individual,
donde la universalidad de la
idea como concepto se manifiesta
sensible y singularmente como
individualidad objetual en la
realidad efectiva. Aquí se nos
plantea un momento especialmente
importante y localizado del
fluir singularizante: la acción,
pues se concreta en el aflorar
del ideal de lo bello artístico
a la realidad externa
configurándose conforme a la
idea según su propio concepto.
En dicha estación transitoria y
necesaria, observamos el
funcionamiento de la tensión
dialéctica como fuerza cohesiva
según la hemos expuesto, e
igualmente, su íntima relación
en correspondencia con la
estructura categorial
silogística de lo universal, lo
particular y lo
individual-singular: La
circunstancia universal del
mundo y la situación, como lados
opuestos cuya reacción provocada
por el segundo término - al
mismo tiempo la propia
particularización- supone
aquella acción mediadora -Aufhebun-
que posibilita el nuevo e
individual momento de la acción
en general.
Dichas categorías conceptuales
son de gran importancia en
nuestro trabajo, pues además de
ser junto al motor dialéctico,
el centro mismo del proceso que
perseguimos, se explican y
definen como estructura móvil,
desde la universalidad
abstracta, en su
particularización a través de
distintas etapas sucesivas,
hasta la individualidad singular
concreta que será la creación
artística. “(...). Si en un
primer momento lo particular y
lo singular se nos presentan
como “el aspecto negativo”, como
lo que no es universal, desde el
momento en que se pretende
responder a la ineludible
pregunta acerca de lo que son
esas “determinaciones” se nos
revelan como expresión de lo
universal, como radicadas en esa
primera dimensión del concepto y
como recibiendo de él su
consistencia. Por tanto, lo
particular y lo singular niegan
aquello mismo en que por de
pronto se hacen valer en tanto
que “aspecto negativo” de lo
universal; su verdad consiste en
ser “lo negativo de lo
negativo”. Si queremos
identificar lo particular y lo
singular en lo que son
esencialmente nos vemos
remitidos de lleno a lo
universal, frente a lo cual se
habían demarcado
inicialmente.(...)” (Álvarez
Gómez, M. 2002: 122).
Habiendo visto el corazón del
proceder dialéctico debemos
entrar ahora en las categorías
que, definidas en ocasiones bajo
el esquema dual y simplificador
entre extremos aparentemente
contradictorios:
universalidad-individualidad
pero que funcionan realmente
como estructura ternaria, hacen
posible explicar el necesario e
inevitable aparecer de la idea
de lo bello artístico en su
exteriorización como ideal
efectivamente realizado; la
unión de la idea como sólo ideal
con la realidad, y ésta como
apariencia verdadera o realidad
superior. En ellas se encuentra
recogido el automovimiento de la
conciencia desde las primeras
etapas de su desarrollo hasta la
razón autopensante, síntesis de
opuestos por medio de su
recíproca determinación.
Asimismo, ofrecen la posibilidad
de la obra poética como cualidad
necesaria en el ámbito
artístico, producto y resultado
del movimiento que venimos
comentando.
2.2. Respectos
cuantitativo-cualitativos como
particularización y estructura
triádica según su funcionamiento
silogístico: Universal,
particular, individual y/o
singular.
Hemos podido observar hasta que
punto el proceso de
singularización es mediación
asimilativa de extremos sólo
aparentes, y de igual manera,
idealización o particularización
que en su más intima naturaleza
consistía en una negación y
eliminación sólo como negación
determinada y por lo tanto,
actividad afirmativa e
integradora.
Así pues, dicho motor del
proceder dialéctico, fundamenta
y explica la unidad de la
universalidad abstracta con la
individualidad, en la que
permanece como particularización
singular y singularizada,
planteadas como aparentes
opuestos en un funcionamiento
cuya verdadera naturaleza supone
una estructura triádica móvil a
sucesivos y muy distintos
niveles de concreción.
En una primera y breve
aproximación, podemos observar
como los términos en cuestión
son utilizados durante todo el
recorrido estético del discurso
hegeliano, su aparición, así
como, sus derivados y distintas
posibilidades combinatorias,
abarcan toda la obra desde la
estructura general de la misma
hasta algunos epígrafes
concretos, pudiéndose constatar
simplemente con un detenido
análisis del índice. Dicha
profusión resulta, como veremos,
directamente proporcional a la
profundidad de esta estructura
conceptual que responde a un
comportamiento sistemático,
fundamentado con anterioridad en
la Feomenología del Espíritu, y
posteriormente en la Ciencia de
la Lógica.
De forma general y según su
interpretación más sencilla y
habitual, lo universal aparece
en las Lecciones sobre la
Estética como categoría
extensiva susceptible del máximo
grado de generalización,
mientras por otra parte, el
término individual es utilizado
para referir una entidad
cuantificada como unidad. La
palabra singular recoge el mismo
campo semántico funcionando en
ocasiones como sinónimo de la
individualidad una, y lo mismo
podemos decir sobre algunas
aplicaciones del término
particular.
Ahora bien, el vocablo
particular tiene en esta primera
consideración simplemente
terminológica y discursiva, dos
acepciones, por una parte,
funciona como sinónimo de
general, como veremos a
propósito de la estructuración
general de las lecciones y la
utilización de estos términos, y
por otra parte, se utiliza
también para designar lo
contrario de lo general.
Igualmente, tomado como momento
del despliegue dialéctico, lo
particular resulta el lado que
se pone como extremo frente a lo
universal, y de la misma forma,
el momento intermedio o centro
cohesivo entre lo universal y lo
individual y viceversa. Además,
su derivado particularización,
como vimos anteriormente, supone
no sólo la clave del proceso de
singularización como movimiento
y fundamento dialéctico, sino,
la fusión de terrenos
aparentemente contrarios y ese
mismo proceder como acción
idealizadora que puede resumirse
en la mediación entre sujeto y
objeto, y su condición final
retornante.
Según lo expuesto, podemos
decir, de manera muy resumida,
que la categoría particular
puede significar varias cosas
según su contenido en la
Estética: general, concreto, y
momento intermedio, así como, su
derivado, la expresión
particularización, representa la
actividad mediadora del propio
proceso de singularización.
Tomemos a modo de ejemplo, en
esta primera aproximación, la
propia estructura general de las
Lecciones sobre la Estética,
donde aparecen implicados los
términos que venimos analizando
con un carácter cuantitativo y
organizador, dividiendo la
propia obra en tres partes:
desde la universalidad
conceptual pasando por los
momentos generales y
particularizadores de la idea,
hasta la ideal individualidad
objetiva y efectivamente real de
las obras de arte.
Observando esta panorámica
global, tenemos en primer lugar
la exposición de la idea de lo
bello artístico o el ideal, en
general, como contenido
universal. En segundo lugar, las
formas particulares de lo bello
artístico suponen la conexión
entre la idea y el ideal, así
como el desarrollo de éste hacia
su realización efectiva,
ocupándose de la relación o
“completa mediación entre el
significado en cuanto lo interno
y su configuración en lo externo
y aparente” (Hegel 1989: 451).
En este caso el término
particular, todavía en un nivel
de concreción muy general,
podría sustituirse también por
universal, respecto del ámbito
artístico. Así, estas “formas
artísticas universales” (Hegel
1989: 444) harían referencia a
lo Simbólico, lo Clásico y lo
Romántico como desarrollo, en
sucesivos momentos, del devenir
de lo bello artístico en la
determinación de su Ideal. Como
dijimos, en este caso lo
particular aparece como sinónimo
de general, aunque en una
consideración más profunda y
comprehensiva ya hemos atisbado
su verdadero alcance.
Y en tercer lugar, y como
objetivación de las formas
particulares, el sistema de las
artes singulares supone una
totalidad de diferentes ámbitos
configuradores de lo bello
artístico en la realidad
efectiva: Arquitectura,
Escultura, Pintura, Música y
Poesía, esta última con la misma
significación genérica, en
cuanto generalidad y no en
cuanto genericidad, que el
término Literatura. En esta
ocasión, las distintas
disciplinas artísticas se
constituyen como singulares para
indicar un mayor y sucesivo
grado de concreción respecto de
la estructura y organización de
las Lecciones sobre la Estética,
y también, en relación a la
misma y anterior utilización de
los términos universal y
particular. Sin embargo, tomadas
como formas universales o
generales de codificación
artístico - discursiva,
podríamos hablar por ejemplo, de
Literatura como sistema
universal, donde lo épico como
género sería una
particularización general, y
dentro de éste, de la Ilíada
como obra individual, que
compartiría su condición de
especificidad, según nuestro
ejemplo, con otras obras
singulares.
Estas consideraciones son
meramente discursivas, para
permitirnos observar la
posibilidad de una ordenación y
sustitución terminológica en
función del nivel de concreción
y posicionamiento explicativo,
lo cual efectivamente, confiere
a dichos vocablos una validez
contextual, pudiendo parecer que
tales categorías son simples
puntos de vista cuantitativos en
relación a un posicionamiento
concreto como perspectiva de la
mera exposición del discurso.
Por ello dichas categorías han
sido expuestas hasta aquí, sobre
todo, para una explicación
meramente cuantitativa y
relativa, respondiendo a un
contenido u otro según el punto
de vista o su aplicación como
nivel de concreción variable,
pero siempre en alusión
extensional para la
universalidad e intensional para
la individualidad y la
singularidad. De esta manera, se
comportarían para Hegel como
simples abstracciones
unilaterales y contradictorias,
algo que como veremos no sucede.
Muy al contrario, su
funcionamiento supone otra de
las claves definitorias del
proceso de singularización, así
como, de su más íntimo principio
y fundamento dialéctico. Estamos
ante respectos que efectivamente
son cuantitativos, pero que
también responden y se comportan
cualitativamente como mediación,
interconectados entre sí, e
interdependientes.
Universal e individual,
particular o singular, tomadas
según su auténtico
funcionamiento estructural, no
aluden simplemente a una
cuestión cuantitativa en
términos de extensionalidad o
intensionalidad, según el número
de notas necesario para su
definición. Y aunque en
ocasiones concretas son
utilizadas de forma aislada como
categorías meramente abstractas
y unilaterales suponiendo un
mero indicativo de cantidad,
para Hegel y según el proceso
que queremos explicar, funcionan
en íntima conexión y a distintos
niveles de concreción,
autoafirmándose cada una de
ellas en referencia a las demás,
como relación cooperteneciente.
Se trata pues de respectos
cuantitativo - cualitativos, que
pueden aparecer como simples
conceptos más o menos abstractos
para la exposición del discurso
y aplicarse a distintos tipos de
contenidos, siempre de manera
interrelacionada. En realidad,
no funcionan de forma estática
sino alejados de una inmovilidad
unilateral conforme a su
verdadera determinación, y
siempre conectados en una
relación cohesiva.
La naturaleza de esta estructura
triádica como automovimiento
necesario que tendrá en el
ámbito artístico su condensación
concreta en la obra de arte como
singularización y singularidad
universal, se encuentra en la
propia naturaleza del devenir
espiritual como tensión
dialéctica, que procede a darse
en sucesivas estaciones y bajo
distintos momentos esenciales:
sustancia-sujeto, pensamiento,
autoconciencia, razón, etc. Se
erigen como un fluir
fundamentado en la propia
constitución del saber como
razón y su utilización del
lenguaje para construirse a sí
mismo, pues la conciencia es
unidad del ser y del pensar, y
en ella reside la facultad de
escindirse para poder
aprehenderse como lo que
realmente es. Ésta es su
verdadera índole como cualidad
necesaria e inmanente capaz de
ir más allá de sí misma
asumiendo la alteridad como lo
otro sólo aparente. Finalmente
el concepto -logos- ha de
corresponder al hecho -objeto- y
de igual manera, éste al
concepto. Por ello la
universalidad del pensamiento
como concepto determinado y
posteriormente idea, lleva en
sí, como momentos generales lo
universal, lo particular y lo
singular, pero de igual modo, lo
real -la obra poética- debe
corresponderse con su concepto
como manifestación objetual
individual y auténticamente
verdadera que pertenece a la
universalidad desde la que se
particulariza, y a la que
representa y remite. “(...),
porque lo determinado tiene, por
su propia naturaleza, que
perderse en su contrario; de ahí
que la razón deba avanzar más
bien dejando tras de sí la
determinabilidad inerte que
presentaba la apariencia de lo
permanente, hasta llegar a la
observación de la misma tal y
como en verdad es, a saber: en
cuanto se relaciona con su
contrario. (...). Lo universal
en el sentido la universalidad
de la razón es también universal
en el sentido que el concepto
tiene en ello, en el sentido de
que lo universal se presenta
ante la conciencia como lo
presente y lo real o de que el
concepto se presenta bajo el
modo de la coseidad y del ser
sensible; (...). Lo que vale de
un modo universal tiene también
validez universal; lo que debe
ser es también de hecho, y lo
que solamente debe ser sin ser,
carece de verdad”. (Hegel 1966:
153-154).
El mero pensar como conciencia
ordinaria encuentra en sí mismo,
como su proceder, la necesidad
de su progreso y evolución hasta
la razón autopensante y
operante, pues el funcionamiento
universal del pensamiento o
concepto meramente general, como
estructura de naturaleza
universal, supone simplemente
una abstracción en sí, que sólo
a través de su desarrollo
inmanente y autogenerado como
transitar por distintas
estaciones o figuras de la
conciencia individual conseguirá
establecerse como saber en y
para sí. (Hegel 1966: 180-183).
“(...). No se trata pues de que
lo universal vaya educiendo de
sí sus determinaciones. Éstas
representan la mediación, pero
no de lo universal, sino del
concepto mismo. El concepto es
consitutivamente, desde el
primer momento, lo universal, lo
particular y lo singular, y en
esas tres dimensiones de un modo
igualmente originario. No se
puede pues hablar de prioridad
de lo universal, a pesar de que
éste es caracterizado como “la
esencia de la determinación”.
(Álvarez Gómez, M. 2002: 123).
En general, éste es el principio
que rige el funcionamiento de
dichas categorías en el
movimiento dialéctico, así como,
en la propia naturaleza del
sistema hegeliano, donde la
negación determinada como
eliminación e idealización,
alude específicamente a esta
cualidad del concepto que supone
su particularizarse desde la
universalidad del pensamiento
consciente, a la individualidad
singular real donde aquella
queda eliminada como simple
abstracción conceptual, pero sin
embargo permanece conservada
como totalidad concreta. La
singularización es la
consecuencia de este devenir
autogenerado que la analítica
hegeliana insiste en situar como
inevitable cohesión entre el
pensamiento como razón
conceptual universal, de forma
particular y determinada
denominada concepto, y su
realidad efectivamente
manifestada como individualidad
singular.
Según lo indicado, y como paso
previo a nuestra definición
general del proceso de
singularización, encontramos en
la Ciencia de la Lógica
interesantes exposiciones de
estas categorías, por ejemplo,
en una explicación del concepto
en general, como abstracción
percibida por el intelecto,
frente a su final aprehensión
por la razón. “Este concepto
general, (...), contiene ahora
los tres momentos: de
universalidad, particularidad e
individualidad. (...). En primer
lugar es puro concepto, o sea es
la determinación de la
universalidad.(...) empero, es
también sólo un concepto
determinado cuando se pone al
lado de los otros.” (Hegel 1968
II: 277-278) y (Hegel 1989:
82-83). Aquí se nos muestran los
momentos del concepto como tal,
cuestión que se verá corroborada
en las Lecciones sobre la
Estética donde el concepto se
considera primero en su unidad
como universal referencia a sí,
para pasar más tarde a su
realidad como necesidad
inmanente.
Hemos visto como universalidad,
particularidad, individualidad
y/o singularidad, suponen una
estructura triádica cuyo
funcionamiento silogístico se
establece aparentemente como
tensión dual entre opuestos,
pero que en realidad determina
cada uno de los componentes de
dicha tríada en función siempre
de los otros dos. Para el
proceso de singularización,
tanto el proceder dialógico como
la comprensión
cualitativo-cuantitativa de
estos respectos, definen su
auténtica naturaleza y
fundamento. Así, el aumento de
la concreción como condensación
convergente “final” en la obra
de arte, supone igualmente una
necesaria disminución
cuantitativa o extensional, es
decir una intensión, pero nunca
una pérdida cualitativa. A mayor
nivel de concreción o
adensamiento, menor
extensionalidad y abstracción.
Por eso la creación poética
conforme a lo bello artístico
supone la universalidad concreta
y efectivamente real como
singularidad individual. “(...).
Si es cierto que lo particular y
los singular no se explican
adecuadamente desde sí mismos,
no lo es menos que tampoco lo
universal es explicable
adecuadamente, sólo desde si
mismo. (...)” (Álvarez Gómez, M.
2002: 123).
En cuanto a la férrea
constitución del sistema
hegeliano, reflejada claramente
en su Estética, y en su
explicación de las categorías
que venimos utilizando, debemos
tener en cuenta que desbordan
ampliamente los límites del
arte, si bien, en estrecha
relación tanto con su definición
como con su funcionamiento
global, pues éste no es más que
una parte del despliegue como
espíritu absoluto, y lo mismo.
Por eso, y para una mayor
profundización en las categorías
universal, particular,
individual y singular, resulta
necesario acudir a otras obras
del pensador alemán. Desde
nuestro actual interés,
simplemente aludimos a
continuación, de manera
esquemática, a los puntos
concretos donde dicha ampliación
conceptual puede realizarse, no
obstante, pensando en la
continuidad de este trabajo,
sería necesario un mayor
detenimiento en la mencionada
articulación categorial,
contrastando de manera
pormenorizada el sistema lógico
con las propias Lecciones sobre
la Estética para, en última
instancia, poder considerar su
aprovechamiento concreto como
aplicación a la Crítica
literaria.
Así, la Ciencia de la Lógica
plantea varios momentos
importantes para la comprensión
de dichos respectos y su
funcionamiento como estructura
ternaria. Primero, el intelecto
como la facultad general de
elaboración conceptual
contendría como hemos dicho el
concepto universal, el
particular y el individual.
“Universalidad, particularidad e
individualidad son, según lo que
ya se dijo, los tres conceptos
determinados, cuando
precisamente se quiera
contarlos. Ya se ha mostrado
anteriormente que el número es
una forma inapropiada, para
comprender en él las
determinaciones del concepto;
además es la más inapropiada
para las determinaciones del
concepto mismo” (Hegel 1968 II:
292). En segundo lugar, aparece
el juicio como perfeccionamiento
del mero intelecto que alcanza
la razón y su capacidad para el
concepto determinado. Así, el
juicio es la determinación del
concepto puesta por él mismo
como su primera realización.
“(...) el juicio puede llamarse
la primera realización del
concepto, puesto que la realidad
designa en general la entrada en
la existencia como un ser
determinado,” (Hegel 1968 II:
307).
Seguidamente, Hegel establece
una tipología de los juicios
dentro de los cuales aparece el
de reflexión como cantidad,
cualidad y mediación, que se
compone del juicio singular,
particular y universal (Hegel
1968 II: 334-336).
Y por último, en esta progresión
del movimiento dialéctico de la
conciencia como pensamiento, la
razón llega a su máxima
expresión en el silogismo como
reconstrucción del concepto en
el juicio y unidad de ambos.
“(...) en la razón, los
conceptos determinados están
puestos en su totalidad y
unidad. Por consiguiente no sólo
el silogismo es racional, sino
que todo lo racional es un
silogismo” (Hegel 1968 II: 357).
De esta forma el discurso
hegeliano se centra primero en
el silogismo de la existencia
donde presenta y analiza cuatro
figuras del mismo: I-P-U, P-U-I,
I-U-P y U-U-U. -Siglas de
Individualidad, particularidad y
universalidad- (Hegel 1968 II:
360-385). En el caso de los tres
primeros silogismos cualquiera
de ellos presupone a los otros
dos, el cuarto o silogismo
matemático es utilizado a modo
de cierre para exponer el hecho
de que si dos cosas son iguales
a una tercera, también son
iguales entre sí. Igualmente
para la profundización en
nuestra categorías puede
acudirse a la Fenomenología del
Espíritu donde a propósito del
funcionamiento de la razón
observante se establece la ley
de la individualidad (Hegel
1966: 183 y ss.); posteriormente
a la individualidad como la
realidad de lo universal (Hegel
1966: 229); y de igual modo, a
la individualidad como razón
operante. (Hegel 1966: 231-255).
Sirva por el momento lo expuesto
hasta aquí sobre las categorías
en cuestión que, junto con el
anterior apartado, posibilitarán
nuestro estudio como
aproximación a una primera
definición del proceso de
singularización. Sobre algunos
de estos aspectos habremos de
volver inevitablemente, pero ya
en cada caso concreto según su
más adecuado uso y en directa
referencia a su funcionamiento
estético. Quedan pues, para el
trabajo futuro, las conexiones
más profundas y ligadas a la
Estética que dichos respectos
nos ofrezcan en el sistema
lógico de Hegel.
Terminamos este punto con un
ejemplo concreto y recopilador
de lo visto hasta aquí, en su
aplicación a un momento
importante de las Lecciones
sobre la Estética, se trata de
la manifestación efectiva del
ideal como devenir. La idea de
lo bello artístico no puede
quedarse en el simple concepto
sino que necesaria e
inmanentemente se da en la
realidad efectiva según su más
íntima cualidad. Esta
determinación suya le permite
aflorar como real en el ideal.
“(...) la determinidad en la
medida en que se desarrolla, a
través de su particularidad,
hasta la diferencia en sí y
hasta la solución de la misma,
lo que en general podemos
denominar acción” (Hegel 1989:
130).
Encontramos en esta parte del
autogenerado tránsito subjetivo,
imbricados de manera clave, por
un lado, la dialéctica como
negación determinada y eliminar
(Aufheben) de extremos en una
necesaria resolución
subsiguiente, y por otro lado, y
dentro del mismo proceso
dialógico, lo universal, lo
particular y lo individual. Todo
ello bajo la aparición de tres
momentos generales
interconectados: La
circunstancia universal del
mundo, la situación y la acción.
La circunstancia del mundo
tendrá su lado opuesto en la
situación particular que
suscitará la contradicción y
finalmente la necesidad de un
tercer momento: la acción, como
reconciliación y superación
integradora, negación
determinada e idealización
individual donde resultan
absorbidos los extremos
universal y particular como sólo
aparentes. Finalmente, la acción
supondrá la individualidad
actuante que posibilitará la
determinación externa del ideal,
por una parte como subjetividad
productiva individual y por
otra, en su conformación externa
como obra singularizada y
singularmente universal. “(...),
pues lo universal sólo cobra
realidad concreta por medio de
lo singular, en tanto en cuanto
sólo en lo universal encuentra
el sujeto singular y particular
la base y el auténtico contenido
de su realidad efectiva.” (Hegel
1989: 134).
2.3
Explicación y definición
general.
Como parte fundamental y ella
misma constitutiva de una
posible definición general del
proceso de singularización,
hemos visto la naturaleza
dialéctica del despliegue
espiritual, así como su
implicación en las categorías
cuantitativo-cualitativas que
como fórmula esquemática de
aparentes opuestos resumen lo
universal conceptual abstracto y
lo individual real unilateral.
Llegados a este punto, tenemos
las suficientes evidencias para
encuadrar y definir nuestro
proceso de acuerdo con el
sistema hegeliano y más
concretamente dentro de su
pensamiento estético, como parte
integrante de su analítica
global. La definición no
pretende tanto resultar
inamovible, cuestión que por el
momento debemos aplazar, cuanto
perseguir la fidelidad de sus
planteamientos, así como, de
nuestros propios intereses sobre
una posterior aplicación a la
crítica literaria, de la que
pueda resultar una revisión
teórica que fundamente la
vigencia de dicho sistema.
De este modo, nuestra definición
busca, en primer lugar, acotar
el proceso al ámbito artístico,
pero teniendo en cuenta su
pertenencia a un despliegue de
mayor alcance. En segundo lugar,
nos interesa la noción de
automovimiento. No en el sentido
de un desplazamiento espacial,
de un punto a otro, sino más
bien, de una evolución o
transformación, un cambio
auotogenerado y mediado, es
decir, un desarrollo interno que
pasa por distintas fases, y que
en sí mismo lleva como cualidad
inherente su despliegue. En
tercer lugar, y como punto de
llegada de dicha progresión,
aunque no como final de
trayecto, nos interesa la obra
de arte bella, o más
precisamente la creación
literaria conforme a lo bello
artístico, que se constituye en
su ser-ahí como individualidad
singular. En ella se condensan
todos los momentos del
despliegue. Dicho espesor nos
remite, desde la intuición
intelectiva, a una realidad
superior, región del espíritu
que manifiesta el arte en y
para-sí. El devenir supone
finalmente un retorno, apuntando
como otra de las características
de nuestro proceso su
circularidad, pues finalmente se
trata de un buscarse por delante
de sí mismo, en el propio
desarrollo, para ganar
únicamente lo que en realidad se
era. Así, por ejemplo, el cigoto
incorpora en su consitución
esencial y universal la cualidad
de desplegarse, que
necesariamente debe darse en su
evolución hasta el ser humano
adulto como individualidad
singular.
El proceso de singularización
resulta entonces, un discurso
dialéctico universal, tránsito
espiritual, y en el arte, la
primera esfera del espíritu
absoluto. Es parte y lo mismo,
del devenir como automovimiento
y fluir universal, que nosotros
aislamos para su análisis, de la
idea al ideal, en la
convergencia unitaria como
singularidad individual que es
la obra de arte, y más
precisamente la creación
literaria sublime -en su
acepción más conocida y no como
Hegel utiliza el término-.
Efectivamente, hablamos siempre
de quedarnos en el terreno
artístico, pero como sabemos no
es la única esfera del espíritu
absoluto sino sólo la primera
frente a la religión y la
filosofía. Este manifestarse
como sucesión o elevación
cualitativa marca para nosotros
la premisa espiritual de
objetivarse sensiblemente en el
arte como realidad, pero también
como continuidad del proceso en
la búsqueda de sí mismo. En este
ámbito, el espíritu se
manifiesta como apariencia
sensible para la intuición y el
sentimiento del hombre, así, el
sujeto se conforma enteramente
como individualidad objetiva en
forma de obra de arte, pero
puesto que su propia naturaleza
es la interioridad no
contingente, retorna a sí y
vuelve a darse como en su
elemento propio en la esfera de
la religión como subjetividad y
consciencia individual. Así,
“(...) lo absoluto se ha
trasladado de la objetividad del
arte a la interioridad del
sujeto y ahora está dado para la
representación (interna) de modo
subjetivo,(...)”. (Hegel 1989:
79).
Ahora bien, el espíritu es
finalmente saber absoluto y
verdadero, y como tal libre,
autónomo y racional, por lo que
su auténtica constitución es el
pensamiento, y su progresivo
perfeccionamiento como figura de
la auténtica razón. Éste es el
terreno de la filosofía, última
esfera del espíritu como
absoluto, en ella aparecen
unificados arte y religión. “La
objetividad del arte que aquí ha
perdido la sensibilidad externa,
trocándola en la forma suprema
de lo objetivo: la forma de
pensamiento, y la subjetividad
de la religión, purificada en la
subjetividad del pensar”. (Hegel
1989: 80)
Según lo anterior, podemos
perfilar ya una primera
definición general del proceso
de singularización: segmento del
devenir global acotado por el
fluir retornante, que supone el
tránsito entre la idea de lo
bello artístico y el ideal como
manifestación efectivamente real
y en esencia lo uno y lo mismo.
Igualmente, supone un
procedimiento abarcador en la
esfera del arte para la
realización sensible de sus
imágenes. Dentro de éste
producirse, la literatura es uno
de los modos particulares en
cuanto sistema general de
plasmación sensible que junto a
otros compone una totalidad de
diferencias necesarias para la
entera aprehensión del proceso.
Posteriormente, en el discurrir
dialéctico dentro del ámbito
poético, la obra literaria
singular, conforme al ideal de
lo bello artístico será un
producto singularizado
perteneciente, lógicamente, al
sistema literario.
Hasta el momento hemos aludido a
diferentes cualidades y
características que justifican,
al menos, la elección del
término proceso como primera
parte de la expresión elegida
para nombrar el movimiento que
queremos definir. Por lo tanto,
y sirviendo también a la
explicación conjunta de nuestra
definición, debemos ocuparnos
ahora del vocablo
singularización y nuestra
elección entre otras opciones.
En este sentido, contemplando
los apartados anteriores también
podríamos hablar de proceso de
universalización,
individualización, e incluso de
particularización, pues en
cuanto al funcionamiento general
sería posible, sin embargo,
buscamos una adecuada matización
del proceso y su más ajustada
connotación en castellano, como
intento de máxima fidelidad al
discurso hegeliano y a nuestros
objetivos.
Es decir, por un lado acotamos
el proceder general en el arte,
y por otro lado, tenemos como
referente final la creación
poética excelsa, en el
convencimiento de poder
objetivar dicho calificativo con
la futura comparación de éstas
obras excepcionales con otras
que no lo son, aplicando las
directrices estéticas de Hegel.
De este modo, el término
singular tiene en nuestro idioma
como sus más habituales
acepciones: único,
extraordinario y excelente.
Precisamente se ajusta al campo
semántico que nos interesa
recalcar, pues sólo algunas
obras geniales son el producto
adecuado y la responsabilidad
del proceso -también para el
filósofo alemán-. Dichas
concreciones deben distinguirse
del resto de meras
individualidades, pues la
distinción es la propia cualidad
de lo singular.
En esta misma línea, como
alusión directa a nuestra
preferencia terminológica y lo
que ésta pretende significar, el
infinitivo singularizar, en
nuestro caso como
automovimiento, también
singularizarse y/o
singularizante, significa
distinguir entre cosas, y a un
tiempo, apartarse de lo común.
Por lo tanto, estos son los
principales motivos que explican
la elección del nombre: Proceso
de singularización. Ahora bien,
según otras características de
este proceder, algunas ya
mencionadas y otras aún no, y
precisamente para distinguirlo
en nuestro estudio. Esta
denominación, alude de manera
directa a la obra poética
concreta y, de igual modo,
pretende ayudar a la
visualización del proceso como
condensación y depuración
convergente manifestada en la
propia creación. Es decir, si
bien hemos de tener en cuenta el
carácter cíclico que en última
instancia tiene el proceso en su
retorno desde la singularidad
individual como máximo nivel de
concreción al mayor ámbito
extensional del que en esencia
procede y forma parte, asumiendo
los distintos pasos intermedios;
de la misma manera, queremos
definir la imagen del proceso
como un canalizar el sentido del
devenir en su orientación
convergente e intensiva: La
creación singular.
Así también, singular remite
semánticamente a una concreción
última que instaura la obra de
arte bella -manifestación ideal-
en una suerte de excepcionalidad
individual entre otras tantas
creaciones individuales;
orientando el devenir en
dirección a la objetualidad y
objetivación subjetiva que
supone la creación poética.
Aspecto importante, porque alude
a la concreción tangible,
abandonando la idea de
abstracción de la belleza como
categoría estética. Se trata de
algo concreto y real como objeto
único, singular y singularizado;
proceso y a la vez resultado del
mismo.
En nuestro más preciso interés,
toda obra literaria es
individual como creación
acabada, y se contiene a sí
misma como significado en su
propia exterioridad. Las
individualidades poéticas pueden
parecer infinitas, pero en
realidad, conforme a la
excelsitud requerida por el
auténtico arte, según su
verdadera naturaleza, sólo
algunas obras son ideales en
cuanto lo bello artístico.
Dichos productos de la actividad
humana como actividad subjetiva
espiritual, son únicos y
auténticamente singulares como
particularización universal.
Además de las matizaciones
realizadas a propósito de los
términos y características que
aglutina la singularización,
nuestro proceso admite una doble
perspectiva según su propia
constitución. Efectivamente, es
singular como responsable de una
creación poética individual,
ahora bien, por un lado, supone
un conjunto como unión cohesiva
y pluralidad de los distintos
momentos o grados de concreción,
que como vimos no funcionan como
pasos meramente yuxtapuestos,
sino contenidos unos en los
otros como relación
cooperteneciente, pues
precisamente éste es el motivo
por el cual la obra -producto
ideal- se distingue del resto de
meras individualidades como
singularidad universal en y
paras-sí. Ésta es su primera y
varia consideración como
sustanciación intencional de
sucesivas estaciones que han
hecho posible la creación
poética bella expresando su
auténtica índole como mediación.
“(...) De ahí que en Hegel
mediación no quiera jamás decir,
como se figura esa mala
inteligencia que no ha podido
ser más fatal y que procede de
Kierkegaard, algo intermedio
entre unos extremos, sino que
acontece a través de los
extremos y en ellos mismos: tal
es el aspecto radical de Hegel,
(...)” (Adorno, T. W. 1974: 24).
Por otro lado, este proceder
como proceso plural cohesivo e
individual no es exclusivo, en
su responsabilidad generadora,
de una única y asilada
manifestación creativa, sino que
considerado globalmente como
totalidad del despliegue
espiritual en el ámbito
artístico, constituye una
pluralidad de procesos
responsables del conjunto de
manifestaciones poéticas
individuales e
interdisciplinares. Por lo
tanto, hemos de tener en cuenta
para esta definición que venimos
realizando, que el proceso de
singularización es simultáneo,
multidireccional y
politisistémico, es decir, más
allá de nuestro interés
literario, y a un tiempo,
también puede originar distintas
creaciones: literarias,
pictóricas, etc., con el
adecuado grado de excelsitud en
cada caso concreto.
El proceso de singularización,
vemos que funciona como unión de
proceso y resultado, suponiendo
en el espesor de la obra,
conforme a lo bello artístico,
una determinación
cualitativo-cuantitativa como
mediación. Estamos ante un
movimiento que se caracteriza
también por su circularidad
singular y plural, actuando como
particularización en la
conformación de cada
individualidad singular como
creación poética única y
objetivación-subjetiva real, y
al mismo tiempo, como actividad
universal que como conjunto de
movimientos individuales
supondría la totalidad como
primera esfera del espíritu
absoluto.
En este devenir como actividad,
es decir, en su despliegue y
retorno, el proceso es cíclico,
circular e interno como
evolución; y lineal, externo y
múltiple en su codificación
histórica. Comentábamos que no
se trata de un desplazamiento
espacial sino de un movimiento
interior de transformación, pero
su aparición resulta observable
en la linealidad histórica como
manifestación objetiva y
externa. De este modo, las
formas particulares de lo bello
artístico en Hegel, serían
manifestaciones generales de la
singularización como idea de
progreso en su desarrollo
temporal.
Por el momento dejamos la
explicación y definición general
del proceso de singularización,
aunque no debemos perder de
vista que finalmente debemos
concretarlo, en el trayecto de
la individualidad creativa del
ser humano hasta su objetualidad
como creación efectiva,
contemplando su adecuada
recepción como representación y
retorno. Pues desde la
conciencia operante ya
establecida como sujeto
singular, el artista supone un
filtrado de la subjetividad
universal como actividad
productiva unitaria que desde
una primera configuración
interna dará lugar a la
conformación efectivamente real
y objetiva que es la obra de
arte.
Nos interesa el objeto como
sujeto, manifestación objetiva
de la subjetividad espiritual,
quiere esto decir que lo
verdadero, en nuestro interés
particular lo bello artístico en
su configuración literaria, es
la primera esfera de la verdad
más allá de la mera apariencia,
unidad indivisa de los
mencionados momentos generales
cuantitativo-cualitativos, que
proceden a su ordenación
sistemático-dialéctica desde la
universalidad del pensar
conceptual, hasta la
materialización sensible del
concepto en una singularidad,
que lo es sólo en tanto que, por
un lado, es creación individual
integradora y subjetivamente
objetivada, y por otro lado,
individualidad singularizada y
singularmente universal.
Como decíamos al principio,
hasta aquí sólo hemos realizado
una breve aproximación a la
estética hegeliana, con una idea
de continuidad que debería
desembocar en su aplicación a la
teoría literaria. A tal efecto,
hemos centrado nuestro estudio
en el procedimiento general que
consideramos plausible para tal
aprovechamiento, y lo hemos
denominado: proceso de
singularización; describiendo su
funcionamiento general, así
como, nuestra preferencia en la
elección de este nombre y su
significado.
3.
Algunas pautas como propuesta de
continuidad.
Antes de poder ser aplicado y
contrastado con el
correspondiente corpus de obras
literarias, es necesario
profundizar en distintos
momentos del proceso de
singularización recorriéndolos
detalladamente. A efectos de
dicha continuación plantearíamos
las siguientes propuestas de
partida: En primer lugar,
explicar la diferencia y
evolución desde la singularidad
inmediata hasta la singularidad
espiritual como ideal
subjetividad, siguiendo al
propio Hegel en la necesidad de
la objetualidad individual como
manifestación universal y real
que supondría la creación
poética conforme al proceso. En
segundo lugar, la exposición de
la actividad humana que
denominamos individualidad
singularizante, partiendo desde
ella como configuración
subjetivo interna de filtrado. Y
en tercer lugar, las
características propias de la
obra conforme a la
singularización y producto
adecuado de la misma,
constituida por tanto en
objetivación ideal como
individualidad singularizada y
singular.
En estas líneas de trabajo
podríamos hablar de una
problemática en torno a la
universalidad del proceso de
singularización como
determinidad del espíritu
absoluto, u objetivación
subjetiva en el arte. Estamos
ante una cuestión procesual
necesaria y genética cuyo
carácter universal se encuentra
en el propio centro dialéctico
del despliegue. “lo universal
verdadero, infinito, que de
inmediato es tanto
particularidad como
individualidad en sí, tiene
ahora que ser considerado en
primer lugar más detenidamente
como particularidad. Se
determina libremente; su
limitarse no es un traspasar,
que se realiza solamente en la
esfera del ser; es una potencia
creadora como absoluta
negatividad, que se refiere a sí
misa. Como tal, es el
diferenciar de sí, y esto es un
determinar, por el hecho de que
diferencia es una única cosa con
la universalidad” (Hegel 1968 II:
283).
Según esta condición de
universalidad del proceso y su
más íntima constitución
tendríamos, en el primer ámbito
propuesto, la insuficiencia de
la belleza natural individual
frente al ideal como idea de lo
bello artístico manifestado en
la individualidad singular que
es la obra sublime. En el caso
particular de la literatura el
contenido es mostrado en su
exterioridad sensible de manera
secuencial, así, éste se
manifiesta como una sucesión de
momentos particulares en su
objetualidad externa que
representan la totalidad
concreta y real del concepto,
conectando con éste como tal
contenido universal. Su
objetividad formal debe ser
recorrida hasta el final para
penetrar en el contenido que se
nos aparece imaginariamente de
manera progresiva como
representación interna global.
La realidad del concepto en las
creaciones literarias no es una
exterioridad sensible sin más,
sino ésta y su conformación
estructural progresiva y
secuencialmente reconstruida por
el lector como representación
interna. El contenido está más
allá de la mera apariencia de la
obra que deviene en esta
relación cohesiva como meramente
externo. Tal característica del
pensamiento hegeliano encuadra
la literatura dentro de lo
romántico como forma artística
particular en cuanto “despliegue
efectivamente realizador de lo
bello” (Hegel 1989: 221), y en
última instancia hará posible su
consideración, de forma general,
como subjetividad poética.
Siguiendo con el segundo de los
aspectos mencionados y que
indican la universalidad del
proceso de singularización,
también aquí resultaría
interesante un seguimiento
pormenorizado del artista en
tanto que subjetividad
productiva, éste supone la
configuración subjetivo interna
como mediador entre distintas
potencias según lo hemos
denominado -individualidad
singularizante-. Durante su
intervención, la universal
subjetividad espiritual resulta
canalizada desde la conciencia
artística individual, como
manifestación singularizante de
sí misma que se da en forma de
razón y también necesariamente,
de realidad sensible. Por lo
tanto en el ser humano, la
actividad particularizante del
proceso de singularización como
mediación e idealización es
productiva, funcionando a modo
de configuración interna y
conformación externa.
Dentro del devenir espiritual
como particularización, el
hombre se erige como territorio
mismo de conflicto,
individualidad donde se redime
una lucha de contrarios en forma
de múltiples contradicciones que
en última instancia pueden ser
alineadas en dos grupos:
espiritualidad como tal y mera
materialidad, o dicho de otro
modo, necesidad superior frente
a contingencia finita. En esta
situación, el verdadero artista
resuelve toda oposición -sólo
aparente- con cada obra poética
bella como trazo significativo
en la inamovible e
indiferenciada presencia
temporal. El poeta supera su
finitud proyectando sobre ella
su parte infinita que, en sí,
pertenece a la subjetividad
espiritual. La creación poética
en su ser ahí representa y
retorna más claramente que el
propio hombre al significado
verdadero, al triunfo del
sentido sobre el tiempo. “Pues
lo supremo y más excelente no es
lo inefable, de modo que el
artista sería en sí aún de mayor
profundidad de lo que patentiza
la obra, sino que son sus obras
lo mejor del artista y lo
verdadero; él es lo que es, pero
no es lo que sólo permanece en
lo interno” (Hegel 1989: 211).
En el caso del arte, el progreso
global que supone la
singularización comprendería,
como hemos apuntado, su aspecto
plural como suma de creaciones,
que en cada caso concreto e
individual serían construidas
por el hombre como un rasgo de
sentido auténticamente verdadero
en el monótono fluir temporal
ajeno a toda significación. La
consideración general del sujeto
creativo según nuestro proceso,
requiere y resulta de la misma
sustancialidad que el proceder
dialéctico y propiamente lógico
del despliegue espiritual como
automovimiento subjetivo. Por lo
tanto, no se puede hablar del
autor como un mero agente
externo que interviene
situándose por encima del
proceso, ni tampoco de un simple
mediador como instrumento del
que se sirva una potencia
superior para sus fines
convirtiendo al artista en
pasivo e irresponsable sujeto de
la creación artística, pues en
ese caso estaríamos más cerca de
la musa y el furor poético
platónicos como inspiración
divina. En el planteamiento
hegeliano, la subjetividad
individual se inscribe como
actuar creador, pues el artista
como individualidad consciente y
autopensante supone una
particularización concreta, y
pertenece a la universalidad
desde la que se individualiza
como movimiento interno y real
del que él mismo forma parte.
Primero, como individuo
singular, y después, en la
proyección de sí mismo como
subjetividad espiritual,
objetivada en la obra que
finalmente resultará una
singularidad universal, en este
punto del proceso, sujeto y
objeto aparecen fusionados.
Por último, según esta propuesta
de continuidad que hemos
indicado al principio, habría
que ocuparse de la creación
poética en su doble
consideración: proceso de
singularización y resultado del
mismo, como objetivación ideal
individual, singularizada y
singular. En este magnífico
devenir dialéctico, la
conformación como subjetividad
interna deja paso a la
realización efectivamente real,
en un tránsito idealizador donde
sucesivas oposiciones han sido
reconciliadas: concepto y
realidad, idea e ideal, razón y
sentimiento, subjetividad y
objetividad, etc. La obra no es
simple materia inerte o un
objeto inorgánico sin más, sino
que su verdadera naturaleza y
adecuado funcionamiento
receptivo suponen una unidad
vital y orgánica pues en su
configuración y conformación,
según su propia constitución, es
materialidad espiritual.
Contemplando la literatura en
relación a nuestro proceso, el
material configurador y externo
participa directamente de la
misma esencia que el pensar. El
lenguaje es la conexión misma
entre idea y realidad tangible
-discurso y pensamiento-. Por
eso se construye en la actividad
de la razón y dicho movimiento
surge, a su vez favorecido, por
el uso y la posibilidad del
lenguaje. Las sucesivas etapas
del pensamiento como mera
conciencia común hasta llegar a
la razón autopensante, libre y
autónoma, en su facultad de
captar la realidad más allá de
la mera exterioridad real,
suponen también la posibilidad
de dicha evolución a través de
la palabra, luego ésta, es
concepto mismo y por tanto su
realidad, esto es, la poesía. En
ella aparece la capacidad
simbolizadora del lenguaje como
la más íntima constitución del
concepto: pensar, razonar,
aprehender, crear, etc. En Hegel,
lo literario es la máxima
expresión del ser ahí real e
individual como totalidad
concreta -singular
particularización universal-. Es
también la práctica artística
más cercana del pensamiento
mismo como inmanencia
conceptual, de la unión
reconciliadora del concepto y su
realidad, o del contenido
sustancial y su adecuada forma.
La manera más certera de mostrar
el espíritu absoluto en el
ámbito del arte.
Finalmente, tras las líneas
generales de profundización
propuestas para una factible y
posterior aplicación práctica
del proceso de singularización a
un corpus concreto de obras,
hemos de ocuparnos brevemente de
una parte relevante dentro del
mismo y en su proceder
dialéctico, que constituye en sí
misma una de las posibilidades
más interesantes y menos
trabajadas en la explicación
estético literaria. Nos
referimos al sentimiento, de
cuya sistematización según sus
estados y modos se ocupara Max
Scheler partiendo de la Logique
du coeur de Pascal. Su
implicación en distintas
categorías del proceso, así
como, una necesaria y amplia
diseminación de tratamiento que
abarca toda la estética
hegeliana, complican su estudio
dificultando un ajuste y
ordenación adecuados. Por otro
lado, sólo un recorrido
exhaustivo por el pensamiento
estético de Hegel, sin
desantender la totalidad del
sistema, puede permitir una
aplicación efectiva de lo
sentimental como primer y sólido
paso en el intento de construir
una auténtica poética del
sentimiento, que pensamos está
por realizar. Hasta la fecha, el
intento más riguroso en el
ámbito español, al menos según
nuestro conocimiento, ha sido
llevado a cabo por Sergio Casado
López en su trabajo de
investigación aún sin publicar:
Espíritu y sentimiento en la
estética de Hegel. En él, se
ocupa de aclarar cómo operan
espíritu y sentimiento en la
constitución de la idea de
sublimidad artística. Durante
este recorrido expositivo que
profundiza en la idea hegeliana
de sentimiento, persiguiendo la
mayor fidelidad a la
terminología del pensador
alemán, el autor contrasta su
estudio de las Lecciones sobre
la estética con la analítica
kantiana y la obra de Scheler,
quien situó un apriorismo del
sentimiento junto al apriorismo
intelectual de Kant. “ (...) más
allá de las relaciones que se
establecen entre dos sujetos en
la realidad mundana, los
sentimientos se abren a otros
intereses que pasan por la
reconciliación consigo mismos y
con el sujeto que los
experimenta de forma individual.
Así, la representación elaborada
de modo artístico de la
multiplicidad del ánimo en sí
infinito es la victoria y salida
final del sentimiento en
reconciliación con la verdad en
sí infinita del espíritu
absoluto porque, aún en la
reconciliación consigo mismos en
la realidad del ser ahí (que es
un alto grado de superación) los
sentimientos se hacen carne y
verdad artística, produciendo en
quien los contempla un vaivén
continuo de amenaza y
afirmación, de conciencia de lo
otro y autodeterminación”
(Casado López, S. 2006). El
protagonismo espiritual en el
proceso de singularización y su
explicación en el ámbito
artístico, realzan la
importancia del sentimiento,
pues éste hace inteligible al
espíritu todo lo que en sí
comprende.
Dejamos aquí nuestro estudio,
que como dijimos permanece
abierto, tras haber cumplido el
objetivo de introducir una
posibilidad de enriquecimiento
para los estudios literarios,
mediante la aplicación del
pensamiento estético de Hegel.
Sabemos que no es definitivo, y
posiblemente deberá ser
reajustado en sucesivas
aproximaciones al sistema
hegeliano. Finalmente, la
dificultad de su discurso no
reside en la inicial resistencia
a familiarizarse con su
terminología, ni siquiera en la
incomprensibilidad de pasajes
que sólo con el adecuado
adiestramiento y tras muchas
lecturas pueden ser asumidos, su
verdadera cualidad consiste en
la invisibilidad de algunos
elementos que sin embargo están
en el texto. Un trabajo
constante permite acceder a
ellos, a veces sólo intuirlos,
pues en ocasiones se nos revelan
de forma inesperada. Nos
preguntamos cuanto permanece
todavía oculto a nuestros ojos,
en un sistema cuyos innegables
tesoros son directamente
proporcionales, en su magnitud,
a la dificultad de encontrarlos.
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© Alberto Fernández Hoya 2006
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