En los actuales momentos de
expansión imperialista hasta
el último rincón del planeta,
ocurre una acelerada
destrucción de los ecosistemas
y una drástica reducción de la
biodiversidad. Es un resultado
directo de la generalización
del capitalismo, de la
apertura incondicional de los
países a las multinacionales,
de la conversión en mercancía
de los productos de origen
natural, de la competencia
desaforada entre los países
por situarse ventajosamente en
el mercado exportador, de la
caída de precios de las
materias primas procedentes
del mundo periférico, de la
reprimarización de las
economías, en fin, de la
lógica inherente al
capitalismo de acumular a
costa de la destrucción de los
seres humanos y de la
naturaleza.
El capitalismo es una
relación profundamente
desigual y el gran desarrollo
productivo y la capacidad de
consumo se concentran en los
países centrales (Estados
Unidos, la Unión Europea y
Japón), donde se producen
también millones de toneladas
de desperdicios. No otra cosa
son los automóviles,
teléfonos, televisores,
neveras, pilas… que,
rápidamente inservibles, van a
parar a la basura... y a los
países pobres considerados
receptáculo de las deyecciones
que origina el consumo
desenfrenado de los opulentos
del Norte. Según el ecologista
Barry Commoner, el planeta
está dividido en dos:
El hemisferio norte
contiene la mayor parte de la
moderna tecnosfera, sus
fábricas, plantas de energía
eléctrica, vehículos
automóviles y plantas
petroquímicas y la riqueza que
la misma genera. El hemisferio
sur contiene la mayor parte de
la gente, casi toda
desesperadamente pobre. El
resultado de esta división es
una dolorosa ironía global:
los países pobres del sur, a
pesar de estar privados de una
parte equitativa de la riqueza
mundial, sufren los riesgos
ambientales generados por la
creación de esta riqueza en el
Norte [1].
Esa dualidad no es
resultado de cierta
disposición divina o natural,
sino que se convierte en uno
de los objetivos del nuevo
desorden mundial capitalista y
debe considerarse en sentido
estricto como una
característica propia del
imperialismo ecológico. Así,
(…) la explotación masiva del
medio ambiente en el Tercer
Mundo incluye la conversión de
residuos letales en
mercancías, y el comercio
internacional con ellos.
También involucra la
imposición por parte del
capital de trueques de deudas
por medio ambiente, la
construcción de inmensos
incineradores y vertederos, y
muchos otros proyectos
aparentemente sin sentido
[2].
Todas esas acciones son
mecanismos propios de la
dominación imperialista, las
cuales generan resistencias
por parte de los explotados y
oprimidos del orbe enfrentando
los crímenes ambientales que
están destruyendo nuestra
madre tierra y poniendo en
peligro la supervivencia de
nuestra especie. Para que el
asunto no quede en enunciación
retórica, deben precisarse las
principales características
del imperialismo ecológico, a
fin de entender las novedosas
formas asumidas por el
imperialismo contemporáneo: es
lo que intentamos hacer en
este ensayo.
1.
Destrucción acelerada de
ecosistemas en los países
dominados
La noción de ecosistemas
ayuda a entender la magnitud
de los problemas ambientales
que hoy padecemos, en la
medida en que su destrucción
se constituye en la principal
manifestación de la
inviabilidad ambiental del
modo de producción
capitalista. Por ecosistemas
puede entenderse a los
conjuntos o escenarios en que
se reproduce la vida. Un
ecosistema determinado está
definido por "el medio
abiótico físico-químico y las
manifestaciones bióticas a las
que sirve de soporte:
microbios y bacterias,
plantas, animales" [3].
Para las sociedades los
ecosistemas han sido fuentes
de riqueza y bienestar, en la
medida en que no solamente son
ensamblajes de especies sino
de "sistemas combinados de
materia orgánica e inorgánica
y fuerzas naturales que
interactúan y se transforman".
La energía que permite el
funcionamiento del sistema
proviene del sol, siendo dicha
energía (…) absorbida y
convertida en alimento por
plantas y otros organismos que
realizan la fotosíntesis y que
se encuentran en la base misma
de la cadena alimentaria. El
agua es el elemento crucial
que fluye a través del
sistema. La cantidad de agua
disponible, junto con los
niveles extremos de
temperatura y la luz solar que
un determinado sitio recibe,
determinan en lo fundamental
el tipo de plantas, insectos y
animales que habitan en ese
lugar y la manera en que se
organiza el ecosistema [4].
Los ecosistemas reportan
beneficios directos e
indirectos a los seres
humanos. Entre los directos se
destacan la obtención de
plantas y animales como
alimentos y materias primas o
como recursos genéticos y los
indirectos toman la forma de
servicios como control de la
erosión, almacenamiento de
agua por parte de plantas y
microorganismos o la
polinización por dispersión de
semillas por insectos, aves y
mamíferos.
Los ecosistemas tal y como
los conocemos en la actualidad
han evolucionado durante
millones de años y no pueden
ser sustituidos ni recuperados
por procedimientos
tecnológicos. La desaparición
de cualquier ecosistema supone
eliminar posibilidades de
subsistencia para los seres
humanos por la sencilla razón
de que "los ecosistemas hacen
que la Tierra sea habitable
purificando el aire y el agua,
manteniendo la biodiversidad,
descomponiendo y dando lugar
al ciclo de nutrientes y
proporcionándonos todo un
abanico de funciones críticas"
[5].
En términos económicos
inmediatos, el aprovechamiento
de las riquezas naturales es
una base de subsistencia y de
empleo, sobre todo en los
países del sur, puesto que la
agricultura, la explotación
forestal y la pesca generan
uno de cada dos empleos que
existen en el mundo y, además,
en todo el planeta las
actividades relacionadas con
la madera, los productos
agrícolas y el pescado son más
importantes que los bienes
industriales. Por esta razón,
la disminución de la capacidad
productiva de los ecosistemas
tiene efectos devastadores
sobre los seres humanos y de
manera directa sobre los
pobres que dependen de
aquéllos para su subsistencia.
Existen antecedentes
históricos de que determinadas
sociedades han colapsado por
la destrucción de la riqueza
natural y de los ecosistemas
(como los Mayas en Mesoamérica).
Sin embargo, tales colapsos
fueron completamente distintos
a lo que está pasando en la
actualidad en términos de
escala y velocidad, porque
antes de la emergencia del
capitalismo la degradación
ambiental afectó a sociedades
perfectamente localizadas y
fue un proceso de deterioro
gradual a lo largo de varios
siglos, mientras que ahora la
destrucción de los ecosistemas
se efectúa a un ritmo
acelerado y cubre hasta el
último rincón del planeta
tierra.
Los ecosistemas son
dinámicos y se regeneran
constantemente en forma
natural, pero en la medida en
que las fuerzas destructoras
del capitalismo se generalizan
pueden desaparecer, en razón
de que cada ecosistema
interactúa de manera compleja
con el ambiente y la comunidad
biológica que lo habita, lo
cual a su vez lo hace
particularmente vulnerable.
Las presiones generadas por la
explotación intensiva de
recursos para satisfacer el
consumo voraz de grupos
reducidos de la población (las
clases dominantes de todo el
mundo), y sobre todo de los
países imperialistas,
destruyen los ecosistemas.
Cada uno de los ecosistemas
existentes ha sufrido un
notable deterioro, como se
constata con algunas cifras
elementales: el 75% de las
principales pesquerías marinas
está agotado por el exceso de
pesca o ha sido explotado
hasta su límite biológico; la
tala indiscriminada de árboles
ha reducido a la mitad la
cubierta forestal del mundo;
el 58% de los arrecifes
coralinos está amenazado por
destructivas prácticas de
pesca, por el turismo y por la
contaminación; el 65% de los
casi 1.500 millones de
hectáreas de tierras de
cultivo que hay en todo el
mundo presenta algún nivel de
degradación del suelo; y el
bombeo excesivo de aguas
subterráneas por parte de los
grandes agricultores en todo
el mundo excede las tasas
naturales de reposición en por
lo menos 160.000 millones de
metros cúbicos por año [6].
Está perfectamente
establecido el diferente
impacto de la acción de los
opulentos y de los pobres
sobre recursos, materiales y
energía. A nivel mundial
existe una geografía desigual
del consumo, puesto que un
habitante de un país
"desarrollado" consume el
doble de grano y pescado, el
triple de carne, nueve veces
más papel y once veces más
petróleo que un habitante de
un país neocolonial. Es
necesario subrayar que
semejante diferencia en los
niveles de consumo es posible
porque hay una apropiación
directa de los recursos
disponibles en todo el mundo
para disfrute de una escasa
minoría, ya que ésta no gasta
solamente los recursos que
encuentra en sus propios
países (por el contrario,
trata de preservarlos durante
más tiempo, o por lo menos eso
es lo que afirman de dientes
para afuera). Incluso, en la
mayor parte de las ocasiones
el consumidor del Norte ignora
de dónde proceden los
materiales y la energía que
consume diariamente y el
impacto que su producción
tiene en sus lugares de
origen, como se ejemplifica
con el caso de las tuberías de
cobre que se usan en las
grandes ciudades de los
Estados Unidos:
Un constructor de viviendas
en Los Ángeles instala
tuberías de cobre, pero no
tiene forma de saber que ese
cobre proviene de la infame
mina de Ok Tedi en Papúa Nueva
Guinea. Esta gigantesca mina,
propiedad de un consorcio
internacional, arroja
diariamente 80.000 toneladas
de desechos de minería sin
tratar al río Ok Tedi, lo que
destruye la mayor parte de su
vida acuática y perturba los
medios de subsistencia de la
comunidad wopkaimin. La
globalización implica que los
propietarios eventuales de las
viviendas que se benefician de
las tuberías de cobre no
tienen conocimiento de su nexo
con la deteriorada cuenca del
Ok Tedi ni cargan con sus
costos ambientales [7].
En la vida diaria, unos
pocos consumen mercancías que
se han originado a partir de
la explotación intensiva de
los ecosistemas de todo el
mundo, como se ejemplifica con
algunos datos elementales: (…)
un ciudadano estadounidense
requiere más o menos cinco
hectáreas de un ecosistema
productivo para mantener su
consumo promedio de bienes y
servicios, comparadas con
menos de 0,5 hectáreas que se
necesitan para sostener el
consumo de un habitante de un
país en desarrollo. Las
emisiones per cápita anuales
de CO2 ascienden a 11.000
kilogramos en los países
industrializados, donde hay
muchos más automóviles,
industrias y
electrodomésticos, comparados
con menos de 3.000 kilogramos
en Asia [8].
Sin embargo, quienes más
directamente dependen y viven
con los ecosistemas,
indígenas, campesinos y
mujeres, son los que menos
disfrutan los productos que
allí se generan, tienen un
peor nivel de vida y además se
ven perjudicados en forma
inmediata y directa por su
destrucción. Esto es causado
por la apropiación privada de
los ecosistemas por parte del
capitalismo, lo que da como
resultado que quienes detentan
más capital y dinero tengan un
mayor nivel de consumo y
muchas más posibilidades de
beneficiarse de los bienes y
servicios que originan los
diversos ecosistemas. Cuando
se contamina un río o una
costa, reduciendo la pesca,
quienes lo sufren en carne
propia no son los consumidores
de las engalanadas mesas del
Norte, sino los pescadores y
sus familias que habitan en
las costas o en los ríos de
los países del Sur.
Para concluir este primer
parágrafo puede decirse con
plena seguridad que es
imposible la existencia de las
sociedades humanas sin
ecosistemas, ya que éstos son
en realidad "los motores
productivos del planeta". En
forma ineludible, (…) los
ecosistemas están a nuestro
alrededor: bosques, praderas,
ríos, aguas costeras y
profundidades marinas, islas,
montañas e incluso ciudades.
Cada uno entraña la solución a
un desafío particular de la
vida, solución ésta que se ha
configurado a lo largo de los
milenios; cada uno codifica
enseñanzas de supervivencia y
eficiencia, a medida que
incontables especies compiten
por luz solar, agua,
nutrientes y espacio. Si se la
privara de sus ecosistemas, la
Tierra se parecería a las
imágenes desoladas y sin vida
que proyectaron desde Marte
las cámaras de la NASA en 1997
[9].
Pretender que la vida
humana es posible sin los
ecosistemas, tal y como
afirman ciertos economistas y
tecnócratas, no pasa de ser
una falacia justificatoria del
irracional modelo de
acumulación capitalista, como
si así se pudiera eludir los
límites naturales existentes
que cuestionan la creencia
absurda en un crecimiento
económico ilimitado. Sólo
individuos cínicos o
mentirosos, engreídos por su
culto a la tecnología y al
consumo ostentoso, pueden
decir barbaridades que rayan
en la demencia. Por ejemplo,
Adrian Berry llegó a sostener
que (…) contrariamente a la
creencia del Club de Roma, no
hay "límites al crecimiento".
No hay ninguna razón por la
que nuestra riqueza global, o
por lo menos la riqueza de las
naciones industriales, no siga
creciendo indefinidamente a su
promedio anual actual de un 3
o un 5%. Aunque se demuestre
finalmente que los recursos de
la tierra son finitos, los del
Sistema Solar y los de la Gran
Galaxia que lo rodea son, para
todos los fines prácticos,
infinitos [10].
Tal nivel de estupidez y de
arrogancia con respecto a la
naturaleza es notable pero no
sorprendente, porque ella hace
parte de la lógica capitalista
que se ha enseñoreado del
mundo. Esa lógica la expresan
mejor que nadie los
economistas neoliberales,
porque "quien crea que el
crecimiento exponencial puede
durar eternamente en un mundo
finito, o es un loco o es un
economista" [11].
2.
La acentuación del saqueo de
materias primas y recursos
naturales
En los últimos años se ha
acentuado la explotación de
materias primas, incluyendo
petróleo, recursos forestales,
cobre, café, banano,
minerales, metales preciosos,
diamantes, a despecho de la
propaganda sosteniendo que ya
no son importantes esas
materias primas ni los
recursos naturales, porque la
sociedad posindustrial -en la
que supuestamente nos
encontraríamos- ya no los
necesita, dado que ahora lo
que contaría es el
conocimiento y la información
[12]. Esos supuestos de
la "era de la información" no
tienen nada que ver con la
realidad, ya que los polos
dominantes en el mercado
mundial capitalista siempre
deben recurrir a las fuentes
materiales de producción,
porque para elaborar
automóviles, televisores,
computadores, teléfonos
portátiles y todo tipo de
objetos no se pueden violar
las leyes físicas ni producir
cosas materiales a partir de
la nada. Es necesario extraer
la materia y la energía de los
lugares donde se encuentre, e
incluso, en los casos en que
se avanza en la producción de
materiales sintéticos que
sustituyan a determinados
productos, no puede eludirse
la dependencia material de
otro tipo de recursos (si en
la producción de determinadas
partes del automóvil se
prescinde del hierro y se
sustituye por plásticos, eso
supone la incorporación de
mayores cantidades de
petróleo).
Que los recursos materiales
son y seguirán siendo
importantes para el
capitalismo y el imperialismo
ha quedado demostrado en los
últimos años con las guerras y
conflictos azuzados o llevados
a cabo por las potencias
imperialistas. Dado el
agotamiento de los recursos
naturales no renovables y que
otros renovables, en razón de
su explotación desaforada se
están convirtiendo en no
renovables (plantas, animales
y agua), los países
imperialistas compiten entre
sí para usufructuar esos
recursos. Los Estados Unidos,
el país del mundo que más
consume y despilfarra materia
y fuentes de energía, ha
proclamado como un asunto de
seguridad nacional el control
de las fuentes de petróleo y
de materias primas
estratégicas, y las guerras y
genocidios que ha organizado
en los últimos años están
relacionados con la
apropiación de importantes
reservas de crudo [13].
Basta recordar que en el
documento Santa Fe IV se
sostiene que el control de los
recursos naturales de América
Latina no sólo es una
prioridad de los Estados
Unidos, sino una cuestión de
seguridad nacional.
Desde luego, esa guerra
mundial por los recursos que
se libra entre las potencias
(pero no en sus países sino en
los territorios del Sur,
convertidos en campos de
batalla) tiene consecuencias
ambientales evidentes al
aumentar la presión sobre los
ecosistemas, tendencia que es
una continuación de procesos
típicos del capitalismo desde
la Revolución Industrial, como
se evidencia al recordar que
entre 1770 y 1995 la tierra
perdió más de un tercio de los
recursos existentes, una cifra
impensable en cualquier otro
momento de la historia humana
y que "un 70% del bosque
tropical seco ha desaparecido,
junto con un 60% de los
bosques de la zona templada y
el 45% de la selva tropical
húmeda" [14].
El saqueo de los recursos
materiales y energéticos que
se encuentran en los países
dominados del Sur y del Este
se ha institucionalizado a
través del impulso a las
exportaciones por la vía de
los Planes de Ajuste
Estructural, lo cual ha
producido un regreso a las
economías primarias
tradicionales en muchos países
del mundo. Eso explica que el
culto a las exportaciones y al
comercio exterior haya
adquirido tanta legitimidad
política y justificación
teórica (reviviendo el mito de
las "ventajas comparativas") y
se haya convertido en parte
del imaginario político y
económico de las clases
dominantes de los países
periféricos, deseosas de
regalar en forma rápida todos
los recursos naturales con que
cuente el territorio de un
país, en aras de ser
competitivos en el mercado
mundial. Esta ideología
exportadora -que cuenta como
sus principales exponentes al
Banco Mundial, al Fondo
Monetario Internacional y a la
Organización Mundial de
Comercio- es justificatoria
del saqueo de materias primas
y recursos naturales y oculta
conscientemente los impactos
ambientales que eso produce o,
lo que es todavía peor,
pretendiendo que eso beneficia
los ecosistemas al dejarlos
bajo la regulación del capital
privado para capitalizar la
naturaleza a su antojo, lo que
finalmente nos beneficiará a
todos. Este cinismo se
encuentra detrás del discurso
"verde" de todos aquellos
interesados en llevarse hasta
el último pedazo de selva
virgen que pueda quedar en
algún lugar del mundo, dejando
a su paso miseria y
desolación.
3.
Biopiratería y saqueo de la
diversidad biológica y
cultural de los países
dominados
El desarrollo de la
ingeniería genética y de la
biotecnología se está haciendo
a partir de la base genética
natural existente en los
diversos ecosistemas del
mundo, como las selvas húmedas
tropicales, los páramos y los
manglares, muchos de los
cuales habían permanecido al
margen del saqueo de compañías
y estados imperialistas. Con
los avances tecnológicos en la
investigación biológica y
biomédica en los laboratorios
de las multinacionales
-principalmente de los Estados
Unidos-, esos recursos
naturales gestados durante
miles o millones de años pasan
a convertirse en un ansiado
botín mercantil de las
multinacionales o los centros
científicos de investigación
del Norte. En este sentido,
puede hablarse de un verdadero
expolio de los recursos
biogenéticos existentes en el
Sur del mundo por parte del
Norte, donde las empresas
multinacionales empiezan a
explotarlos comercialmente
como expresión de lo que se ha
denominado capital genético.
Este es un capital que parte
de una base natural ya
existente, que debería
pertenecer a los pobladores de
las regiones o localidades
donde se encuentra pero es
apropiado en forma fraudulenta
por grandes compañías, las que
a partir de esa base genética
desarrollan o reproducen
medicamentos o productos que
luego son patentados y
apropiados por las compañías
multinacionales. Así, la
biodiversidad se ha convertido
en el nuevo coto de caza del
imperialismo genético, cuyo
interés fundamental es
apropiarse de esa riqueza. El
nuevo colonialismo genético
supone, desde luego, un
proceso de expropiación en el
que existen, en términos
sociales, ganadores y
perdedores. El bando de los
ganadores está constituido por
las grandes compañías
multinacionales de la
biotecnología y sus
investigadores y el bando de
los perdedores está formado
por millones de campesinos e
indígenas (expropiados de sus
saberes ancestrales, de sus
recursos, de sus plantas y
animales) y la población pobre
de los países situados en el
Sur del mundo. Desde este
ángulo, existe un intercambio
genéticamente desigual,
caracterizado por el traslado
masivo y tramposo de la
riqueza natural que se alberga
en los trópicos hacia los
países imperialistas, muy poco
biodiversos y con una alta
homogeneización genética
[15].
El ataque del imperialismo
genético contra la
biodiversidad acentúa el
ecocidio contra las selvas y
sus habitantes y reduce
todavía más la maltrecha
fuente de alimentos de la
humanidad, ya que el 90% de
nuestra dieta cotidiana está
constituido por unas 15
especies agrícolas y 8
especies de animales. Con la
Revolución Biotecnológica se
acentúa la homogeneización
genética de los principales
cultivos, la desaparición de
las variedades locales que aun
existen y la imposición del
latifundismo genético,
impulsado por las grandes
empresas multinacionales de la
alimentación y los
agroquímicos.
La expropiación de las
riquezas biológicas de las
selvas y bosques tropicales
forma parte de una nueva fase
de dominación imperialista,
tan rapaz y genocida como los
anteriores períodos de saqueo
colonialista del planeta. La
expropiación genética
constituye uno de los soportes
del tan alabado avance de la
biotecnología en los centros
imperialistas, donde se
consuma la reducción de los
seres humanos y de todas las
formas de vida a simples
mercancías para valorizar
grandes capitales, sin que
importen los efectos perversos
de esa lógica criminal y
depredadora.
4.
El traslado de desechos
tóxicos (nucleares y
radiactivos) del Norte al Sur
El capitalismo genera una
gran cantidad de desechos tras
la obsolescencia de las
mercancías. Si para
confeccionar productos se usan
materiales tóxicos o
radiactivos, como en efecto
sucede con la industria
microelectrónica y otras ramas
de la producción industrial,
es obvio que se originen
desechos radioactivos. Para
los países capitalistas del
centro se hace imprescindible
liberarse de esos desechos
tóxicos y convertir su
comercialización en una
lucrativa industria y es "una
estrategia central del Nuevo
Orden Mundial, una forma
intencionada de cercar tierras
y recursos -el mismísimo aire
que respiramos-, previamente
de propiedad común, y
establecer el comercio en
‘derechos de polución’"
[16]. El capitalismo
"descubrió" que hasta los
desechos tóxicos pueden
convertirse en una mercancía
susceptible de ser vendida a
los países más desprotegidos y
miserables, y ha procedido a
poner en práctica esa
estrategia comercial, lo que
ha dado como resultado que
"prósperos empresarios" de los
países imperialistas, en
alianza con sus respectivos
estados, estén asumiendo la
tarea de envenenar el suelo,
el mar y el aire de países
enteros, con la consiguiente
enfermedad y muerte de seres
humanos y animales.
Los Estados Unidos
encabezan la lista de países
que anualmente envían miles de
toneladas de residuos tóxicos,
encubiertos como
fertilizantes, que son
vertidos en las playas y
tierras productivas de Bangla
Desh, Haití, Somalia, Brasil,
y otros países. La
administración de Bill Clinton
(1993-2001), por ejemplo,
aceptó que las grandes
corporaciones estadounidenses
mezclaran cenizas de
incineradores -que tienen
altas concentraciones de
plomo, cadmio, y mercurio- con
productos agroquímicos. Este
veneno químico se vende a
agencias y gobiernos
extranjeros que, o no
sospechan de ese contenido o
simplemente hacen la vista
gorda [17]. El traslado
de desechos tóxicos al Sur del
planeta no es el resultado de
imprevisiones o fruto
necesario del "progreso
técnico", sino que hace parte
de la lógica de un explícito
racismo ambiental que tiene
como finalidad expresa la
contaminación de seres humanos
y de países considerados como
inferiores. La lógica criminal
del racismo ambiental se basa
en el supuesto de que unos
grupos humanos tienen el
derecho a consumir hasta el
hartazgo, sin miramientos con
los que viven en condiciones
infrahumanas de vida, y luego
enviarles los residuos tóxicos
a sus territorios. Semejante
práctica genocida se sustenta
en la convicción de las clases
dominantes de todo el mundo de
que su sola existencia es
beneficiosa para el planeta, y
los otros seres humanos deben
resignarse a aceptar ese
destino inexorable en el que
sólo los ricos y opulentos
tienen derecho a una vida sana
y limpia. Es la típica ilusión
NIMBY (Not in My Blacyard- No
en mi jardín) que concibe como
posible mantener al mismo
tiempo un aumento
incontrolable en el consumo de
productos y preservar el medio
ambiente circundante en
condiciones adecuadas, para lo
cual no importa contaminar el
jardín del vecino con tal de
mantener limpio el mío.
El traslado de residuos
contaminantes a los países
dominados se ha convertido en
un lucrativo negocio para
ciertas compañías de los
países imperialistas. Aunque
la mayor parte de las materias
primas utilizadas en la
producción de las mercancías
proceden del mundo pobre y
dependiente -cuando esas
materias tenían un valor de
uso, es decir, se podían
utilizar- se convierten en
basura inservible luego de que
han sido utilizados por los
usuarios y consumidores del
Norte y por sus pocos émulos
en los países del Sur. Y es en
este momento cuando nuevamente
se piensa en esos países
pobres como receptáculo de los
desperdicios que origina el
consumo desenfrenado de los
opulentos del Norte. Los
países altamente
industrializados, se
encuentran literalmente
inundados de desechos y
productos tóxicos, tal y como
sucede en los Estados Unidos.
Sus ríos y lagos están tan
contaminados que las grandes
empresas han abierto mercados
para sus "apetecidos" residuos
tóxicos, como ya se hizo desde
mediados de la década de 1980
cuando vertieron miles de
barriles de residuos de
mercurio en los ríos
sudafricanos [18].
La exportación de residuos
tóxicos por parte de los
Estados Unidos está
estrechamente emparentada con
sus estrategias políticas ante
los países pobres del mundo.
La destrucción ecológica, la
pobreza forzada, la guerra de
contrainsurgencia, la
corrupción y brutalidad
política y el vertido de
residuos tóxicos provenientes
del extranjero forman parte de
la misma estrategia. El
comercio de residuos tóxicos
es una estrategia central del
nuevo desorden mundial con la
finalidad de apropiarse de las
tierras y recursos de los
pueblos más pobres, incluyendo
el propio aire que respiramos,
para establecer el comercio de
derechos de polución. Pero, al
mismo tiempo, es un medio de
proletarizar a campesinos y
aldeanos, conduciéndolos a
nuevas formas de explotación
del trabajo y también una
manera de arrasar con los
ecosistemas del Sur.
Mientras en el Norte se
hacen más fuertes las
regulaciones ambientales, sus
empresas y capitalistas se
encargan de impulsar la
contaminación en el Sur y el
Este del mundo. Los Estados
Unidos se oponen a la
reglamentación del transporte
de residuos peligrosos y
también han bloqueado las
propuestas de otros países
encaminadas a prohibir los
embarques de residuos hacia
los países pobres. No es de
extrañar, pues, que al mismo
tiempo haya convertido a
martirizados países como
Haití, Guatemala, Salvador y
Somalia en zonas de descarga
de sus residuos industriales,
una forma premeditada de
envenenamiento de los países
neocolonizados.
5.
El desconocimiento de la deuda
ecológica que el imperialismo
le debe al mundo dependiente
Por deuda ecológica debe
entenderse el no pago por
parte de los países altamente
industrializados de los daños
causados durante varios siglos
por la explotación
indiscriminada de los recursos
naturales destinados a la
exportación, sin que se
contabilizaran los impactos
negativos sobre los
ecosistemas y el hábitat
locales. En forma más concreta
se puede considerar como (…)
la deuda contraída por los
países industrializados del
Norte con los países del
Tercer Mundo a causa del
saqueo de los recursos
naturales, los daños
ambientales y la libre
utilización de espacio
ambiental para depositar
desechos, tales como los gases
de efecto invernadero,
producidos por esos países
industrializados [19].
En consecuencia, los
verdaderos deudores son las
clases dominantes de todo el
mundo, en primer lugar las de
los países colonialistas e
imperialistas.
En contra del sentido común
de los tecnócratas
neoliberales, de los banqueros
y de los representantes del
capital financiero y de las
transnacionales, la noción de
deuda ecológica destaca que
los países del Norte le deben
a los pobres del mundo por
haber ocasionado un "déficit
terrestre (...) provocado por
el aniquilamiento de los
sistemas vitales básicos del
planeta debido al abuso de su
aire, sus suelos, las aguas y
la vegetación". La
responsabilidad de este
déficit recae en forma
desigual para los pobres y los
opulentos, en la medida en que
el consumo y el nivel de vida
son diferentes entre unos y
otros. Por esa razón, la deuda
ecológica está relacionada con
el racismo ecológico, ya que
quienes más soportan los
efectos de la devastación
ambiental son los pobres, los
campesinos, los indígenas, las
mujeres humildes y los
trabajadores. En otros
términos, para comprender la
deuda ecológica es menester
introducir un análisis de
clase, de género y de etnia,
que permita determinar la
forma como los más pobres son
afectados por la degradación
ambiental.
En una perspectiva
histórica, durante los últimos
cinco siglos los habitantes de
los países imperialistas han
contraído una deuda con los
pobres del mundo, como
resultado de una diversidad de
procesos mutuamente
relacionados entre los que
sobresalen: la extracción de
los recursos (minerales,
marinos, forestales y
genéticos) en los países del
Sur; la consolidación de un
intercambio ecológicamente
desigual, como resultado del
cual se exportan bienes
primarios sin evaluar
económicamente el impacto
social y ambiental generado
por su extracción o
producción; el saqueo,
destrucción y devastación de
hombres y culturas desde la
era colonial; la apropiación
de conocimientos tradicionales
de los pueblos indígenas sobre
semillas y plantas
medicinales, en los que se
sustentan las modernas
agroindustrias y la
biotecnología; la destrucción
de las mejores tierras de
cultivo y de los recursos
marinos para la exportación,
debilitando la autosuficiencia
alimentaria y la soberanía
cultural de las comunidades
del Sur; la contaminación de
la atmósfera por parte de las
naciones industrializadas
debido a la excesiva emisión
de gases que han afectado a la
capa de ozono, provocando el
efecto invernadero y
desestabilizando el clima; la
apropiación desproporcionada
de la capacidad de absorción
de dióxido de carbono que
tienen los océanos y bosques
del planeta; la producción de
armas químicas y nucleares,
cuya puesta a punto se hace
con frecuencia en los países
del Sur; y la venta de
plaguicidas que no son usados
en el Norte y el
almacenamiento de desechos
tóxicos en los países del Sur
[20].
Con respecto a las
relaciones entre deuda externa
y deuda ecológica cabe
destacar dos aspectos: 1º) los
precios de las exportaciones
no incluyen los diversos
costos sociales y ambientales,
que no se contabilizan (es
decir, son gratuitos) y los
saberes (por ejemplo el
conocimiento exportado desde
América Latina sobre el manejo
de determinados productos,
como la papa o el maíz)
tampoco se pagan. Pero al
mismo tiempo las emisiones de
gas carbónico que se producen
a gran escala en el Norte son
absorbidas gratis por la
vegetación o los océanos de
todo el mundo, incluyendo al
Sur del planeta. Es como si
los ricos del mundo se
hubieran "arrogado derechos de
propiedad sobre todos los
sumideros de CO2, los océanos,
la nueva vegetación y la
atmósfera" [21]; 2º) la
cancelación de la deuda
externa degrada la naturaleza,
puesto que para pagarla debe
aumentarse la producción lo
cual por lo común se hace a
costa del empobrecimiento de
la gente y de una mayor
extorsión de la naturaleza. En
la medida en que se dedican
más recursos para exportación
con la finalidad de pagar la
deuda externa, ésta aumenta y
al mismo tiempo los países
pierden sus riquezas
naturales. Esta es una muestra
palpable de injusticia
económica y ambiental, propia
del sistema capitalista e
imperialista. Como parte de
esa injusticia, la deuda
externa se sigue cobrando -y
pagando, que es lo peor-
cumplidamente, pero la deuda
ecológica contraída por los
países imperialistas nunca se
menciona, como si no
existiera.
Existe una estrecha
relación entre la deuda
externa (financiera) que
desangra a los países
dependientes y la deuda
ecológica (nunca reconocida
por los países dominantes en
el sistema mundial), debido a
que las divisas destinadas al
pago de los intereses y
amortizaciones de la deuda
externa aumentan la extracción
de recursos naturales, para
convertirlos en exportaciones
al mercado externo con el fin
de obtener dinero para seguir
pagando las deudas. El costo
ambiental de ese proceso se
materializa en hechos como los
siguientes:
- Acelerada deforestación
que destruye la biodiversidad
y convierte en desiertos
vastas superficies de tierras
anteriormente fértiles. "Desde
1970 las áreas arboladas han
disminuido de 11,4 kilómetros
cuadrados por cada mil
habitantes a sólo 7,3
kilómetros cuadrados".
- La utilización de las
mejores tierras de cultivo
para la exportación ha forzado
a los campesinos a cultivar
tierras marginales. Por
ejemplo, la utilización para
el cultivo de laderas
escarpadas, vulnerables a la
erosión, ha favorecido los
fatales deslizamientos de lodo
que recientemente han afectado
a Honduras, Nicaragua y
Venezuela.
- Incremento del uso de
plaguicidas y fertilizantes
químicos. Por ejemplo, la
industria bananera de diversos
países utiliza el plaguicida
DBCP, que provoca esterilidad
masculina.
- Destrucción de los manglares
para la cría del camarón,
favoreciendo así las
inundaciones en las zonas
costeras. En Ecuador, el 70%
de los manglares ha sido
destruido para instalar
criaderos de camarón para la
exportación, afectando con
ello la supervivencia de los
pescadores tradicionales y
aumentando las posibilidades
de inundaciones provocadas por
el fenómeno de El Niño.
- Consumo excesivo de
combustible, disminución del
valor nutricional e incremento
del uso de conservantes,
provocados por el transporte
de alimentos a grandes
distancias.
- Sustitución de la
diversidad biológica por
monocultivos y bosques
artificiales. La explotación
comercial de las plantaciones
forestales extrae la madera y
destruye el resto por
considerarlo "desechos".
- Pesca excesiva: "Las
existencias mundiales de pesca
están en declive, con una
cuarta parte ya agotada o en
vías de serlo y otro 44%
explotado al límite de su
continuidad biológica".
- Destrucción de hábitats
naturales y humanos como
resultado de los riesgos de la
extracción de petróleo. Por
ejemplo, los daños provocados
por la Shell en el delta del
río Níger, hogar del pueblo
Ogoni [22].
Un procedimiento adecuado
para sopesar la deuda
ecológica contraída por los
voraces consumidores de los
países imperialistas y los
subconsumidores del Sur
consiste en comparar sus
respectivas huellas
ecológicas. Por huella
ecológica se entiende la
cantidad de "tierra
cultivable, zonas de pastoreo,
bosques, producción oceánica y
capacidad de absorción de
dióxido de carbono que es
consumida por una persona
promedio en un área geográfica
determinada" [23]. Esa
noción apunta a medir el
impacto de los modelos de
consumo con relación a la
capacidad de carga del
planeta, por lo cual se
entiende el máximo de
población de una determinada
especie que puede sobrevivir
en cierto hábitat sin
provocarle daños
irreversibles. En el caso de
un país determinado, la huella
ecológica mide la superficie
biológicamente productiva que
es necesaria para mantener el
nivel de recursos de ese país
y para absorber sus desechos:
Cuando la huella ecológica
de un país es mayor que su
capacidad ecológica de carga,
ese país tiene que "importar"
capacidad de carga de algún
otro sitio y/o consumir su
capital natural a un ritmo
mayor que el de la
regeneración de la naturaleza.
Esto se logra importando
alimentos, combustible o
productos forestales o
agotando su provisión de
recursos renovables y no
renovables (por ejemplo,
combustibles fósiles). También
puede "exportar" desechos,
como el exceso de emisiones de
dióxido de carbono que su masa
forestal o los océanos
circundantes no pueden
absorber [24].
Se ha establecido que la
huella ecológica promedio de
un habitante humano en el
planeta es de 7,7 hectáreas,
pero que los países altamente
industrializados superan con
creces esa media en tanto que
los países dependientes están
sensiblemente por debajo de la
misma. De esta forma, por
ejemplo, Canadá tiene una
capacidad ecológica de carga
de 9,6 hectáreas per capita,
mientras que en el otro
extremo Bangla Desh, con una
huella ecológica de sólo 0,5
hectárea per cápita dispone de
una capacidad de carga de tan
solo 0,3 hectárea por persona.
Considerando los resultados de
la huella ecológica por países
se encuentra que a escala
mundial el 77% de la población
humana tiene una huella
ecológica menor que la media,
de sólo 1,02 hectárea, pero el
otro 23% -los verdaderos
deudores ecológicos- ocupa el
67% de la huella de toda la
humanidad. Esto quiere decir
que sólo un quinto de la
población utiliza dos tercios
de la capacidad de carga. Es
esa quinta parte de deudores
ricos la responsable de que la
humanidad esté consumiendo un
40% más de recursos de los que
pueden regenerarse
sosteniblemente. Por cada
persona que utiliza el triple
de lo que en justicia le
corresponde de la capacidad de
carga del planeta, hay tres
que sobreviven con sólo un
tercio de lo que realmente les
correspondería [25].
6.
Intercambio ecológico desigual
Cuando se analiza la
dominación imperialista suele
hablarse del intercambio
económico desigual expresado
en la célebre formulación
teórica del deterioro de los
términos de intercambio, con
lo que se quiere expresar que
en el mercado mundial tienden
a depreciarse los productos
primarios y a encarecerse los
bienes manufacturados. Mirada
en el largo plazo esta
tendencia perjudica a los
países productores de materias
primas. Pero sin desconocer la
importancia de este
intercambio desigual en
términos económicos, es
necesario considerar el
intercambio ecológico
desigual, algo poco estudiado.
Por tal puede entenderse el
resultado ambiental -negativo
para los países dependientes-
de la importación por parte de
los países altamente
industrializados de productos
del Sur a bajos precios, que
no toman en consideración el
agotamiento y perennidad de
tales recursos [26].
Esto sucede hoy con recursos
naturales, como la madera (de
la cual el Japón es uno de los
primeros compradores del
mundo), minerales, petróleo y
especies exóticas. También
debe considerarse como parte
de ese intercambio ecológico
desigual el envenenamiento de
aguas, aire, tierras y seres
humanos que se produce como
resultado de la aplicación de
plaguicidas en las
plantaciones agrícolas de
empresas imperialistas en
países dependientes (como
hicieron en Nicaragua las
compañías bananeras). Mientras
que las compañías
transnacionales se llevan el
producto para ser vendido y
consumido en su país de
origen, en las zonas
productoras queda la
desolación, la muerte y el
veneno por todos lados.
En pocas palabras,
intercambio ecológicamente
desigual "significa el hecho
de exportar productos de
países y regiones pobres, sin
tomar en cuenta las
externalidades locales
provocadas por estos productos
o el agotamiento de los
recursos naturales, a cambio
de bienes y servicios de
regiones más ricas" [27].
Y lo más importante radica en
que esa noción tiene
implicaciones políticas, al
destacar que la pobreza y la
carencia de soberanía y
autonomía por parte de las
regiones exportadoras, debido
a su condición dependiente y
subordinada en el plano
mundial, están en la base de
ese intercambio desigual que
finalmente perjudica a los
pobres de dichas regiones, en
virtud de la irremediable
destrucción de sus ecosistemas
sin que la misma sea asumida
por los países imperialistas y
sus empresas, que lucran con
los productos que allí se
generan.
7.
Violación de las aguas
territoriales de los países
dependientes por parte de las
flotas pesqueras de las
grandes potencias
El ritmo infernal de pesca
que se ha practicado durante
las últimas décadas, a medida
que aumenta el consumo de
pescado o productos derivados
en los países del Norte, ha
agotado los principales bancos
de peces en todo el mundo,
comenzando por los mares y
ríos de esos mismos países. Un
buen ejemplo al respecto es el
del bacalao, un producto
esencial para la subsistencia
de miles de pescadores
artesanales en las costas
canadienses de Terranova, que,
por la acción de los grandes
pesqueros comerciales, ha sido
diezmado, terminando no sólo
con el recurso sino también
con los propios pescadores
[28]. Como resultado del
agotamiento de los bancos de
peces en las aguas del
Atlántico norte, grandes
buques pesqueros de los países
europeos, de los Estados
Unidos y de Japón, incursionan
en las aguas de todo el mundo
para depredar literalmente
todo lo que encuentran a su
paso. Ahora, la pesca en alta
mar está dominada por grandes
barcos que operan a gran
velocidad y "llevan detrás
inmensos sistemas de redes que
barren todo a su paso, sin
tener en cuentas los cupos de
peces y con una total
indiferencia hacia el medio
ambiente" [29]. Esto ha
ocasionado la extinción de
cientos de especies marinas y
una drástica reducción del
volumen de pesca a nivel
mundial. También ha
significado el empobrecimiento
o la ruina de los pequeños
pescadores artesanales en
diversos lugares del mundo,
una consecuencia dramática
porque en los países de la
periferia existen millones de
personas cuya vida se ha
desenvuelto durante cientos o
decenas de años en torno a la
pesca [30].
8.
Exportaciones forzadas de
especies animales y vegetales
Este comercio desigual que
se hace siempre en la
dirección Sur-Norte es
realizado por mafias
organizadas y tiene como
objetivo transportar mascotas
de compañía o producir
mercancías exóticas a partir
de partes animales (piel,
marfil, dientes) para adornar
a la burguesía de los países
industrializados. Este
comercio ilegal es tan
significativo que se considera
como la segunda actividad
comercial subterránea,
solamente superada por el
comercio de estupefacientes.
Anualmente circulan en forma
ilegal 50 mil primates, 4
millones de aves, 350 millones
de peces tropicales, de todos
los cuales mueren en el viaje
entre el 60 y el 80%. [31].
Para que este negocio funcione
existen complejas redes de
traficantes de animales,
emparentadas con otras
actividades como el
narcotráfico, en las que
participan funcionarios
estatales y empresarios
privados tanto de los países
pobres como de los países
ricos. Solo de esa forma
pueden ser extraídos de la
Amazonía brasileña, para
señalar el caso más aberrante
de expoliación imperialista,
12 millones de animales, de
los cuales muy pocos llegan
vivos a su destino final,
puesto que sólo uno de cada
diez resiste las travesías, el
cambio de hábitat, la suciedad
o el maltrato [32]. No
es coincidencia, entonces, que
en el Brasil 208 especies
están seriamente amenazadas
[33].
El mercado de los animales
y de las plantas exóticas está
claramente definido en
términos económicos y
geográficos: la oferta la
suministran los países
tropicales y la demanda se
concentra en los países
industrializados. En estos
últimos se presenta un consumo
insostenible de fauna exótica,
abastecido por países en los
cuales los campesinos y los
trabajadores soportan peores
condiciones de existencia. En
ese mercado internacional
existen consumidores
conspicuos que buscan
ejemplares raros, pero también
debe incluirse a la industria
farmacéutica, que compra por
ejemplo especies venenosas
como arañas y serpientes para
experimentar y producir nuevos
medicamentos y productos.
La Unión Europea es el
principal consumidor de
animales exóticos, siendo el
primer importador mundial de
pieles de reptil, de loros, de
boas y de pitones y el segundo
importador, después de los
Estados Unidos, de primates y
felinos. En ese mercado
internacional de seres vivos
España desempeña un papel
significativo, por su posición
geográfica que sirve de puente
entre África Ecuatorial,
América Latina y el sudeste
asiático, con los Estados
Unidos y otros lugares de
Europa.
9.
A manera de conclusión: el
capitalismo y la ecología son
mutuamente excluyentes
La crisis ambiental de
nuestro tiempo ha sido
producida por el modo de
producción capitalista, debido
a su carácter mercantil
orientado a producir no para
satisfacer necesidades sino
para incrementar la ganancia
individual. Este hecho
aparentemente elemental que
rige el funcionamiento del
capitalismo constituye la base
del agotamiento de los
recursos naturales, expoliados
a un ritmo nunca antes visto
en la historia de la
humanidad, al mismo tiempo que
produce desechos y
contaminación de manera
incontrolable. Desde este
punto de vista el capitalismo
tiene dos características
claramente antiecológicas: la
pretensión de producir de
manera ilimitada en un mundo
donde los recursos y la
energía son limitados; y
originar desechos materiales
que no pueden ser eliminados
-cosa imposible en
concordancia con las leyes
físicas- y que deben ir a
alguna parte, lo cual supone
exportarlos a los países más
pobres de la tierra. Como bien
lo dice James O’Connor (…) la
naturaleza es un punto de
partida para el capital, pero
no suele ser un punto de
regreso. La naturaleza es un
grifo económico y también un
sumidero, pero un grifo que
puede secarse y un sumidero
que puede taparse. La
naturaleza, como grifo, ha
sido más o menos capitalizada;
la naturaleza como sumidero
está más o menos no
capitalizada. El grifo es casi
siempre propiedad privada; el
sumidero suele ser propiedad
común [34].
Está absolutamente
demostrado por todos los
indicadores de deterioro
ambiental que la ecología y el
capitalismo son polos opuestos
de una contradicción
insalvable, puesto que el
capitalismo se basa en la
lógica del lucro y de la
acumulación sin importar los
medios que se empleen para
lograrlo, ni la destrucción de
recursos naturales y
ecosistemas que eso conlleve.
Se podría argüir en contra de
esta afirmación que hoy el
capitalismo tiene un discurso
ecológico y preocupaciones
"verdes". Desde luego que sí,
pero detrás de ese discurso se
esconden los grandes grupos
corporativos interesados en
expoliar hasta el fin al medio
ambiente y de convertirlo en
una mercancía muy rentable que
genere pingües beneficios. En
otros términos, hasta la
ecología y el medio ambiente
se han convertido en una
mercancía más, lo cual tiene
implicaciones negativas sobre
las mismas posibilidades de
existencia y reproducción de
la vida en sus más diversas
manifestaciones, y esa
mercancía ecológica (expresada
en la retórica insulsa del
pretendido "desarrollo
sustentable" y el "capital
verde") también se ha
mundializado como resultado de
la expansión imperialista de
las últimas décadas.
En esa perspectiva, pueden
señalarse los tres nudos
problemáticos que, en términos
ambientales, ha generado el
capitalismo, tal y como lo ha
analizado en varias
investigaciones el teólogo
brasileño Leonardo Boff: el
nudo de la extinción de los
recursos naturales; el nudo de
la sostenibilidad de la
tierra; y el nudo de la
injusticia social mundial. En
cuanto a la extinción de los
recursos naturales estamos
asistiendo al más acelerado
exterminio de especies de
seres vivos, la peor de los
últimos 65 millones de años,
ya que diariamente desaparecen
para siempre unas 10 especies
y anualmente unas 20.000. Esta
cifra adquiere relevancia si
se considera que en la última
gran extinción de especies
desaparecían dos o tres por
año. Otro de los recursos que
se agota rápidamente es la
tierra fértil, convertida en
desierto rural o urbano,
deforestada y seca. Al mismo
tiempo, la sostenibilidad de
la tierra está seriamente en
duda ante los procesos en
curso, entre los que sobresale
el calentamiento global, con
sus consecuencias nefastas de
alteración climática en todo
el orbe, aumento en el nivel
de los mares, inundaciones,
sequías, huracanes, etcétera,
fenómenos todos que pueden
llegar a alterar el equilibrio
químico-físico y biológico de
la tierra. En lo que respecta
a la injusticia social
mundial, que se manifiesta en
la concentración del ingreso y
la prosperidad en reducidos
sectores de las elites
dominantes en todo el mundo al
lado de la miseria y la
pobreza de millones de seres
humanos, tiene una relación
directa con la apropiación de
recursos y energía por esa
minoría opulenta [35].
En este artículo se han
descrito y analizado en forma
apretada algunas de las
características del
imperialismo ecológico, sin
que hayamos considerado todos
los aspectos que pueden ser
estudiados a partir del uso de
dicha categoría. Simplemente,
se ha pretendido demostrar la
utilidad de esta noción para
entender y enfrentar algunos
de los problemas ambientales
más álgidos de nuestro tiempo,
los cuales no son resultado,
ni mucho menos, de catástrofes
naturales o fuerzas
incontrolables, como se ha
dicho tan reiteradamente
durante todo el año 2005,
después del tsunami en el
Océano Indico en diciembre de
2004 o del huracán que asoló a
Nueva Orleáns. Teniendo en
cuenta los elementos
expuestos, es evidente que el
imperialismo ecológico tiene
múltiples dimensiones, que
ameritan ser consideradas,
tanto para entender la
voracidad del imperialismo
contemporáneo como para
organizar luchas de
resistencia y defensa de los
ecosistemas por parte de todos
aquellos que sentimos que la
naturaleza se ha convertido en
el último coto de caza de la
mercantilización ecocida del
capitalismo mundial.
www.EcoPortal.net
*
Renán Vega Cantor es profesor
de la Universidad Pedagógica
Nacional, Bogotá-Colombia, y
colaborador de la revista
Herramienta. Este artículo fue
publicado en Revista
Herramienta Nº31-Buenos Aires,
marzo 2006 -Boletín
informativo - Red solidaria de
la izquierda radical –y
Ecoportal.net
Notas
[1] Barry Componer (1992), En
paz con el planeta, Barcelona,
Editorial Crítica, pág. 137.
[2] Mitchel Cohen "Residuos
tóxicos y el Nuevo Orden
Mundial", en
www.rebelion.org/ecologia/040128cohen.htm
[3] Ramón Tamanes (1983),
Ecología y desarrollo. La
polémica sobre los límites al
crecimiento, Madrid, Alianza
Editorial, pág. 147.
[4] "El vínculo entra la gente
y los ecosistemas", en
www.agrovia.com/ambiente/pdf/MAB
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
10] Adrian Berry (1997), Los
próximos diez mil años,
Madrid, Alianza Editorial,
pág. 65.
11] Citado en J. Riechmann
(2004), Gente que no quiere
viajar a Marte. Ensayos sobre
ecología, ética y
autolimitación, Madrid, Libros
de la Catarata, pág.133.
12] Entre los autores que
enfatizan este tipo de
concepciones podemos mencionar
a Jeremy Rifkin (2000), en La
era del acceso. La revolución
de la nueva economía,
Barcelona, Editorial Paidos,
págs. 49 y ss.
13] Michael T. Klare (2003),
Guerras por los recursos. El
futuro escenario del conflicto
global, Barcelona, Ediciones
Urano, pág. 23.
14] Ibíd., págs. 37, 39.
[15] Vandana Shiva (2001),
Biopiratería. El saqueo de la
naturaleza y el conocimiento,
Barcelona, Editorial Icaria,
pág. 90; Isabel Bermejo, "El
debate acerca de las patentes
biotecnológicas", en Alicia
Durán y Jorge Riechmann
(1997), Genes en el
laboratorio y en la fábrica,
Madrid, Editorial Trotta,
págs. 53-70.
[16] M. Cohen, op. cit.
[17] Ibíd.
[18] Ibíd.
[19] John Dillon, "Deuda
ecológica. El Sur dice al
Norte: ‘es hora de pagar’", en
www.debtwatch.org/cat/formacio/maleti/material/de/da/dillon.pdf
[20] Ibíd.
[21] Joan Martínez Allier y
Arcadi Olivares (2003), ¿Quién
debe a quién? Deuda externa y
deuda ecológica, Barcelona,
Editorial Icaria, pág. 43.
[22] J. Dillon, op. cit.
[23] Ibíd.
[24] Ibíd.
[25] Ibíd.
[26] Juan Martinez-Alier
(1996), "De l’economie
politique à l’ecologie
politique", Un siècle de
marxisme. Bilan et prospective
critique, París, pág. 177.
[27] Joan Martínez Allier
(2005), El ecologismo de los
pobres. Conflictos ambientales
y lenguajes de valoración,
Barcelona, Editorial Icaria,
pág. 275.
[28] James Petras y Henry
Veltmeyer(2003), Un sistema en
crisis. La dinámica del
capitalismo de libre mercado,
México, Editorial Lumen, págs.
171 y ss.
[29] Ibíd, pág.183.
[30] Joni Seager (1995), Atlas
de la terre. Le coût
écologique de nos modes de vie,
la politique des Etats: une
vision d’ensemble, París,
Autrement, págs. 68-69 y
120-121.
[31] Ibíd, págs. 80-81 y
124-125
[32] Mario Osava, "Tráfico de
animales, un negocio
millonario", en
web.chasque.net/informes/agosto-2001/info2001-08-15.htm;
"Comercio internacional de
animales y plantas", en
www.!españa.es/naturaeduca/conserva_comercio.htm;
"El tráfico ilegal de
especies", en
www.!españa.es/naturaeduca/hom_traficoespecies.htm;
"Animales y plantas en peligro
de extinción", en
www.anbientum.com.revista/2003_04/EXTINCION_imprimir.htm
[33] M. Osava, op. cit.
[34] James O’Connor (2001),
Causas naturales. Ensayos de
marxismo ecológico, México,
Siglo XXI Editores, pág. 221.
[35]Leonardo Boff, "La
contradicción
capitalismo/ecología", en
www.latinoamericana.org/2005/textos/castellano/Boff.htm