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Sanando la educación
Una
alegoría entre dos servicios
esenciales que evidencia la
necesidad de remodelar algunas
fórmulas de gestión
presupuestaria
Por
Mikel Agirregabiria Agirre
Imaginemos un país donde los
hospitales, ya fuesen
especializados en resfriados o
en oncología, recibiesen los
mismos recursos médicos y
asistenciales. Supongamos que
las autoridades sanitarias
acudiesen frecuentemente a
felicitar a los considerados
equipos médicos de los centros
con menor mortandad, que
obviamente serían los que
atienden a los enfermos menos
graves. Sólo esos centros
recibirían certificaciones de
calidad que exhibirían en sus
vitrinas, mientras los
sanatorios de desahuciados jamás
podrían igualar ni de lejos sus
porcentajes de curación.
Este sistema sanitario estaría
plena y uniformemente financiado
con fondos públicos,
subvencionando con conciertos a
los centros privados. Si además
las clínicas de los indispuestos
leves contasen con grandes
instalaciones deportivas y de
recreo en el centro de las
ciudades, mientras que los
lazaretos de los agonizantes se
ubicasen en las afueras, la
opción preferencial de la gente
con una dolencia media
resultaría obvia. Contar con
compañeros de pabellón casi
sanos o muy enfermos es algo
decisivo para superar un período
crítico.
Todavía sería más injusto que se
reconociese más la vocación y la
profesionalidad de los médicos
que, en óptimas condiciones,
atendiesen los casos menos
difíciles, frente a sus
olvidados colegas desbordados en
pésimas condiciones. Cuando se
convirtieran en noticia algunos
conflictos previsibles y
fracasos difícilmente evitables,
nuevamente se trasladaría a la
opinión pública la dicotomía
maniquea de los buenos y los
malos galenos.
También cuando en el ranking de
calidad de algunos medios de
comunicación sólo apareciesen
las clínicas que curan molestias
insignificantes, que
prácticamente no requieren
intervención alguna. En los más
olvidados hospitales de
barriada, con enfermos crónicos
de afectados por todo tipo de
complicaciones combinadas sus
especializados y esforzados
médicos nunca sabrían lo que es
una Q de plata, entre otras
razones porque no aplicarían su
ajustada economía a tal fin.
Exactamente esto es lo que
sucede… en nuestra educación. La
maravillosa tarea de educar, muy
parecida a la de curar el futuro
de las personas, se ejerce en
condiciones muy variables.
Merece nuestro máximo
reconocimiento y dedicación ya
sea con alumnado de altas
capacidades y altas
expectativas, que también lo
merece, o con el alumnado más
desfavorecido, que lo merece
igualmente pero lo necesita
incomparablemente más, porque es
su primera y única oportunidad
de rescate social.
Por ello hemos de volcar el
grueso del esfuerzo docente y
presupuestario en los centros y
las aulas que reúnen los mayores
porcentajes de alumnado
inmigrante, de necesidades
especiales o becario, que apenas
cuenta con el determinante y
decisivo apoyo familiar. No es
razonable que una plaza escolar
se subvencione por igual a un
alumno autóctono de clase
socio-económica-cultural alta
que a una alumna rumana de etnia
gitana sin escolarizar nunca y
recién llegada que vive en una
furgoneta.
Sean estas palabras un modesto
agradecimiento al personal de
nuestros centros escolares más
meritorios, que logra el mayor
progreso y avance de las
capacidades y competencias del
alumnado desde que ingresa hasta
que egresa de sus aulas. Estos
colegios, muchos públicos y
algunos concertados religiosos,
de zonas marginadas y
profesorado demasiado flotante,
son nuestro mayor orgullo
escolar y el supremo exponente
del grado de calidad de todo el
sistema educativo.
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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