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Representatividad y
responsabilidad en política
Los partidos suelen contener dos
o más “almas” políticas; las
personas sólo hemos de mantener
un alma, que ojalá sea
totalmente libre y responsable.
La realidad política vasca (u
otras) merece ser analizada
desde dos criterios básicos, de
representatividad social y de
responsabilidad histórica. Más
aún en esta coyuntura histórica
en la que la violencia puede
desaparecer de un escenario
distorsionado por su crónica
influencia.
La representatividad política
debe derivarse, exclusiva e
inequívocamente, de la única
fuente de legitimidad
democrática: las urnas. Sólo los
votos contados escrupulosa y
puntualmente otorgan
representación, sin más
consideraciones que las del
respeto a la igualdad de
oportunidades en las
convocatorias electorales. Quizá
el panorama vasco se ha visto
afectado por la aberración de la
violencia, en múltiples sentidos
que convendría superar lo más
urgentemente posible. Por
supuesto, sólo los votos válidos
y positivos confieren
representación, porque los votos
blancos, nulos o la abstención
expresan opciones legítimas,…
pero no computables en la imagen
global de delegación política.
La representación efectiva de
las distintas formaciones
políticas vascas se ha deformado
por factores que merecen ser
enumerados, y cuya
cuantificación sería de cálculo
polémico. Por un lado, están
algunos agentes habituales en
cualquier sociedad
contemporánea, como son los
medios de comunicación que
prestan especial atención a
determinados partidos en función
de sus intereses corporativos
(eufemísticamente coincidencia
ideológica) o de la capacidad de
los partidos para “generar
noticias” (generalmente por su
facultad de convocatoria de
sucesos inusuales). Por otro
lado, el poder provee siempre
más tribunas: poderes públicos
(incluido el judicial que
también conforma proselitismo),
poderes mediáticos (ya citados y
multiplicadores) y los poderes
económicos (subyacentes dado que
son origen y destino de la
influencia política).
Lo cierto es que aunque un
partido (como el PSOE o el PP)
hable desde las
macrocorporaciones de prensa,
desde la (ex)presidencia de
gobierno, desde la judicatura,
desde la patronal empresarial o
desde el defensor del pueblo,
sus votos son sus votos en cada
marco administrativo.
Análogamente, que la
autodenominada izquierda
abertzale hable desde Batasuna y
desde EHAK incluso mientras ETA
aprende a balbucear sin
disparar, no triplica sus votos,
por más que semana tras semana
sus simpatizantes desfilen en
las distintas capitales vascas
con un empeño digno de la mejor
causa.
Los ciudadanos sólo ejercemos
nuestra decisión política una
vez, al votar, sin que podamos
añadir peso al voto individual
por más que pertenezcamos a un
sindicato, a una iglesia, a dos
asociaciones profesionales, a
tres sociedades deportivas o a
siete plataformas sociales. Por
salir a la calle con una
pancarta cada fin de semana no
aumenta nuestro valor político,
aunque sí la pretendida
visibilidad social.
La responsabilidad política
deriva, a escala individual o
colectiva, de la libertad. Somos
responsables, en tanto que somos
libres. Esto vale para las
personas, a título individual,
para los partidos políticos o
para el conjunto de la sociedad.
Y la responsabilidad es
acumulativa, no desaparece
cuando cambia una legislatura,
ni siquiera cuando cesa la
violencia política.
Los partidos, ya estén en el
gobierno o en la oposición, son
responsables de sus anteriores
actuaciones parlamentarias,
sociales y, en su caso,
gubernamentales a escala
municipal, territorial o
nacional. Igualmente, las
personas que han ejercido su
libertad de actuación, deben
responsabilizarse de sus actos.
Incluso la sociedad como
conjunto debe ser coherente y
asumir su responsabilidad
histórica, especialmente ante
quienes fueron víctimas de lo
que colectivamente no se quiso,
supo o pudo impedir. Todos,
sociedad, partidos y personas,
hemos de responder de nuestras
obras, de nuestras palabras,… y
de nuestras silencios.
Como en cualquier país del
mundo, en la sociedad vasca
coexisten partidos políticos con
muy variable grado entre el
prosaico pragmatismo y la
entelequia sublime. Y, al igual
que sucede por doquier, el grado
de realismo se adquiere desde
las posiciones de gobierno
ejercido, mientras que la
oposición pertinaz suele derivar
hacia la quimera. Sólo así
entendería un ajeno a la
política vasca que una entidad
como Batasuna reitere hasta la
saciedad su petición de un marco
de referencia (el conjunto de
Euskal Herria) donde sus
posiciones políticas
(independentismo albanés) y
sociales (confuso marxismo) se
hacen aún más minoritarias que
en la Comunidad Autónoma Vasca.
Muchos vascos deseamos superar
un pasado político desfigurado
por demasiada violencia, y donde
las voces (cuando no gritos) no
se distribuyen en función de los
votos. Ansiamos y merecemos una
paz serena que nos permita
mostrar una panorámica despejada
de la representación política
del pueblo vasco, en la
Comunidad Autónoma, en la
Comunidad Foral y en Iparralde.
Quizá reduciendo la dispersión
de voto entre tan numerosas
opciones partidistas, donde los
micropartidos habrán de
fusionarse o desaparecer, para
sobrepasar un porvenir de
algarabía con diez o doce
partidos (PNV, PSOE, Batasuna
–con sus innumerables
denominaciones-, PP, UPN, EB, IU,
EA, Aralar, y los
vascofranceses), con el
resultado de gobiernos
multipartitos de gestión
inconexa en minoría
parlamentaria. Entonces habrá
que asumir, sin lastres, sin
vetos, sin tutelas, sin miedos,
toda nuestra responsabilidad a
la hora de votar y todo el valor
de la representación política
que resulte. Con naturalidad y
madurez ejerceremos una
democracia que nos permita ser
más responsables, más
tolerantes, más solidarios y,
seguramente, más felices.
Gentileza: Mikel Agirregabiria
Agirre [
agirregabiria@euskalnet.net
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