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Rembrandt y la sombra de las Pirámides. -24/05/06
 

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Rembrandt y la sombra de las Pirámides. -24/05/06


 


Rembrandt y la sombra de las Pirámides

Por Ricardo Bada

Un día del verano de 2005, en Amsterdam, agarré la bicicleta y me mandé una larga pedalada hacia el sudoeste. Llegué hasta el límite de la ciudad, el molino de Sloten, a la orilla de un canal con puente levadizo, y por el camino me estuve preguntando cómo se vería ese paisaje en tiempos de Rembrandt. Y me dije que algo no existiría, con toda seguridad, y es la parafernalia del tráfico rodado. ¡Ni siquiera los caminos para bicicletas! Y una Holanda sin ciclovías sería hoy realmente impensable. Pero cuando a lo lejos se dibujó la silueta del molino pensé que éste sí se vería allá en los tiempos de Rembrandt. Craso error: ese molino se construyó en 1847.

Y me viene a la memoria un día gélido de noviembre de 1980, en Rotterdam, desde donde yo estaba informando para mi emisora acerca del Cuarto Tribunal Russell sobre los Derechos de los Indígenas de las Américas, y Eduardo Galeano, miembro del Tribunal, me preguntó si en alguna pausa no podríamos escaparnos a Delft, que sabía que estaba cerca (como todo en Holanda, dicho sea de paso). Logramos escaparnos allá, y lo que más presente tengo todavía es su gran desilusión cuando me pidió ir al sitio desde donde divisar la famosa vista que pintó Vermeer, y me tocó desengañarlo diciéndole que para eso habría que reconstruir la ciudad de entonces.

Con estos dos recuerdos quiero establecer un marco de referencias visuales que nos imponen los prejuicios y/o los conocimientos insuficientes. Nuestro Rembrandt de hoy, como también el Vermeer de La muchacha de la perla, son proyecciones retroactivas de lo que nos imaginamos que fueron ese Rembrandt, ese Vermeer y, sobre todo, sus respectivos Países Bajos.

Rembrandt Harmenszoon van Rijn es uno de esos titanes a los que el mundo cree conocer por su apellido, siendo así que es su nombre de pila, mientras que el nombre completo, traducido al castellano, quiere decir lisa y llanamente que se trata de Rembrandt del Rhin, hijo de Harmen.

Lo cual nos lleva de entrada a saber que sus contemporáneos y paisanos no lo llamaron por su apellido —como a Rubens, gran señor y hasta embajador—, y que el resto de la Humanidad, siguiéndolos, no le discernió el honor del apellido sino el más sutil del que se vanagloriarían con justicia un Leonardo, un Rafael o un Miguel Ángel. (Ni siquiera Velázquez es Diego).

Y hace un par de meses, arreglando mi videoteca, tuve de nuevo en las manos la copia del film Rembrandt, de Alexander Korda, de 1936, con Charles Laughton, justamente por unos días en que un canal de la tv alemana había programado el pase del Rembrandt, de Charles Matton, de 1999, con Karl Maria Brandauer. Ello, y las reflexiones anteriores, me llevaron a investigar la filmografía de la que el pintor de Leyden había sido protagonista, y para mi mayor sorpresa descubrí que no bajaban de una docena las películas basadas en su vida y en su obra.

Entre ellas una donde Peter Greenaway se centra en la Ronda nocturna con motivo de este cuarto centenario del nacimiento del pintor. Entre ellas la primera dedicada a Rembrandt, que es de 1920, alemana, dirigida por Arthur Günsburg y titulada La tragedia de un gran hombre. Entre ellas la que la Resistencia neerlandesa empezó a filmar durante la ocupación y no pudo terminar porque los alemanes descubrieron el rodaje clandestino, aunque el material se salvó y puede verse hoy en un documental de Gerard Ruttens: Rembrandt en el refugio antiaéreo.

Pero las dos que más me interesaron fueron la inglesa de 1936 y una para mí absolutamente desconocida, realizada por los nazis en los propios Países Bajos, poco después de invadirlos.

El Maltin’s, que viene a ser algo así como la Enciclopedia Espasa del cine, reseña a propósito del Rembrandt de Alexander Korda (con un guión del dramaturgo alemán Carl Zuckmeyer): Handsome bio of Dutch painter, full of visual tableaux and sparked by Laughton’s excellent performance. One of Gertrude Lawrence’s rare film appearances. Y hasta yo, que no sé inglés, quedé perfectamente enterado. [Tan sólo la maldita curiosidad me ha llevado a verificar cuán poco actuó ante las cámaras la gran Gertrude Alexandria Dagmar Lawrence-Klasen, alias Gertrude Lawrence, reina indiscutible del musical de Broadway, y he registrado que fue nada más que en nueve películas, entre ellas la primera filmación de El zoo de cristal, en 1950].

No es una mala cinta, la de Korda, sí, no lo es, pero se le nota a la legua el esfuerzo invertido en poner en imágenes unos tableaux vivants, unos cuadros vivos, en hacer que la cámara fuese una especie de órgano vicario de los ojos de Rembrandt. Es una película subordinada a esa mímesis renacentista que se resume en el Loque! con que Michelangelo le pidió que hablase a su Moisés, la escultura a la que el narcisismo de su autor le parecía que sólo le faltaba hablar para poder dialogar con el espectador. (Y, dicho sea entre nosotros, don Narciso Buonarroti no iba muy desencaminado). Pero el cine no puede ni debe ser mera trascripción de cuadros, ni siquiera del proceso a través del cual se llega a la pincelada que los concluye.

La película alemana de 1942 es otra historia y, por lo desconocida, merece particular atención. Otoño de 1941. En Duivendrecht, al sudeste de Amsterdam, en los estudios Cinetone, que los nazis han rebautizado como ufa Filmstadt Amsterdam, son reproducidas hasta el más mínimo detalle la casa de Rembrandt y sus aledañas en la Jodenbreestraat, topónimo que en neerlandés significa "calle ancha de los judíos" y que los nazis no rebautizan, como sí hacen sin embargo hasta con los cines: el popular Tuschinsky se convirtió en el Tivoli. La filmación tendrá lugar alternadamente entre esos platós y los del estudio Barnstijn en La Haya, llamados ahora ufa Filmstadt Den Haag, desde que los alemanes invadieron el país.

[El ordenancismo teutón puede documentarse de manera casi humorística con esta circular de ese 1942 acerca de cómo debía transcurrir una función de cine en los Países Bajos: "A. Publicidad. B. Pausa de un minuto con las luces encendidas. C. ToBis, noticiero neerlandés. D. Pausa de un minuto con las luces encendidas. E. Documental cultural. F. Pausa de un minuto con las luces encendidas. G. Noticiero de la ufa, alemán. H. Pausa de un minuto con las luces encendidas. I. Película en cartelera." Recuerda un poco la sarcástica observación de Lenin de que los alemanes, si hicieran la Revolución y asaltaran una estación ferroviaria, sólo entrarían en ella después de comprar el correspondiente billete de acceso a los andenes. Pero volvamos a nuestro tema.]

Como es lógico, una película así sólo pudo llevarse a cabo con el permiso y el financiamiento del todopoderoso Ministerio de Propaganda berlinés, esto es: con la autorización expresa de Joseph Goebbels. Según el diario Nieuwe Rotterdamsche Courant de por esas fechas, ello significó que en plena guerra se destinaron cuatro millones de marcos para la realización del proyecto, encuadrado dentro de una serie dedicada a "personalidades conductoras" (Führer-Gestalten), arias todas ellas, por supuesto.

Cabe preguntarse por qué un pintor holandés era tan importante para la propaganda nazi, y la respuesta es que su maquinaria lo consideraba un "héroe germano", igual que a los almirantes igualmente neerlandeses Maarten Tromp, que en 1639 aniquiló a la armada española en The Downs, y sobre todo Michiel Ruyter, que derrotó a la navy inglesa en Texel, el Canal de la Mancha y Ostende, e incluso se internó por el Támesis en 1667. Los diarios de Samuel Pepys, fechados entre 1660 y 1669, documentan el terror de los habitantes de Londres ante la posible invasión de los "héroes germanos" del otro lado del Canal. Y Goebbels, evidentemente, había captado ese paralelo histórico en los días en que se estaba librando la batalla de Inglaterra.

Lamento no haber podido ver la película hasta la fecha, pero poseo información sobrada para hablar de ella y de una escena de la misma en la que tres figuras de grosero aspecto planean un complot con el marchante Uylenburgh (tío de la primera esposa de Rembrandt, la fallecida Saskia). Al verse el pintor en problemas económicos, Uylenburgh le compra todos sus cuadros a precios de saldo, enriqueciéndose luego con ellos al venderlos por cifras exorbitantes en el mercado internacional, y Rembrandt empobrece y muere mísero, desconocido y abandonado.

Interesante es resaltar acá que en el guión original de la película, aquellas figuras de grosero aspecto son identificadas como "tres hombres de apariencia judía". Aun siendo una escena muy breve, los nazis no podían dejar de arrimar el ascua antisemita a su sardina. Pero no sé si por ingenuidad o cálculo, y cuando ya concluida la guerra se le preguntó acerca de este tema, la actriz alemana Gisela Uhlen —que en la película encarnó el último amor de Rembrandt, la (ella sí) ingenua y adorable Hendrickje Stoffels— le quitó importancia y describió esa escena como typecasting, la especie de escenas propias de gente que vive parasitariamente y del agiotaje. Tan naïf, sin embargo, no debía de ser Gisela Uhlen. Según ella, "nos alegramos mucho de que el filme se rodase en Holanda. ¿Por qué? Pues porque sabíamos que allí podríamos comer mejor. En Alemania, desde hacía mucho tiempo, todo estaba racionado".

La película fue dirigida por Hans Steinhoff, a quien también se debía Hitlerjunge Quex (acerca de uno de los mil y un héroes juveniles nazis), y se estrenó —¡qué caso de congruencia!— en el Teatro Rembrandt de Amsterdam, el sábado 3 de octubre de 1942. El diario Haagsche Post, de La Haya, reseñó al respecto: "Esto no es Rembrandt, ni mucho menos son los Países Bajos. La película no pasa de ser una bella alegoría, con toda clase de estereotipos. Sólo se diferencia entre el uno y los otros, el genio y la tontería. Tampoco es neerlandesa la fonética de nuestros nombres." Y en este punto debo confesar que me saco el sombrero ante el crítico que firmó la reseña, porque se atrevió a escribirla, y/o también ante el censor de turno, que se la jugó con el camarada Goebbels, quien era poco proclive a este género de señalamientos críticos.

Sea como fuere, no me gustaría concluir este travelling & flash back sin citar a Herman Frederik Bredschneyder, cinéfilo neerlandés, productor pionero de la tv de su país, y poco sospechoso de simpatías hacia los nazis: a fines de 1944, a la edad de diecisiete años, fue "llamado al servicio" por las fuerzas de ocupación alemanas y logró evadir la orden escondiéndose hasta la liberación. Y acerca de este Rembrandt, héroe germano, Bredschneyder escribió: "Lo vi más tarde, recién después de la guerra, y me pareció un filme sumamente interesante. Sobre todo por su atmósfera, que en parte había que agradecer al formidable trabajo de la cámara de Richard Angst, y también a los decorados de Walter Röhrig. Una película honesta en la que el principal intérprete, Ewald Balser, conseguía una magnífica creación de Rembrandt. Mucho mejor, en todo caso, que la de Charles Laughton en el Rembrandt inglés de antes de la guerra."

Last but not least, Eugeni D’Ors (aquel sabio tan distraído, tanto que hasta se hizo franquista) dejó dicho lo que sigue en su irrepetible libro de estampas biográficas El valle de Josafat: "Rembrandt es más separatista que el mismo Lutero, porque es Lutero y Spinoza. Cualquier separación tiene un fondo de unión inconfesada. Rembrandt y Lutero, al separarse de Roma, pactan ya, en clandestinidad, con Oriente. ¿Sabéis de aquella sombra que pesa sobre las telas de Rembrandt? Es la sombra de las Pirámides."

 

Rembrandt y el cuerpo

John Berger

Cuando murió, a los sesenta y tres años, parecía mucho más viejo, incluso para su época. La bebida, las deudas, la muerte de muchos de sus seres queridos a causa de la peste podrían explicar los estragos sufridos. Pero los autorretratos apuntan a algo más. En su madurez le tocó vivir un clima de fanatismo económico y de indiferencia, un clima, por otro lado, no muy distinto del que se vive hoy. Ya no era posible limitarse a copiar lo humano, como en el Renacimiento; lo humano ya no era evidente: había que buscarlo en la oscuridad. Rembrandt era un hombre obstinado, dogmático, astuto, capaz de cierta crueldad. No hagamos de él un santo. Pero buscaba una manera de salir de esa oscuridad.

Dibujaba porque le gustaba. Era una forma de recordarse diariamente lo que le rodeaba. La pintura —sobre todo en la segunda mitad de su vida— era para él algo distinto: pintando intentaba encontrar una salida de la oscuridad. Quizá la extraordinaria lucidez de los dibujos nos ha impedido ver la manera en que pintaba realmente.

Rara vez hacía dibujos preliminares; empezaba pintando directamente en el lienzo. En sus pinturas apenas hay una lógica lineal o una continuidad espacial. Si sus cuadros convencen se debe a que los detalles, las partes, emergen y salen al encuentro del ojo. No hay nada dispuesto, ordenado ante nosotros, como en las obras de sus contemporáneos Ruysdael o Vermeer.

Mientras que en los dibujos dominaba completamente el espacio y la proporción, el mundo físico que presenta en sus lienzos está muy distorsionado. Esto nunca se ha recalcado lo suficiente en los estudios sobre su obra. Posiblemente porque para darse cuenta de ello hay que ser pintor, más que historiador del arte.

En una obra temprana de un hombre (él mismo) delante de un caballete en un estudio de pintor, el hombre en cuestión tiene un tamaño que apenas sobrepasa la mitad del que debería tener. En una maravilloso cuadro tardío, Mujer junto a una puerta abierta (Berlín), la mano y el brazo derecho de Hendrickje podrían ser los de un Hércules. En el Sacrificio de Abraham (San Petersburgo), Isaac tiene los rasgos físicos de un joven, pero, en relación con su padre, su tamaño es el de un niño de ocho años.

El Barroco gustaba de los escorzos y de las yuxtaposiciones improbables, pero aunque Rembrandt aprovechara las libertades que acompañaban al estilo, las distorsiones de sus cuadros no tienen mucho que ver con ellas, pues no son evidentes, sino al contrario, casi furtivas.

En el sublime San Mateo y el Ángel (Louvre), ese espacio imposible en el que se acomoda la cabeza del Ángel sobre el hombro del evangelista está discretamente insinuado, susurrado como le susurra el Ángel en el oído al santo. ¿Por qué olvidó o ignoró en los cuadros lo que era capaz de hacer con tanta maestría en los dibujos? Debía interesarle otra cosa, algo que era antitético con respecto al espacio "real".

Salgamos del museo y vayamos a las urgencias de un hospital, probablemente ubicadas en los sótanos del edificio, pues es donde suelen estar las unidades de rayos X. Los heridos y los enfermos son transportados en las camas o esperan horas, codo con codo en las sillas de ruedas, hasta que pueda atenderles el primer especialista que quede libre. Con frecuencia, los ricos pasan antes que los que están más enfermos. Pero, en cualquier caso, para los pacientes que esperan en el sótano es demasiado tarde para cambiar nada.

Cada cual vive en su propio espacio corporal cuyos hitos son el dolor o la incapacidad, una sensación o un malestar desconocidos. Los cirujanos no pueden obedecer las leyes de este espacio cuando operan, no es algo que se aprenda en las lecciones de anatomía del doctor Tulip. Una buena enfermera, sin embargo, lo reconoce al tacto y sabe que en cada colchón, en cada paciente, toma una forma distinta.

Es el espacio en el que habita la conciencia de sí mismo del cuerpo que siente. No es ilimitado como el espacio subjetivo: finalmente lo enmarcan siempre las leyes del cuerpo. Pero sus hitos, sus énfasis, sus proporciones internas no paran de cambiar. El dolor agudiza nuestra conciencia de este espacio. Es el espacio de nuestra vulnerabilidad fundamental y de nuestra soledad. Y también de la enfermedad. Pero, potencialmente, es también el espacio del placer, del bienestar y de la sensación de ser querido. Robert Kramer, el director de cine, lo define así: "Detrás de los ojos y extendidos por todo el cuerpo, un universo de circuitos y sinapsis. Los trillados caminos por donde suele manar la energía." Se percibe mejor al tacto de lo que se ve con los ojos. Y Rembrandt fue el gran maestro que llevó ese espacio a la pintura.

Pensemos en las cuatro manos de la pareja de La novia judía. Son sus manos, mucho más que sus caras, las que indican: matrimonio. Pero, ¿cómo llegó él hasta allí, hasta el espacio corporal?

Betsabé leyendo la carta de David (Louvre). La figura, en tamaño natural, está sentada, desnuda. Reflexiona sobre su destino. El rey la ha visto y la desea. Su marido está lejos, en la guerra. (¿Cuántos millones de veces ha sucedido algo similar?) Arrodillada delante de ella, su criada le seca los pies. No tiene otra opción que presentarse al rey. Quedará encinta. El rey David dispondrá que maten a su querido marido. Ella lo llorará. Se casará con el rey David y le dará un hijo que llegará a ser el rey Salomón. Ya ha empezado una fatalidad, y en el centro de esta fatalidad se halla el que Betsabé sea deseable como esposa.

Y así, todo el cuadro está centrado en su núbil vientre y su ombligo, que situó a la altura de los ojos de la sirvienta. Y lo pintó con amor y compasión, como si fueran un rostro. No hay otro vientre en el arte europeo pintado con una milésima parte de este cariño. Pasó a ser el centro de su propia historia.

Cuadro tras cuadro fue confiriendo a una parte del cuerpo, o a ciertas partes del cuerpo, una fuerza narrativa especial. El cuadro habla entonces con voces distintas, como un cuento contado por diferentes personas desde puntos de vista distintos. Pero estos "puntos de vista" sólo pueden existir en un espacio corpóreo que es incompatible con el espacio territorial o el arquitectónico. El espacio corpóreo cambia sus medidas y sus centros focales continuamente, de acuerdo con las circunstancias. Se mide en ondas, no en metros. De ahí que sea necesario distorsionar el espacio "real".

La Sagrada Familia (Munich). La Virgen está sentada en el taller de José, el Niño duerme en su regazo. La relación entre la mano de la Virgen, su pecho descubierto, la cabeza de Jesús y su bracito extendido es absurda en términos de cualquier espacio pictórico convencional: nada encaja, nada pertenece al lugar que le corresponde, nada tiene el tamaño adecuado. Pero el pecho y la gota de leche que mana de él hablan a la cara del pequeño. Y la mano del pequeño habla al amorfo continente que es su madre, al tiempo que la de ésta escucha al niño que sostiene.

Sus mejores cuadros apenas ofrecen nada coherente al punto de vista del espectador. Lo que hace éste es interceptar (especialmente) los diálogos que se producen entre las partes diversas, y estos diálogos son fieles a la experiencia corpórea que le habla a algo que todos llevamos dentro. Frente a sus obras, el cuerpo del espectador recuerda su propia experiencia interior.

Los historiadores con frecuencia han señalado la "interioridad" de las imágenes de Rembrandt. Sin embargo, son lo opuesto a los iconos. Son imágenes carnales. La carne del Buey desollado no es una excepción, sino algo característico en él. De revelar una interioridad, sería la del cuerpo, aquello a lo que tratan de llegar los amantes cuando se acarician y en el momento del coito. En este contexto, esta última palabra toma un significado más literal y más poético: coire, "ir juntos".

Aproximadamente la mitad de sus grandes obras (los retratos aparte) describen el acto de abrazarse o el instante preliminar al mismo —el gesto de abrir y extender los brazos: El Hijo Pródigo, Jacob y el Ángel, Dánae, David y Absalón, La novia judía…

No se puede encontrar nada parecido en la obra de ningún otro pintor. En Rubens, por ejemplo, hay muchas figuras que se tocan, se transportan, se conducen, pero muy pocas, si es que hay alguna, que se abracen. En ningún otro pintor ocupa el abrazo esta posición suprema, central. Algunas veces el abrazo que pinta es sexual, otras no. En la fusión de dos cuerpos no sólo entra el deseo, sino también el perdón o la fe. En su Jacob y el Ángel (Berlín) vemos las tres cosas, y no es fácil separarlas.

Los hospitales públicos, que como institución se originan en la Edad Media, se llamaban en Francia Hôtels-Dieu. Eran lugares donde se daba techo y asistencia en el nombre de Dios a los enfermos o a los moribundos. Pero cuidado con idealizar. Durante la peste, el Hôtel-Dieu de París estaba tan atestado que cada cama "la ocupaban tres personas; una enferma, una agonizante y otra muerta".

Pero el término Hôtel-Dieu, interpretado de otra forma, puede ayudarnos a explicar su pintura. La clave de esa visión que distorsionaba por necesidad el espacio clásico era el Nuevo Testamento. "Y el que permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios en él […] En esto conocemos que vivimos en él, y él en nosotros, porque nos ha comunicado su espíritu." ( Primera Epístola de San Juan, cap.4, versículos 16 y 13).

"Y él en nosotros." Lo que encontraban los cirujanos en las disecciones de los cuerpos era una cosa. Otra muy distinta lo que él buscaba. Hôtel-Dieu también puede significar en francés un cuerpo en el que reside Dios. En sus últimos autorretratos, tan inefables y terribles, parece que mientras contemplaba su propia cara estuviera esperando a Dios, pese a saber perfectamente que Dios es invisible.

Cuando pintaba libremente a aquellos a los que amaba o imaginaba, o a aquellos de quienes se sentía próximo, intentaba entrar en su espacio corpóreo en ese preciso momento; intentaba entrar en su Hôtel-Dieu, y encontrar así la salida de la oscuridad.

Frente al pequeño cuadro de la Joven bañándose (Londres) nos parece estar ahí, entre los pliegues de la camisa que ella se levanta. No como mirones. No con lujuria, como los viejos que espían a Susana. Sencillamente, el tierno amor con el que él la pintó nos conduce a habitar el espacio de su cuerpo.

Para Rembrandt el abrazo era sinónimo del acto de pintar, y las dos cosas rozaban casi la oración.

Rembrandt en su propia existencia

Miguel Ángel Muñoz

A Ives Bonnefoy, amigo y maestro inseparable

Un silencio casi absoluto en sus autorretratos, en los que sólo desearíamos escuchar música; detenernos en esa mirada tan decidida, sorprendente y alumbradora. De hecho, Rembrandt es uno de esos artistas que descubren la luz de la mirada, la claridad del alba, el horizonte regresando a su línea más simple, la evidencia de un gesto o una mirada, que fueron conquistados con una intuición todavía incierta. En un recorrido inmerso en suspensión de cualquier aliento, fue el que hice en la National Gallery de Londres, en 1999, cuando por vez primera observé la exposición titulada Rembrandt por sí mismo, la única que se ha organizado basada exclusivamente en sus autorretratos, y que reunía casi un centenar de obras, la mayor parte de las cuales eran autorretratos —ochenta y seis, para ser exactos—, pero que también pertenecen a discípulos y colaboradores de su taller, algunos de tan excepcional categoría, como el del legendario Carel Fabritius, cuya trágica muerte nos ha privado de ver su grandeza creadora, y otros de aprendices, como Ferdinand Bol, Gerard Dou o Philips de Koninck.

Otra parte fundamental de la muestra estaba plagada de diosas, Dianas, Junos, y de heroínas bíblicas o paganas, Susanas o Lucrecias. Detrás de esas figuras legendarias, con sus disfraces teatrales, siempre creemos reconocer a las mujeres más cercanas a Rembrandt, las protagonistas de su vida. Su madre, Cornelia, que de vieja llegó a parecer un árbol o una roca. Su rubia esposa, Saskia van Uylenburgh, símbolo de la brevedad de la dicha. Geertje Dircks, la nodriza contratada a la muerte de Saskia para cuidar de su hijo Titus, y que fue amante del pintor. Y desde luego, la compañera de sus últimos años, la morena Hendrickje Stoffels. La búsqueda de estos rostros familiares ha llevado a veces a suponer que cualquier imagen de una mujer sin nombre en la obra de Rembrandt tenía que representar a su madre, su esposa o su amante. El caso más extremo sería el de la Mujer en el lecho (ca. 1645, National Gallery of Scotland), en la que se ha creído reconocer a las tres mujeres de la vida amorosa de Rembrandt: la esposa Saskia, la nodriza Geertje y la criada Hendrickje. Por eso sus cuerpos femeninos son más conmovedores que ninguna belleza clásica.

No es necesario subrayar la importancia de Rembrandt (1606-1669), pues es sin duda uno de los artistas más apreciados del arte moderno occidental y uno de los que más ha influido en los últimos trescientos años, como lo demuestra la pasión que por él sentían Goya, Reynolds y Chardin, que lo consideraban, junto con Velásquez, sus únicos maestros. En el siglo xx, Picasso y otros grandes artistas le han rendido múltiples homenajes a su grandeza.

El autorretrato fue un tema capital en la trayectoria de Rembrandt. En cada uno de ellos refleja lo moderno de su espíritu y, por consiguiente, lo que más fascina y sorprende de su obra. Rembrandt se autorretrató a lo largo del casi medio siglo que estuvo activo como pintor, lo que supone una "crónica" exhaustiva de la transformación de un rostro, mejor que simplemente de la evolución de una personalidad.

De un primer autorretrato, fechado en 1626, cuando el artista tenía veinte años, hasta sus más célebres, que fueron pintados en 1669, el año de su muerte, vemos la evolución entre la efigie borrosa de un joven tímidamente insinuada en un segundo plano y las impresionantes, abrumadoras y poéticas presencias solitarias de los tres autorretratos finales, que se nos descubren como una panoplia de momentos, situaciones, actitudes y expresiones que parecen relatarnos todo acerca de las vicisitudes objetivas y subjetivas que configuraron su vida y su obra.

Cuando elogiamos algunos de sus autorretratos, como por ejemplo Autorretrato como San Pablo (1661), que es un auténtico milagro, me digo: ¡qué poder el de la mano cuando decide poner un poco de blanco, un ligero toque de gris por el lienzo! En Rembrandt cada autorretrato cobra una fuerza singular, no sólo por su capacidad de penetrar en el alma humana, sino también por el simple hecho de ser genial. Podríamos poner un rostro y una expresión concreta a lo que sabemos de su agitada e intensa biografía, y lo hacemos con la certeza de que, quien ahí aparece, habla desde el fondo de sí mismo, desde ese ser en momentos felices o atormentados, y desde luego, el ser misterioso que oculta algo que nunca podremos descubrir o interpretar. ¿Qué mejor ejemplo de la grandeza del arte?

No hay inmediatez en los comienzos del pintor, pero tampoco hay allá donde su investigación lo llevó. Sólo existe ese deseo de lo inmediato que tantos pintores sienten. Delacroix, Van Gogh, Garache, el último Degas, y desde luego, Rembrandt, que se dejó arrebatar por ese sueño de presentar su desnudez, un tormento que otros prefieren ignorar. Jacob Rosenberg —el gran especialista en Rembrandt— se ha dado a la tarea de indagar y analizar el sentido histórico que tenía el autorretratarse en la época y el lugar en los que trabajó Rembrandt. Y apunta que esta manía de representarse a sí mismo no era "exclusiva del pintor, era una práctica generalizada que tenía que ver con la existencia de un mercado de aficionados que coleccionaban rostros famosos". Aun así, cada autorretrato del maestro holandés descubre una función dramática precisa, llena de elementos alegóricos y simbólicos. Y desde luego, en cada rostro, se puede seguir, paso a paso, el proceso de complejidad con que se construye la evolución de un pintor a través de su pintura. Y la luz que nos descubre, nos esclarece mejor la melancolía de uno de los períodos más ricos del arte —ese fulgor, en verdad, ese lirismo— y la claridad en obras como El hombre del casco dorado, El jinete polaco o Retrato de Hendrickje en el lecho. Es posible que Rembrandt no haya conseguido acceder al espíritu puro, pero supo, incluso antes de sus últimos cuadros, clavar su mirada en el enigma. Nos queda la responsabilidad obligada de una visita a Amsterdam para celebrar el enigma del cuatrocientos aniversario del nacimiento de Rembrandt.

Ricardo Guzmán Wolffer
Entrevista con Arturo Rivera

El humor en la pintura

Pocos son los pintores contemporáneos mexicanos cuya obra resulta tan multivalente para el espectador como Arturo Rivera. Catalogado por muchos como uno de los máximos exponentes de la pintura nacional, al lado de Francisco Toledo, Rivera es sin duda una referencia obligatoria de la plástica nacional e incluso a escala mundial, como lo demuestra su reciente triunfo en la Bienal Internacional de Beijing, donde obtuvo el primer lugar.

Si el tema de la entrevista es el humor, creo que soy uno de los pintores menos indicados para hablar acerca de este tema. Tal vez pueda ser un humorista no intencionado y en mi charla puedo tener humor ácido. Me gusta el humor ácido en distintas manifestaciones artísticas como el cine y la literatura, pero como pintor no he tenido una intención concreta de generar humor en mis pinturas. Por otro lado, aunque yo me propusiese a pintar con humor, probablemente fracasaría, y si es que alguien ve humor en mi pintura, debo admitir que es involuntario. No me molesta que alguien pueda encontrar humor en mi pintura y sea causa de risa.

—Sus obras, donde el cuerpo humano se deshace de diversos modos, me recuerdan esa frase trillada de que el mexicano se ríe de la muerte.

—No veo la relación entre "deshacer" de diversos modos el cuerpo humano y la connotación de la muerte que el mexicano tiene. Me gusta la tradición mexicana, aunque muy gastada como parte esencial del folclor ya está cayendo en un lugar común y se está alejando del verdadero valor ritual que la hacía una tradición rica. Yo veo la muerte como la puede ver cualquier occidental. No creo que haya puntos de vista muy diferentes, en esta época de globalización y de tanto impacto visual, a la forma como abordo la muerte.

—En su obra hay humor aunque sea esporádico: en el cuadro La Medusa, donde una mujer rapada tiene entre las piernas un cráneo con gusanos-víboras, hay una inversión. En muchos cuadros suyos hay un efecto peculiar al ver el título luego de impresionarse con la obra. A veces llama al humor.

—La inversión de la que usted habla en la obra La Medusa subraya más el arquetipo. En cuanto al humor que podría conllevar, puedo entender que algunas personas sí lo vean, pero repito, no es intencionado. El título siempre trato de ponerlo muy sencillo y que tenga una referencia lejana con el tema principal del cuadro. En el caso de La Medusa fue así porque era la referencia al arquetipo.

—Muchos cuadros suyos son impresionantes. Quizá el humor sólo sea un modo de poder digerirlos y por eso algunos espectadores-veedores lo invocamos. Queremos seguir mirando sus creaciones y el humor nos salva de nuestra afición.

—En el espectador, tanto de obras de arte plásticas como cinematográficas y de otra índole, siempre existen mecanismos de defensa contra temas que agredan su vulnerabilidad por la historia personal que carga. Esto es independiente del creador, que a veces no podría estar más lejano en su intención emotiva pues a veces ni siquiera tiene un argumento personal sino meramente formal.

—¿Hay algún limite en el tratamiento pictórico del cuerpo humano, como en Los enanos de Herodes y sus verdugos?

—No existen límites en el tratamiento del cuerpo humano, ni de ningún elemento pictórico, pues en eso radica la libertad del artística y la expansión de su creatividad. El artista no esta sujeto a ningún canon preestablecido ni siquiera por él mismo.

—Como en El Hombre que ríe, de Víctor Hugo. Al que deforman para que siempre tenga una sonrisa.

—Víctor Hugo resuelve un problema haciendo uso de este recurso. Pero este problema es muy particular y cada artista tiene que recurrir a distintas soluciones dependiendo de la obra frente a la que se encuentra. Esto me recuerda todas las cirugías plásticas actuales, cuyos resultados son verdaderas caricaturas de la belleza. Algo trágico.

—Todos recordamos a Tamayo por el manejo que en sus últimas obras hacía del color ¿El color en la pintura podría ser la llamada del humor?

—Tamayo fue uno de los más grandes coloristas que han existido y su paleta siempre fue muy limitada, con algunos complementarios que hacían un juego perfecto. Que el tema, como el hombre riéndose, sea un tema con humor, no tiene nada que ver con la paleta ni con el humor. Yo podría hablar de que el color tiene humor cuando es involuntario, cuando no se ha estudiado la paleta y la llenas de todos los colores en el mercado. El tema es el humor, no el color.

—De los pintores mexicanos, ¿cuál le parece el representante del humorista pictórico?

—El Corcito, Antonio Ruiz, en su pintura de la mujer a la que le sale un gallo de la boca cuando se encuentra cantando. Covarrubias, que ilustró durante lustros Vanity Fair (creo que es esa revista, no recuerdo bien). La pintura de humor involuntario, cuando Frida Kahlo hace un homenaje a la muerte de una mujer que se suicida y describe la escena literalmente. Los exvotos mexicanos: humor involuntario. Y Quesada, si se le puede llamar pintor.

—El trabajo del Corcito hace pensar que pretendía ser costumbrista, pero termina siendo crítico, a veces apabullante.

—El pintor expresa su tiempo. Su manifestación artística no tiene escapatoria a su realidad personal y social. Más bien, se nutre de ella constantemente y a veces muy a su pesar.

 

o se trata de generar una hegemonía de una sobre la otra sino ofrecer una educación libre que permita poder implantar sin dificultad y sobretodo sin prejuicios cualquiera de los dos sistemas de enseñanza como por ejemplo sucede en Australia, donde tanto los colegios mixtos como los diferenciados pertenecen a la educación pública y en igualdad de condiciones. Der Spiegel en el 2004 publicó un estudio realizado por el Instituto pedagógico de Kiel, según el cuál cuando los alumnos y alumnas eran separados para recibir enseñanza en determinadas materias, tanto el interés como las calificaciones mejoraban de forma significativa. El sociólogo Michel Fize en su libro Las trampas de la educación mixta refiere que “después de treinta años de experiencia en coeducación no se ha conseguido la pretendida igualdad de sexos y oportunidades”.

La facultad de educación de la Universidad de Cambridge publicó un informe tras cuatro años de investigación bajo el cuál se destaca los altos beneficios que proporciona la educación diferenciada. Es falso pensar que para poder alcanzar la igualdad de oportunidades haya que educar a niñas con niños. Ambos son diferentes desde que nacen. En Suecia, Chris Heister publicó un informe titulado: Todos somos diferentes, y en el que demuestra que la causa del fracaso escolar radica en la obstinación por negar las diferencias sexuales entre niños y niñas.

La Universidad de Bermont publicó también un estudio que duró cuatro años, realizado en doce países, indistintamente del nivel social y llegó a la conclusión que los varones tienden más a pelearse, a ser indisciplinados, a faltar a clase, a contestar al profesor. Eso prevé la necesidad de educarlos por separado. Financial Times publica todos los años una lista de los colegios que han sacado las mejores calificaciones. Los veinticinco primeros son colegios diferenciados.

El principal argumento a favor de la educación diferenciada es que ésta tiende a mejorar el rendimiento académico de los alumnos. Separar a los alumnos por sexo para educarlos así en una determinada etapa de la vida no es discriminación sino por el contrario una educación que atiende a la totalidad de la persona en sí, a sus características específicas.

Cuidado con pensar que hay que separar a los niños y niñas para favorecer a los primeros y perjudicar a las segundas. Tampoco tiene nada que ver con prejuicios morales o religiosos. Se trata de atender las diferentes cualidades para aprender que tienen tanto hombre como mujeres. Por ejemplo, en una clase razonada y analítica las niñas se aburren, pero si se explica de forma rápida y explícita son más bien los niños quienes se inquietan. Hay que respetar los ritmos de maduración psicológica de cada estudiante. Los colegios diferenciados no son discriminatorios siempre y cuando no perjudiquen el aprendizaje de los niños respecto de las niñas, o viceversa.

The Sunday Times publicó un debate académico entre Anthony Seldon y Clarissa Farr (“The end of girls schools” 14.05.06), defensores de la educación mixta y diferenciada, respectivamente. El primero argumentó que en setiembre el investigador y profesor Alan Smithers (Universidad de Buckingham) publicará un estudio que demostrará que no existen pruebas que las niñas mejoren académicamente si estudian en colegios diferenciados. Se trata de un estudio hecho a 20.000 estudiantes según el cuál las mujeres no son mejores estudiantes que aquellas que estudian en colegios mixtos. Por el contrario, Clarissa Farr, precisa que en Inglaterra, las mujeres de colegios diferenciados obtienen mejores rendimientos que aquellas que proceden de colegios mixtos.

Si los colegios mixtos reconocieran y propiciaran las diferencias intrínsecas entre los sexos, los resultados de los estudios referidos no variarían mucho. Salvo algunas excepciones –muy pocas conocidas-, los colegios mixtos han cometido el error de generar un igualitarismo neutralizante entre los sexos. No se trata de negarles a los niños y niñas su igualdad de derechos. Eso no está en duda, lo que está en debate es cómo hacemos para educar correctamente las diferencias sexuales innatas entre niños y niñas. Incluso en el aspecto formativo es conveniente separarlos porque existen temas que sólo competen a los adolescentes varones y del mismo modo sólo a las adolescentes mujeres, como por ejemplo, la polución nocturna y la menstruación, respectivamente. Asimismo, no es lo mismo llamarle la atención y corregir una inconducta a un varón que a una mujer porque el primero necesita mayor rigor, mayor firmeza. Mientras que la mujer requiere más sutileza, prudencia y delicadeza al momento de tratarla.

Mi conclusión: personalmente me inclino por la educación diferenciada y no tengo el más mínimo prejuicio sexual discriminatorio. Sólo es conveniente durante la adolescencia porque en ella se generan unos cambios físicos, psicológicos y afectivos que requieren un trato diferente tanto para el varón como para la mujer. No se trata de educación injusta pensando que una es mejor que la otra. Se trata de adecuar la educación a las características específicamente sexuales de cada alumno o alumna. No hay que tener miedo pensando que eso generará un trauma social irreversible porque existen otros espacios que permiten un innegable intercambio de experiencias entre alumnos de diferente sexo.

Gentileza: volar [ volar@fibertel.com.ar ]

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