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Elogio de la vida
universitaria
Por Carlos Berzosa
Desde que comencé mi actividad
como profesor universitario, mi
empeño ha sido impartir mis
clases lo mejor que he sabido.
No sé si lo habré conseguido,
pero sigo intentándolo. Mi
preocupación por la docencia me
ha conducido a la lectura del
libro Lo que hacen los mejores
profesores universitarios, de
Ken Bain, editado por a
Universidad de Valencia.
Su lectura me ha llevado a
formular algunas reflexiones,
sobre las características que
reúnen los mejores profesores
seleccionados en ese estudio. En
él se dice: “Sin excepción, los
profesores extraordinarios
conocen su materia
extremadamente bien. Todos ellos
son consumados eruditos,
artistas o científicos en
activo. Ya sea con muchas
publicaciones o no, los
profesores extraordinarios están
al día de los desarrollos
intelectuales, científicos o
artísticos de importancia en sus
campos, razonan de forma valiosa
y original en sus asignaturas,
estudian con cuidado y en
abundancia lo que otras personas
hacen en sus disciplinas, leen a
menudo muchas cosas de otros
campos (en ocasiones muy
distantes del suyo propio) y
poseen mucho interés en los
asuntos generales de sus
disciplinas: las historias,
controversias y discusiones
epistemológicas. En resumen,
pueden conseguir
intelectualmente, física o
emocionalmente lo que ellos
esperan de sus estudiantes”.
De aquí se extraen enseñanzas
valiosas. La primera, que hay un
denominador común en la
erudición que caracteriza a
todos los profesores
considerados como
extraordinarios, y que resulta
ser fundamental al suponérseles
una gran capacidad de trabajo,
de estudio y de dedicación. La
segunda es que se da también una
diferencia a la hora de tener en
cuenta la cantidad y calidad de
las publicaciones. De modo que
se puede llegar a obtener la
consideración de profesor
extraordinario sin apenas
publicaciones y, por el
contrario, tener publicaciones
de prestigio pero no llegar a
alcanzar esa cota de profesor
extraordinario.
El hecho de que haya buenos
profesores con escasas
publicaciones no sé bien a qué
responde; quizás a que sigan la
recomendación de Steiner: "No
escribir si no hay nada que
proponer". Aunque publicar es
imprescindible para el
desarrollo de la investigación y
el conocimiento, sin embargo se
publica demasiado que no sirve
para nada.
Mi experiencia, como estudiante
primero, docente después, decano
durante 14 años y rector en los
tres últimos, avala una larga
carrera docente con más de 40
años a mis espaldas y me
confirma en gran medida lo que
el texto dice acerca de los
buenos profesores. He conocido
también la opinión de los
estudiantes acerca de sus
profesores, expresada en muchas
ocasiones públicamente, y
también de hijos, amigos de los
hijos, padres, amigos y
conocidos, y -con toda cautela-
existe en todos ellos una idea
común del buen profesor. Todos
vienen a coincidir en los
nombres de los profesores mejor
considerados.
No me cabe ninguna duda de que
los estudiantes lo que quieren
es tener buenos profesores que
se ocupen de ellos, si bien es
cierto que la mayoría se
conforma con que los profesores
cumplan su función de un modo
aceptable sin más pretensiones.
No obstante, hay que procurar
romper ese conformismo, pues tal
como dice Nussbaum en el libro
El cultivo de la humanidad:
“Sócrates -a diferencia de
Platón- sostiene que los
atributos necesarios para llegar
a ser un buen ciudadano pensante
se encuentran en todos los
ciudadanos, o por lo menos en
todos los que no están en algún
grado importante privados de la
normal capacidad de razonar”.
La enseñanza es algo más que la
recepción pasiva de
conocimientos. El estudiante
debe ser motivado a la
reflexión, a la que sin duda le
hará llegar la intervención de
un excelente profesor, y por lo
tanto lo deseable es no sólo
disponer de buenos docentes que
se limiten a enseñar con mejor o
peor fortuna la disciplina, sino
que inciten a los estudiantes,
que les hagan pensar, que les
ayuden a reflexionar, y que como
consecuencia obtengan buenos
resultados académicos. La
enseñanza debe ser creativa y
crítica.
Hay que buscar fórmulas en las
que quepan todos, buenos
investigadores y buenos
docentes, o las dos cosas a la
vez que sería lo ideal, pero que
no siempre se produce. Se debe
apoyar el buen trabajo, pero sin
exclusiones, sin menospreciar la
docencia, a la que a menudo se
considera como la cenicienta.
Porque si mantenemos esos
principios, la Universidad
terminará muriendo. De ahí mi
elogio a la buena docencia y en
definitiva a la capacidad que
tienen los buenos profesores de
saber transmitir para lo que se
necesita un gran cúmulo de
conocimientos y, sobre todo,
ilusión. Sin ilusión no puede
haber tampoco una buena
enseñanza. Porque cuando se
tiene ilusión se cree en lo que
se hace, y esto se transmite.
Rector
de la Universidad Complutense de
Madrid
Gentileza: volar
[volar@fibertel.com.ar]
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