|
La culpa la tiene el lenguaje
Por Fran Araújo
Por ser demasiado abierto,
amoldable, por dejarse engañar
por propios y ajenos, porque
nunca discute, porque acepta
fórmulas inaceptables, por estar
siempre de parte de todos, ricos
y pobres; por eso y por muchas
cosas más, la culpa la tiene el
lenguaje.
Es mejor culparle a él, si no
nuestros oídos y nuestras bocas
serían los grandes responsables
de atentados como: “guerra
humanitaria”, “movilidad
laboral”, “armas inteligentes”,
“efectos colaterales”,
“desplazados”, “ayuda
humanitaria” o el nuevo y
sarcástico “desengrase de
plantilla” (¿qué quieren decir
exactamente con esto? ¿acaba con
un trabajador agachado para
mantener su trabajo?). Hemos
asistido a la perversión de las
palabras. Resulta indecente que
no nos rechinen los oídos ante
tan maña malversación de sueños
y deseos.
Si nos atuviésemos al sentido
original de las palabras, si
comprendiésemos que la elección
de unas en lugar de otras
responden a una finalidad
concreta, elegida siempre por
una razón en origen
significativa, el orden mundial
sería eso, un orden en lugar de
un desorden. Si esa unión
indisoluble entre término y
contenido se aplicase a las
instituciones internacionales y
al desempeño de sus funciones
primigenias, el mundo estaría
asistiendo a un nuevo despertar
social e igualitario. No podemos
olvidar que el Banco Mundial
nació bajo el augurio del cuño
“Banco Mundial para el
desarrollo”. Pero, por lo visto,
esas palabras debían de pesar
poco porque se las llevó el
viento.
Si las guerras dejasen de ser
“humanitarias” para convertirse
en justas o inexistentes, si las
ayudas para el desarrollo
tuviesen como objetivo el
desarrollo real y no la deuda y
la dependencia, las palabras
tendrían un sentido real y no el
de un papel mojado.
Ser un hombre de palabra”, frase
hecha que parece haber caído en
el olvido dentro de la clase
política. Ahí nace el problema
de las palabras, el que tiene el
poder sobre ellas, su difusión,
les da la forma de las letras
sobre vaho en el cristal,
escribir una palabra que cuando
se evapora el vaho desaparece.
El problema es que no deja de
estar ahí, cuando vuelve el vaho
surgen de nuevo. No se puede
hablar por hablar. Parece que la
retórica vence al sentido cuando
todas las promesas y adulaciones
desaparecen.
Si tu le “engañas” al Estado
evadiendo impuestos tienes como
mínimo que pagar una multa, sin
embargo vivimos en una sociedad
instaurada en el engaño verbal.
Nadie paga por “malversar” el
lenguaje. Al final la culpa la
tienen las palabras por dejarse
hacer.
Todos los tratados sobre
medioambiente, igualdad,
justicia, los Objetivos del
Milenio de reducción de la
pobreza, los tratados para el
control de armas, el perdón de
la deuda externa... “Palabras...
palabras”, decía Hamlet, parece
que se te llena la boca y en
realidad se te está vaciando.
Sin embargo, no son sólo
palabras, representan el
principio de un camino, el
primer paso necesario.
Hay que dar el salto de la
palabra a la acción. Convertir
en real el peso específico de lo
prometido. Las palabras tienen
un valor, devolvámoselo.
Pongamos en práctica esa
conjunción de hechos
potenciales. Emprendamos una
cruzada, la primera verdadera
cruzada con sentido, para
devolverle el sentido al
lenguaje.
La lucha comenzaría por
encarcelar todas esas
expresiones sangrantes. Después
deberemos eliminar las
connotaciones negativas que se
han ido asimilando a términos
que nacieron como algo positivo.
Por otra parte, es necesario
devolver las letras mayúsculas a
palabras que las han perdido:
Justicia, Tierra, Estado,
Pueblo, Igualdad,... y dárselas
a otras que nunca la han tenido
por ceguera histórica: Ternura,
Fraternidad, Amistad,
Comprensión...
Es fácil culpar al lenguaje y no
a nuestros oídos que no se
alertan cada vez que alguien lo
maltrata, o a nuestras bocas,
cada día peor educadas. No nos
sentimos violados cada vez que
extorsionan nuestro lenguaje
para convertirlo en un arma. Lo
maravilloso del lenguaje, su
capacidad de cambiar y de
amoldarse, se convierte en un
arma de doble filo que casi
siempre decidimos agarrar desde
la empuñadura. Si de verdad
queremos construir un futuro
mejor, debemos comenzar por el
lenguaje. Cuidar el sentido de
lo que decimos porque una
palabra puede sentirse como
caricia o como dardo, como mano
tendida o como reja maltrecha.
Llamemos a las cosas por su
nombre.
Gentileza: Melina Alfaro [
cybermelina_2004@yahoo.com.ar
]
paginadigital |