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Beckett. Cien años de su
nacimiento
Por Pedro Barceló
El pasado 13 de abril se
cumplieron 100 años del
nacimiento del celebrado
escritor irlandés. Nació en
Foxrock, cerca de Dublín, en
1906. En 1933, después de una
estadía infructuosa en Londres,
emigró a París. Allí conoció al
escritor James Joyce otro
dublinés renegado, quien
ejercerá gran influencia en su
escritura. Su famosa obra
teatral Esperando a Godot señaló
una época en el teatro que,
antes del año de su estreno en
París, nada menos que treinta
teatros de Alemania incluían en
su repertorio la sensacional
producción de Beckett.
El 5 de enero de 1953 se
estrenaba en París En attendant
Godot. Antes, Beckett había
publicado en Inglaterra su
novela Murphy (1938), traducida
al francés sin demasiada pena ni
gloria en 1947. En 1951 suena
extensa e intensamente el nombre
de este irlandés avecindado en
un arrabal de París al
publicarse su novela Mollym que
fue saludada desde las páginas
de Le Figaro Littéraire como
"una de las obras capitales de
la posguerra".
Pocas veces una obra teatral ha
alcanzado un impacto tan
rotundo, tan sensacional, tan
fulgurante como En Attendant
Godot. Hasta tal punto, que el
resto de su obra (Malone meurt,
L'innommable, Molly, Nouevelles
et textes pour riens…) ha
quedado, con evidente
injusticia, relegado a segundo
término.
Godot era demasiado impacto, era
demasiada novedad, era excesiva
explosión para permitir
descender a otros detalles.
Hasta tal punto Godot señaló una
época en el teatro que, antes
del año de su estreno en París,
nada menos que treinta teatros
de Alemania incluían en su
repertorio la sensacional
producción de Beckett. Y al
aludir a cifra tan considerable
de teatros, no queremos, ni
mucho menos, establecer un
argumento valorativo de la
calidad, tan por encima de esa
clase de argumentos, de Godot,
sino señalar sencillamente el
deslumbramiento que produjo.
Porque si en Alemania se
representa en treinta teatros, a
los tres años de su estreno
había sido traducido a veinte
idiomas, el español entre ellos,
y es fácil imaginar la difusión
que ello supone.
¿Por qué este éxito? La pregunta
es tan superficial como inocente
la respuesta. Porque En
attendant Godot supone un nuevo
teatro. Pero un nuevo teatro que
ha sabido dar exacta medida del
hombre a que va destinado. Entre
la crítica adversa formulada a
Godot o, más exactamente, a
Beckett, ha circulado la especie
de que sus personajes no son
humanos. Y es que estamos
aplicando las mismas palabras a
conceptos gastados. Porque
cabría preguntar: ¿Son más
humanos esos personajes de las
comedias rosas al uso: el marido
engañador, la dama aparentemente
casquivana, el mayordomo
ingenioso y trapisondista, los
ambientes químicamente puros de
la elegancia...? Entre una
humanidad y otra, no nos queda
más remedio que optar
gustosamente, venturosamente por
la de Godot.
Es peligroso, inconveniente
quizá, intentar una explicación
de En attendant Godot. Caben,
sí, búsquedas de matices,
desciframiento de algunas
claves. Pero Godot está
explicado en sí mismo. No hay
enigma. Ni secretísima
simbología. Algún buscador del
quinto pie del gato ha tratado
de establecer la relación Godot-God
(Dios, en inglés) Innecesaria
tarea. Se está esperando a Godot,
que llegará o seguirá enviando
diariamente al muchacho para
decir que no va; se está
esperando, están esperando
Vladirniro y Estragón a Godot, y
lo que importa dramáticamente es
esa espera. Y si en las comedias
que padecemos tan abundantemente
en nuestros teatros, mientras
"se espera", el galán saca una
pitillera, enciende un
cigarrillo caro y una elegante
doncella le anuncia para dentro
de unos mornentos la llegada de
la señora- Víadimiro y Estragón,
mientras esperan, conversan:
¿Y si nos arrepintiéramos?, ¿De
qué?, Hombre! No hace falta
entrar en detalles. ¿De haber
nacido?... Lo cual, la verdad,
no dice nada en favor de esas
comedias que son el teatro de
cada día.
Y es que Beckett, tanto en sus
novelas como en su teatro (y
esta posición ideológica o, más
bien filosófica, es la que se
olvida al juzgarlo, recordando
en cambio los tópicos habituales
de náuseas, existencialismos y
tantos otros fáciles recursos
que aquí nada tienen que ver),
va a la caza de una expresión
que le permita hablar de lo
absurdo de tantas situaciones
humanas, para lo cual solo
cuenta con un lenguaje
estructurado con las rígidas
leyes de la lógica. Y esta
lógica que preside nuestro
lenguaje común es la que obliga
a buscar unos rumbos diferentes,
a través de los cuales cumplir
con su necesidad de expresarse.
Necesidad de expresarse que en
ocasiones le conducirá hacia un
lenguaje de apariencia absurda y
en otras hacia el silencio. En
una y otra ocasión, ha llegado
más allá de las posibilidades
del lenguaje. Y se ha expresado.
Pero de ahí a que se considere
hermético, incongruente,
abstruso, incoherente, su
teatro, va la misma diferencia
de que porque nos guste el
teatro de Crommelynck
consideremos viejo el de
Sófocles. Beckett no niega nada
de lo mejor del teatro que le
precede. Diríamos incluso que su
obra es un acto de fe en el buen
teatro, puesto que buen teatro
es el suyo. Solo que distinto.
Pero tampoco nadie ha pretendido
comparar El alcalde de Zalamea
con Extraño intermedio, ni La
señorita Julia con Romeo y
Julieta. Cada obra teatral que
señala un hito es una obra
teatral que señala un hito, y no
hay por qué buscar salidas
tangenciales.
Godot fue, primero, la obra del
impacto. La obra que le inspiró
a un cura alemán su sermón
dominical; la obra que, gustada
en principio por mínimos grupos
de lectores, fue sembrando
entusiasmo y pasiones hasta
verla convertida en última y
absoluta realidad dramática
sobre los escenarios. En
attendant Godot es la creación
teatral de mayor originalidad
que ha producido el teatro desde
hace muchos años, inmemoriales
casi. Es la obra sin trucos,
aunque con recursos; una obra
escrita con inspiración y
tenacidad; con talento sensible,
que significa inteligencia y
gracia, gracia sacada de no se
sabe dónde, de no se sabe qué
misteriosas, soterradas vetas,
olvidadas, muertas ya en la
memoria de todos, hasta que un
hombre, este irlandés llamado
Samuel Beckett, supo hallar esa
increíble fuente donde todo el
teatro, la Humanidad entera,
volvió a resucitar para que, de
nuevo y para siempre, sobre un
escenario acontecieran cosas
fundamentales. El hombre, el
teatro con él, se había salvado
para el arte.
Era seguir la línea de Baty
cuando afirmaba: "Todo es
materia dramática: los animales,
las plantas, las cosas." ¿Por
qué, pues, hay quien todavía se
empeña que solo sean materia
dramática un pensamieto
romántico o una idea rosa?
Viadimiro y Estragón tienen
derecho a la vida en la medida
en que ella puede presuponer y
definir miles de vidas marcadas
por un signo determinado de
esperanza o de hastío, de
cansancio o de indiferencia, de
exaltación o de menosprecio, de
ironía o de poesía. Tenían, sí,
derecho a la vida. Beckett se la
ha dado. Ha cumplido con su
obligación. Fin de partie será
una búsqueda más allá, quizá más
importante, pero menos alta y
cabal en el logro; ante
nosotros, abre un abismo que
resulta infranqueable. La
originalidad de Fin de partie no
alcanza la genialidad de Godot.+
(PE/Argenpress)
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