El idioma en la era del móvil
y de Internet
Por Jorge
Planelló
En su libro Defensa apasionada
del español, Alex Grijelmo se
refiere a la pobreza de un
idioma que evolucione desde el
deterioro. Carteles de aviso,
subtítulos en películas y
artículos de prensa son ejemplo
del poco cuidado que en
ocasiones se presta a la
ortografía. En los programas de
televisión infantiles, el empeño
por usar expresiones modernas
reduce a una sola palabra todos
los matices.
Al utilizar los jóvenes las
nuevas tecnologías como
teléfonos móviles o Internet, el
deseo de comunicar prevalece
sobre las reglas gramaticales.
Es interesante cómo compensan
mediante el lenguaje la
impersonalidad de una
conversación en un chat o con
mensajes telefónicos. Más que
empobrecer el idioma lo adaptan
a las nuevas circunstancias. Dos
personas frente a frente
comunican además de con la
palabra con los gestos y los
cambios de tono. Mediante
onomatopeyas, abreviaturas o la
supresión de las vocales, los
jóvenes pretenden ganar
inmediatez e intensidad en su
mensaje. Se trata de decir lo
máximo en el menor espacio
posible.
Nada sucede si se concibe esta
forma de expresión como algo
independiente de la lengua
común. “El problema no es la
tecnología, sino la ignorancia”,
ha dicho el escritor y académico
de la lengua Antonio Muñoz
Molina. Los diferentes medios
tecnológicos pueden coexistir.
Ni la televisión ha desplazado a
la radio, ni los soportes
electrónicos al libro. Tampoco
una conversación por chat o a
través de mensajes puede
competir con aquella en la que
las dos personas de cualquier
edad se hallan presentes porque
son formas de interacción
complementarias.
Por ello el riesgo para la
riqueza del idioma no es este
uso lingüístico. Más bien que se
utilice sin distinción, como
cuando un alumno escribe en un
examen igual que en un mensaje
de móvil, lo que pone de
manifiesto una carencia
educativa. En España más de la
mitad de los hogares tienen
menos de 100 libros, 3 de cada
10 personas de entre 14 y 24
años no leen y todavía menos, 6
de cada 10, entre los alumnos de
primaria. Ante este panorama, la
responsabilidad del idioma se
delega en gran medida a los
medios de comunicación.
De una manera u otra los jóvenes
siempre han buscado registros
propios para diferenciarse de
los más mayores. Lázaro Carreter
se refería a “la sensación de
vejez que rodea a ciertas
palabras, y la necesidad que
sienten las generaciones jóvenes
de sustituirlas por otras de faz
más moderna”.
“Los idiomas cambian, inventando
voces, introduciendo las de
otros o modificando las
propias”, escribía. Con las
nuevas tecnologías se precisan
diferentes formas de utilizar el
lenguaje. Igual que nadie
escribe como habla, tampoco es
adecuado escribir para los
internautas como en el papel o
mantener el estilo de una carta
en un correo electrónico o un
mensaje por el móvil.
Pero los jóvenes no son el único
motor de cambio del lenguaje. La
comunicación no es privilegio de
unos pocos. Para Lázaro Carreter
“se requiere la máxima unidad en
los cambios”. Así, se ha de
facilitar el acceso a las nuevas
tecnologías a personas de todas
las edades.
En el cuarto centenario de la
genial obra de Miguel de
Cervantes, el lenguaje aparece
como algo vivo. Somos capaces de
padecer las fatigas de Don
Quijote y gozar de sus andanzas,
aunque el estilo del texto de
Cervantes resulta lejano. Esta
evolución es un síntoma de
salud, en la medida en que se
adapta el idioma a los últimos
avances tecnológicos y
necesidades. Pero ha de
progresar con la aportación de
sus hablantes, no con el
deterioro. Perderíamos el
vínculo cultural si se
suprimiesen, por ejemplo, las
vocales. “Las mismas letras,
dice Grijelmo, sobre las que han
descansado sus ojos millones de
personas en cinco continentes,
en Guinea, en Filipinas, en El
Salvador o en Miamil.
Jorge
Planelló Periodista
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