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Malestar sí, pero en la cultura,
Francisco Bernete. - 08/03/06
 
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Malestar sí, pero en la
cultura
Francisco
Bernete
Universidad Complutense de
Madrid
1.- INTRODUCCIÓN
En este 2006 de nuestros agrios
debates políticos sobre cosas
tan imaginarias, pero a la vez
tan pasionales, como "la
identidad nacional" o "la
cultura nacional", además de
cumplirse 250 años del
nacimiento de Mozart, se cumplen
150 del nacimiento, en el mismo
país (Austria), de Sigmund Freud,
uno de los autores que, sin ser
antropólogo ni sociólogo de
profesión, mejor alumbró, a mi
juicio, la naturaleza de la
cultura.
Este trabajo rinde tributo al
esfuerzo de Freud por conocer la
naturaleza humana, a la vez que
vuelve la mirada sobre una línea
intelectual sospechosamente semi-olvidada
o quizás semi-escondida, el
freudomarxismo. Siguiendo las
huellas de un concepto capital
en la obra de Freud, el concepto
de represión, trataré de
explicar de qué manera el caudal
de la obra freudiana se canaliza
en direcciones distintas entre
los autores más prototípicos del
freudomarxismo (Reich, Fromm y
Marcuse) para elaborar teorías
sobre la cultura y la sociedad
contemporáneas.
1.1.- "Represión" y
"alienación": los dos pilares
del freudomarxismo
Reich, Fromm y Marcuse se ocupan
de la socialización del
individuo y del origen mismo de
la civilización, para lo cual se
interesan por la perspectiva
freudiana de estos procesos. En
esa revisión de la obra de Freud,
se topan con la represión como
punto (delicado) de contacto
entre "lo individual" y "lo
social", tanto si inician su
trabajo en la Psicología Social
(Fromm), como si lo hacen en la
Teoría Social (Reich y Marcuse).
Distintos analistas de la obra
freudiana coinciden en creer que
la represión fue el signo bajo
el cual Freud concibió la
historia ontogenética y
filogenética del hombre. El
propio fundador del
psicoanálisis le dio ese lugar
privilegiado al asegurar que "La
teoría de la represión es la
piedra angular sobre la que
reposa todo el edificio del
psicoanálisis, su pieza más
esencial". [1]
Del lado marxista, parece que es
el concepto de alienación el que
mejor sirve para describir el
carácter mutilado del hombre
moderno. El ser humano se ve
desposeído del objeto que ha
producido con su trabajo y, en
general, de toda su actividad y
su vida social, pues la cultura,
la política, la economía, etc.
tienen vida propia y el
individuo las siente como algo
extraño a él mismo. Para el
marxismo, la naturaleza humana
no es exclusivamente biológica:
al contrario, es humano quien se
convierte en un ser social
mediante el trabajo, pues es a
través del trabajo como se
relaciona con los otros, además
de relacionarse con la
naturaleza. Lo que sucede es que
el modo de producción
desarrollado por la burguesía
cosifica las relaciones y las
actividades, despojándolas de su
condición humana.
Los freudomarxistas más
conocidos por su condición de
tales lanzan sus reproches al
marxismo que da excesiva
relevancia a la dimensión
económica de la vida; y, por
otro lado, tratan de corregir a
Freud desde la concepción de una
posible sociedad socialista, en
la cual no existiría ni el
malestar ni la explotación. Al
menos, no en los niveles
alcanzados en los últimos
siglos. Reich, Fromm y Marcuse
piensan que han cristalizado en
el ser humano unas estructuras
psíquicas en favor de un sistema
socioeconómico explotador y
represivo. Pero ese psiquismo no
es inmanente a nuestra forma de
ser, sino que ha sido modelado
históricamente. De ahí se deduce
que puede modificarse.
1.2.- "Represión psíquica" y
"represión social"
Cotidianamente, el verbo
"reprimir" se usa con mucha
frecuencia en forma reflexiva.
Decimos que un sujeto se reprime
cuando se contiene en su
comportamiento, evitando hacer
algo que tiene ganas de hacer,
pero le parece inconveniente.
Ese control de su propia acción
parece ser:
a) por una parte, individual, en
cuanto que es el propio sujeto
quien decide su conducta y quien
asume los riesgos, premios,
castigos, evaluaciones, etc.
asociados a esa conducta.
b) por otra parte, social, en
cuanto consideramos que la
inhibición de los impulsos es un
proceso originado por la
enculturización a que están
sometidos los individuos desde
el momento en que nacen. La
regulación de los
comportamientos -en la que está
interesada la sociedad- requiere
la renuncia a la espontaneidad.
En Teoría Psicoanalítica, el
concepto de represión remite a
una "operación según la cual el
sujeto intenta rechazar o
mantener en el inconsciente
representaciones (pensamientos,
imágenes, recuerdos) ligados a
una pulsión" [2]. Teniendo en
cuenta que los autores "freudomarxistas"
se refieren a la "represión" más
bien como una forma de "control
social", y no como "mecanismo de
defensa" de naturaleza psíquica,
cabe preguntarse si estarán
describiendo el mismo fenómeno o
fenómenos distintos que guardan
algún parecido.
En los epígrafes siguientes, se
muestra el marco conceptual en
el que se inserta el uso del
término "represión" en la teoría
psicoanalítica. Marco desde el
cual se da el salto a otro
diferente, donde se pone el
énfasis en la represión social.
2.- LA REPRESION EN LA TEORIA
PSICOANALITICA
2.1.- La operación represiva
La palabra "represión" aparece
en la obra de Freud asociada a
otras de la misma constelación,
como "defensa" y "censura". Y, a
través de ellas, vinculada con
otras expresiones como
"resistencia" y "conciencia
moral". El proceso de la
represión (en sentido psíquico)
es conocido como el prototipo de
los mecanismos de defensa. "Su
esencia consiste en rechazar
algo de la conciencia y
mantenerlo alejado de ella." [3]
Esta acotación de la «represión»
como uno de los mecanismos de
«defensa» es mantenida por Anna
Freud y otros psicoanalistas,
pero las obras del fundador del
Psicoanálisis permiten también
el uso de ambos términos como
sinónimos. Aquí no entraremos en
esas elucidaciones [4]. Interesa
más destacar algo que mantiene
Freud en todos los escritos
donde describe el procedimiento
represivo: que se trata de una
defensa del individuo y que es
el "yo" [5] quien recurre a esa
y otras técnicas defensivas.
El propio Freud advirtió que se
corría el peligro de
sobreestimar el papel del
superyó en la represión [6], o
subestimar el papel del yo, y
éste parece ser uno de los
sesgos que a menudo cometió el
freudomarxismo. El yo es un
eficaz represor, lo cual, según
Freud, obliga a no exagerar los
vasallajes del yo respecto del
ello y del superyó.
El yo se halla bajo la
particular influencia de la
percepción, cualidad que le
permite tomar nota de las
exigencias del entorno en el que
se encuentra y procurar frenar
las pulsiones provenientes del
ello cuya satisfacción resulte
más inconveniente para vivir en
ese entorno. Por esa razón dirá
Freud que (el yo) "se afana por
remplazar el principio de
placer, que rige
irrestrictamente en el ello, por
el principio de realidad" [7].
Este principio de realidad tiene
la función de armonizar los
deseos con las posibilidades que
brinda el mundo exterior,
tratando de adaptar la
satisfacción a las condiciones
que el entorno impone al
individuo.
De este modo, se explicaría que
el ser humano no se rija sólo
por el principio de placer,
buscando la satisfacción por el
camino más corto, sino que
acepte dar un rodeo, o aplazar
esa satisfacción, con tal de
conciliar la pulsión que
proviene del cuerpo con algo
supra-individual que entiende
debe ser igualmente atendido,
por lo menos, hasta cierto
punto.
2.2.- El papel del "superyó" (o
ideal del yo) en la represión
Alrededor de los cinco años
-indica Freud- la concepción del
aparato psíquico, según la cual
todo lo que no es ello,
revestido de la capa del yo
(que, preocupado por su propia
conservación, se rige por un
principio de placer modificado),
es mundo exterior, sufre una
alteración: el nacimiento del
superyó, nueva instancia
psíquica, que asume funciones de
juez y es sentida como nuestra
conciencia moral.
El superyó se crea por
identificación del sujeto con
una parte del mundo exterior. Lo
acogido en el interior del
sujeto son las normas, las
pautas de conducta transmitidas
por las personas adultas que
rodean al niño desde su
nacimiento. A este nuevo ser le
son dados unos bienes materiales
y le son denegados otros; le son
permitidas unas acciones y
prohibidas, otras; e igualmente,
junto con los nombres de las
cosas y las acciones, recibe
conceptos y valoraciones
destinados a su interiorización.
Normalmente, los adultos que
crían al niño (es decir, le
alimentan y le dan las primeras
pautas de comportamiento) son
los progenitores. Pero, en
muchos casos, esas actividades
las asumen otros familiares o
personas allegadas a la familia
(nanas, vecinos, etc.). Más
tarde, la acción enculturizadora
corre a cargo de los educadores
profesionales; y, según las
sociedades, ejercerán más o
menos influencia los sacerdotes,
las autoridades y -en nuestros
días- las empresas que elaboran
y distribuyen productos
informativos o de
entretenimiento.
Freud no negaba que el sistema
social exigiera la represión de
las pulsiones; pero defendía, al
mismo tiempo, que ese sistema se
había desarrollado sobre la base
de represiones de nuestros
antepasados. Y, por tanto, la
cultura (como el superyó
individual) no sería sólo
productora, sino también,
producto de operaciones
represivas. Planteamiento
dialéctico que echaremos en
falta en sus continuadores
freudomarxistas, pues
convirtieron la represión en un
proceso unidireccional que -con
el fin de mantener el orden
social- arranca de las
instituciones para contener a
los individuos, en contra de sus
intereses y de su voluntad. O,
más bien, conquistando su
voluntad.
3.- LA REPRESION EN EL ORIGEN DE
LA SOCIEDAD
3.1.- El conflicto "naturaleza -
sociedad"
Freud no pierde ocasión de
recordar que las relaciones
entre vida orgánica y vida
social del hombre son
conflictivas. En ese
enfrentamiento entre individuo y
sociedad, ni le parece probable
que la condición biológica del
ser humano desaparezca por mor
de la adaptación al orden
social, ni que algún orden
social se ajuste a los deseos
naturales.
La vida psíquica de los hombres
y las mujeres, desde la
perspectiva freudiana, se
caracteriza por el conflicto
entre las pulsiones que proceden
del cuerpo en busca de placer y
las normas morales a las que los
individuos se ven sujetos por
vivir en sociedad. Desde este
punto de vista, ser social es
dominar la pulsión que habita en
el cuerpo, puesto que el
individuo se encuentra tanto más
integrado cuanto más y mejor se
interioricen dichas normas y más
se inhiban las pulsiones
naturales (pre-sociales).
Freud señala que los individuos
no parecemos dispuestos a
aceptar sumisamente las
restricciones y la regresión, a
pesar de estar en la base de las
relaciones humanas. Ante este
problema de desajuste, los
autores que repasamos exponen
soluciones diferentes:
a) De un lado, el propio Freud
proponía más racionalidad en los
procesos psíquicos individuales.
Con ellos, los hombres se
procurarían una internalización
más consciente de las normas
sociales y, a lo sumo, una
desmitificación de la cultura
(porque se desarrolla para
reprimir los impulsos del
individuo), pero sin dejar de
considerarla útil, porque esa
represión es la que hace posible
la vida civilizada [8]. Nuestro
autor considera que, después de
todo, el sufrimiento emanado de
las relaciones con los demás no
es más doloroso que los
sufrimientos que proceden del
mismo cuerpo o del mundo
exterior.
b) De otro lado, quienes
intentan el maridaje freudo-marxista
reconocen la lucha entre
naturaleza y sociedad. Pero, en
la confianza de que debe haber
un orden social más justo,
acaban preconizando que en el
futuro podrán armonizarse las
regulaciones sociales y las
necesidades fisiológicas. De ese
modo, la represión queda
circunscrita a un elemento
contingente, característico de
una cultura determinada, pero no
inherente a toda civilización.
Los dos autores psicoanalistas (Reich
y Fromm) se desmarcan de Freud
en su concepción de las
relaciones entre naturaleza y
cultura:
a) ya sea por creer que hubo en
el pasado sociedades
matriarcales donde la sexualidad
y el placer eran compatibles con
la cultura y que habrá en el
futuro una revolución que,
desintegrando la familia
autoritaria, termine con la
represión sexual y la
explotación económica (caso de
Reich);
b) ya sea por creer que la
civilización occidental contiene
elementos patriarcales (como la
razón o la ley), pero también
matriarcales (como los vínculos
de la sangre y la tierra, la
aceptación de los fenómenos
naturales o el amor a los
demás), que los principios
patriarcales aparecen después de
los matriarcales como
consecuencia del desarrollo de
las capacidades humanas, que
permiten un contacto más activo
con la naturaleza; y que, por
tanto, el hombre se realiza en
el marco social (caso de Fromm).
Marcuse, que no es
psicoanalista, parece no
contradecir, en principio, la
hipótesis de que se trata de un
enfrentamiento y no de una
armónica complementación. Sin
embargo, el seguimiento de Freud
casi concluye en el punto de
partida. Pronto matiza que se
trata de un enfrentamiento
actual entre el individuo y su
sociedad, acercándose en el
fondo a Reich y Fromm, en lo que
respecta al carácter no
esencial, sino histórico del
conflicto; y, por ello,
contingente y evitable si se
llevara a cabo cierta
transformación de las relaciones
sociales. Es decir, Marcuse se
presenta como leal a Freud, pero
le reprocha la misma
generalización (abusiva, a
juicio de los tres autores) que
consistiría en identificar la
civilización con la que al
propio Freud le tocó vivir.
A diferencia de Reich y Fromm,
Marcuse no describe ningún
matriarcado previo al
patriarcado, o a la familia
autoritaria. Entiende -como lo
hicieran Marx y Freud- que la
dominación del hombre por el
hombre ha existido siempre, pero
añade que esa dominación no se
manifiesta siempre de la misma
manera. Ahora, quienes dominan
al individuo enseñándole a obrar
bien no es sólo el padre, como
pudo haber sido en un principio,
ni el dominio consiste
exactamente en poseer a las
mujeres. La dominación la
ejercen personas e instituciones
que ocupan una posición social
superior a la del propio
individuo y ejercen sobre él una
represión más racionalizada y
despersonalizada. Una represión
que hace más difícil rebelarse
contra el sistema de dominio,
pues ya no se trata de acabar
con un poder personal, sino con
todo un orden social, que tiene
su lógica y su eficacia. El
sentimiento de culpa de quienes
destruyan ese edificio ha de ser
mayor, lo cual contribuye a
frenar en la práctica toda
rebelión radical contra el
sistema.
3.2.- La apoyatura económica de
la represión sexual, según Reich
Wilhelm Reich fue el primero de
los autores freudomarxistas que
intentó enlazar las aportaciones
de la teoría psicoanalítica con
las del marxismo. Presentó en
paralelo el orden moral y la
estructura económica de la
sociedad capitalista,
concibiendo al primero como
dependiente de la segunda. Ese
orden moral es represivo en
materia de sexualidad y su
correa de transmisión
fundamental es la familia, a
través de la cual se contagia la
enfermedad, la «peste colectiva»
que es el orden sexual
represivo.
El autor de La revolución sexual
cree que es fácil de romper el
vínculo entre dominación
económica y dominación
ideológica en las familias
obreras, toda vez que no tienen
los mismos intereses económicos
que las familias burguesas. Pero
reconoce que "las fuerzas de la
tradición pueden incidir en
ellas por otras vías ideológicas
como la religión". [9]
Reich defiende la posibilidad de
un orden social que no esté
basado en la renuncia de los
impulsos naturales [10].
Protesta contra la idea de que
el «principio de realidad»
requiere un aplazamiento de la
gratificación instintiva, y
reclama que se discuta sobre
cada impulso en concreto y sobre
el principio de realidad vigente
en cada sociedad y en cada
momento histórico, pues "este
(el de la sociedad de su época)
principio de realidad es en sí
mismo relativo". [11]
Cabe recordar a este respecto
que Freud no es tan
homogeneizador de las culturas
como puede deducirse de los
escritos freudomarxistas, pues
el mismo Freud señala que las
pautas de una sociedad son
relativas, no sagradas ni
inmutables. El "biologicismo"
con el que se le etiqueta no le
impide reconocer que el grado de
libertad sexual y, por tanto, de
represión, es diferente en
culturas distintas. El fundador
del Psicoanálisis atribuye esas
diferencias a las estructuras
económicas de cada sociedad,
pero sin hacer coincidir estos
intereses con los de la familia,
como haría Reich, sino más bien
contraponiéndolos, pues una
fuerte cohesión intrafamiliar
puede obstaculizar la
integración en círculos más
amplios. Una tarea del orden
social es ayudar a que el joven
pase a ser un sujeto
independiente de la familia, con
sus propios derechos y
obligaciones, e implicado en la
reproducción social. Volviendo
sobre los grados de represión,
Freud recuerda que la sociedad
que reprime en exceso se ve
obligada a aceptar
transgresiones que supuestamente
persigue.
Hasta cierto punto, habría una
base de acuerdo entre Freud y
Reich, en cuanto a la injusticia
que comete la sociedad con
respecto a los individuos y sus
necesidades. Pero, desde el
punto de vista de Freud, esa
injusticia se comete por el
hecho de que se exija a todo el
mundo un comportamiento similar
(al imponer a todos las mismas
pautas), cuando es manifiesto
que, debido a las diversas
constituciones biológicas y
organizaciones psíquicas, unas
personas encontrarán más fácil
que otras respetar las normas;
o, si se quiere, algunas tendrán
mayores tendencias a actuar
saltándose los preceptos
morales.
3.3.- La confianza de E. Fromm
en las capacidades humanas
Fromm se distancia de Freud a
costa de negar las
contradicciones que Freud
encontraba entre naturaleza
humana y sociedad. En
Psicoanálisis de la sociedad
contemporánea desplaza el
problema a la clase de
relaciones sociales que mantenga
cada uno con los demás. De ellas
depende, a juicio de Fromm, que
el individuo evite o no el
desequilibrio mental. Pero el
origen de este desequilibrio no
estaría en la represión o la
frustración de los impulsos
biológicos o instintivos (precio
que, según Freud, el hombre paga
a cambio de la seguridad y los
beneficios de la cultura), sino
en el tipo de organización de la
vida colectiva que es el que
genera un carácter social
determinado.
Lo que Fromm entiende por
carácter social está definido,
primero en El miedo a la
libertad y, más tarde, en
Psicoanálisis de la sociedad
contemporánea. El carácter
social es el núcleo de la
estructura de carácter
compartido por la mayoría de los
individuos de la misma cultura,
a diferencia del carácter
individual, que es diferente en
cada uno de los individuos
pertenecientes a la misma
cultura ". [12]
El carácter social tiene la
función de moldear y canalizar
la energía humana dentro de una
sociedad determinada a fin de
que pueda seguir funcionando
aquella sociedad " [13]. ¿No
tenía la represión una función
parecida con el fin de adaptar
el funcionamiento del individuo
al de la sociedad? Por cierto
que Fromm, en un artículo de
1932, titulado "Método y función
de una psicología social
analítica", se refería a la
"estructura libidinal", como
"núcleo social y psíquico de
toda sociedad de clase". Pero,
más tarde, en 1970, añadiría a
pie de página:
"Lo que aquí denomino
«estructura libidinal» de la
sociedad (terminología
freudiana), en mis trabajos
posteriores lo llamé «carácter
social»; a pesar del cambio en
la teoría de la libido, los
conceptos siguen siendo los
mismos (1970)". [14]
De este modo, donde Freud diría
que ha tenido lugar una
represión por exigencias del
mundo exterior, Fromm dice que
ha tenido lugar un moldeamiento
de carácter en una dirección
socialmente deseable,
probablemente a través de la
familia, a la que llama "agencia
psíquica de la sociedad".
Hasta aquí no parece haber una
gran distancia entre los dos
autores. Sin embargo, Fromm
aclara que las personalidades
que se consideran deseables y
necesarias en una cultura dada,
no lo son necesariamente en
otras. Así, por ejemplo, el
hombre occidental moderno tiene
una personalidad conformada por
las condiciones socioeconómicas
de la sociedad industrial y su
modo capitalista de producción.
Y son estas condiciones las
causantes de las perturbaciones
de su salud mental. (Punto de
vista similar al de Marcuse).
3.4.- El aparente acercamiento
de Marcuse a las tesis de Freud
La tesis defendida por Marcuse
en Eros y Civilización, respecto
al surgimiento de la cultura, es
que el impulso erótico antecedió
a cualquier otro. Es decir, si
existe también un impulso hacia
la preservación de la vida o
hacia su enriquecimiento
(mediante la dominación de la
naturaleza), estos serían
derivaciones del impulso erótico
original (que aspira al placer,
no a la seguridad). Por tanto,
la meta es el placer y para
conseguir el placer es para lo
que se organizan los seres
humanos, generando así la
cultura. Es más tarde cuando "la
base erótica de la cultura es
transformada" y la lucha por la
existencia ya no se organiza
para alcanzar colectivamente el
placer, sino de acuerdo con el
interés de la dominación.
Marcuse califica las posiciones
de Freud de avanzadas cuando sus
ideas del ser en términos de
Eros parecen apoyarse en "el
primer estado de la filosofía de
Platón", entendiendo que allí
cabe encontrar una concepción de
la cultura como el libre
autodesarrollo de Eros y no como
una sublimación represiva. Pero
la tendencia general de la
historia de la Filosofía -según
se describe en Eros y
civilización será la de
convertir al Logos en razón que
subyuga a los instintos y
absorbe a Eros. El autor incluye
a Freud entre quienes siguen esa
tendencia general, pues "en su
obra la racionalidad del
principio de la realidad
predominante supera a las
especulaciones metafísicas sobre
Eros". [15]
El "ser erótico", que defiende
Marcuse, es el ser a quien nada
falta, pues lo tiene todo en sí
mismo y no necesita luchar por
la existencia, más que lo
imprescindible para recrearse
placenteramente en lo realizado.
Del lado contrario, queda el ser
que se esfuerza por progresar
con el fin de trascender, más
que de disfrutar de la vida.
A mi juicio, Marcuse deja sin
explicar por qué habría de
transformarse la base erótica de
la cultura y por qué se pasaría
de luchar colectivamente por el
placer a luchar por la
dominación. En todo caso,
dejamos constancia de esta
distinción entre dos metas: el
placer y el dominio (que Freud
no separaría nítidamente). Desde
el punto de vista de Marcuse, la
represión tendría lugar sólo
cuando y porque se aspira al
dominio.
Suele decirse que Herbert
Marcuse hace hablar a Freud el
lenguaje de Marx, cuando se
advierte el símil entre "plus de
represión" y la noción de
"plusvalía" (de carácter
cuantitativo); también el
término "principio de
rendimiento" nos lleva a pensar
en el concepto marxista de
"alienación: ambos indican el
rasgo fundamental de la
existencia humana bajo el
capitalismo.
El "plus de represión" sería,
según Marcuse, un monto de
represión excedente que ha
tenido el efecto de desexualizar
los impulsos parciales y las
zonas erógenas para adaptarlas a
las exigencias del trabajo y la
procreación. Si ese plus
desapareciera, sería posible una
nueva cultura no represiva, cuyo
rasgo fundamental fuese la
transformación de la sexualidad
en Eros, principio que podría
impregnar todas las actividades
humanas.
Más tarde, el propio Marcuse se
encarga de registrar la ruptura
de la conexión entre represión
de la pulsión sexual y modo
capitalista de producción de
bienes, en un libro aparecido en
1964 (El hombre unidimensional).
En esos primeros años sesenta,
viviendo en los Estados Unidos,
advierte que "la liberación
sexual no va unida
necesariamente a una liberación
política, pues el sistema de
dominación puede utilizar a su
servicio las libertades
sexuales, administrándolas
provechosamente para sus fines"
[16]. Entiende que en la
sociedad industrial avanzada el
sexo es mercantilizado e
introducido para ello en los
productos de la industria
cultural, sin sublimación
alguna. Con ello no deduce que
la represión ha desaparecido,
sino que se da un fenómeno de "desublimación
represiva". Creo que, por tal,
debe entenderse un proceso
controlado que consiste en
favorecer una mayor libertad
sexual (sexualidad libre de
sublimación), al tiempo que se
perfecciona el control político.
También Eric Fromm advierte la
conversión del sexo en artículo
de consumo y la tendencia a una
gratificación sexual inmediata,
como parte del esquema de
consumo que concuerda con las
necesidades económicas. Pero
estas observaciones le llevan a
una conclusión diferente de la
de Marcuse: "los reprimidos son
otros impulsos: el de estar
plenamente vivo, el de ser libre
y el del amor" [17]. Los
síntomas reconocibles -a juicio
de Fromm-, como consecuencias de
las nuevas represiones, serían:
"la alienación, la ansiedad, la
soledad, el temor a los
sentimientos profundos, la falta
de actividad, la carencia de
alegría". [18]
4.- EL OBJETO DE LA REPRESION
Llegados a este punto, hemos de
detenernos en una cuestión, a mi
juicio, más compleja de lo que
parece en un principio: qué es
concretamente lo que se reprime
y por qué. Describimos en los
epígrafes siguientes cómo
concibieron el objeto de la
represión tanto Freud como los
freudomarxistas.
A pesar de que Freud casi
siempre ejemplifica la represión
como un mecanismo de defensa que
consiste en contener la pulsión
sexual, se cuida de decir que lo
reprimido sean siempre
representantes de las pulsiones
sexuales. Como veremos en este
mismo epígrafe, Freud afirmará
también que la cultura exige
otros sacrificios, además del de
la plena satisfacción sexual.
Pero antes de ver cuáles son
esos otros sacrificios,
recordemos que tanto el propio
Freud como los tres autores que
venimos denominando "freudomarxistas"
se plantearon la pregunta ¿por
qué se reprime el sexo? y
ofrecieron respuestas
diferentes.
4.1.- Por qué se reprime la
pulsión sexual.
Cuando sale a la luz el texto
que lleva por título La
represión (1915) el
psicoanálisis sólo cuenta con
una primera teoría pulsional. En
ella, la pulsión sexual se
contrapone a las de
autoconservación. Está sometida
sólo al principio de placer, es
difícilmente educable, funciona
según las leyes del proceso
primario y constantemente
amenaza desde dentro el
equilibrio del aparato psíquico.
Ese carácter amenazante la
convierte en objeto privilegiado
de la represión, tanto para
Freud como para algunos de sus
seguidores freudomarxistas, como
Reich o Marcuse.
Cuando Reich publica
Materialismo dialéctico y
Psicoanálisis (1929) [19]
describe el motivo de la
represión de forma no
discrepante con el maestro: la
considera producto de una
obediencia del yo (débil para
desafiar la realidad y débil
para dominar el instinto) "a las
exigencias sociales, para no
desaparecer o no recibir un
castigo, es decir, por instinto
de conservación". Pero más
adelante, cuando prologa la
segunda edición (1936) del libro
que desde 1945 se titulará La
revolución sexual, se pregunta:
"¿Cuál es el motivo de la
represión de la vida de amor en
el hombre?". La respuesta de
Reich es un vínculo entre dos
conflictos, que el
psicólogo-político considera
unidos por una base común: a) la
lucha de clases y b) el
conflicto entre la necesidad
sexual y la sociedad
mecanicista.
Wilhelm Reich cree que hay una
moralidad capitalista que está
en contra de la sexualidad (lo
que más tarde sería frontalmente
rechazado por Foucault) y que
puede haber (y ha de alentarse)
un movimiento revolucionario,
que, dotado de una ideología
favorable a la sexualidad, la
ponga en práctica y genere un
nuevo orden en el cual la vida
sexual sería satisfactoria. Es
decir, frente a la moralidad
capitalista, habría una
moralidad revolucionaria
consistente en defender la
satisfacción de las necesidades
sexuales.
En la sociedad capitalista, la
represión de la sexualidad es
una medida eficaz, porque, en
lugar de provocar una rebelión
(como sucedería si se impidiera
la satisfacción de otras
necesidades naturales) provoca
una inhibición inconsciente del
deseo de rebelarse. Más aún, a
juicio de Reich, la represión
sexual hace posible la
generación de mentalidades
reaccionarias o estructuras de
carácter con tendencias a
defender el orden autoritario.
El objetivo final de la
represión sexual sería conseguir
que los oprimidos y explotados
económicamente hagan justo lo
contrario de lo que
materialmente les interesa, si
asumen una forma de ver el mundo
que es producto de la moral
burguesa, articulada en torno al
matrimonio monogámico.
Marcuse, por su parte, cree que
la represión sexual se ha
dirigido básicamente a los
impulsos sexuales parciales, con
la finalidad de desexualizarlos
y de adaptar las zonas erógenas
(que difusamente estarían en
todo el cuerpo) a los
requerimientos de un principio
de actuación propio de la
sociedad industrial: las
energías sexuales deben
dirigirse a la procreación y al
trabajo. Desde el punto de vista
de Marcuse, Eros es la víctima
de la civilización (de la
sociedad industrial, no de toda
civilización posible). [20]
Si hemos resumido correctamente
a los autores freudomarxistas,
es posible deducir que para
ellos no supone ningún problema
presentar como objeto de la
represión algo distinto en cada
sociedad y en cada momento
histórico, puesto que la
represión es un procedimiento
que, con independencia de su
modalidad, tiene por finalidad
asegurar la adaptación de los
individuos al orden social. Pero
este orden es histórico y lo que
exige el estrato dominante a los
individuos varía en el tiempo y
en el espacio. Freud, sin
embargo, intentaría hallar una
especie de denominador común a
todas las sociedades, que
permitiera contemplar ese
fenómeno represivo como la base
misma de la civilización humana.
4.2.- La pulsión de muerte como
obstáculo de la cultura.
Si de los primeros escritos de
Freud podía deducirse que lo
reprimido era esencialmente la
pulsión sexual (o mejor, sus
representantes), no cabe seguir
haciendo la misma deducción una
vez conocidos los textos
posteriores a 1920. A partir de
ese año, con la publicación de
Más allá del principio de
placer, lo que resulta más
opuesto a la moral y al orden
social se denomina en la teoría
psicoanalítica pulsión de muerte
o pulsión de destrucción.
En los últimos trabajos de Freud
(p.e., El porvenir de una
ilusión o El malestar en la
cultura) se encuentran claras
identificaciones entre la
inclinación a destruir y lo
anticultural; y también una
advertencia de que tal
inclinación condiciona el
comportamiento de muchas
personas.
La finalidad de la cultura
-según Freud- es limitar las
pulsiones agresivas. Con ese
objetivo, se recurre a medios
destinados a impulsar a los
individuos a identificaciones y
vínculos amorosos de meta
inhibida. Entre ellos, las
restricciones a la sexualidad y
el mandamiento de amar al
prójimo como a uno mismo, que es
precisamente lo que más
contraría a la naturaleza
humana, a juicio del autor.
En el marco conceptual de la
segunda teoría de las pulsiones,
los sacrificios que la cultura
impone a la sexualidad, serían
en última instancia, una parte
de los que impone a la
inclinación agresiva del ser
humano [21]. La tendencia a la
destrucción es, en la teoría
freudiana, el obstáculo más
poderoso para la cultura, porque
esta tendencia se opone al
programa (cultural) de ligar
libidinalmente entre sí a los
individuos hasta formar una gran
unidad. ¿De dónde procede esa
tendencia? La agresión -dice
Freud- "es un retoño de la
pulsión de muerte". Desde la
formulación de la segunda teoría
pulsional, la pulsión de muerte
es la que funciona según el
principio de descarga total,
razón por la cual se convierte
en amenaza para la humanidad.
Frente a esta amenaza, la
cultura se yergue en defensa de
la vida de la especie humana.
Procede ahora comprobar si los
"continuadores" freudomarxistas
mantuvieron en la misma posición
amenazante a la pulsión de
muerte.
La distinción entre
"agresividad" y "destructividad"
de W. Reich.
Reich proclama que la hipótesis
de la pulsión de muerte
(entendida como instinto
destructor) es infundada e
ideológica, porque se utiliza
para justificar la represión y
la falta de libertades sociales.
Admite la existencia de una
agresividad innata en el sentido
de fuerza hacia fuera, como
medio para satisfacer las
necesidades vitales. Pero -dice
Reich- sólo cuando la necesidad
no es satisfecha, la agresividad
se pervierte, se hace
destructiva. Si la persona tiene
una economía libidinal
satisfactoria, la agresividad se
canaliza espontáneamente hacia
actividades sociales.
En mi opinión, esta idea se
opone a la de Freud, aunque en
cierto sentido parece semejante:
es opuesta porque Freud no
indica que haya canalización
espontánea hacia actividades
sociales. Al contrario, afirma
que se produce una sustracción
de energía libidinosa, que es
desviada de la vida sexual y
usada para fines culturales. De
manera que, en Freud, la
economía libidinal satisfactoria
no es ni una condición ni un
resultado de la vida social. Más
bien las considera
incompatibles: la civilización
es posible, a costa de
imposibilitar, de entrada, una
satisfacción completa de la
libido.
Según Reich, la represión existe
en la sociedad actual porque se
trata de una sociedad
estructurada en torno a la
familia autoritaria y
patriarcal. En ese microespacio
familiar es donde se reprime al
niño haciéndole sumiso a la
autoridad y agresivo contra
quienes no respetan las normas o
contra sus propios impulsos
libertarios. Lo que habría que
reprimir, entonces, no procede
del ello, sino del mundo
exterior: son las condiciones
sociales que generan un carácter
destructivo a través de la
familia.
La distinción entre agresión
"benigna" y "maligna" de Erich
Fromm.
Fromm nos plantea la pregunta
sobre la constancia o
variabilidad de los impulsos
destructivos. Si la pulsión de
muerte se halla arraigada como
característica biológica
inherente a todo organismo y
constituye, por tanto, un
elemento necesario e inalterable
de la vida, entonces "deberíamos
admitir que la intensidad de los
impulsos destructivos -en contra
de uno mismo y de los demás-
permanece aproximadamente
constante. Pero lo que
observamos es justamente lo
contrario". [22]
El autor de El miedo a la
libertad mantiene que hay una
agresión innata, que califica de
benigna o defensiva. Pero no
considera innata la agresión
maligna, cruel y destructiva.
Esta última es producto de las
condiciones de vida y, por ello,
es erradicable, aunque
permanezca la agresividad
defensiva. Esta distinción nos
suena inevitablemente parecida a
la de Reich entre agresividad y
destructividad. La última es la
peligrosa y la que debemos
atribuir a la estructura social
vigente (familia patriarcal y
autoritaria). La agresividad
maligna (de Fromm) y la
destructividad (de Reich)
aparecen como los niveles
innecesarios, del mismo modo que
Marcuse se refería a un plus de
represión, innecesario y
sobrante, por cuya erradicación
se puede luchar. Fromm denuncia
el pesimismo de Freud pues no
cree que el comportamiento esté
determinado por la lucha entre
Eros y Thanatos, sino por las
estructuras de carácter
generadas socialmente.
Marcuse: la otra cara de la
pulsión de muerte
Herbert Marcuse -al igual que
Reich y Fromm- hace responsable
de la agresividad desatada al
principio de organización social
vigente. Las posibilidades de
gozo (con esta organización
social) son sacrificadas en aras
de una productividad alienada,
dirigida a la guerra o al
beneficio privado.
En un régimen social de acceso
generalizado a la felicidad y al
placer, los impulsos
destructivos quedarían
reducidos. Un proceso histórico
liberador puede hacer inútiles
las instituciones actuales que
reprimen la libido; en tal caso,
la energía psíquica se
trasvasaría de Thanatos a Eros.
Eliminando la represión que pesa
sobre Eros, la destructividad
sería absorbida en la existencia
placentera.
Obsérvese que Marcuse aún
propone eliminar "la represión
que pesa sobre Eros" y "hacer
inútiles las instituciones
actuales que reprimen la
libido", cuando Freud ya había
señalado que el enemigo de la
civilización no es Eros (puesto
que incluye la libido de meta
inhibida que serviría de
argamasa para cohesionar a los
individuos), sino la pulsión de
muerte, en lo que tiene de
tendencia agresora, que empuja
guiada por el principio de
descarga total. Esta observación
hace pensar que, con el término
Eros no están manejando ambos
autores el mismo concepto.
5.- ¿QUE SOSTIENE LA REPRESION
SOCIAL?
5.1.- La lucha por la vida de la
especie humana.
¿Por qué nos conviene admitir
las regulaciones de la
convivencia, si al fin y al cabo
no hacen más que poner límites a
nuestras posibilidades de
actuación, amenazando con
penalizar a quien no respete
esos límites? Los últimos
capítulos de El malestar en la
cultura me parecen muy
esclarecedores de esta cuestión,
y los seguiremos en las próximas
páginas.
El reclamo ideal que dice
"Amarás al prójimo como a ti
mismo" significa para Freud (no
así para los freudomarxistas que
venimos repasando) un deber
cultural que uno se dispone a
cumplir con harto dolor de su
corazón, toda vez que ese
sentimiento se nos despierta sin
dificultad cuando encontramos
que alguien lo merece; pero
resulta difícil si se trata de
un extraño; y aún puede que sea
injusto dispensar a un extraño
el mismo trato que a un
familiar. Incluso, quizás
hubiera razones prácticas para
odiarle o mantener una actitud
hostil hacia él.
Freud, como se ha dicho tantas
veces, parece estar más cerca de
Hobbes que de Rousseau (al
contrario que Fromm o Reich
[23]) al rechazar la bondad
natural del ser humano. Por
ejemplo, cuando expresa con
cierta rotundidad:
"El ser humano no es un ser
manso, amable, a lo sumo capaz
de defenderse si lo atacan, sino
que es lícito atribuir a su
dotación pulsional una buena
cuota de agresividad. En
consecuencia, el prójimo no es
solamente un posible auxiliar y
objeto sexual, sino una
tentación para satisfacer en él
la agresión, explotar su fuerza
de trabajo sin resarcirlo,
usarlo sexualmente sin su
consentimiento, desposeerlo de
su patrimonio, humillarlo,
infligirle dolores, martirizarlo
y asesinarlo". [24]
Comoquiera que esta naturaleza
salvaje, muchas veces inhibida,
pero otras exhibida, perturba
las relaciones con nuestros
semejantes, "la sociedad culta"
tiene motivos para gastar
energía en favor de la cohesión,
pues se encuentra amenazada y no
parece que "el interés de la
comunidad de trabajo" sea
suficiente para mantenerla
unida. No es suficiente porque
se trata de un interés racional
y nada tendría que hacer frente
a "las pasiones que vienen de lo
pulsional".
Que la cultura intente frenar
los impulsos agresivos, mediante
formaciones psíquicas que
procuren su inhibición no
significa que lo consiga, pues
la agresión humana también sabe
vestirse con ropajes refinados
que la ocultan bajo apariencias
aceptables. Ni aún eliminando la
propiedad privada, se acabaría
con el gusto por la agresión,
pues seguirían existiendo
desigualdades de poder e
influencia, y la agresión
consiste en abusar de tales
desigualdades.
Así pues, la cultura impone
sacrificios "no sólo a la
sexualidad, sino a la
inclinación agresiva del ser
humano". De ahí, el malestar con
el que se vive en un entorno
cultural. Freud imagina que "al
hombre primordial las cosas le
iban mejor, pues no conocía
limitación alguna de lo
pulsional. En compensación, era
ínfima su seguridad de gozar
mucho tiempo de semejante dicha.
El hombre culto ha cambiado un
trozo de posibilidad de dicha
por un trozo de seguridad". [25]
En resumen, Freud aclara su
posición respecto de la cultura
reconociendo como un derecho
legítimo el objetar al estado
actual [26] de nuestra cultura
lo poco que satisface nuestras
demandas corporales y descubrir
el origen de su imperfección;
pero, al tiempo, pretende que
nos familiaricemos "con la idea
de que hay dificultades
inherentes a la esencia de la
cultura y que ningún ensayo de
reforma podrá salvar" [27]. Y, a
pesar de ello, el desarrollo
cultural merece ser defendido,
en tanto que "puede
caracterizarse sucintamente como
la lucha por la vida de la
especie humana" [28]. En el
bando opuesto estaría la
hostilidad y agresión de cada
individuo frente a los demás en
persecución de su propia dicha.
5.2.- El sometimiento al influjo
de los otros por miedo a la
exclusión social.
Freud se pregunta por qué el
hombre renuncia a la agresión,
evitando dar rienda suelta a sus
impulsos hostiles hacia otros y
qué tiene que ver la cultura con
esa renuncia. Según se describe
en El malestar en la cultura, la
agresión se vuelve hacia el yo
propio, donde es recogida por el
superyó "y entonces como
«conciencia moral» está pronta a
ejercer contra el yo la misma
severidad agresiva que el yo
habría satisfecho de buena gana
en otros individuos, ajenos a
él". [29]
En cierto modo, la cultura se
instala en el interior del
individuo, pero, de ser así,
debe de haber alguna razón por
la cual el individuo acepte esa
penetración en su interior. La
que proporciona nuestro autor es
que cada uno de nosotros se
somete a ese influjo externo por
su "desvalimiento y dependencia
de otros; su mejor designación
sería: angustia frente a la
pérdida de amor". Sobre todo, la
pérdida de amor de aquellos
otros que ve como superiores,
con más autoridad o poder para
someterle a un castigo si
descubrieran siquiera sus
intenciones, ya sea los padres
(en el caso de los niños), ya
otros agentes sociales (en el de
los adultos). [30]
Encontrando cierta semejanza
entre el desarrollo de los
individuos y el desarrollo
cultural de la humanidad, Freud
manifiesta que ambos procesos
entablan una lucha porque es
distinto el objetivo que
persiguen: para los individuos
su fin principal es su dicha
particular, mientras que para el
desarrollo cultural "si bien
subsiste la meta de la
felicidad, ha sido esforzada al
trasfondo; y aún parece, casi,
que la creación de una gran
comunidad humana se lograría
mejor si no hiciera falta
preocuparse por la dicha de los
individuos". [31]
En las últimas páginas de El
malestar en la cultura se
plantea la posibilidad de que
muchas culturas, o la humanidad
toda, sufran de neurosis bajo el
influjo de las aspiraciones
culturales, patología que espera
el autor alguien emprenda la
aventura de estudiar. En esa
línea se inscribe el trabajo que
lleva a cabo Erich Fromm, en
Psicoanálisis de la sociedad
contemporánea.
La cuestión decisiva para Freud,
y -según él- para la especie
humana, es "si su desarrollo
cultural logrará y, en caso
afirmativo en qué medida,
dominar la perturbación de la
convivencia que proviene de la
humana pulsión de agresión y de
autoaniquilamiento" [32]. No se
plantea la hipótesis contraria,
esto es: si, por tratarse la
cultura de una coerción contra
la dicha del ser humano
individual, cabría esperar que
algún día dejase de existir,
pues no concibe un estado de
convivencia más seguro si se
prescindiese de las limitaciones
que impone la cultura, sea por
la vía de la ética o de las
leyes.
Ciertamente, para ganar en
seguridad, han de regularse las
interacciones con los demás
miembros de la comunidad y las
de ésta con otras comunidades de
individuos. Todo ello supone
ceder parte de la libertad para
actuar en beneficio propio,
razón por la cual el amor al
prójimo es un sacrificio.
Esa concepción del amor al
prójimo como sacrificio es, a mi
parecer, una clave
diferenciadora de Freud,
respecto de Reich o Fromm. Este
último, por ejemplo, engloba
bajo el sentimiento amoroso
desde el amor por sí mismo,
hasta la solidaridad con
nuestros prójimos, pasando por
el amor de la madre al hijo y el
amor erótico de hombre y mujer.
Con ello renuncia a la
distinción freudiana entre el
amor a uno mismo (o los más
allegados) y el amor al prójimo;
y, de paso, en lugar de concebir
a éste como una difícil y dura
concesión del individuo en
perjuicio de su libertad,
concibe a todo amor como un
sentimiento de coparticipación,
de comunión, que permite el
pleno despliegue de la actividad
interna de uno. Adios, pues, al
problema:
"El amor es un aspecto de lo que
he llamado orientación
productiva: la relación activa y
creadora del hombre con su
prójimo, consigo mismo y con la
naturaleza". [33]
5.3.- La polémica Fromm -
Marcuse a propósito de la
represión y el respeto a las
categorías de freud
Erich Fromm y Hebert Marcuse
mantienen una larga polémica, de
la cual nos interesa rescatar el
papel que, según uno y otro,
desempeña la represión [34]. Una
parte de esta polémica puede
seguirse a través de las últimas
obras de ambos autores referidas
al psicoanálisis: La crisis del
psicoanálisis (Fromm, 1993) y La
vejez del psicoanálisis (Marcuse,
1971).
Marcuse cree que en la sociedad
contemporánea no existen
posibilidades de realización
para el hombre y, sin embargo,
los revisionistas neofreudianos
(Fromm, Sullivan y Horney)
apuestan por ello. El primero
reprocha a quienes trabajan la
psicología humanista o
culturalista haber instalado la
ética idealista y la religión en
el lugar de lo instintivo y
haber ignorado la existencia
misma de la represión. Frente a
esta postura, reclama que, si
bien pueden plantearse proyectos
para abolir la represión, es
preciso respetar el análisis de
Freud sobre la misma.
El autor de Eros y civilización
había señalado que "'represión'
y 'represivo' en el sentido no
técnico se emplean para designar
procesos de restricción,
contención y represión, tanto
conscientes como inconscientes,
externos e internos" [35]. A
Fromm le parece que esto es
jugar con "la doble
significación de la palabra
'represión' [36]. Según él,
Marcuse maneja el término como
si los dos significados fueran
uno solo, y con ese
procedimiento se pierde el
significado de la represión en
el sentido psicoanalítico, si
bien se encuentra un artificio
que unifica una categoría
política y una psicológica por
medio de la ambigüedad de la
palabra.
Marcuse entiende que las
categorías del psicoanálisis
constituyen por sí mismas
categorías sociales y políticas
[37]. Ciertamente, él usa el
término 'represión' para
referirse a un mecanismo de
control social y no a un
mecanismo de defensa. Le
interesa enfatizar que la
sociedad está identificada con
un orden represor y no permite
más que una felicidad
controlada; en este contexto
-dirá Marcuse- proponer que el
hombre sea productivo y feliz es
una ideología. Fromm se defiende
de esta acusación indicando que
la orientación productiva que él
propone, la felicidad y el amor
que él define, no son las mismas
virtudes que lo que hoy se llama
felicidad y amor en la sociedad
alienada.
Antes de que apareciera Eros y
civilización, Adorno ya había
terciado (o quizás se había
adelantado) en la polémica,
defendiendo a Freud de sus
correctores revisionistas.
Consideró a estos últimos más
conformistas que al propio Freud,
pues éste había señalado el
carácter traumático de la
civilización contemporánea y no
quiso resolver falsamente las
contradicciones del orden
existente; en tanto que el
revisionismo neofreudiano cree
en la posibilidad de armonía
entre hombre y sociedad, dejando
por el camino los requerimientos
del cuerpo.
Marcuse abunda en este análisis
de Adorno cuando recuerda que
las exigencias del principio de
placer no desaparecen por haber
sido dominadas y reprimidas.
"El hecho de que el principio de
realidad tenga que ser
establecido continuamente en el
desarrollo del hombre indica que
su triunfo sobre el principio de
placer no es nunca completo y
nunca es seguro. En la
concepción freudiana, la
civilización no determina «un
estado de la naturaleza de una
vez y para siempre». Lo que la
civilización domina y reprime
-las exigencias del principio de
placer- sigue existiendo dentro
de la misma civilización. El
inconsciente retiene los
objetivos del vencido principio
de placer." [38]
6.- LA IDEOLOGIA CONSTRUIDA POR
LOS FREUDOMARXISTAS
Nos propusimos seguir los pasos
del concepto psicoanalítico de
represión, en tres de los
autores que suelen aparecer como
los más imbuidos de las teorías
freudianas sobre el hombre y la
sociedad. En ese seguimiento
hemos avanzando desde el estudio
de la represión como operación
psíquica hasta las dimensiones
socioculturales de los procesos
represivos; allí donde Freud se
inclina por la tesis según la
cual el fenómeno que estudiamos
se justifica por la existencia
de una tendencia innata a la
destructividad y, en general, a
la agresión.
Reich, Fromm y Marcuse se
encuentran entre quienes piensan
que la represión social se
mantiene porque la estructura de
nuestra sociedad (patriarcal,
autoritaria, clasista, etc.)
continúa utilizándola en orden a
garantizar su reproducción; e
incluso su evolución hacia
sociedades cada vez más
organizadas, automatizadas y
restrictivas para la autonomía
individual. Pero, a pesar de
ello, estos autores tratan de
escapar del cerco imaginando
civilizaciones alternativas.
Sigmund Freud, por el contrario,
es tachado de pesimista y aún de
fatalista, porque insiste en
poner de manifiesto el conflicto
entre naturaleza y cultura. Pero
no lo hace porque las considere
delimitables en el ser humano,
que sería constituido
precisamente por una mezcla de
elementos naturales y
culturales. Insiste en advertir
la existencia del conflicto
porque naturaleza y cultura no
parecen ser diluíbles la una en
la otra. Tampoco lo considera
deseable. Pide que nos
familiaricemos con el problema y
se manifiesta neutral en un
combate que prevé tal vez
eterno.
En efecto, Freud no exalta la
renuncia al instinto -que tantas
veces exige la cultura-, pero
tampoco la desaprueba; como no
recomienda el respeto a ultranza
de la normativa vigente en una
sociedad, pero tampoco la
trasgresión de la Ley. La
enseñanza que cabe extraer de su
obra es la de que conviene, por
saludable, no negar nada de lo
que nos constituye como humanos:
no ignorar lo que nos pide el
cuerpo, pero tampoco las
regulaciones de la convivencia,
porque lo primero es tan humano
como lo segundo, y viceversa.
El autor desmitifica la cultura,
pero, a la vez, defiende su
conservación como modo de
preservar a la humanidad de su
propia destructividad, pues
entiende que las regulaciones de
la civilización son conquistas
del hombre y no sólo ataduras
para el hombre. Doble vínculo
que, a mi modo de ver, no
aparece en los autores
freudomarxistas. Estos últimos
han contemplado la represión
como si hubiera sido creada por
una minoría de sujetos que
desean adquirir y conservar un
poder sobre una mayoría. En este
sentido, la represión
psicológica es tratada en su
dimensión más reducidamente
ideológica, como sustitutiva de
la represión física, y
orientada, como ésta última, a
garantizar el dominio de unos
hombres sobre otros.
En las teorizaciones de Reich,
Fromm y Marcuse, el ser humano
es esencialmente un buen
salvaje, víctima de estructuras
sociales en cuya creación parece
no haber intervenido, ni
encontrar ningún beneficio; tan
solo el sufrimiento de verse
aprisionado e incapaz de
rebelarse contra un sistema
social inhumano que le impide,
incluso, percibir su alienación.
La represión ha pasado de ser
(en Freud) un mecanismo que
activa el individuo, con objeto
de evitar un comportamiento
propio que supone peligroso para
sí mismo, a ser (en los
freudomarxistas) parte de una
maquinaria al servicio del orden
social; y este último, como algo
independiente de los elementos
que lo componen.
Reich, Fromm y Marcuse, cada uno
a su modo, coinciden en creer
que será posible la armonización
entre las pulsiones y las normas
de la vida social, ya sea porque
las primeras se plieguen al
marco institucional (Fromm), ya
sea porque el cambio
revolucionario de la
organización social permitiría
una liberación de la libido (Reich
y Marcuse), según dónde se sitúe
lo específicamente humano.
Freud, como hemos venido
expresando, entiende que el
comportamiento del ser humano no
se rige sólo por el principio de
placer, ni sólo por el principio
de realidad. Sino que su vida
psíquica se caracteriza por el
conflicto entre los
requerimientos de uno y de otro
y el consecuente malestar. Eso
sí, en la cultura, que, no por
ello, es menos humana que las
pulsiones que frena o canaliza.
Contradicción que no se elimina
sólo con voluntarismo. La obra
de Freud no ha resultado
finalmente instrumentalizable
por parte de quienes quisieron
ver, como últimas consecuencias
de su análisis, la crítica
radical a una civilización
construida sobre la
insatisfacción plena de los
impulsos corporales, ya sean
marxistas, cristianos
progresistas o humanistas de
izquierdas.
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Notas:
[1] Freud, S.: Contribución a la
historia del movimiento
psicoanalítico. En Obras
completas, (1994: tomo XIV, pág.
15).
[2] LAPLANCHE J. y PONTALIS,
J-B. (1993: 375).
[3] Freud S.: La represión. En
Obras completas, (1994: tomo XIV,
pág. 142). Una fórmula
ligeramente distinta se
encuentra en "Lo inconsciente".
Op. ct. tomo XIV, pág. 199.
[4] Puede consultarse, al
respecto, el trabajo de Peter
Madison (2001).
[5] El "yo" en el Esquema del
Psicoanálisis es una
organización (o distrito de
nuestra vida anímica) que media
entre el ello y el mundo
exterior. Originariamenre, según
Freud, el "yo" se habría formado
en un estrato cortical del
"ello" dotado de los órganos
para la recepción de estímulos y
de los dispositivos para la
protección frente a ellos. En
Obras completas, tomo XXIII,
Buenos Aires, Amorrortu, pág.
144).
[6] Freud, S.: op. ct., pág. 90
[7] Freud, S.: El yo y el ello.
En Obras completas, (1994: tomo
XIX, pág. 27) [8] "La
justificación del orden social
como ley divina o ley natural
(que viene a ser lo mismo) queda
puesta en tela de juicio. La
relativización de cultura y
sociedad une a Marx y Freud, a
pesar de las diferencias
señaladas. Las sospechas se
dirigen no tanto hacia las
irracionalidades patentes,
cuanto hacia lo que se presenta
socialmente con fundamento
racional". (Taberner y Rojas,
1984) [9] Taberner J. y Rojas,
C. (1984: 102) [10] Basándose en
los trabajos de Malinowsky sobre
las costumbres sexuales de los
trobiandeses, Reich defiende la
existencia de comunidades sin
Edipo y sin represión sexual. La
motivación económica de las
restricciones sexuales sería el
tributo que el marido cobra de
la familia de la mujer por
casarse con ella, renunciando a
la libertad sexual. Cf. REICH,
W.: La irrupción de la moral
sexual, Ed. Homo Sapiens, 1973;
citado en Taberner J. y Rojas,
C. (1984).
[11] Reich, W. (1985: 45).
[12] Fromm, E.: (1986: 71) [13]
Fromm, E.: op. ct., pág. 72 [14]
Fromm, E. (1993) [15] Marcuse,
H.: Op. ct., pág 123 [16]
Taberner J. y Rojas, C. (1984:
93) [17] Fromm, E.: (1993: 46)
[18] Fromm, E. (1993: 51) [19]
Incluido como capítulo en
HOCQUARD, G. , REICH, W. y otros
(1973): Marcuse y el
freudomarxismo. Materialismo
dialéctico y psicoanálisis.
México, D.F. Roca [20] Será más
tarde, cuando reconozca que la
sociedad industrial avanzada ha
sabido incorporar una mayor
libertad sexual, sin riesgo
alguno de que ello diera lugar a
una desestabilización política,
y piense que continúa siendo
represiva precisamente por haber
desublimado en alto grado la
sexualidad.
[21] En algunos pasajes de su
obra, Freud parece apuntar a la
eliminación del dualismo en su
teorización de las pulsiones,
englobándolas como
manifestaciones de una sola
pulsión. Véase, por ejemplo, su
descripción de las fases de la
vida sexual humana o del propio
acto sexual como "una agresión
con el propósito de la unión más
íntima" Esquema del
psicoanálisis; en Obras
completas, 1994, tomo XXIII, pp.
147-152) [22] Fromm, E.: (1978:
221) [23] Según Reich, los
impulsos que él llama
secundarios, patológicos y
antisociales, se desencadenan
porque se reprimen las
exigencias naturales biológicas
del individuo. De este modo,
llega a la conclusión de que la
moralidad es anterior a los
impulsos asociales y no surge
por la necesidad de reprimirlos.
(Cf. Reich, W. 1985: 49).
[24] Freud, S.: El malestar en
la cultura. En Obras completas,
(1994: tomo XXI, pág. 108).
[25] Freud, S.: op. ct., pág.
112 [26] A Freud no se le escapa
que la cultura es cambiante e
incluso se muestra esperanzado
en la introducción de reformas
que satisfagan mejor nuestras
necesidades.
[27] Freud, S.: op. ct., pág.
112 [28] Freud, S.: op. ct.,
pág. 118 [29] Freud, S.: op. ct.,
pág. 119 [30] Según la
construcción freudiana, la
situación cambia cuando se
instaura un superyó, que es una
forma de interiorizar la
autoridad. De este modo, la
angustia frente al superyó se
convierte en la segunda fuente
del sentimiento de culpa, tras
la angustia frente a la
autoridad.
[31] Freud, S.: op. ct., pág.
136 [32] Freud, S.: op. ct.,
pág. 140 [33] Fromm, E. 1986: 34
[34] Marcuse libra una fuerte
batalla con Fromm, pero también
da un repaso a Reich. Comienza
reconociendo que hay en él un
primer intento serio de
aprovechar lo que de teoría
crítica de la sociedad podía
encontrarse en la obra freudiana
y termina opinando que los
análisis de Reich sobre la
represión sexual y la
agresividad son de brocha gorda.
[35] Marcuse, H.: Eros y
civilización, Boston, Beacon
Press, pág. 8, citado en FROMM,
E. (1993: 33).
[36] Se refiere a que 'reprimir'
tendría, por un lado, el
significado convencional de
oprimir y, por otro, el
psicológico de eliminar algo de
la conciencia.
[37] Esa es la razón por la cual
no cree necesario "vincular" las
categorías del psicoanálisis a
las condiciones sociales y
políticas (cf. Marcuse, 1971)
[38] Marcuse, H.(1981: 29)
© Francisco Bernete 2006
Espéculo. Revista de estudios
literarios.
Universidad Complutense de
Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/malestar.html
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