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Niños de la escuela al trabajo,
Daniela Estrada. - 22/02/06
(Chile)
 
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Niños de la escuela al
trabajo
Daniela
Estrada
IPS
Sueñan con ser doctores,
abogados o periodistas, pero el
futuro los espera como choferes
o empleadas domésticas. Son
niños y niñas aymaras y mapuches
del norte y sur de Chile, que
sumidos en la pobreza terminan
por abandonar sus estudios para
ir a trabajar.
Camilo Liempi Painecura tiene 14
años y vive junto a su familia
de origen mapuche en una zona
rural de la comuna de Carahue,
en la novena región de la
Araucanía, a 670 kilómetros al
sudoeste de Santiago. Como
muchos niños y niñas del país,
su sueño es estudiar ingeniería
comercial, por lo que asiste a
la escuela más cercana a su
hogar.
Pero el cansancio y el escaso
tiempo libre que le dejan las
labores agrícolas y ganaderas
que realiza en la pequeña
parcela de su familia, y en
terrenos aledaños, a veces
desalientan a Camilo.
Sus padres, Hipólito y Verónica,
quieren que ingrese en la
universidad, pero justifican el
trabajo familiar como parte de
la conservación cultural del
pueblo mapuche, principal etnia
del país.
El matrimonio señaló a IPS que
están formando a un joven maduro
y responsable, con costumbres
muy diferentes a las de los "huincas"
(no indígenas), algo que se
logra trabajando desde muy
pequeño.
Esta historia se repite en gran
parte de las comunidades mapuche
y aymara, la segunda etnia
originaria más numerosa del
país, que viven en zonas rurales
de la novena región de la
Araucanía y la primera de
Tarapacá, respectivamente.
Los niños mapuches suelen ayudar
en la siembra y cosecha, además
de participar en la recolección
del "piñón", fruto de la
araucaria, un árbol originario
de esa zona del país. Las niñas
se dedican a la crianza de aves
y otros animales domésticos y al
cuidado de huertos.
De igual forma, en el altiplano
de la primera región, 2.000
kilómetros al nordeste de
Santiago, los niños aymaras
cuidan ganado, especialmente
llamas, alpacas y cabras, y
venden productos en ferias
libres, cargando y descargando
camiones repletos de alimentos y
animales.
Algunas de las consecuencias que
sufren los pequeños de este
pueblo aborigen producto de sus
faenas en el desierto son la
resequedad de la piel y la
aparición temprana de dolores
reumáticos, por las bajas
temperaturas a las que se ven
expuestos durante la noche
mientras pastorean el ganado.
En las zonas chilenas limítrofes
con Perú y Bolivia hay también
niños que son utilizados por
narcotraficantes para trasladar
pequeños paquetes de droga por
el desierto, a pie o en algún
medio de transporte interurbano.
Las niñas, sobre todo las
mayores de 15 años, se
desempeñan como empleadas
domésticas.
A pesar a todo, las minorías
étnicas defienden el trabajo de
sus niños y niñas arguyendo que
es parte de su formación
cultural y de valores, además de
ser una forma de satisfacer
necesidades inmediatas de
supervivencia y de consumo.
Esta valoración del trabajo
infantil hace más vulnerable a
los menores a la explotación
laboral y económica y al
abandono de la escuela.
Esas son algunas de las
conclusiones del libro "Trabajo
infantil y pueblos indígenas en
Chile", publicado por el Colegio
de Profesores y basado en una
investigación desarrollada en
2004, que contó con el apoyo
técnico de la Oficina
Subregional de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT)
y el Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia.
El estudio se realizó en el
valle de Codpa, Colchane y
Pisigachoque, pueblos de la
primera región, y en las
localidades de Collimallín,
Loncofilo, Trañi-Trañi y Puerto
Saavedra, en la novena región.
"Lo interesante es que muestra
la realidad del trabajo infantil
de los pueblos indígenas, a
partir de la visión que tienen
las familias, los propios niños
y sus profesores", dijo a IPS
María Jesús Silva, coordinadora
nacional del Programa
Internacional para la
Erradicación del Trabajo
Infantil de la OIT.
El estudio constata que la tarea
de los maestros rurales que
enseñan a los niños y niñas
indígenas es compleja, ya que
constantemente deben optar entre
exigir menos a quienes trabajan
o demandarles lo mismo que al
resto de los alumnos,
arriesgando su deserción
definitiva de la escuela.
Después de cumplir las labores
que le son asignadas, los niños
entrevistados reconocen quedar
muy cansados, sin ganas de jugar
ni hacer las tareas. Algunos de
ellos presentan problemas
conductuales, lo que influye en
resultados de aprendizaje,
repetición y deserción.
A pesar de que en 1996 el
gobierno creó el Programa de
Educación Intercultural Bilingüe
para mejorar el aprendizaje de
los menores que asisten a
establecimientos con diversidad
cultural y lingüística, la
iniciativa todavía no logra
cumplir su objetivo a cabalidad.
"Los docentes suelen reconocer
problemas de idoneidad en la
materia, una alta demanda
técnica y administrativa y un
alto número de alumnos por
curso, que no permite
desarrollar programas más
innovadores", se explica en el
libro, lo que se agrava en
escuelas que cuentan con sólo
uno o dos profesores.
El Ministerio del Trabajo y el
Servicio Nacional de Menores (Sename)
junto a la OIT realizaron en
2003 la primera encuesta de
trabajo infantil, que reveló que
196.000 niños, niñas y
adolescentes entre 5 y 17 años
trabajan en todo el país,
viviendo la mayor parte de ellos
en sectores rurales.
De esa cifra, 107.676 lo hace en
condiciones "inaceptables", es
decir, se trata de casos de
explotación sexual, actividades
ilícitas o trabajos en faenas
peligrosas.
Considerando estos antecedentes,
el Sename decidió crear un
registro que incluye a los niños
y niñas que viven en esta
situación, los cuales son
investigados por la policía
civil y uniformada y la
Dirección del Trabajo, lista que
actualmente la integran 1.700
menores.
Angélica Marín, psicóloga del
Departamento de Protección de
Derechos del Sename, valoró el
estudio, porque visibiliza una
realidad ajena para la opinión
pública, promoviendo un debate
en torno a las condiciones en
que trabajan estos menores.
No se trata de cuestionar las
tradiciones de los pueblos
indígenas sino de resguardar que
los niños pertenecientes a estas
etnias no realicen trabajos
peligrosos o inadecuados para su
contextura física, que además
los obligue a renunciar a sus
estudios, dijo Marín a IPS.
"La investigación también devela
otras dificultades que deben
enfrentar los niños de estas
zonas como la pobreza, el
analfabetismo de los padres y la
soledad en que trabajan, que los
hace permeables a sufrir abusos
sexuales, por ejemplo", comentó.
"El estudio servirá para
focalizar los recursos y
elaborar una respuesta
específica al problema que viven
los menores indígenas. El
desafío es coordinar el trabajo
que realizan los distintos
organismos preocupados del tema
en el país", agregó.
Según el Censo de 2002, casi
700.000 personas, equivalentes a
4,6 por ciento de la población
chilena, pertenecen a grupos
étnicos, entre los cuales se
destaca el pueblo mapuche, que
constituye 87,3 por ciento,
seguido por del aymara, que
representa el siete por ciento.
Gentileza:: @ volar
[volar_2004@yahoo.com.ar]
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