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La lucha contra nosotros mismos,
por George Monbiot. -
13/02/06
 
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La lucha contra nosotros
mismos
por George
Monbiot
Quiero tomarme un momento para
recordaros de dónde venimos.
Durante los primeros tres
millones de años de historia de
la Humanidad, vivimos conforme a
las circunstancias. Nuestras
vidas se regían por las
casualidades de la ecología.
Vivíamos, como todos los
animales, con temor al hambre, a
los predadores, al clima y a las
enfermedades.
Después, durante unos miles de
años, cuando hubimos comprendido
los rudimentos de la agricultura
y el almacenamiento de las
cosechas, disfrutamos de una
mayor seguridad alimentaria, y
pronto destruimos a muchos de
nuestros depredadores
no-humanos. Pero nuestras vidas
las regían espadas, hachas y
lanzas. La lucha principal se
hacía por la tierra. La
necesitábamos no sólo para
sembrar nuestras cosechas sino
también para proveernos de
fuentes de energía (pasto para
nuestros caballos y bueyes,
madera para nuestro fuego).
Entonces descubrimos los
combustibles fósiles y todo
cambió. Ya no estábamos
constreñidos por la necesidad de
vivir a merced de la energía
ambiental; podíamos mantenernos
mediante la luz del sol
almacenada desde hacía 350
millones de años. Las nuevas
fuentes de energía permitían a
la economía crecer, lo
suficiente como para absorber a
algunas personas expulsadas por
las antiguas disputas por la
tierra. Los combustibles fósiles
permitían expandirse tanto a la
industria como a las ciudades,
lo que permitía a los
trabajadores organizarse y
forzar a los déspotas a
disminuir su abuso de poder. Los
combustibles fósiles nos
ayudaron a librar guerras de un
horror nunca conocido, pero
también redujeron la necesidad
de las guerras. Por primera vez
en la historia de la Humanidad,
incluso por primera vez en la
historia de la vida, había un
excedente de energía disponible.
Podíamos sobrevivir sin tener
que luchar contra nadie por la
energía que necesitábamos. La
productividad agraria aumentó de
10 a 20 veces. La productividad
económica se multiplicó por 100.
La mayoría podíamos vivir como
nunca nadie había vivido antes.
Y todo lo que veis a vuestro
alrededor es el resultado de
aquello. Hemos podido juntarnos
aquí de todos los rincones del
país gracias a los combustibles
fósiles. Los gobernantes no nos
cobran comisión ni restringen
nuestro consumo (o en cualquier
caso todavía no) gracias a los
combustibles fósiles. Nuestras
libertades, nuestro bienestar,
nuestra prosperidad se los
debemos a los combustibles
fósiles.
La nuestra es la generación más
afortunada de todas las que ha
habido y habrá. Vivimos el breve
intervalo histórico entre la
violencia ecológica y la
catástrofe ecológica.
No tengo que recordaros cuáles
son las dos fuerzas que
convergen en nuestras vidas. Nos
enfrentamos a una escasez
inminente de una fuente de
energía difícil de reemplazar:
los combustibles fósiles
líquidos. Y nos enfrentamos con
las consecuencias
medioambientales del consumo de
combustibles fósiles que ha
hecho posible que lleguemos a
donde estamos.
La estructura, la complejidad,
la diversidad de nuestras vidas,
todo lo que conocemos, todo lo
que dimos por sentado, todo lo
que parecía sólido e
innegociable, de pronto parece
contingente. Todo esto es como
una enorme pila tambaleante que
se balancea sobre una pelota a
punto de comenzar a rodar
montaña abajo.
Escucho a la gente hablar de la
reducción que les gustaría ver
en las emisiones de carbono. A
mí no me interesa lo que a la
gente le gustaría ver. Me
interesa lo que dice la ciencia.
Y la ciencia habla claro. No
necesitamos un 20% de reducción
para 2020, ni un 60% para 2050,
sino un 90% para 2030. Sólo de
esa forma conseguiríamos
mantener la concentración de
carbono en la atmósfera por
debajo de 430 unidades por
millón, lo que significa que
sólo así evitaríamos algunas de
las temidas consecuencias. Si
dejamos que supere ese índice no
hay nada que hacer. La biosfera
es la fuente primaria de
carbono. Se nos escapa de las
manos.
La idea de que podemos
conseguirlo reemplazando los
combustibles fósiles por
energías renovables es una
fantasía. Es verdad que tenemos
fuentes de energía sin explotar
en el viento, las olas, las
mareas y la luz del sol, pero ni
están lo suficientemente
concentradas ni son lo
suficientemente consistentes
como para que podamos
utilizarlas y seguir como antes.
Una reducción como esa requiere
una gran restricción en nuestro
uso de energía. Se dispone de
algunas tecnologías, pero
seguramente no nos lleven muy
lejos. Si se quiere reducir las
emisiones de carbono en un 10%,
el uso de la energía deberá
restringirse en un 50%. El único
método para conseguirlo es un
racionamiento nacional
acompañado de una disminución y
convergencia mundiales.
Nosotros nos encontramos en una
posición extraordinaria. Se
trata del primer movimiento
político de masas para pedir
menos, no más. Somos los
primeros en tomar las calles
pidiendo austeridad. Los
primeros en pedir que nuestro
lujo, nuestra comodidad, se
reduzcan.
Estos son los mayores retos
políticos que ningún movimiento
ha afrontado. Pero estamos
alcanzándolos. Los estamos
alcanzando. Pero no dejéis que
nadie os diga que será fácil. Si
sólo se tratara de poner verde a
George Bush, ya lo habríamos
conseguido. Pero no sólo tenemos
que luchar contra él, ni contra
nuestro propio Gobierno, ni
entre nosotros; también tenemos
que luchar contra nosotros
mismos. La lucha contra el
cambio climático es la lucha
contra mucho de lo que hemos
llegado a ser. Es una lucha
contra algunos de nuestros
impulsos más básicos.
No podemos pedir a los demás que
dejen de volar si nosotros
seguimos volando. No podemos
pedir al Gobierno que nos fuerce
a cambiar si no estamos
preparados para el cambio . La
batalla más importante de
nuestras vidas se librará no
sólo ahí afuera, sino también en
nuestro interior.
Título original: Struggle
Against Ourselves
Autor: George Monbiot
Origen: Znet Science
Traducido por Genoveva Santiago
y revisado por Felisa Sastre
Gentileza:: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
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