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Ensayo sobre la unidad y el
todo, José Repiso Moyano.
- 29/01/06
 
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Ensayo sobre la unidad y el
todo
José
Repiso Moyano
1. EL CENTRO Y EL
PRINCIPIO
En la escuela de Mileto se
acuciaba la búsqueda del
"principio último" porque ahí
estaría la causa "eterna" de lo
material. Por su parte,
Parménides de Elea sostuvo que
el ser es eterno, uno, continuo
e inmóvil, pero algo material,
algo derivado o propio de la
naturaleza. Sin embargo, Platón
fundamentó lo existente en Ideas
luminosas que activadas como
arquetipos sobre o en la
naturaleza pueden ser alcanzadas
por el intelecto o por la razón.
Entonces, en ese sentido,
prevaleció la tozuda polémica
del monismo: la existencia de
una sola sustancia (la de la
materia o la del espíritu). La
filosofía plotiniana se dirigía
hacia el Uno consistente en la
unión de las almas con Dios
–ejerciendo, así, como núcleo de
todas las cosas-. Por otra
parte, para Spinoza es Dios el
centro y la única conformación
que, con sus atributos de
"pensamiento" y "extensión", se
manifiesta.
Bien, al hilo, Aristarco
irrumpió con el sistema
heliocéntrico del mundo; Homero
y Hesíodo dieron una
antropomorfología a los dioses
ya como representantes directos
del destino del ser humano; aún
más, acercándonos a nuestro
tiempo, lo característico del
pensamiento de Pascal se
"fijaba" en el antropocentrismo
–su creencia de que el ser
humano se adecuaba a algo
especial, a lo sutil divinizado,
a lo más frágil con capacidad de
"sentirse"-(1). La cuestión
indefectible, pues, se aunaba en
eso, en tal "obsesión": en la
búsqueda de un origen, de un
foco o llama que ilumina lo que
existe, de una sola ontogenia de
la cual todo depende, o sea, que
cualquier cosa es emulativa o
emulada a partir de ella o que
es dirigida por ella.
De hecho, el equilibrio -lo que
es o lo que conduce a que lo
sea- significa repartición del
centro, des-concentración,
desaparición o tendencia a la
desaparición del centro. El
equilibrio, con claridad, de un
contexto cualquiera supone, sí,
la compensación por obligado de
los entornos, de los extremos,
para que sea posible -en
realidad- la orientación del
equilibrio como tal, el
autotelismo inevitable de lo que
ha de ser el equilibrio (2).
Entonces algo sigue -se deja
equilibrar, "se proporciona" con
respecto a "su situación"- a un
orden, al orden ése de su
contexto existencial por lo que,
así, "su todo" le corresponde,
circula funcionalmente eximido
de su inercia y vinculado, a su
vez, a unas interacciones
características de "su
contexto". Por supuesto, algo
actúa análogo a "su contexto":
por una analogía de atribución,
por una analogía de proporción
y, además, por otra de
proporcionalidad. Basado, claro,
en "su consistencia directa"
algo es análogo al equilibrio
que le pertenece, que depara "su
contexto", por lo cual es
correspondencia y, asimismo,
ocupación de "su funcionalidad".
Así pues, el centro tiende –es
proclive- a dispersarse o a
repartirse en lo complejo (se
extiende), en lo continuado. El
centro, sin duda, no puede ser
activo aisladamente, sino que ha
de ser inherentemente
fluctuación, homogeneidad hacia
los extremos (lo contrario de
reducirse a su centro imaginario
o intencionado o de inducirse a
lo alejado). Digamos que cada
principio en "circunspección"
–en interacción mejor- es lo
apriorístico, es decir, lo más
directo a su continuidad o las
interacciones más próximas o
directas.
Por lo tanto, frente a la Teoría
del Caos que determina un todo
interaccionando sin más, habría
que considerar las siguientes
contradicciones: Decir que todo
está interconectado con todo
sería decir -de modo arriesgado-
que todo está interaccionado con
todo directamente,
homogéneamente, y no es así;
desde luego, porque ese todo
como supuesto concepto
generalizado no presenta una
base racional al, por evidencia,
carecer directamente de "su
contexto" o de una delimitación
– puesto que la razón, tal
instrumento, es en esencia un
delimitar-. Despejando errores,
no, no es que ello no sea
posible, sino que no está, sí,
en un presente al alcance
racional o argumentativo; en
otras palabras, que no posee los
suficientes elementos de
"probación". Teniendo en cuenta
que cualquier interacción puede
y sólo puede ser decisiva en
virtud de unas circunstancias,
de las más directas, de "sus
circunstancias directas" que, en
efecto, luego desencadenarán
otras (pero esas primeras, las
que sean, serán las que
conseguirán o no el que sean
decisivas, antes que nada).
De manera que la utilización del
"todo generalizado" conduce no a
la pormenorización, no a la
especificación o a lo que es
racional, sino a lo inexpresable
o a la confusión dado que,
igualmente, podría hablarse del
todo del todo vinculado a ciclos
diversos, o del todo que integra
elementos desconocidos o
inexistentes, o del todo ése que
contiene aquello que nunca la
razón en definitiva puede
manejar o disponer.
Por ello, es precisa
racionalmente una contextuación;
de modo que se hable del "todo
de algo", esto es, que en verdad
se atribuya a algo que existe o
que ya está interaccionando
existencialmente. Como ejemplo:
existe el "todo de la Tierra" y,
desde ahí, se reconoce "su
equilibrio", su interconexión
contextual.
Sin restricción, también la
sociedad adquiere "su
funcionalidad de equilibrio" en
la medida de que no se dirija
nunca hacia una concentración.
De sobra saben muchos políticos
qué significa esto, pues la
concentración o la
centralización de cualquier
poder político o de medios de
comunicación implicaría
paulatinamente la extinción de
un modelo o de la necesaria
referencia común o de una
administración equitativa y de
una información imparcial;
también -lo que no debe quedar
al margen-, la unificación o la
acumulación de riquezas crearía
sin remedio una servidumbre o
una clara o evidente
discriminación de los que
carecen de recursos por los
gobiernos o "sociedades" que eso
defienden. Sobre todo porque,
tales estereotipos
administrativos o conformaciones
de centralización, "ya
conllevan" unas barreras de
taxativas desigualdades, de
realidades de desigualdad; y
porque, incluso hipócritamente,
atienden y atenderán –a pleno
riesgo para todos- a una
competitividad "injusta": la que
empuja desde los "sistemas" de
los países más desarrollados (lo
que hacen los que ahora poseen
más armas lo harán los que luego
posean más armas, o gastarán los
recursos inútilmente por
lograrlo).
Sin tapujos, la centralidad "ya"
es injusta; mas fue, ¿cómo no?,
injusta cuando se hizo, en
cuanto que benefició -de una
forma directa- a unos cuantos. Y
para mayor error, desde la
centralidad se pretende ahora
crear principios de justicia;
bueno, pero beneficiarán siempre
a los que la han montado o
actúan "desde ella" para
beneficiarse -lo reconozcan o
no-
prioritariamente, aunque por
caridad o por "efectos
colaterales" repercuta en algo a
los demás.
Por ello, lo común, lo que sirve
para todos -en el contexto total
de los seres humanos- es, en
efecto, lo des-centralizado: lo
que se homogeniza, lo que de
veras "se extiende" como
justicia o como equilibrio
común, sin exclusiones. Sí, una
política común remedia o
"congenia" al mismo tiempo las
necesidades personales y las
sociales en tanto que dispensa
–ofrece- los recursos
eximiéndose de las crispaciones
o de la "insolidaridad de fondo"
que, en realidad, implica la
formación de estructuras
privilegiadas con un inexcusable
pero inevitable sometimiento.
Sí, por supuesto, con el uso de
los centros políticos o
culturales, además, se
imposibilitarían unas mismas
"reglas de juego", referencias
comunes de trato o de
convivencia válidas en la
práctica para aquellos que no se
encuentran en esos centros, por
lo que se ven obligados –para
sobrevivir- a competir con
ellos, a emigrar hacia ellos o,
en definitiva, a desequilibrar
una situación mundial mientras
se comprueba que aumentan cada
vez más las diferencias entre
los "elegidos" por esos centros
y los que inevitablemente se
encuentran alejados -excluidos
por sus normas constitucionales-
de ellos.
(1) Necesario sería aquí señalar
la visión geocéntrica y
teocéntrica de la Edad Media.
(2) Reflexiónese la
correspondencia entre
descompensación y desequilibrio,
o entre desproporcionalidad y
desequilibrio.
2. EL TODO Y LAS PARTES
Existe una tendencia, al menos
histórica o hermenéutica, que
rescinde con la totalización o
con la nominación "totalizante"
los aspectos de la percepción
conceptual. En efecto, se
extrapola la conciencia al
patrimonio de los hechos, de los
hechos enquistados en un
contexto inamovible,
unidireccional:
la consideración de que
únicamente son hechos "totales"
–decisivos- por ellos mismos,
condicionantes únicos de sí
mismos. Se piensa –como desde el
positivismo de Wittgenstein-, no
sin errores, que la conciencia
sólo es una facultad lingüística
o que los conceptos sólo
comportan "terminaciones", y que
éstos operan como categorías
independientes desde un "arriba"
o desde una "formación única" y
no como partes que integran
otras.
Así, las categorías se conciben
como entelequias o entidades
cerradas que "ostentan"
plenitudes, círculos o
estructuras totales; pero las
categorías no son precisamente
contextos, sino que se los
atribuyen, aunque nunca se
pueden atribuir, no, una en
concreto, un todo sin ser al
mismo tiempo parte, por lo que
ésa no corresponde sólo a una
totalidad atributiva, sino una
canalización objetiva –que bien
diferencia- a efectos de un fin,
de algo que existe, de una
categorización distributiva. Por
ejemplo, no se puede atribuir a
un ser vivo nada sin antes o
previamente distribuir los seres
en vivos y en no vivos y, una
vez ahí, todo conocimiento o
todo efecto gnoseológico es
posible. Digamos que una
relación de categorías deparan
un contexto y que cualquier ser,
cualquier relación
sujeto-objeto, ahí, se lo
atribuye para que sea viable un
conocimiento: se percata de sus
caracteres afines o no a ese
contexto (con ello se contrasta,
se "compara" el ser desde su
contexto). Por lo tanto, no
supone necesariamente una
categoría un "círculo de
relaciones", pero varias
categorías sí; porque vayamos al
ejemplo anterior: los seres
vivos no pueden sólo encerrarse
en la categoría de "especie"
que, por cierto, no expresa por
sí sola nada (pues únicamente es
inherente una categoría con
respecto a otra) sino, además,
en la de "género" para que se
comprenda una y otra (es decir,
favorece a la existencia una
interacción). En cuanto a que un
"círculo de relaciones" ya lo es
todo y se caería, así, en el
prejuicio predicho, o sea, un
"círculo de relaciones" impuesto
como una total generalidad no
categorizaría –"caracterizaría"-
nada y, en consecuencia, no
formularía algún contexto.
Por otra parte está el concepto;
esta unidad coherente de
contenido se referencia sin duda
de las categorías dentro de su
contexto –o las que se
adviertan- vinculándose a unas
en particular para definir,
resaltar, un aspecto u objeto,
el cual se quiere diferenciar
objetivamente de los demás
–señalarlo como existencia-.
Conceptuar, en suma, es
diferenciar y, cuando se
consigue el concepto "más
diferenciador" de algo con
respecto al resto de lo que
existe, es no menos que
objetivo; pero la mayoría de
ellos son inherentes al mismo
conocimiento primario: al
interactivo orgánicamente, al
instinto y a la intuición. Todo
ser vivo sabe –lo tiene
"conceptuado"- con quien ha de
procrear –no lo hará, pues, con
una piedra-.
En el conocimiento intelectivo
el ser humano amplía sus
conocimientos conceptuando aún
más con el riesgo de cometer
errores al inventarse conceptos
irreales y al no cuidar
suficientemente el proceso
cognoscitivo de los más
difíciles: los de otros
contextos más amplios o ajenos a
él.
Enfrente a estas aclaraciones
siempre es muy necesario el
retornar a lo que podríamos
llamar las "bases" de nuestros
criterios o de nuestras ideas,
las cuales luego se formalizan
en conceptos; es decir, las
categorías. Las más conocidas
nos vienen de Aristóteles y de
Kant. Pues bien, mientras
Aristóteles propugnaba un cierto
realismo con ellas –asentándolas
de una forma estable, fija o
doctrinaria- Kant las apoyaba
desde algo que trasciende
–proceso que deriva desde un "a
priori" con un "mandato
categórico" permitiendo con el
tiempo que las ideas
trasciendan-. Para uno son bases
constatables en la realidad, que
dicen realidad –no juzgan o no
denotan afirmaciones o
negaciones antes de ser aplicado
un silogismo-, digamos que
clasifican (las clases en
Aristóteles a modo de
predicación aristotélica son
uniádicas distributivas); para
otro, trascienden por medio de
las "ideas" desde una
esencialidad –porque lo
trascendental implica
forzosamente esa orientación a
partir de una esencialidad-.
Sin embargo, las categorías sólo
se rigen prescindiendo de
cualquier principio, pues
únicamente prevalecen con la
misma "continuidad" de lo real;
en efecto, no trasciende el
concepto o la categoría siempre
y a secas, sino con lo que ha
producido o comportado ya se
adapta a lo "nuevo" real: un
concepto puede desaparecer en un
nuevo contexto o su interacción
con otros en ese nuevo contexto
determina otro –debido a la
continuidad- y a atender, esto
es, a otro que lo identifique.
Las categorías, en fin, no
transmiten una esencialidad
unívoca o inamovible, más bien
se conectan a su nuevo contexto,
al que distribuyen y... por
modos de acción.
Bueno, hay quienes quieren –o lo
han hecho- distinguir las
"figuras de los predicables"
–que hacen una identificación
entre S y P (1)- de las
categorías –o "figuras de la
cópula" que hacen una afirmación
de existencia-; empero, en la
continuidad tanto la operación
como los resultados semánticos
de toda operación conservan su
carácter continuo –modular-,
adaptándose o vinculándose a su
nuevo contexto –al que
distribuyen y, por tanto, se
atribuyen a él-. Las categorías
no aparecen en la predicación
(2) –no existe una iniciación
tal ahí-; mejor van asociando
–diferenciando- una parte del
contexto con otra que...
predican cuando lo hagan.
Por último, si se concibe la
categoría desde un principio de
las categorías, claro está, eso
conduciría a una equivocación,
pues se instalaría ese principio
en una "totalidad" y,
precisamente, con esa totalidad
independiente: originaria (por
el "dator formarum"). No
obstante, la categoría –que no
es inamovible- sólo es una
acompañante metódica a la vez
que semántica, es decir, un
procedimiento que signa –y por
ello orienta- lo que distingue
–porque lo ha distribuido
primero con una modulación de lo
que va resultando, contribuyendo
y transcurriendo, y con respecto
a lo que es y no es algo, o a
mejor decir atiende a modos de
acción en un mismo contexto-.
(1) Sujeto y predicado -la
constante identificación del
lenguaje-.
(2) Porque el concepto o el
símbolo no aparece con el
lenguaje escrito.
Gentileza:: JOSE REPISO MOYANO
[joserepisomoyano@hotmail.com]
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