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Los niños de
Morelia.- 04/11/05 (México)  
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Los niños de Morelia
Olga Harmony.
La Jornada.
En 1937, el gobierno del
general Lázaro Cárdenas acoge en
México a cerca de 400 niños
españoles que llegaron a
Veracruz desde Burdeos en el
buque Mexique, primera avanzada
del exilio español y que serían
conocidos como ''los niños de
Morelia" por ser en la capital
michoacana en donde finalmente
se asentaron. Ya desmitificada
su estancia en el internado
México-España -que consistía en
dos edificios que albergaban
escuelas religiosas requisadas
por el gobierno al efecto- se
conoce la severa disciplina
militar, el bajo nivel académico
que su enseñanza tuvo el primer
año de su vida en México, las
plagas que trajeron de un país
en guerra y de su travesía, de
la que no fueron protegidos
hasta 1938, (aunque en una
''dictadura sui generis" a decir
del nuevo encargado, Roberto
Reyes Pérez, que privilegió el
control sobre la enseñanza), los
talleres que tuvieron en este
primer experimento de educación
socialista que no prosperó y su
abandono por las autoridades del
exilio español, amén del que
sufrieron por el gobierno
mexicano, aunque la sombra
protectora del general Cárdenas
se mantuvo aun en plena época
avilacamachista.
También se conoce la rebeldía de
estos niños y adolescentes, la
mayoría de seis a 12 años, que
durante su primera época
chocaron con la conservadora
sociedad moreliana -y los
debates que prensa y ánimo
conservadores se dieron,
destacando el furibundo discurso
de Manuel Zorrilla, ante la
protección que se brindaba a
niños extranjeros y ''rojos"- en
que las culpas se repartieron,
pues los chiquillos exiliados
apedrearon y tuvieron otras
faltas de respeto a las iglesias
de Morelia, en recuerdo de la
guerra civil en la que el clero
se soliviantó contra la
República. Muchos datos hubo de
su actitud contestataria ante el
autoritarismo de la institución,
que sería prolijo relatar.
Con estos elementos, y con base
en las múltiples voces del
recuerdo, Víctor Hugo Rascón
Banda armó un texto testimonial
en que no se identifica cada uno
de los casos, sino que se
escuchan varios, unos dichos por
los niños en tanto niños, otros
por adultos que rememoran,
orquestadas todas para dar
certeza de lo acontecido. Así,
el azoro por el multitudinario
recibimiento, su afirmación de
no ser huérfanos y la añoranza
por los padres, el regocijo ante
los modos peculiares al habla de
cada pueblo y la burla al exceso
de cortesía mexicana, el dolor
por el compañero electrocutado
Francisco Nevat Satorres -que
pronto se convertiría en furia
contra las autoridades- los
juegos y las canciones
republicanas, en un mosaico que
el autor en principio escribió
para actores niños y actores
viejos, pero que el director
Mauricio Jiménez resumió con
cinco jóvenes actores y
actrices, dos españoles de la
asociación La Jarra Azul (Ada
Cusidó y Oscar García) y tres
mexicanos del colectivo Conjuro
Teatro (Dana Aguilar y Héctor
Hugo Peña a los que se suma
Diana Fidelia, esta vez libre de
los estereotipos a que parecía
condenada y que muestra su
versatilidad sobre todo en la
escena de la vieja española
consagrada a la Iglesia). En
esta producción que hermana a
España y México (y que ya fue
llevada a Madrid en el contexto
del homenaje a Lázaro Cárdenas)
al director mexicano se suman
los también nacionales Sonia
Flores como responsable de la
iluminación y Teresa Alvarado
del vestuario, y los españoles
Germán Chamorro y Cristina
Cazorla en diseño de imagen
gráfica y prensa,
respectivamente, quedando en la
producción ejecutiva la mexicana
Tatiana Maganda y la española
Olga Bel.
El fino entretejido que Rascón
Banda da a los múltiples
testimonios hasta lograr que el
de uno parezca el de todos,
tiene su correspondencia en la
escenificación casi abstracta
del director, a base de
expresión corporal y buena
dicción, que se reviste de
humano dolor en los monólogos de
recuerdo que Rascón Banda
intercala y que aquí se dan como
salidos del sueño -los actores
simulan dormir en poses muy
difíciles, en que claman por las
madres y se quejan- aun en el
diálogo que un niño tiene con el
viejo que será, premonitorio del
futuro. Los cinco marchan, miman
los talleres, juegan a los
juegos de su país natal, se
enardecen con el puño en alto,
cantan las canciones
republicanas y explican su
abandono, su incomprensión ante
el país que los acogió por dos
meses que se convirtieron en
años -para algunos toda la vida-
y la incomprensión hacia ellos
de la sociedad que los rodea en
este conmovedor montaje.
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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