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Un lugar de
la mancha, cuyo nombre es
preciso recordar.- 01/09/05  
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Un lugar de la mancha, cuyo
nombre es preciso recordar
Lucía
Masci.
Caras y Caretas.
Aunque los críticos no
solemos mezclar lo personal,
afectivo o biográfico con
nuestra labor, en el caso del
Centro Latinoamericano de
Creación e Investigación Teatral
(CELCIT) se me hace inevitable.
Llegada la triste noticia del
incendio del Teatro Laboratorio
La Veleta en la sede española de
esa institución que me marcó la
vida, no puedo más que recordar,
pese a mi corta edad, la etapa
de fundación del más importante
impulsor de la unidad
latinoamericana e iberoamericana
en el campo teatral: el CELCIT.
Aún escucho, mientras escribo
silenciosa en mi computadora
estas líneas, el ruido de la
vieja Olivetti cuando, en las
madrugadas de mi primera
infancia en Venezuela, me
despertaba ese ritmo demasiado
impetuoso del tecleo con que mi
padre daba forma, hasta el
amanecer, a los primeros
boletines y documentos de esta
institución que me lleva cinco
años de vida (¡ya tiene
treinta!) y cuyas producciones
acompañaron mi crecimiento
decorando de papeles, y
manuscritos, y carpetas con el
logo inconfundible, y
carteleras, y recitales, y
obras, y reuniones con risas,
gritos y humo de tabaco, mis
primeras visiones del mundo.
También recuerdo los viajes, los
cuentos en los reencuentros de
Festivales, de gente nueva, de
Colombia, de España, de Egipto,
de tantos lugares que el CELCIT
hizo familiares y comunes a un
movimiento que empezaba a
conocer sus propios rasgos, en
las diferencias y las
similitudes.
Desde esa infancia en Caracas,
en esa casa en la que ya sonaba
el nombre de Luis Molina, de
Orlando Rodríguez o de Juan
Carlos Gené; desde esos
formidables encuentros en el
patio San Bernardino o en el
Ateneo de Caracas, esos que
creía tan naturales y de los que
sólo mucho después comprendí su
peculiaridad; desde esa
efervescencia de la que fui
testigo en mi ciudad natal, la
que cobijó el exilio de mis
padres; desde esos tiempos hasta
hoy, el CELCIT ha permanecido
para mí como un elemento
constante y casi eterno. Sólo
cuando recibo noticias como la
del incendio reciente caigo en
la cuenta de que no siempre
estuvo allí, y de que si está, y
si se ha mantenido en el tiempo,
es gracias a la voluntad de
quienes pese a no contar con
apoyos públicos o privados de
ningún tipo han entregado sus
vidas a este sueño. Y es que
desde su nacimiento en épocas en
que muchos países vivían la
represión, el exilio, la
persecución al pensamiento
crítico y creativo, el CELCIT se
planteó como una utopía que, a
instancias de la tenacidad de
sus forjadores, hoy podemos dar
por alcanzada, si es que
alcanzar una utopía es posible.
Ella fue, nada más y nada menos,
que la creación de un espacio de
intercambio, de apoyo constante,
de producción de pensamiento en
torno a un campo teatral que hoy
cuenta, en cada uno de los
países en los que la institución
ha desarrollado su actividad,
con las marcas fundamentales de
un rico y fructífero
intercambio. Incontables
encuentros, seminarios,
talleres, laboratorios, giras,
festivales, premios,
publicaciones, dan cuenta de una
labor que sólo pudo concretarse
en la medida en que la pasión
fue más fuerte que las
adversidades.
Surgido de la Federación de
Festivales de Teatro de América,
el CELCIT se convirtió poco a
poco en la única institución en
su especie. Es el espacio en el
que teóricos, investigadores,
formadores, creadores,
representantes en general de ese
tan diverso y reciente conjunto
llamado “Teatro Iberoamericano”,
han aprendido a confluir para
consolidar y mantener los lazos
que hoy hacen de las diferencias
un factor de enriquecimiento.
Hoy, a través de sus tres
secretarías (Argentina para la
Formación y Creación, Venezuela
para la Investigación y España
para la Promoción y Difusión),
más sus filiales en diversos
países y continentes, el CELCIT
continúa desarrollando los
objetivos de sus fundadores.
Como fue habitual en la historia
de la institución, primero con
el patio San Bernardino o,
luego, con el Espacio 80, cuando
se inauguró la sede de España
Luis Molina, Director y fundador
del CELCIT, junto con su mujer
Elena Shaposnik decidieron,
nuevamente, apelar a sus
inagotables fuerzas para
construir La Veleta, espacio
donde los grupos no sólo tenían
residencia y escenario, sino que
también podían ensayar,
investigar, intercambiar. Ese
espacio ya no existe. Los
camerines -también casa
transitoria de las compañías
invitadas-, el escenario, los
focos, las butacas, así como
gran parte del archivo que
documentaba la historia del
CELCIT, han desaparecido. Fueron
varias las compañías que
transitaron por este teatro con
apenas cinco años de vida, pero
son muchos más los proyectos que
contaban con ese espacio para su
desarrollo. Es por eso que
algunas comunidades teatrales
vinculadas al CELCIT se niegan a
esta pérdida, y están dispuestas
a una reconstrucción del teatro
para la que han organizado ya
festivales, encuentros y otras
acciones cuyos frutos estarán
destinados íntegramente al nuevo
Teatro La Veleta. Asimismo,
estas compañías que se
encontraban en Almagro al
momento del incendio (compañías
de Colombia, Brasil, Cuba,
Ecuador y Costa Rica) han
decidido, además, participar en
el próximo Festival
Internacional de Teatro
Contemporáneo de Almagro. Los
teatristas afirman, en documento
que circuló recientemente, que
estarán allí aunque deban
desarrollar sus acciones en
espacios alternativos.
Una vez más, el CELCIT debe
construir o –en este caso-
reconstruir. Lo hará como lo ha
hecho hasta ahora, aunque
creemos que ha llegado el
momento del ida y vuelta, de la
reciprocidad. El CELCIT ha
acompasado su vida con treinta
años de cambios políticos,
sociales y culturales en
Iberoamérica, y ha sido al mismo
tiempo, en el ámbito teatral,
responsable de muchos de ellos.
Son innumerables los teatristas
de diferentes lugares de
Latinoamérica o España que han
participado de la red de
acciones de esta institución.
Entre ellos, y desde Atahualpa
del Cioppo, muchos uruguayos.
Desde la Institución Teatral El
Galpón (durante su exilio en
México y en la actualidad) hasta
el Teatro Circular o la Comedia
Nacional, pasando por infinidad
de grupos e individuos, muchos
uruguayos han recibido el apoyo
generoso e incondicional del
CELCIT. Para un país a veces tan
de espaldas su continente, el
CELCIT fue un contacto real con
un teatro latinoamericano no
siempre conocido. Es en estos
momentos en que la comunidad
teatral mundial, y en particular
la uruguaya debería, entonces,
en nuestra opinión, hacerse eco
de la solidaridad ya expresada
por tantos con el CELCIT, una
solidaridad que todos los
teatristas necesitan para
devolverle, y devolverse así,
ese espacio fundamental que es
el Teatro La Veleta de España.
Finalmente, quiero afirmar con
Pepe Monleón -otro “quijote” del
teatro-, que “Cuando tanta gente
huye o se inflama ante las
ideologías, cuando el
pragmatismo y la abulia vacían
muchos de nuestros mejores
proyectos, el CELCIT, desde su
constancia y su penumbra, es una
lección hecha de personas
concretas, de gentes que
entregan sus horas a nuestro
diálogo”. Es por todo esto que,
desde esa infancia rodeada de
sus sueños hasta mi actual
compromiso con el CELCIT y con
mi profesión, dentro y fuera de
él, espero poder ver levantarse,
pronto, el telón de la nueva
Veleta.
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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