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Mi Buenos Aires Querido (Donde se habla de nostalgia y realidad)- Por: John Argerich
 

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El amasijo

Mi Buenos Aires Querido
(Donde se habla de nostalgia y realidad)

Por: John Argerich


 


Los argentinos no somos emigrantes, como los italianos, los gaitas, o los irlandeses, que al mes de llegar a Nueva York ya andan mascando chicle. Pero una característica de nuestra tierra es vivir en la cuerda floja. Por eso a veces hay que rajar para salvar el pellejo, otras por caprichos de la economía nacional. Según cómo venga de bruta la mano. Y al principio sólo vemos maravillas en el país de destino. Sin embargo, cuando se acaba el dulce de leche que traíamos en la valija, empezamos a extrañar. Primero un cachito nomás. Después descubrimos que la vida sin tangos, sin vino bueno y sin la barra, más que vida es un suplicio. La muerte en bicicleta, como decíamos antes. Lo cierto es que promediando el segundo o tercer pirulo de ausencia, ésta se vuelve insoportable, y la nostalgia te fondea el barrilete. Entonces empezamos a ahorrar para volver. ¡Qué lindo sería quedarse allá!... pero ha pasado mucho tiempo, y ya no es fácil. Por los pibes, más que nada. Aunque mandarse un viajecito vale la pena, porque si hubiera que regresar al exilio, ¿quién te quita lo bailado? Pasearte por Palermo, por la 9 de Julio, por Corrientes y Florida. Y hasta soñar con los levantes que hicieron famosa a la Avenida Santa Fe, cuando todavía le decíamos "calle". La panza llena de carne de ternera tipo exportación, no chancho congelado con gusto a papel. Lleno hasta el gañote de chorizos, mollejas y empanadas, hablando mal y pronto. Porque en mi Argentina ni Mandrake te hace adelgazar. Felices y pipones, así recuerdo a los connacionales cuando gambeteaba la rosada jugando de local.
Y tras esos brutazos berretines de regreso que después de un cacho se vuelven obsesivos, quien pone la millonaria desembarcó en Ezeiza. Dispuesto a no ser más sapo de otro pozo. Pensando que encontraría la vuelta a cualquier contrariedad. Verbigracia la cana brava, los funcionarios coimeros, o el despiole tradicional. Del román paladino, vulgo lunfa, huelga todo comentario. Ya decían nuestros mayores: "La volpe perde il pelo ma non il vizio".
"¡Hogar, dulce hogar!" pensé yo, orgulloso de mi acervo cultural.
Pero había urgencias impostergables. Al salir del aeropuerto debía encontrar donde dejar el equipaje y darme una ducha. ¡Me pasaba de vueltas por gambetear el empedrado de los cien barrios que tiene mi ciudad! Aunque después de muchos años, ya no conocía esta urbe inmensa, ni los caminos, ni nada. Así que creí lógico pedir información turística en un quiosco de golosinas.
-Buenas, don -saludé amablemente.
-A Vd. no lo conozco, y mi tiempo vale $ 18,50 la hora. Si no viene a comprar nada, ahí está la puerta.
Había que congraciarse con el dueño de la información, de modo que atiné a decir:
-Déme un 43 rubio, por favor.
-Esos fasos sólo se venden en el museo. No te hagás el piola, y rajá antes que llame al botón.
-Un Saratoga, entonces...
-¡Vía, vía...!
No supe cómo justificarle a ese energúmeno mi envejecimiento cultural, y creí prudente batirme en retirada. Por suerte, al lado del quiosco había un diariero. Así que para entrar en conversación, nada mejor que una comprita.
-Me da La Razón, por favor.
-¿La razón de qué, chauchón? Yo no vendo los diarios que se regalan porque no hay a quién encajárselos... Antes era otra cosa, pero estamos en 2005, ¿pescás?
El tipo había juntado los cinco dedos de la diestra formando una pera, y balanceaba la mano de adelante hacia atrás. Esta vez, predije al vuelo los acontecimientos.
-Disculpe el error -me apresuré a decir- Noticias Gráficas, si queda.
-¿No querés el diario de Cristóbal Colón? ¡Andá a cargar a otro, che!
Y no habiendo otra fuente informativa en lontanaza, decidí tomarme el bondi del servicio internacional.
-¿Este ómnibus me lleva al centro, agente?
-Si, pero si no conoce la ciudad se va a perder. Lo mejor es un taxi. Ahí viene uno... ¡Apúrese antes que se lo ocupen!
El taxista paró clavando los frenos.
-¿A dónde va?
-Acabo de llegar y necesito alojamiento.
Pero con el ruido del aeropuerto, cualquiera entiende mal.
-¿Querés que te lleve a un hotel alojamiento?
-Si no es molestia...
-Decime un pomito... ¿Vos me viste cara de puto a mí? ¡Bajáte del tacho, o te rompo la jeta, maricón!
Visto lo cual, no tuve más remedio que cargar mis bagayos y parar un colectivo multicolor con adornos rococó. Y cuando llegué a la terminal me pareció más prudente seguir viaje a patacón por cuadra, para evitar más confusiones. "El once", que le dicen. Pero a poco caminar, me topé con un hotel. "Cachafeiro Residential House" se llamaba, porque en ese ramo los nombres ingleses dan jerarquía. Nada del otro mundo, pero por veinticinco mangos diarios no se puede pedir el Sheraton. Metí la ropa en una cómoda destartalada, y afortunadamente había agua calentita para sacarme el tufo. Después empecé a pensar que me dolían todos los huesos, y para estar diez puntos nada mejor que una visita al kinesiólogo. Como en mi juventud perdida, como wing izquierdo del Victoria Fútbol Club.
Salí a la yeca, y cuál sería mi sorpresa, cuando cruzando la vedera pude leer un cartelito pipí-cucú: "Casa de masajes"
¡A la carga, dijo Vargas! Apreté el timbre del portero eléctrico y me contestó una voz gangosa.
-Bienvenido a Maison Marie, donde convertimos sus sueños más audaces en realidad.
La respuesta me pareció media rara, para un masajista.
-¿Cómo dijo?
-Que introduzca su tarjeta de Visa en la ranura, señor.
Le obedecí sin chistar, porque aquel reclamo no admitía alternativas. Y casi sin pensarlo, me encontré en un salón con muebles de terciopelo color violetas imperiales, y suave luz difusa. Entonces apareció una vieja toda pintarrajeada, con vestido de lentejuelas.
-¿Señorita o señor? -preguntó.
Yo creí que era una chicata, indagando las cosas al estilo Magú.
-¡Señor! -dije, herido en mi machismo.
Pero me equivoqué fierazo. De una puerta salió un urso en salto de cama, que me miraba dulcemente.
Entonces ví las cosas claras. "Casa de masajes" era otro eufemismo, entre los muchos términos nuevos que hacen difícil entender a los porteños de hoy. Por suerte pude rajar conservando el invicto, pero no hubo forma de convencer a ese loro que un tropezón cualquiera da en la vida. Y me cobró sin lástima, como después de un "servicio completo", por decirlo así.
-¡Chau, salame! -dijo Madame, al verme partir.
Milongas de ese calibre no tuve muchas, pero mi estadía en el Plata estuvo signada de incomprensión. Hasta que el pibe de un chango amigo dió en la tecla.
-¡Vos sólo manyás la lunfa antigua, che!
Unos eran chetos, otros eran cambas. Y yo empecé a preguntarme si no quedaba ningún malevo en el suburbio. Si habrían demolido Puente Alsina. Si se habían acabado los cafishos. Después me vinieron a la mente unos versitos "con ademanes" que recitaba en el cole de mi niñez.
Quien te ha visto, Buenos Aires,
y quien ahora te vé,
podría bien preguntarse:
¿Pero es el mismo de ayer?
Es que los años de desarraigo no pasan en vano. Por eso volví a Malmö con menos bronca, y cuando un funcionario de migraciones me dio la bienvenida, agradecí sin titubear:
-Tack ska du ha.
Luego mi vida siguió su curso, rumbo a otra crisis periódica de nostalgia.
-¡Qué rayadura! -comentaron dos suecos amigos en la estación del subte, mientras se bajaban una botella de vodka Absolut.
-¿Por qué volviste al brete? -dijo un toña de la barra.
No fue fácil hallar respuesta, y me rasqué fierazo el balero durante minutos que parecieron horas. Pero en este mundo para todo hay explicación.
-La felicidad siempre está en la vedera de enfrente -repuse al fin.
Y cruzando la calle venía Porotita, mi señora, para escoltarme al hogar

                                                              THE END


 

Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.

Las serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios de 9 países.

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