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Mi Buenos Aires Querido (Donde se habla de nostalgia y realidad)- Por: John Argerich
 

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El amasijo

Casorio vía satelite
(Donde se habla de un levante al estilo Mercosur)

Por: John Argerich


 


El festival de Malmö es una milonga que se repite año tras año con constancia nórdica. Las calles del centro se llenan de gente, contentísima porque el diario dice que empezó la farra. No hay nada específico que celebrar, porque el evento carece de raigambre histórica, pero se ha convertido en tradición. Y como no había otra cosa que inventar, a algun político se le ocurrió que la primera semana de agosto es distinta de la segunda. O de la tercera, para el caso. Como que el gobierno declarara que después de semana santa viene la semana santísima, o que antes de ella está la semana del pecador. O que el 3 de mayo sea el día de la fiaca y el 14 de octubre el de los pajaritos en escabeche. Que si vamos a verlo bien, cualquier cosa se puede celebrar. Con tales méritos, el festival de Malmo brinda unos días felices, en que los malmitanos tiran la chancleta. Y se embarcan en garufas que, a fuer de improbables, sorprenden. Porque hablando mal y pronto, entonces se respira un aire distinto al tufo de cementerio que suele tener la urbe después del crepúsculo. Y mientras dura esa semanita de joda viva, el mersaje trasnocha sin remordimientos. Como dándose cuerda en patota, para trampear un cachito las costumbres austeras del país. Tema apto para expresarlo en tiempo de gotán:
"Esta noche me emborracho bien,
me mamo bien mamáo...
¡pa' no pensar!"
El crepúsculo en que ocurrieron los acontecimientos a relatar en esta crónica fue único desde muchos puntos de vista. Una noche de buen tiempo, no diremos cálida porque acá nunca hace calor, pero al menos sin lluvia, nieve o el viento que nos ya nos tiene podridos de tanto romper paraguas. La gente en la calle, con expresión feliz,
-¡Empanadas...! -gritaba un chileno, desde su puesto ambulante.
-¡Mondongo al estilo charrúa...! -ofreció otra voz, con acento rioplatense.
Y el bueno de Felipe Balmaceda, aunque nacido en Pompeya, tenía afinidades con la muchachada oriental. "Los gurises", como se autodefinen. ¡Tan parecidos a uno, pobrecitos! Así que por solidaridad, pensaba castigarse con un platazo del susodicho. Pero ocurrió lo inesperado, cortándole no sólo el hambre, sino también las ganas de respirar. Delante de sus narices se contorneaba una morena como nunca había visto antes en la colonia latina. De solerita escotada, minifalda y pelo negro largón. Hablando con cierto dejo que al cumpa le resultó simpático. Y para subrayar lo expuesto, un bruto lenguaje corporal. Como diciendo sin rubor: "¡Chupáte esta mandarina, che!"
-¡Oia, mi Dió...!
La nami era tal churro, que al cruzarse sus miradas él sintió que el cuore le latía a cien. Ojos negros, profundos, almendrados, un sueño para no olvidar jamás. Y con tantas motivaciones uno nunca sabe cómo actuar sin meter la pata. Lo cierto es que Felipe reaccionó sin un plan concreto, pero eso era siempre mejor que dejarse estar. Y asumiendo el desafío, abrió fuego con la artillería pesada. Una sonrisa familiar y amable, aunque discretamente lejana. Letal técnica aproximatoria que descubrieron nuestros mayores cuando estaban bajándose de los árboles. Porque levantes hubo siempre, para hablar con claridad. Después la sorprendió con su desfachatez de macho rompedor.
-¿Qué andás haciendo por acá, piruja?
Ella lo miró sorprendida, y con carita tímida, dijo:
-Nao conozco o senhor pra falar na rua...
Felipe pensó: "a mi juego me llamaste, acuarela do Brasil..." Y repuso con facha de circunstancias, en su mejor portuñol:
-¡Hacé memoria, che! Si nos cruzamos duas veces no Pildam Park, onde tein o charco mais grande do mundo, mirando as ocas que hacían cuac-cuac...
Después vino una discusión encendida. Que si, que no. Que en Río de Janeiro había un lago más grande. Que todas las cosas más grandes del mundo están en Brasil. Que cuándo, que tal vez. ¡Pamplinas!
-Muito bein...
Porque nuestra sirenita se había tragado el anzuelo, y la conversa ya estaba en plena marcha. Lo que dicen "savoir faire".
-Por las dudas voy a presentarme -añadió el careta, disparando nombre y patronímico- "Pipo" en familia, ¡bah...!
-Eu sou Domitila Eugenia Soledade da Costa, Silva, e Melo Coutinho -contestó ella, con una sonrisa que puso luz en la noche.
De tal manera entablaron relación. Y poco después, Balmaceda supo que su amiga también tenía un apodo. La Puchunga. ¿Lindo, no?
-¡Puchunguita de meu corazao...! -atinó a decir.
-¡Qué bein fala vossé portugués...!
-Portuñol, querida.
-Nao tein problema. La cosa es entenderse.
No hace falta comentar que con semejante afinidad lingüística, el fato se estaba poniendo bueno. Así que el paisano la invitó con un ambigú. Y ella, después de semblantearlo, lo pensó un cachito, por si las moscas. Después dijo que si.
"¡Vía libre, negro!", se alentaba el loco, para sus adentros.
Muy lejos, claro, de barruntar lo que iba a ocurrir después.
-Con permiso...
Le tomó la mano, y tras una fugaz defensa, ella puso los ojos en blanco. El panorama estaba claro. Después del ablandamiento, había que rematar.
-¡Vamos a mia residencia urbana, pra auditar tranquilos um poquitinho de música, nena! Tengo a mais poderosa coleczao de C.D. -propuso el Pipo, ya dueño de la situación.
-¡Qué bonita invitazao...!
Se tomaron un piróscafo, y pocos minutos más tarde, desembarcaban en Lorensborg.
"¡Vaya gol de media cancha...!", pensaba nuestro héroe, cuando se cruzó con dos grasas de la barra.
El Perico Abeleira y su primo, Juan Vilcapugio, un chango recién llegado, hincha de Rosario Central.
-¡Naciste con tarro, viejo...!
El no cabía en la musculosa, de tanto orgullo, y retrucó con malicia.
-Es la percha, como se dice ¿Pescás o no?
Puchunguita sonrió, pero uno nunca sabe cuánta lunfa entienden los extranjeros. Y mientras los paisanos se quedaban mirando boquiabiertos, la pareja de enamorados desaparecía en lontananza. Subieron al ascensor, y él aprovechó para robarle un beso.¡Por fin solos! El primero, porque después vendrían muchos más. Con tales expectativas entraron al domicilio legal.
-Vossé tein uma casa muito comfortábel -dijo ella- ¿Me invita con uno drink?
Balmaceda hizo dos copetines "al paso", como los de Corrientes y Florida. Es decir, Cinzano, gin y soda, un cubito de hielo, media rebanada de limón, tomátelo rapidito, y que te caiga bien. Después los puso en una mesita enana junto al sofá, y volvió a la cocina. Buscando algo de pan, queso y fiambre, para pellizcar. Puchunga no le sacaba los ojos de encima, y de puro hacendosa que parecía, se puso a revolver las bebidas. Al ratito, retozaba en brazos de aquel tránsfuga, lista para el asador.
-¡Meu tesorinho...!
Balmaceda quiso llevarla en brazos al campo de Venus, como hacía Valentino en esas justas, pero las piernas le fallaron.
"¡Qué cansado estoy...!", pensó.
-A palma mais grande do mundo, Puchunguita de meu amor... -quiso excusarse.
Poco después, dormía profundamente. Mal comienzo para una relación sentimental.
-¡Boas noites, Pipo...!
Cuando éste abrió los ojos, era entrada la mañana. ¡Qué caos aquél! El departamento estaba lleno de papeles, desparramados a la marchanta. Sus documentos de identidad sobre el scanner. La computadora encendida en una página web. "Iglesia dos Campos Verdes da Mininha Solitaria". Y en la impresora había un mensaje, firmado por el pastor. Balmaceda lo leyó sin poder controlar su ansiedad. Un montón de cosas escritas en portugués. Pero su texto terminaba con una sentencia que habría que ser idiota para no entenderla:
"Los declaro marido y mujer"
Puchunga estaba en la cocina haciendo el desayuno. Contenta, porque se había ganado la residencia en Suecia con pocos trámites. Cantando bajito, como hacen las esposas legítimas. Y Balmaceda se quedó pensando que el mundo ha cambiado, con tanta técnica. Nunca se sabe en qué renuncio puede acabar una aventura de amor.

THE END
 



Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios de 9 países.

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