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Meditaciones inherentes a la ducha matinal (Donde se habla del olor a chivo y sus consecuencias)- Por: John Argerich
 

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El amasijo

Meditaciones inherentes a la ducha matinal
(Donde se habla del olor a chivo y sus consecuencias)

Por: John Argerich


 


En Villa Urquiza había un gaita que trabajaba como mozo de bar. Y según cuentan sus conocidos, escribía todos los viernes al terruño. Cartas largas, llenas de nostalgia por cuanto había quedado atrás, en que relataba con detalle los avatares de la vida en su tierra de adopción. Que hacía frío, que hacía calor, que el vecino de enfrente ya se ha comprado un terreno para edificar. Profusa correspondencia escrita medio en gallego, medio en la castilla, que por alguna rayadura de disco, tenían siempre igual comienzo.
Tomu la pluma en la manu
-decía-
porque en las patas non puedu.
Porque las tenju cansadas,
y porque lavármelas debu.
Introducción harto comprensible. Pues a pesar del prestigio de la industria láctea, en La Coruña habría sido mal vista una esquela con perfumes evocativos del queso Mar del Plata. Lo que ocurre allende la mar es bien sabido. Algunos argentinos son tan puercos que deben bañarse diariamente, y las casas ricas hasta tienen ducha. No como en Galicia, donde la gente es limpia, y basta una bañadera cada diez familias. Apreciación que, según parece, también es válida para Londres y París. ¡Hay que ser práctico, hombre! Porque sabiéndolos usar, con la palangana y el bidet la gente se arregló siempre. Una jabonadita en los lugares privados cada lunes, luego agua de Colonia a discreción, y listos para empezar la semana laboral. A lo que debería agregarse el escrupuloso cepillado de la dentadura postiza con bicarbonato, para que esté siempre blanca. De esa forma y evitando las comilonas con mucho ajo, se ahuyentan los tufos del mal aliento. Cosa que en su día debe haber preocupado a la población, porque el problema dejó su huella cultural en el cancionero, inspirando coplas que hicieron época. De las que seguramente muchos lectores mayorcitos aún guardan memoria.
No me perfumes
con tus besos olorosos
-decía el cantor-
si te molestes
en pensar en mi querer.
¡Quiero que sepas
cuando oigas estas coplas,
que tú ya no soplas
como mujer!
El mensaje no está claro, porque vaya uno a saber qué contenido habrá asignado el autor al verbo soplar. Pero sea como fuere, un beso con olor a condimentos fuertes, espanta al amante más apasionado. Visto así, nos inclinamos a pensar que el poeta tenía razón.
-¡La higiene es todo en este mundo! -dicen los limpios.
Una perogrullada que cae por su propio peso. ¡Vea Vd. si para entrar al domicilio legal, uno tuviera que ponerse máscara antigas! Y vista la subjetividad del verso, no sorprende que el reclamo de un entorno doméstico con aromas finos haya sido fuente de poética inspiración. Veamos, si no, otra famosa copla popular de los años 60, cuando el suscripto gambetaba la rivera en edad de merecer. Entonces se hacía patético el reclamo de mayor cuidado personal, con tanto hippie a la deriva. Un himno al triunfo del olfato fino, por decirlo con delicadeza. Y cuando callaban las maracas, un morochazo de mejillas sonrosadas y mangas enormes llenas de volados, aportaba frente al micrófono. El auditorio, tenso de emoción. Entonces él, tras unos instantes de silencio para crear ambiente, entrecerraba los ojos entonando un cha-cha-cha.
Chivaba, chivaba, chivaba,
porque nunca se bañaba...
-decía-
Chivaba, chivaba, chivaba,
¡pero un día se bañó!
Luego la pantalla del televisor Capehart made in USA se oscurecía, para mostrar enseguida un locutor en brillante blanco y negro. Quien ofrecía con sonrisa arrebatadora antisudoral Colgate, pasta de dientes Colgate, y talco marca ídem para el cuidado de los pies. Pero innegablemente la ducha diaria, que muchos europeos aún consideran peligrosa para la piel, tiene alguna connotación truculenta. No es que aquí intentemos una defensa numantina de las roñas clásicas. Porque, a nivel de franquearnos, el autor cada tanto se pega unas biabas bestiales con agua y jabón. Se trata más bien de intelectualizar el tema. Ya que por causas religiosas, deberíamos aceptar que ciertos aromas del Cairo son congruentes con el plan divino. Bien le dijo Dios al atorrante de Adán, cuando lo rajó a sopapos del Paraíso:
"¡Ganarás el pan con el sudor de tu frente!"
Una pifiada por la bronca, seguro, después del galletazo que armó aquél en aras de algo tan sofaifa como morfar fruta de garrón. Porque la intelectualidad de nuestro abuelo común deja grandes dudas. Dicho más claramente, al buen padre celestial no se le puede haber escapado un detalle clave. Con el laburo, ciertas partes anatómicas transpiran más que la frente. Siendo también cierto que además huelen peor, especialmente en verano. Y no existiendo entonces siquiera jabón amarillo, menos iba a haber desodorante Colgate. Saque Vd. sus conclusiones, estimado lector, que después hablaremos del entorno moral. Es decir, los sentimientos de pudor, porque la carrocería humana es fuente de pecado, según bate el catecismo.
-¿Quienes son nuestros enemigos? -preguntaba el padre Martínez.
-¡El demonio, el mundo y la carne! -respondía yo, con horror infantil por los infiernos.
Entonces, si para lavarnos bien hay que estar desnudo, esto del baño matinal no funca. Debiendo sospecharse en esa trama, la mano de Satán. ¡Recordemos si no, qué bello olor de santidad despiden los curas en el confesionario!
-¡Olor a chivo! -gritó un comunista sin dios ni patria.
-¡No señor! Que Mao olía peor, y de santo no tenía nada -repuso un gusano procedente de Miami, por ganas de joder, nomás.
Así llega la pregunta clave. ¿Cómo conciliar santidad e higiene? Una respuesta al dilema, en su momento, fue la camisa de baño. Preferentemente blanca, para que no destiña. Uno se tapa de arriba a abajo, lavando los rincones más delicados con movimientos furtivos y sin mirarse al espejo, mientras reza un padrenuestro. El sistema es algo complicado, pero todo sea por salvar las almas. Así prendió la costumbre, pero después llegaron las películas de Ingmar Bergman. Ya no había que ir al cine Güemes para ver un montón de carnaza a la intemperie. Y chau. Como resultado, esa puerca manía extranjerizante de la ducha cotidiana echó raíces en nuestra cultura. ¡Adiós bohemia, personificada por la Colonia Atkinson's! Con que, según decían las viejas, "bañaba al marranillo doña Antonia". Mas toda experiencia, por negativa que sea, siempre brinda alguna conclusión útil. De lo dicho hasta aquí queda una lección: Poco valen las tradiciones culturales, habiendo intereses económicos en pugna. Que por guita baila el mono, un decir. Y con el relajamiento de las costumbres, llegó un tropel de mercachifles. Los fabricantes de calefones, los vendedores de toallas, las presentadoras de afeites marca Kolynos. Finalmente, el jabón Lux de tocador, tan apreciado por las estrellas de cine. Después de eso, "¡Arrivederci Roma!" Es decir, adiós complejos, porque el ciudadano medio hizo causa común con tanto aseo. ¡Hasta el Ministerio de Educación puso en quinto año del bachillerato una materia llamada "Fisiología e Higiene"! Vale decir, la higiene de la fisiología propia de cada cual. O sea el fuselaje, porque hablando clarete, higiene espiritual es otra cosa, y los curas la logran sin jabón de tocador. Sea como fuere, en el hospital hubo pánico con tanta galleta, y los tordos se sacaron una foto para llevarla al santuario de la Difunta Correa. ¡Bueno fuera tener las salas llenas de enfermos sin bañar!
-¡Qué fanatismo! -dijo el dueño de la farmacia- Si éstos ganan la pulseada, voy a tener que empezar a vender libros de misa...
Las escalas valorativas cambian, señores. Y cuando alguien sale torcido, ahora difícilmente se lo atribuya a la acción de Satanás. Es por falta de higiene. Por eso nadie dice:
-¡Vade retro!
Le sacuden una filípica que te deja orsái:
-¡Andá a lavarte el culo, andá...!


 

THE END 
 


PÁNICO EN EL HOSPITAL
 

Copyright: John Argerich, 2005 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios, de 9 países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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