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Lo llamaban Pirulin (Donde se habla de un inmigrante extraño, con sus penas y otros baluardos)- Por: John Argerich
 

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El amasijo

Lo llamaban Pirulin
(Donde se habla de un inmigrante extraño, con sus penas y otros balurdos)

Por: John Argerich


 


Desde su llegada a Suecia, se vio que Pepe Bayo no era un caso vulgar. Hombre de viva imaginación e identificaciones superpuestas. Primero, por lo múltiple de sus lealtades, pero más que nada debido a su localismo. Porque nunca se sabía si era más argentino que ingeniero, o más hincha de Talleres que cordobés.
-¿Diánde saliste, payuca? Le preguntaban, para cargarlo.
-Hecho en Córdoba por cordobeses -decía él, respuesta que era también su declaración de principios.
-¿Medio exagerado, no te parece? -comentaban los vecinos.
-Debe ser andaluz...
. Y en esa honesta convicción llegaron a preguntárselo, lo que le cayó muy mal.
-¿Soi andalú, negrura? -dijo un colega.
-¡Tu abuela! -replicó él, fuera de sí.
Y después de un improperio solía agregar:
-¡Más criollo que los alfajores de maicena, che! José Ignacio Bayo, pa'servirlo. Y anóteme bien el apellido, por favor.
-¿Cómo dijo?
-Bayo.
-¿Perdón...?
-"Bayo", che...¡Agua con tieya! ¿Entendiste, ahora?
En Córdoba eso era una carta de presentación, porque su gracia no daba lugar a dobles interpretaciones. Y si arrastraba la "e" diciendo "¿enteendiste?" tampoco quedaban dudas sobre su estirpe. Por eso hinchaba el pecho con cada aclaración. Pero en Suecia las cosas son distintas. Más que nada porque la gente no entiende una papa de español. Así que cuando en el aeropuerto los funcionarios de inmigración le preguntaron cómo se llamaba, surgieron los primeros problemas.
-¿Me repite su nombre, por favor?
-Bayo... ¡Agua con tieya, doña!
El intérprete estaba con licencia por paternidad, de modo que la tarea era efectuada por una rubia sentada frente a un equipo cibernético, que traducía en forma automática. Y las máquinas, por mejor hechas que estén, carecen de sentido del humor. Por eso no entendió el chistecito, y en la columna donde decía "nombre y apellido del inmigrante", quedó una traducción literal que lo acompañaría como cataplasma el resto de su vida. "Baio Vattenmedjord".
-¡Qué nombre raro para un latino! -dijeron unos indios, que hacían cola masticando chicle.
El quiso aclarar las cosas, pero la sueca se negó rotundamente a escuchar ningún otro argumento, porque las computadoras jamás se equivocan.
"¡Estos extranjeros siempre haciendo líos!", pensó.
Después Pepe Bayo comenzó su vida en sociedad. Se desayunaba con yogurt, comía albóndigas con dulce de frutilla, y no veía una botella de vino ni para remedio. La suerte de todos. Y de tanto andar yirando por las oficinas, hizo migas con algunos compadres. Pero la amistad iba bien hasta decir su nombre. Porque cuando trataba de explicarlo, nadie creía lo ocurrido.
-¡Afán imperialista de arrogancia cultural! -sostuvo, al enterarse, un diario antisueco subvencionado por el gobierno de Su Majestad.
-Problemas burocráticos... -decían seres piadosos.
-¡Qué nombre raro te pusieron, che! -opinaron los más íntimos.
-¡Si serás cretino! -le largó en la jeta Sonia Margarita, su mujer- ¿No podías haber pedido hablar con el jefe?
Pero a lo hecho, pecho. Primero vino la cédula, luego la tarjeta plástica del hospital, y finalmente un abono para viajar en ómnibus. Documentación bien diferente, pero que tenía algo trágico en común. Aquellos nombres espeluznantes, pues lo que entra en las memorias del Estado no se olvida jamás. El balurdo era mantener una relación normal con los paisanos, empeño que por otro lado, nunca es fácil. Sin pensar en lo que pudiera ocurrir si alguna vez llegaba de visita a Córdoba.
-¡Qué plato, chango...! ¿Hace mucho te llamás así?
-Uno se acostumbra, y ya no me acuerdo... ¡Quince pirulos, por parte baja!
Una respuesta cargada de conformismo, que a la gente no le gusta. Así que a pesar del tiempo transcurrido, siempre cosechaba risitas de sarcasmo. ¡Ese nombrecito estrambótico mal pegara a un valor de su raigambre! Y de tanto pasar pirulos con horrenda denominación de origen, en la barra empezaron a llamarlo Pirulín, para simplificar. Lo que marcaría otro hito en su vida, pues como bien sabemos, muchas cosas que empiezan juá-juá-jua, acaban en serio. Además, en la colonia latina no hay secretos, porque nos conocemos bien. Parece probable entonces que alguien haya escrito su sobrenombre en lugar poco oportuno, siendo éste digerido por la inteligencia virtual del sistema. Por eso al llegar las declaraciones de impuestos, en el sobre decía "Pirulín Vattenmedjord". Se quejó, vio a un abogado, escribió a los diarios, pero nadie supo resolver su extraño caso.
-Ese problema no está contemplado en mi rutina, intente solucionarlo con otro asesoramiento- contestaban las cabezas visibles del sistema.
-No, aquí no es. Pruebe en la Policía.
Pero allí tampoco tuvo suerte.
-¡Si no viene a denunciar a nadie, ni ha cometido un delito, me está haciendo perder el tiempo, señor!
-¿La Dirección Impositiva, tal vez?
-Disculpe, hoy me jubilo, vea a mi sucesor después de Navidad.
Una lucha sin esperanza, como hemos visto. Y las hojas del almanaque fueron cayendo sin prisa ni pausa. Nuestro hombre concurrió a muchos cursos para aprender a pronunciar su nombre. El AMU, el Komvux, el AMI , Kursverksamheten...¡qué se yo! Lo cierto es que sus estudios lingüísticos duraron años. Hasta que una señora dijo:
-¿Nombre y apellido?
El lo balbuceó como pudo, pero ella entendió como estaba escrito en los papeles que tenía sobre la mesa.
-¡Ya habla bien el sueco, y es hora de que trabaje, hombre! -dijo- Como primer paso, lléneme esta solicitud.
La crónica de su vida, con pelos y señales. Desde el momento de nacer hasta hoy, sin olvidar hobbies ni entretenimientos favoritos, que aqui llaman "actividades de tiempo libre". Un proyecto literario ambicioso, si hemos de ser equitativos. Para completarlo hicieron falta varios días de trabajo, recurriendo a archivos, memoria e imaginación. Pero, finalmente, el curriculum estuvo listo. Entonces volvió a esa oficina llena de flores, sacó un número para que lo atendieran, y se sentó a esperar el futuro leyendo revistas viejas.
-¡Ajá...! -murmuró la consejera. -¿Había sido ingeniero de altos hornos? Esos cargos difícilmente sean para inmigrantes.
Pero al hablar ella no pensó "inmigrante", sino "invandrare", en su idioma natal, sin poder evitar cierto rictus de asco. No por discriminación, entendámonos, que eso aquí sería una imperdonable ofensa a los derechos humanos, sino debido al mayor desarrollo relativo de la técnica nacional. ¿Cómo dejar equipos tan valiosos en manos de alguien sin la formación profesional sueca? Aunque por su mente pasó otro razonamiento, que mostraba el pragmatismo del país.
-Si usted se llamara Andersson, sería otra cosa.
-¿Vattenmedjord no sirve?
-Suena a nombre inventado para que los extranjeros dejen de llamarse Fernández.
-Y entonces, ¿qué puedo hacer para ganarme la vida?
-¡Empiece con un buen trabajo de limpieza, mi amigo! Después, veremos.
-¡Ni ebrio ni tarado...! -contestó el bocho, herida su arrogancia intelectual.
-Entonces le sello la tarjeta, y véame a fin de mes.
Así pasaron los años. Nuestro hombre vio prosperidades, crisis y depresiones. Mas al salir del Servicio de Empleo, la despedida era invariable:
-¡Adios, querido señor! Suerte ¿eh?
Palabras, solamente. Porque a pesar de los buenos modales, todos odiaban el desvergonzado extranjerismo de aquel ser horrendo, culto y con un nombre ajeno al estereotipo de la inmigración. Ni chicha ni limonada, un decir. Por cuya causa terminaron declarándolo enfermo crónico. Así se jubiló


 

THE END 
 


PROBLEMAS DE OTRA GALAXIA

 

Copyright: John Argerich, 2005 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios, de 9 países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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