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Los ángeles no hablan de más (Donde se enseña cuán sutil es saber callar)- Por: John Argerich
 

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El amasijo

Los ángeles no hablan de más
(Donde se enseña cuán sutil es saber callar)

Por: John Argerich


 


El suegro de Felipe Montegrande se llamaba Angel Viggiano. Una figura respetada en el bañado de Flores, posición que se había ganado en buena ley. O sea sin renuncios ni ortibadas, que son tan comunes. Un caballero como en los tiempos de antes, cuando los muchachos no usaban gomina ni cantaban en inglés. Dich en dos palabras, don Angel era honra del barrio más compadre que tiene mi ciudad. Y al verlo pasar con ese aire de mundo, la gente recordaba comentarios de hace unos días, nomás, cuando los azules vinieron preguntando. Porque su imagen estaba asociada para siempre al pedazo de tierra que lo vió nacer. Y que no lo olvidaría nunca, en sus largas justas con el Código Penal. Memorias que también perduraban en la prensa vespertina, porque si ésta no habla de la joda, dígame Vd. de qué va a hablar. Pero nos ha quedado en el tintero un gran elogio, imposible de pasar por alto si hemos de hacer justicia. Mirando las cosas bien, la memoria de este varón era tan nuestra, que evocaba tangos clásicos. Especialmente uno llamado "Chorra", en cuya letra hay cuatro estrofas que parecen inspiradas en su virtud.
"...está en cana, prontuariado
como agente e'la camorra,
-dicen los versos-
profesor de cachiporra,
malandrín y estafador..."
Cosas del ayer, porque ahora el Angelito, como le decían cariñosamente los más íntimos, andaba tan suelto como los gorriones. Mal fuera de no, a gambetearse la risueña en el doñaba. Corta y dulce libertad, recién salido de Villa Devoto. Mas no por olfa ni bocina, attenti Garibaldi, que se chupó pirulo y medio en la celda 112 del pabellón 23. Pero ningún mal dura cien años, y como podía esperarse, a la final puso los 45 en polvorosa, dejando una imagen respetable atrás, por si las moscas.
Retristones los cumpas, como imaginará el buen lector. Porque el Angelito era ante todo, un tipo bien. ¡Qué barra fonómeno, che! La pesada, como se suele decir. Con auténticos valores de rango interprovincial. El gringo Cipoletti, los zomellis Albajián, Coco Ezcurra, qué sé yo. Gente con roce. O sea, contactos serios para enfocar el futuro jugando a ganador. Porque en este mundo las relaciones son todo, che. En cuya virtud los toñas competían por poner sobre el tapete la mejor craneada, como hacen en Estocolmo cuando dan el premio Nobel. Y la cosecha intelectual de Devoto era tan grande, que sólo se me ocurre compararla a los pensamientos profundos de Alberdi, Sarmiento y Avellaneda. Próceres que aportaron una porción al espíritu imbatible que hizo grande a mi Argentina, permitiéndole echar sombra sobre la tierra. O sea que para tener marote, no hay que ser yanki ni japonés.
Dicho lo cual, agregaremos que la futurología, con sus infinitas variaciones, era tema predilecto en cualquier recreo.
-¿Cuándo salís, Rata? No te pregunto por alcagüetear, sino porque hay un laburo jugoso que es fija, che.
Y el aludido mencionaba una fecha remota.
-Disculpáme, pero a pesar de tu merecido prestigio, voy a tener que buscarme otro socio. Me tomo el pire en octubre... ¡y la onda está que pela, che!
-Tranqui, Venancio, como dice el refrán. Faltan especialistas, y si en este proyecto no entro, la próxima vez será.
De expresión refinada el hombre. Y tenía razón, porque la cárcel de Villa Devoto parece un club social. De entrada a la gente no le gusta, pero es cosa de acostumbrarse. Los primeros días andás como perro en cancha de bochas. Derecho de piso, le dicen. Pero una vez que te apiolaste, la vida va en carroza. Uno le toma cariño, y volver es una constante histórica, habiendo vocación. Mejor así. Que si no, bien peliagudo sería seguir en onda. Y cierto jueves, a la hora de ducharse apareció una cara nueva. Un negrazo corpulento y con facha para meter julepe, que le decían "Yaguareté". Hablaba poco y nada, casi siempre en guaraní. Solitario de vocación el hombre, así que seguramente era punguista. Pero las costumbres cambian, y de tanto ir el cántaro a la fuente, por fin se rompe. Dicho de otro modo, era inevitable que un día se topara con la barra. Unidos, como fueron siempre los purretes. Y todo empezó cierto match amistoso de fóbal, celebrando el 25 de mayo. Habían traído gente de afuera para hacer un campeonato relámpago interprisiones, y la tribuna coreaba a viva voz.
-¡Devoto, Devoto, Devoto...!
-¡Llenále la canasta de pepinos, che!
Pero las cosas no iban bien, porque los de Caseros tenían suerte. Cada tiro al arco, hacía temblar a los nuestros. Y el referí un guacho incapaz de cobrarles penal cuando amasijaban a algun colega. Uno a cero, dos a cero, tres a cero... Los hinchas se desgañitaban, sin poder compensar a garganta el marcador, con aquella incómoda visita dando pesto. Un bailongo de mi flor, desgracia que es imposible aceptar sin que a uno le hierva la sangre. Entonces apareció el Yaguareté, ladrillo en mano. Y lo arrojó rumbo al marote del guardavalla de Caseros. Ganaron, pero les quedó la lección, porque hubo un despiole bárbaro. Con los grises repartiendo leña, hasta que llegara la Federal. Y en ese ambiente de rosca, el grone tropezó con la barra. Uno de cuyos miembros más ilustres, dijo:
-¡Salud, con mi enhorabuena por el espíritu deportivo, che! ¿Cuál es tu gracia, si es prudente averiguar?
Así supieron que el urso se llamaba Angel Margarito Peñaloza. Y al empezar la charla nomás, hizo migas con Viggiano. Después la población carcelaria estuvo encanada una semana. Pero cuando pasó la bronca, volvieron a abrir las celdas. Que a la final había habido mucho escombro, pero ningún fiambre. Y cuando salieron al patio, el grone llevaba un termo con tereré. Verlo a don Angel y sentarse a disfrutar unos mates juntos fue la fija diaria. Y poco tiempo después todo Devoto conocía al dúo como "los ángeles", por ser tocayos. Resultando natural entonces, que su barra de incondicionales se convirtiera en "el club de los angelitos". Y así pasaban los días, sin mayor velocidad.
-¡Visita para Viggiano! -dijo una voz metálica en los altoparlantes del pabellón, cierta mattina de enero, cuando apretaba la calor.
¿Quién iba a ser? Nada menos que Felipe Montegrande, el buen yerno que mencionamos al comienzo. Más que pariente, un amigo de verdad.
-¿Qué decís, papito?
-Bien, ¿y vos?
-¿Te acordás de Luraschi, el cuñado de la Chola, uno que es matarife? Tiene un fato padre, y parece que va a medias con el dire de acá para afanar 1000 kilos de asado por semana. Facturan a Devoto, él la vende, y miti-miti.
-Por eso nosotros corremos la liebre, morfando fideos, nada más.
-Pero alguien se deschabó, de envidia, seguramente. Y según cuenta uno que está en la onda, el nuevo ministro piensa sumariarlo al dire. Pasar a degüello a toda la barra que está en el fato. Un globo como cuando escriben "Grandes reformas por cambio de dueño". Para hacer pinta, pero peligroso...¿Manyás la que te estoy batiendo?
-¡Oia, mi dió!
-Esa es la onda de que quería hablarte... ¿Vos laburás en la cocina?
-Sí.
-Entonces voy a charlar con la dirección.
Poco después Felipe Montegrande tomaba asiento dando cara al funcionario de más alto rango en Villa Devoto.
-Mi propuesta es clara, señor... ¡Testigos por indulto! -dijo.
Y llegada la comisión investigadora, los angelitos juraron que ya estaban hartos de tanto comer asado. Que les sirvieran unos fideos, por favor. Que nunca jamás de los jamases habían visto al mionca del matarife retirar por la puerta trasera el bagayo que entregaba en recepción. Palabra de honor. El dire hinchado de orgullo, en la cúspide de su carrera.
"Y vistas las descollantes condiciones ciudadanas del interno, recomiendo su indulto", escribió.
La respuesta del Poder Judicial no podía demorarse, porque la cadena de beneficiarios era extensa.
"El penado AF977/22 Viggiano, Angel Domingo, queda en libertad condicional".
Después fueron saliendo uno a uno todos los muchachos de la barra.
Lo cual demuestra qué importante es adaptarse al medio, practicando el arte de saber callar.
-¡Otra vez mi bañadito! -dijo Angel Viggiano.
El Yaguareté asintió, guiñando un ojo enrojecido de alpiste.
-Hogar, dulce hogar.
Pero dos gitanas que tiraban las cartas pusieron la nota escéptica.
-¡Hasta el otro carnaval...!


 

THE END 
 


 

Copyright: John Argerich, 2005 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios, de 9 países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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