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Revolución Mexicana: 95 años. -
05/12/05
 
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Revolución Mexicana: 95 años
La Jornada
- México
Se cumplieron 95 años del
inicio de un periodo histórico
cruento y convulsionado, pero
fecundo, que ha recibido la
denominación de conjunto de
Revolución Mexicana, proceso que
comenzó como sublevación
democrática y culminó con el
establecimiento de un longevo
régimen que no se caracterizó
por democrático incluso llegó,
en diversas circunstancias, a
grados extremos de autoritarismo
represivo, pero que en sus
mejores momentos puso énfasis en
la justicia social, en los
derechos sociales y en la
soberanía nacional.
Es tema de polémica entre
historiadores y científicos
sociales el momento preciso en
que terminó de diluirse la
identidad "revolucionaria" en
los gobiernos que sucedieron al
pacto de generales de 1929 año
de la fundación del Partido
Nacional Revolucionario,
predecesor de lo que actualmente
queda del Revolucionario
Institucional, pero el consenso
establece dos fechas de quiebre:
el político, en 1968, cuando el
sistema echó mano de la
violencia criminal y homicida
contra la población civil, y el
económico, ocurrido a lo largo
del sexenio de Miguel de la
Madrid (1982-1988), periodo en
el que los tecnócratas
neoliberales se hicieron con el
poder y eliminaron los
contenidos de bienestar social
que persistían hasta entonces en
las orientaciones
gubernamentales.
La Constitución de 1917, surgida
de las confrontaciones armadas
que tenían lugar desde siete
años antes, y que no culminaron
sino en la década siguiente, fue
desprovista de sus directrices
fundamentales de justicia social
durante el salinato (1988-1994),
y desde entonces ese legado de
la Revolución Mexicana ha estado
bajo el embate de los intereses
político empresariales del país
y del extranjero.
Los sistemas de educación y
salud públicas, las
disposiciones de preservación de
la soberanía, las leyes
laborales y la laicidad del
Estado, entre otros valores
emanados de las gestas ocurridas
durante las primeras dos décadas
del siglo anterior, son también
objeto de ofensivas regulares,
muchas veces exitosas, de las
derechas empresariales,
políticas y clericales; de los
organismos financieros
internacionales manejados por
Washington y de los grupos
sociales de la reacción. Hoy
puede verse que desde la década
antepasada el país ha sido
escenario de una restauración,
para decirlo con el término
antinómico de la revolución
francesa.
A pesar de las enormes
transformaciones experimentadas
por México en las nueve décadas
y media transcurridas desde la
insurrección encabezada por
Francisco I. Madero, en la que
confluyeron inicialmente
caudillos populares como
Emiliano Zapata y Francisco
Villa, y pese a los innegables
avances democráticos ocurridos
en los pasados 10 años, México
padece hoy día una desigualdad
social que bien puede
calificarse de porfirista, una
insensibilidad gubernamental que
recuerda a los "científicos" de
la dictadura de Díaz
"tecnócratas", se llaman
actualmente y un desgaste
institucional evocador de la
erosión de poder en la que acabó
el régimen depuesto en 1911.
Hace mucho tiempo que el agro
dejó de ser el motor de la
economía, pero el desamparo de
los jornaleros, comuneros y
ejidatarios, y las políticas en
favor de los agroindustriales
exportadores recuerdan la
polarización agraria que
caracterizaba al país hace 100
años. Como entonces, los
indígenas siguen siendo los
máximos excluidos. Los
contrastes sociales en las
ciudades son, actualmente, más
lacerantes que los de entonces,
y la dependencia política y
económica ante los intereses
extranjeros resulta equivalente
a la del Porfiriato.
A casi un siglo de distancia,
resulta impensable una redición
de la rebelión que tuvo lugar en
el México de 1910, y que antes
de desembocar en la conformación
de un nuevo régimen sumió al
país en la guerra y la
inestabilidad. Pero en plena
modernidad la falta de equidad,
la arrogancia y la sordera de
los gobernantes y las fracturas
entre las elites y las mayorías
siguen generando, a la postre,
ingobernabilidad y violencia.
Sería saludable que la clase
política y los dueños del dinero
lo tuvieran en mente. De otro
modo encaminarán al país no
necesariamente a otra revolución
social, pero sí, de manera
inevitable, a un nuevo quiebre
de la convivencia, la
institucionalidad y la paz
social, escenario que no
conviene a nadie.
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Gentileza: Guillermo C. Cohen-Degovia
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