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La ocurrencia de lo imposible,
Joaquín Mª Aguirre Romero . -
28/01/06
 
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La ocurrencia de lo imposible
Dr.
Joaquín Mª Aguirre Romero
Universidad Complutense de
Madrid
Como con frecuencia he
tratado de demostrarlo, lo
imposible es lo único que puede
ocurrir.
Jacques Derrida: Universidad sin
condición
Decir que estamos en crisis
no es comenzar un artículo con
una novedad. Me imagino que
cualquier lector, tras estas
primeras palabras, se habrá
hecho una idea, una expectativa
de algún tipo de crisis,
probablemente la que le toque
más de cerca. Hay tal cantidad
de crisis que es difícil que
podamos saber con certeza cuál
de ellas es la que nos afecta
más. No sabemos si es una sola
crisis que se manifiesta de
múltiples maneras o múltiples
crisis que, de apretadas que
están, parecen ser una sola.
Pero lo cierto es que estamos en
crisis.
Una de las características más
definidas de las situaciones de
crisis es que los teóricos nos
tratan de convencer de que su
origen está en otra parte. -Yo
lo tenía todo previsto,
pero...-y en este "pero" se
descargan las responsabilidades
de la crisis. En este sentido,
las crisis serían, como reza el
título de este escrito, la
ocurrencia de lo imposible. No
se ve la crisis como el
resultado de nuestras acciones,
sino como una reacción negativa
ante ellas. -Lo hicimos bien,
pero... - siempre el "pero..."
final, un "pero" abierto a una
realidad tozuda que se cuela por
las fisuras invisibles de los
planes perfectos.
Creo que para salir de la crisis
(es decir, coger fuerzas para
afrontar la siguiente, según
algunos), lo primero que hay que
hacer es afrontar la verdad de
las crisis. Los ciudadanos de
todo el mundo vivimos en una
situación mental que nos hace
creer que nuestras acciones no
sirven para nada ante lo
inevitable. Vivimos la paradoja
de que siendo nominalmente más
libres, nuestras acciones
carecen cada vez más de valor.
Sin embargo la libertad está
relacionada directamente con ese
valor: de nada sirve actuar si
la acción no tiene
trascendencia.
Esta situación de inevitablidad
general, enfrentada a la
libertad individual y a sus
deseos, no es casual. Obedece a
una interesada retorización de
la libertad, es decir, cuanto
mayor es el énfasis en los
discursos sobre libertades y
derechos, se nos manifiesta una
menor capacidad de acción. De
hecho, las antiguas dictaduras
han sido sustituidas hoy por la
"inevitabilidad". Las decisiones
tomadas desde el Poder han sido
sustituidas por las del "no
poder". El dictatorial "quiero
que se haga" se ve transformado
en el liberal "no puedo hacer
otra cosa" o en el "es
inevitable". Resulta
diabólicamente paradójico que
cuando la ciudadanía manifiesta
sus deseos de acción se responda
cada vez más con la "inevitabilidad".
En el fondo, nuestra libertad se
está limitando a la trucada
elección entre "lo inevitable" y
"lo imposible". El gran problema
es que cuando se acepta lo
inevitable suele suceder lo
imposible. La crisis es la
llegada de lo imposible; en la
medida de que lo inevitable era
precisamente la justificación
para evitar las crisis, nuestro
estado, cuando ocurre, no puede
ser más que el de perplejidad y
desesperación.
Sin embargo, se perciben cada
vez más signos de la liberación
mental de esta polaridad
frustrante y viciosa. Los
ciudadanos del mundo cada vez
aceptan menos la inevitabilidad
por respuesta; quizá porque cada
vez padecemos más lo imposible.
La ocurrencia de lo imposible
tiene además un efecto
paralizante por su propia
esencia: cómo es posible que lo
imposible ocurra.
Pero esto no es más que una
trampa, un pseudo problema que
nos encadena a lo sucedido y nos
atenaza ante el futuro. La
principal manera de liberarse de
esta trampa es el reconocimiento
de la propia libertad. Si lo que
sucede viene de los otros o de
lo otro, no tenemos ni el
beneficio de la culpa ni el de
la responsabilidad. Solo
sintiéndonos culpables podremos
pasar a ser responsables y,
recuperada esta condición,
podremos asumirla para llevar
adelante nuestras acciones.
Se ha estudiado desde diferentes
parámetros este efecto de las
sociedades sin culpa, ese estado
de inocencia descargadora que no
hace sino infantilizarnos y
restarnos la dignidad de nuestra
libertad. El fracaso terrible de
las sociedades que hemos
fabricado es que no nos dejan ni
el consuelo del error, de la
culpa. Es el destructor efecto
de lo inevitable: nos reduce a
meras piezas de un mecanismo
ciego.
El concepto de destino, tan
vinculado a las maniobras de los
dioses distantes, ha sido
sustituido hoy por las fuerzas
de la Economía. Millones de
personas en todo el mundo lo
padecen. Hoy el Mercado es el
mecanismo, la fuerza desde la
que todo se explica o, más bien
se justifica, pues nadie llega a
comprender sus oscuros
designios. La ecomomía moderna
nació tan vinculada a la idea de
Naturaleza (los fisiócratas de
Quesnay, la Oeconomia naturae de
Linneo), que hoy se asemeja,
como un calco, a la
metereología. Se habla de las
leyes del Mercado como de leyes
naturales y de alguna forma lo
que estamos padeciendo es un
"efecto invernadero" de la
economía. Pero a diferencia de
los desastres naturales, los
desastres provocados por el
efecto invernadero no son
naturales, aunque los agentes
por los que se manifiestan sí lo
sean. Las inundaciones que medio
mundo ha padecido durante las
últimas semanas son desastres
naturales, pero todos tenemos
nuestras dudas sobre su origen.
¿Son el resultado de las fuerzas
ciegas de la Naturaleza o son el
efecto ciego de lo que estamos
haciendo ciegamente con ella? Si
nos inclinamos por la primera
posibilidad, no hay nada que
hacer, solo protegerse para la
próxima y esperar a que pase; si
nos decidimos por la segunda,
trataremos de poner remedios que
pasan, en primer lugar, por
reconocernos responsables.
Los auténticos responsables -los
desresponsabilizadores- de que
las cosas ocurran siempre buscan
el amparo de lo inevitable.
Siempre preferirán creer (y
hacer creer) en el destino y en
lo inevitable. Por el contrario,
la sociedad reclama cada vez más
que se asuman las
responsabilidades, porque son la
única fuente de dignidad. Puede
que lo que pasa tenga que pasar,
pero también es cierto que
nuestra condición humana reclama
la rebeldía camusiana. Actuar
frente a lo inevitable con un
como si no lo fuera nos devuelve
la confianza en que somos algo
más que piezas de engranajes.
Cuando Leibniz especulaba sobre
el libre albedrío, la razón le
decía que no sabemos si somos
libres o solo creemos serlo,
pero recomendaba actuar como si
fuéramos libres. Este sabio
consejo de Leibniz es decisivo
para salir de las crisis en las
que nos encontramos. No sabemos
si vamos a salir de esta y
entrar en la próxima, pero sí
debemos actuar como si
pudiéramos hacerlo. Quizá nos
llevemos la sorpresa de que lo
conseguimos.
Hoy por hoy, las crisis en las
que nos encontramos inmersos son
complejas. Los ciudadanos de
medio mundo reclaman soluciones
a los mismos que, muchas veces,
han creado los problemas. Las
mentes simples suelen
identificar los problemas con
problemas matemáticos en los que
la "x" final debe salir siempre
de una forma u otra. Por eso han
desaparecido los auténticos
políticos y han sido sustituidos
por gerentes o publicistas. Los
primeros son los que reducen la
realidad a dos columnas; los
segundos, sencillamente, hacen
desaparecer la realidad y la
sustituyen por discursos de
realidad. Los primeros toman
decisiones y los segundos nos
convencen de que son
inevitables. Pero hoy esta clase
política ya no es válida.
Los ciudadanos de hoy, a la
vista de los resultados, no
necesitan este tipo de
políticos. No voy a cometer el
error o la ingenuidad de decir
qué tipo de políticos son
necesarios. Parte de la receta
consiste en el ejercicio de
imaginación necesario para
determinarlo. Lo que sí creo que
es necesario es comprender que
los políticos se han convertido
en clase o casta gracias a
nuestra dejadez, a nuestra
aceptación de la política como
un servicio, como algo que se
nos brinda, algo que nos libera
de pensar, y no como una
actividad fundamental que nos
afecta directamente.
También tengo claro que es
necesario reformular el sentido
de lo público en estos tiempos
de desmantelamiento de los
estados y del asalto de las
instituciones por parte de los
que no buscan el bien común. Y
no lo buscan porque
sencillamente no creen en él.
¿Cómo puede creerse en el bien
común cuando los principios que
sustentan las acciones y
decisiones valoran justo lo
contrario: la competencia, la
rivalidad, el individualismo,
etc.? Por eso creo que es
fundamental redefinir el sentido
de lo público y de las
instituciones que lo componen.
Creo que en estos tiempos de
intereses es fundamental
reivindicar el valor del
desinterés, que debe entenderse
como el interés general. La
mentalidad contable imperante
trata de redefinir el interés
general como la suma de los
intereses individuales, y esto
no es más que una falacia que
estamos pagando cara. En
ocasiones va más lejos: niega
que exista. Esta visión nos
condena a la lucha permanente y
el desangramiento social.
El alcance de las crisis que
vivimos nos debería enseñar que
si se puede negar la existencia
del bien común, no puede
negarse, en cambio, la del mal
común. Quizá por esta vía
negativa sea más fácil pensar
para algunos. Da igual cuál se
escoja si se evitan los
desastrosos efectos que
padecemos.
Crisis y Universidad
No me gustaría terminar este
escrito sin una referencia a la
Universidad y a su papel en
estos tiempos críticos. También
esta institución centenaria
padece los males que hemos
revisado. No podía ser de otra
manera ya que es general. Sin
embargo creo que la institución
universitaria debería jugar un
papel que la sacara del cometido
a que se ha visto sometida en la
últimas décadas. También
nosotros somos responsables de
lo que sucede; también hemos
cedido a los cantos de sirenas
que nos han alejado de la idea
de bien común; también nosotros
hemos contribuido a la
implantación de la idea de lo
inevitable que nos trajo lo
imposible.
En la medida en que lo
inevitable constituye una
ideología, también echó sus
raíces en la tierra académica.
También las Universidades se
sumergen en las inevitabilidades
del sistema cambiando muchas
veces sus principios por
modestos platos de lentejas. Si
nuestra labor es la formación y
el resultado es el que nos
encontramos cada día, en algo
hemos fallado.
Durante las últimas décadas se
ha producido un suave pero
intenso deslizamiento de la
personalidad y finalidad de las
instituciones educativas que han
acabado formando a sus
estudiantes no pensando en su
constitución como personas, sino
en las demandas laborales de los
mercados. De hecho, las
universidades se han convertido
en prolongaciones del mundo
empresarial, que dicta el tipo
de empleado que necesita. A esto
se le llama ajustarse a la
"demanda social", siguiendo la
ideología economicista
imperante. En este camino, las
Universidades han perdido gran
parte de su personalidad y
capacidad de actuación a causa
de los múltiples lazos que las
vinculan con el exterior:
subvenciones, contratos de
investigación, etc. No formamos
personas para la sociedad, sino
empleados para las empresas. Las
Universidades no deben ser
islas, es cierto, pero tampoco
deben ser pantanos, zonas en las
que sea imposible pisar firme.
En tiempos de crisis como estos,
las Universidades deberían
utilizar y sacar más provecho de
las únicas armas de que
disponemos: la palabra, el
pensamiento y el ejemplo. La
palabra para dialogar y
difundir, el pensamiento para
buscar soluciones y el ejemplo
para demostrar que es posible
actuar de otra manera.
Al igual que es necesario
repensar las instituciones, es
también necesario repensar
nuestro concepto del individuo y
de cuál debe ser la formación
que brindamos. Y sobre todo:
para qué formamos. No basta con
sentirse satisfechos porque
nuestros licenciados y doctores
alcanzan importantes puestos en
empresas e instituciones. Hay
que saber qué son capaces de
hacer una vez allí.
Evidentemente no somos
responsables de todo lo que
hacen los que pasan por nuestras
aulas, pero creo que si nos
sintiéramos algo responsables,
para bien y para mal,
trataríamos de esforzarnos de
otra manera en nuestro cometido.
No hablo en este nivel de lo que
se entiende como "calidad
docente", sino de lo que me
atrevo a calificar como
"moralidad docente". De ahí el
valor del ejemplo, contrapeso de
la retórica fácil que se queda
en la palabra.
El sistema educativo forma en el
Sistema, y ahora el sistema
falla. Como universitarios
deberíamos asumir un papel más
crítico con nuestro entorno
social. Creo que esta es una de
nuestras funciones principales.
Una cobarde asepsia, que se
escuda en la neutralidad de lo
científico y que esconde muchas
veces intereses particulares,
nos impide en muchas ocasiones
ser más críticos con la
sociedad, sus instituciones o
sus mecanismos, empezando por la
misma institución educativa.
La crisis en la que nos
encontramos -económica,
ecológica, cultural- exige unas
grandes dosis de pensamiento y,
sobre todo, de pensamiento bien
intencionado y generalizado .
Está medianamente claro para
todos que es una crisis del
Sistema y como tal afecta a
todos y es responsabilidad de
todos.
El Sistema se construyó bajo la
premisa de que evitaría la
aparición de lo imposible; sin
embargo, lo imposible está aquí:
instalado entre nosotros,
afectándonos y condicionando
nuestras vidas. Ya no es lo que
pasa en otro sitio. Ocurre aquí;
me ocurre a mí.
Este artículo ha sido
publicado con anterioridad en el
número 2 de la revista Mate
Cosido ,dirigida por la Dra.
Elisa Calabrese, publicada por
el Grupo HISTORIA Y FICCIÓN de
la Facultad de Humanidades,
Universidad Nacional de Mar del
Plata (Argentina)
http://www.mdp.edu.ar/matecosido/
Paginas%20Asociadas/opin2.htm#ocurrencia
© Joaquín Mª Aguirre Romero 2003
Espéculo. Revista de estudios
literarios.
Universidad Complutense de
Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/imposib.html
aguirre@ccinf.ucm.es
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
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