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20 de noviembre: Día de la
Soberanía, a 160 años de la
Vuelta de Obligado. - 20/11/05 (Argentina)
 
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20 de noviembre: Día de la
Soberanía, a 160 años de la
Vuelta de Obligado
Investigación histórica de
Adolfo Saldías.
En 1845 la Confederación
Argentina, gobernada por Juan
Manuel de Rosas, sufrió la
alevosa agresión militar de las
dos principales potencias de la
época: Gran Bretaña y Francia,
que venían cebadas de sendas
apropiaciones coloniales en
China y Argelia. Contaban con el
apoyo explícito del bando
unitario emigrado a Montevideo y
el de Fructuoso Rivera, que
había derrocado en esa ciudad al
gobierno legítimo de Oribe.
Este, a su vez, sitiaba la
ciudad por tierra y, desde hacía
meses, por el río lo hacía la
flota del viejo y glorioso
almirante Brown. Los europeos
también especulaban con el apoyo
eficaz del Imperio del Brasil,
interesado en la Mesopotamia y
en la Banda Oriental. Por su
parte, los Estados Unidos de
Norteamérica, que ya habían
proclamado la doctrina Monroe,
la dejaron de lado para otras
oportunidades más propicias:
estaban demasiado ocupados en la
anexión del estado mejicano de
Texas.
La flota anglo-francesa primero
ocupó Montevideo, exigió la
libre navegación de los ríos
interiores argentinos, y se
apoderó mediante su artillería
de grueso calibre –sin previa
declaración de guerra- de la
débil escuadra de Brown, quien
le escribió a Rosas: "Tal
agravio demandaba imperiosamente
el sacrificio de la vida con
honor, y sólo la subordinación a
las supremas órdenes de V.E.
para evitar aglomeración de
incidentes que complicasen las
circunstancias, pudo resolver al
que firma a arriar un pabellón
que durante treinta y tres años
de continuos triunfos ha
sostenido con toda dignidad en
las aguas del Plata". La enseña
azul y blanca de los buques
argentinos fue reemplazada por
la francesa o inglesa, y todos
sus marinos apresados. El mando
de la escuadra apoderada se le
otorgó al aventurer o José
Garibaldi.
Después de recurrir a la última
ratio , las potencias imperiales
se dispusieron a internar el
Paraná y el Uruguay, declararon
el bloqueo de todos los puertos,
apresaron los barcos mercantes y
se prepararon a ocupar los
puntos dominantes del litoral
argentino. La unidad de
Garibaldi cañoneó, incendió,
arruinó, tomó por asalto y
saqueó la Colonia del
Sacramento, luego tomó la isla
Martín García, por el río
Uruguay atacó al pueblo
puramente comercial y
desguarnecido de Gualeguaychú,
saqueándolo durante dos días, a
Paysandú, donde fueron
rechazados, igual que en
Concordia.
Pero a pesar de los atropellos,
depredaciones y crueldades, la
intervención no podía ocupar los
puntos guarnecidos regularmente
por la Confederación. Es así que
las potencias resolvieron que
sus escuadras combinadas
forzasen a cañonazos el paso del
Paraná hasta llegar y tomar a
Corrientes, a fin de dominar ese
gran río. Hasta entonces sólo se
habían producido actos de fuerza
para intimidar al gobernante
nativo, método con el que en
otros países habían obtenido
amplias concesiones. Pero aquí y
ahora, iba a comenzar la
verdadera guerra.
Salvo el puñado de doctores
emigrados, todo el país acompañó
a Rosas en la lucha donde se
comprometía la honra y la
integridad nacional. Los
gobernadores, las legislaturas
del interior, los héroes
militares de las campañas por la
independencia, los hombres
principales y acaudalados, los
gauchos que podían manejar un
fusil, los representantes
diplomáticos acreditados en
Buenos Aires, todos ratificaron
de un modo inequívoco ese apoyo.
Igual que la prensa de toda
América y la de la propia
Europa.
El brigadier general don Juan
Manuel de Rosas se convirtió así
en el representante armado de la
independencia que alcanzaron con
tanto sacrificio las naciones
sudamericanas, y del principio
republicano que miraban con
desprecio las monarquías
signatarias de la Santa Alianza.
Era el consenso unánime
manifestado de un modo elocuente
el que así lo comprendía en toda
la nación y en toda la patria
grande. Era la bandera del río
del Juramento y de los Andes que
tremolaba en manos de los mismos
que se habían batido en Salta,
Chacabuco, Maipú y Lima. Era el
padre de la patria, el
Libertador don José de San
Martín, ofreciendo sus servicios
a Rosas, en defensa de la
independencia amenazada. Y para
que ningún eco de gloria faltase
en ese concierto del patriotismo
y del honor, la lira del autor
del himno nacional llamaba así
al sentimiento generoso de los
argentinos:
Se interpone ambicioso el
extranjero,
su ley pretende al argentino
dar,
y abusa de sus naves superiores
para hollar nuestra patria y su
bandera,
y fuerzas sobre fuerzas aglomera
que avisan la intención de
conquistar.
Morir antes, heroicos
argentinos,
que de la libertad caiga este
templo:
¡daremos a la América alto
ejemplo
que enseñe a defender la
libertad!
[...]
(Vicente López y Planes, Oda
patriótica federal recitada en
el teatro de la Victoria la
noche del 5 de noviembre de
1845).
En la costa norte de Buenos
Aires, a unos 160 kilómetros de
la Capital, poco más allá de San
Pedro, el río Paraná forma un
recodo que se conoce como la
Vuelta de Obligado. A esa altura
el río tiene unos setecientos
metros de ancho, y por ahí debía
pasar necesariamente la flota
extranjera para llegar a
Corrientes. En ese lugar levantó
sus principales baterías el
general Lucio Mansilla, jefe del
departamento del Norte,
miliciano de la reconquista con
Liniers, oficial de la campaña
oriental con Artigas, comandante
del ejército de los Andes con
San Martín, de Maipú y la
campaña del sur de Chile con Las
Heras, héroe de la guerra con
Brasil, un probado veterano de
la Independencia con dotes
singulares para sacar ventajas
de cualquier situación de armas.
Sin embargo, carecía de los
recursos naturales para
desenvolver esas cualidades: es
el momento en que el águila
enjaulada tiende inútilmente sus
alas y devora el espacio con los
ojos. Hizo lo que pudo para
conseguir esos recursos
–municiones de artillería e
infantería para las dotaciones
completas-, pero éstos nunca
llegaron. Mucho patriotismo y
pocas municiones.
Mansilla montó cuatro baterías
en la costa firme: la denominada
Restaurador Rosas mandada por
Alvaro Alzogaray, la General
Brown por Eduardo Brown, el hijo
del almirante, la General
Mansilla por Felipe Palacios, y
la Manuelita por Juan Bautista
Thorne. Eran servidas por un
total de ciento sesenta
artilleros y otros sesenta de
reserva, parapetados tras
merlones de tierra pisada entre
cajones. Guarnecían las cuatro
baterías quinientos milicianos
de infantería al mando de Ramón
Rodríguez y otra cantidad
similar, con varios cañones, en
los espacios entre ellas. De
reserva, apostados en un monte,
seiscientos infantes y dos
escuadrones de caballería al
mando de José Cortina. Detrás de
ellos, unos trescientos vecinos
de San Pedro, Baradero, San
Antonio de Areco y San Nicolás,
reunidos a último m omento. La
custodia del general, setenta
hombres al mando de Cruz Cañete.
En la orilla, en un mogote
aislado, estaban apoyadas unas
anclas, a las que se asieron
tres gruesas cadenas que
atravesaban el río hasta la
orilla opuesta, donde quedaron
sujetadas a un bergantín armado
con seis cañones al mando de
Tomás Graig, estribor con frente
al enemigo. Las cadenas se
corrían sobre las proas,
cubiertas y popas de
veinticuatro buques
desmantelados, hundidos y
fondeados en línea. Con esto se
propuso Mansilla mostrar a los
anglo-franceses que el pasaje
del río no era libre, y
obligarlos a batirse si
intentaban pasarlo.
La flota enemigo fondeó dos
millas más abajo y durante dos
días ambas fuerzas hicieron
reconocimientos e intercambiaron
algunos disparos de cañón. A las
ocho y media de la mañana del 20
de noviembre de 1845 avanzaron
sobre las baterías de Obligado
once buques enemigos con noventa
y nueve cañones de grueso
calibre, de los cuales treinta y
cinco eran Paixhans, de bala con
espoleta y explosivos,
acreditados por los estragos que
habían hecho en los bombardeos
de Méjico. Media hora después
rompieron sus fuegos. La banda
del batallón Patricios hizo oír
el himno nacional. Mansilla, de
pie sobre el merlón de la
batería Restaurador Rosas invitó
a los soldados a dar el
tradicional grito de ¡viva la
patria! Y a su voz arrogante y
entusiasta, el cañón de la
patria lo ilumina con sus
primeros fogonazos. Otra media
hora después y el combate se
generaliza, entrando todos los
buques en acción. Los pechos de
los soldados argentinos sienten
por primera vez la lluvia de
bala y metralla, pero sin
embargo las baterías de tierra
ponen fuera de combate dos
bergantines ingleses.
Al mediodía Mansilla comunica a
Rosas que el enemigo no ha
podido acercarse a la línea de
atajo, pero que dada su
superioridad, cree que lo harán,
porque a él le faltan las
municiones para impedirlo.
Efectivamente, pocos minutos
después el capitán Tomás Graig,
comandante del bergantín
argentino Republicano, que
sostenía esa línea de atajo,
quema su último cartucho. Cuando
pide más municiones a tierra y
le responden que ya no hay, hace
volar su buque para no
entregárselo al enemigo, y va
con sus soldados a tomar el
puesto de honor en las baterías
de la derecha. Los buques de la
alianza imperial avanzan hasta
la línea de atajo, sufriendo
todos los fuegos de las
baterías. Como un volcán
arrojando serpientes de fuego en
todas direcciones, el agua
cubierta de nubes de pólvora
quemad a, entre estrépitos de
muerte, el Paraná se convierte
en un infierno.
En lugar prominente de este
cuadro está Mansilla; y su
esfuerzo prodigioso, y su vida
que respeta la metralla, y su
espíritu, pendiente de una
probabilidad halagüeña,
concentrados en ese punto del
río Paraná, donde se juegan el
derecho y la honra de la patria
que él defiende. Hay un momento
en que esa probabilidad parece
sonreírle: es cuando los cañones
de las baterías hacen retroceder
algunos buques, ponen fuera de
combate algún otro y apagan los
fuegos de varios cañones
enemigos. Pero simultáneamente
una lancha con un contingente
inglés logra cortar las cadenas
y hacer pasar del otro lado
algunos buques.
A las cuatro de la tarde
Alzogaray, con casi todos sus
artilleros muertos, quema en su
cañón el último cartucho. La
batería de Thorne es un castillo
incendiado. Allí se sienten las
convulsiones estupendas del
huracán que ilumina con sus
rayos una vez más la vida y que
a poco fulmina la muerte entre
sus ondas. El estampido del
cañón sacude la robusta
organización del veterano de
Brown. El mismo Thorne dirige
las balsas y los cañones, que
hacen estragos al enemigo. Se
fractura un brazo y se golpea la
cabeza, de tal manera que
perderá el oído para siempre.
Desde entonces sus viejos
compañeros le llamarán el sordo
de Obligado.
Después de ocho horas de
bombardeo incesante, los
patriotas se quedan
completamente sin municiones.
Mientras los cañones de los
buques enemigos siguen
disparando, se lanza la
infantería de desembarco sobre
las diezmadas fuerzas
argentinas. Mansilla se pone a
la cabeza y manda calar
bayonetas. Al adelantarse, es
derribado por la metalla en el
estómago y queda fuera de
combate. El coronel Ramón
Rodríguez lleva otra carga con
los Patricios y repele al
enemigo; pero éste finalmente
logra controlar el campo. Los
europeos contaron ciento
cincuenta bajas en la Vuelta de
Obligado y sus mejores buques
quedaron bastante averiados. Los
argentinos sufrieron seiscientos
cincuenta hombres fuera de
combate y perdieron dieciocho
cañones. Durante casi ocho
horas, no se dejó de hacer fuego
de parte a parte. Fue un
brillante hecho de armas para
ambos bandos.
La victoria que alcanzaron los
anglo-franceses resultó pírrica;
quizás confiaron demasiado en lo
que aseguraban los emigrados
unitarios, su prensa y sus
libros: que ante su presencia en
las costas, los pueblos
"sacudirían el yugo de Rosas y
harían causa común con ellos".
Forzaron el pasaje del río y tal
vez podrían dominarlo, pero
supieron que no podrían avanzar
tierra adentro, ya que se
sublevarían contra ellos todas
las fibras de un pueblo viril
atacado en sus hogares.
El desengaño de los aliados fue
tan grande, como impotente de
ahí en más la prédica de los
emigrados. Y después de
Obligado, todos en la
Confederación se pusieron sin
reservas al servicio de la
patria y de los principios que
Rosas sostenía, ancianos de las
luchas de la Independencia,
gauchos viejos de la edad de
oro, opositores y muchos
unitarios conspicuos, como el
coronel Martiniano Chilavert, el
artillero más científico de la
época. Pero además en toda
América y en Europa se consideró
a Rosas como el único jefe
americano que había resistido
las violencias y agresiones de
las dos mayores potencias
mundiales. Desde entonces será
llamado el grande hombre de la
América.
Es que en un recodo del Paraná,
un 20 de noviembre de 1845, la
entereza del general Lucio
Mansilla, rigiendo el
sentimiento nacional, en lucha
desigual con los poderes más
fuertes de la Tierra, supo
grabar con sangre que no se
borra los derechos
indestructibles del honor y de
la gloria de la nación. Por eso
se ha instituido al 20 de
noviembre como el Día de la
Soberanía
Gentileza: CBP 2
[organizacion2@congresobolivariano.org]
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