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Los que cuidan el mundo viven en
el monte, José Godoy Berrueta. -
08/12/05
 
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Los que cuidan el mundo viven
en el monte
José Godoy
Berrueta
La Jornada - México
El modo de vida
campesina-indígena tiene una
perspectiva y un saber ancestral
para el cuidado de su riqueza
natural y espiritual. Pero el
capitalismo ha impuesto, en lo
económico y político, modelos
tecnológicos para "preservar" y
aprovechar los territorios
indígenas promoviendo
plantaciones, planes de manejo,
individualización y comercio de
la tierra, registros de
propiedad de fuentes de agua,
biopiratería, semillas
transgénicas y ecoturismo. Todas
estas maneras de reordenar el
territorio resultan
homogenizantes; aíslan y
fragmentan la relación de los
pueblos con su entorno y la base
ecológica que la sostiene.
Liquidan las estrategias de
cuidado que desde hace siglos
guardan estos pueblos y
sustituyen sus saberes
ancestrales de cuidado por
conocimientos profesionalizados.
Con esta lógica, los saberes
indígenas pierden su función
social, se fragmenta la visión
de los pueblos y éstos quedan
sometidos al mercado.
Lo grave es que estamos ante el
fracaso ecológico de la
civilización urbana industrial
de consumo, y los únicos
especialistas en la conservación
y el cultivo viven en las selvas
y los bosques --y miles de años
de experiencia los respaldan.
Para revertir tal fracaso,
requerimos librarnos del modelo
capitalista de hacer
conocimiento en el ámbito
ecológico, y potenciar la visión
integral que los pueblos y
comunidades tienen de los
territorios --con bosques, agua,
cultivo del maíz y autogobierno.
Los campesinos indígenas ejercen
una perspectiva humana, política
y ecológica vital para nuestro
futuro e insisten en que
pertenecen a la tierra. Y que el
agua, el fuego, el maíz y el
bosque son seres vivientes que
permanecen y conviven con
nosotros. Que no son mercancías
al servicio de los intereses de
unos cuantos.
Hoy es nuestra tarea concreta
defender el derecho de los
pueblos a autogestionar
integralmente su territorio como
lo han hecho ancestralmente.
Potenciar la historia de
relación de los pueblos con su
territorio es tal vez una
alternativa a la civilización
urbana, que ya se ve que no va a
ser eterna.
En el proyecto civilizatorio
capitalista el territorio tiene
que padecer que lo midan, lo
aprovechen, lo investiguen, lo
exploren, lo prospecten, lo
manejen. El territorio deja de
ser sujeto que vive un ciclo
interminable, una relación que
comparte y renueva con la gente
y su vida, para ser objeto de un
desarrollo lineal que culmina
cuando es descobijado de sus
recursos y aprovechado para
beneficio de otros que no son
quienes lo viven y cuidan: ¿a
cambio de qué?
Con las nuevas políticas
internacionales, está programado
vaciar el campo de campesinos
para que éstos se conviertan en
mano de obra de maquiladoras y
se sumen a los cinturones de
miseria de las grandes ciudades.
Pero vaciar de gente el campo es
retirar del ámbito rural no sólo
a quienes producen alimentos
para las ciudades, sino a
quienes --cuidando desde siempre
sus territorios--, han logrado
conservar el bosque, el agua y
el maíz.
Se podría pensar en una
similitud entre en el traslado
de la gente del campo a las
ciudades y el traslado de
esclavos de África a América en
el siglo xvi, pues en ambos
casos hay un crucial desarraigo
del saber y del sitio que la
gente considera su hogar. Es
decir, la gente no sólo abandona
un sitio sino también su forma
de interpretar el mundo y vivir
en éste.
Pero es más que un paralelismo.
La migración actual de
campesinos del campo a la ciudad
es en realidad el complemento al
movimiento de esclavos de
antaño, es la continuidad
histórica de un vaciamiento de
los territorios rurales para su
predación más acabada. Y no es
sólo lo que el abandono del
territorio y el saber provoca en
la gente. El territorio queda
abandonado, "expulsado" de su
relación milenaria con las
comunidades que lo conocen,
lejos del calor de las manos que
lo trabajaban y cultivaban, que
son sustituidas por máquinas y
ordenamientos que fragmentan y
devastan.
Defender que los campesinos
mantengan su forma de vida,
generando su propio trabajo y
alimento, sin migrar, es
defender entonces la tierra y su
propiedad colectiva. Es defender
la relación ancestral de la
gente con su territorio y la
posibilidad de que los pueblos
intenten soluciones a sus
problemas. Eso, a fin de
cuentas, es la mejor manera de
cuidar ecológicamente el mundo.
Intentar romper la relación
entre la gente y la tierra fue
una de las causas principales de
algunas revoluciones del siglo
xx en México y el mundo.
La fragmentación del territorio
en propiedad individual de la
tierra, promovida por el Banco
Mundial, los gobiernos
nacionales y sus programas, hace
imposible el ejercicio integral
comunitario del bosque y escinde
a los pueblos de su cuidado del
agua. Con el pretexto de la
"seguridad jurídica sobre la
propiedad de la tierra",
únicamente se garantiza la
inversión privada y el saqueo.
En México la gran mayoría de los
bosques son resguardados por los
pueblos indígenas y mantienen
una propiedad y un cuidado
colectivos, pero qué soberanía
tendrán los pueblos cuando la
conservación de sus recursos
esté regulada por el precio de
los bonos de carbono y de
servicios ambientales
hidrológicos en la bolsa de
valores de Nueva York. Cuando el
control económico de fragmentos
de su integralidad ecológica
esté secuestrada por patentes,
certificaciones, contratos con
empresas, dependencia de las
transnacionales productoras de
semillas transgénicas, y cuando
que los "servidores públicos"
llegan con los campesinos e
indígenas con programas
elaborados en oficinas
nacionales e internacionales,
promueven leyes y normas, sin
entablar un diálogo ni una
construcción conjunta. Como dice
la gente de las comunidades:
"ahora tenemos que pagar
fertilizantes y predial para
cultivar la tierra y obtener
nuestra comida; parece que
trabajamos para ellos y nos
están ahorcando para luego
venirnos a ofrecer un par de
programas como subsidio,
papillas y una mala educación".
Ni la conservación, ni el manejo
integral de los bosques, ni la
reactivación económica del campo
llegarán por estas vías
dispersas. En este camino la
gente de las comunidades no
cuenta, si acaso estorba el gran
negocio, por eso la farsa de
hacerlos cómplices de la
destrucción del planeta mientras
se planea cómo expulsarlos.
Baste recordar los ejemplos de
gente que renta sus tierras en
Jalisco para el cultivo de agave
o papa a grandes empresas, y la
devastación que dejan tras
explotarla al máximo: suelos
desgastados, enfermedades y
pobreza en la población, en
lugares que fueran bosques y
tierras fértiles.
A como va el mundo, hay mucha
probabilidad de que, de aquí a
unos treinta años, en el corto
plazo, los campesinos no
sobrevivan a tanto embate. Pero
visto en una perspectiva de
largo plazo (hacia atrás, a los
10 mil años de historia del
maíz, por ejemplo, y hacia
adelante cuando los alimentos
escaseen), la cultura y la
civilización de los sencillos
pobladores del campo tiene mucho
más futuro que la propuesta
urbana de políticos,
empresarios, industriales y
narcotraficantes instalados en
el consumo permanente,
vertiginoso e insaciable.
Los antepasados
son/gramaticalmente/los que han
sido/para que el
presente,/nuestro
presente,/sea.//Ellos han
heredado y son/el agua, la
tierra,/la semilla y el
árbol,/así individualmente/o el
bosque y el fuego.
Gentileza: Aghata Santoro
[santoro_aghata@latinmail.com]
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