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La puntada de la costurera,
Sergio Ramírez. - 22/11/05
 
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La puntada de la costurera
Sergio
Ramírez
La Insignia. Portugal
Aquel anochecer del 1 de
diciembre de 1955 la costurera
que volvía a su casa enfundada
en su abrigo marrón, tras una
jornada como muchas otras en la
tienda de ropa del centro de
Montgomery donde trabajaba
haciendo repulgues, no quiso
ponerse de pie para dejar su
asiento del autobús a un
pasajero blanco que subió tres
paradas después de la suya. "No
es que estuviera físicamente
cansada de lo duro de la
jornada, sino cansada de ceder",
dice la costurera en su
autobiografía.
La costurera se llamaba Rosa Lee
Parks, y estaba iniciando un
largo viaje que habría de tener
parada no frente a la puerta de
su casa en los suburbios de
negros segregados, adonde no
pudo llegar esa noche porque la
pasó en la cárcel gracias a su
rebeldía, sino muchos años
después, en la rotonda del
Capitolio en Washington donde su
cadáver recibió el tributo de
miles y miles, negros y blancos,
que desfilaron en silencio
frente al féretro. El solemne
tributo a una simple pasajera
que medio siglo atrás, habiendo
pagado su pasaje, defendió su
derecho de sentarse donde le
viniera en gana.
Para aquella fecha de su hazaña,
Rose tenía 41 años. Al
contemplar su fotografía de
entonces, es imposible descubrir
en ella ningún rasgo de
altanería. No se trata de
ninguna agitadora. Se trata, por
el contrario, de una mujer
atractiva, que mira dulce y
apacible tras sus lentes de fina
montura metálica, incapaz por su
apariencia de quebrar un plato,
ya no digamos toda la vajilla,
como en verdad hizo. Su sonrisa
es serena y tranquila, la
sonrisa de quien sabe lo que
está haciendo, y se ha hecho
cargo hace tiempo de las
consecuencias. La cárcel, una de
ellas.
Porque al no levantarse de su
asiento, el chofer llamó a la
policía y fue llevada a la
cárcel, de la que sólo salió
tras pagar una multa de diez
dólares, a los que hubo de
agregar cuatro dólares más por
las costas del juicio. Los
cargos fueron de conspiración
contra una ordenanza municipal,
e incitación al desorden.
Además, fue despedida de su
trabajo. Era un delito no ceder
el asiento a un blanco en
Alabama, lo mismo que en
cualquiera de los estados del
llamado "cinturón de la Biblia"
en el sur de los Estados Unidos,
donde la cultura de dominación
blanca no se distinguía de la
cultura del apartheid en
Sudáfrica. Las primeras filas de
asientos en los autobuses
estaban reservadas para los
blancos, y las últimas, para los
negros. En el medio había una
zona difusa donde los negros
podían sentarse, siempre que no
apareciera un blanco reclamando
el puesto.
En esa zona se sentó Rosa esa
vez, y tres paradas después,
cuando subió un pasajero blanco,
el chofer le ordenó que
desalojara el sitio. Otras tres
mujeres negras que iban en la
misma fila obedecieron, y
recularon hacia los asientos en
el fondo. No se trataba de
desalojar un solo asiento, sino
todos los de la fila, porque un
blanco no podía hallarse nunca
en vecindad con un negro.
¿Quién era aquel chofer, cómo se
llamaba? He buscado en vano su
nombre en las crónicas. La
verdad es que ¿a quién le
interesa? No era más que un
ejecutor de una de las leyes de
supremacía racial que impedía a
los negros no sólo mezclarse con
los blancos en los autobuses,
sino también en los trenes, en
las salas de espera, en los
restaurantes, en los cines;
tampoco podían usar los mismos
excusados públicos, ni los
mismos elevadores, ni beber agua
de las mismas tomas, ni asistir
a las mismas escuelas ni a las
mismas universidades.
De allí, de aquel acto
solitario, nació la lucha por
los derechos civiles en Estados
Unidos A los pocos días comenzó
un boicot contra el transporte
público en Montgomery, que duró
más de un año. Ningún negro
volvió a subir a los autobuses,
y todos se mantuvieron yendo a
pie a sus trabajos, o en
bicicletas, o en carretones
tirados por mulas. Otras
ciudades negras se sumaron
pronto al boicot.
Era el comienzo de una rebelión
pacifica, la más memorable del
siglo XX, que encabezaría desde
entonces un pastor muy joven de
la iglesia bautista de Dexter
Street en Montgomery, al que
nadie conocía, el doctor Martin
Luther King. La rebelión
desembocó primero en la
sentencia de la Corte Suprema
que en 1956 declaró
inconstitucional la segregación
en los autobuses, y luego en
1964 en la abolición formal de
la discriminación racial. Cuando
el doctor King pronunció en
Washington su célebre discurso
"yo tengo un sueño…", era la
boca de Rosa la que hablaba; y
era ella también quien habría de
hablar en adelante por la bocaza
de Muhammed Alí, que no habría
de callar nunca más.
Había mucho de que hablar. La
apacible costurera había
asistido de niña a una escuela
rural de negros, donde los
alumnos recibían clases
hacinados en una sola aula, con
una sola maestra, cualquiera que
fuera el grado en que
estuvieran, y las clases sólo
duraban hasta el tiempo en que
empezaba la recolección de las
cosechas, cuando todos debían ir
a trabajar. De niña supo también
de los linchamientos y de los
asesinatos perpetrados por los
Klansmen, los jinetes
encapuchados del Klu-Klu-Klan,
que salían en cabalgata por las
noches a cazar negros. Aún
existe el Klu-Klu-Klan, y tienen
su página en la red, donde se
presentan como una organización
de cristianos de raza blanca.
El viaje de Rosa en el autobús
de Montgomery aún no termina. La
integración legal entre blancos
y negros no acaba de dar paso a
una integración real en términos
sociales. Quedan todavía muchas
formas de discriminación
abierta, o velada. Existe
tolerancia, y quizás convivencia
en los espacios públicos, pero
las fronteras invisibles que
separan a ambos se mantienen,
unas veces de manera sutil, y
otras de manera más ofensiva.
Baste recordar que la inmensa
mayoría de las víctima del
huracán Katrina que asoló Nueva
Orleans, abandonadas a su
suerte, eran negros.
La historia es implacable, y ha
olvidado al chofer que ordenó a
Rosa Lee Parks ceder su asiento
en el autobús. El autobús
pintado de blanco, verde y
amarillo, sin embargo, se exhibe
ahora en el Museo Henry Ford de
Michigan, igual que el Espíritu
de San Luis, el avión en que
Linbdberg cruzó solitario el
atlántico en 1927, se exhibe en
el Museo Smithsonian de
Washington.
Pero el viaje de Rosa fue aún
más intrépido que el de Lindberg.
Al quedarse sentada, puso de pie
a los suyos.
Lisboa, noviembre del 2005.
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
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