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La revolución en el siglo XXI.-
04/11/05
 
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La revolución en el siglo XXI
Movimientos sociales,
resistencia, construcción de una
subjetividad no alienada
Presentado en el Coloquio
IMPERIO Y RESISTENCIAS, UAM-X 4,
5 Y 6 DE OCTUBRE DEL 2005 (*)
Por Guillermo Almeyra
UAM-X, Dep. de Relaciones
Sociales
e.mail
galmeyra@hotmail.com
RESUMEN:
A la luz de un somero estudio de
los movimientos sociales en
América Latina y de las
experiencias ecuatoriana,
brasileña, argentina, boliviana
y mexicana, el trabajo intenta
analizar los límites de la
resistencia y de los organismos
de poder dual que la misma logra
en determinada condiciones crear
y plantea también el papel de la
construcción de una subjetividad
revolucionaria en dichos
movimientos, de la batalla
teórica contra las ideas
dominantes, de la claridad
programática.
Primera premisa
La mundialización dirigida por
el capital financiero
internacional no sólo trae
aparejada densas sombras sino
que también abre grietas en la
dominación capitalista por las
que entra luz a raudales. Hay
así una coordinación
internacional de las grandes
transnacionales, a pesar de las
diferencias y conflictos que
ellas mantienen entre sí, pero
también un comienzo de
coordinación entre los
movimientos sociales de diversos
países y continentes. Y los
nuevos medios de comunicación,
que sirven para hacer negocios
en tiempo real en Tokio desde
Nueva York o París son útiles
igualmente para comunicar a un
líder indígena que habita en un
valle perdido de la Cordillera
de los Andes con los otros
movimientos indios o campesinos
de todo el mundo y para romper
su aislamiento informativo,
político y cultural aunque
subsista aún su aislamiento
físico. La socialización de las
experiencias, la interinfluencia
a escala intercontinental entre
los movimientos sociales, la
cada vez mayor velocidad y
extensión que adquiere la
comprensión de que todos los
males –ecológicos, económicos,
sociales- son provocados por el
capitalismo al nivel planetario,
son el resultado de este cambio
en los medios de información y
de comunicación. Creado por el
Pentágono para la guerra,
Internet es de este modo también
–entre otras muchas cosas- una
poderosa arma para la paz y el
socialismo.
Las bases geográficas,
materiales, del chauvinismo y el
localismo –la casi absoluta
homogeneidad étnica y cultural
en el terruño imperante hasta
antes de la Segunda Guerra
Mundial, la coincidencia de lo
nacional con el mercado en los
lindes del Estado- han saltado
desde hace décadas a pedazos con
las grandes migraciones que
mezclan millones de personas con
costumbres y culturas diferentes
no sólo con los originarios de
los países más industrializados
sino también con los de los
países dependientes, como los
del Africa occidental, el Asia
sudoriental o Argentina. También
se han desintegrado ante la
acción de los nuevos medios de
información y comunicación y de
la potente e imparable
interacción cultural a escala
planetaria, que modifica la
alimentación, el vestido, las
músicas, las lenguas y el modo
de hablarlas en todos los
rincones del planeta. El apoyo
obtenido mundialmente por el
zapatismo en países sin
indígenas y casi sin campesinos
es sólo un ejemplo de
universalización de lo local, el
cual es el modo, por otra parte,
en que se refleja y expresa lo
global.
A la mundialización capitalista
se le enfrenta por eso cada vez
más una mundialización de los
oprimidos y explotados. Como no
existe ya la división entre lo
interno, nacional, y lo mundial,
externo, internacional pues todo
es a la vez interno e
internacional, las experiencias
locales se socializan también en
tiempo real y tiende así a
crearse un sistema de vasos
comunicantes políticoculturales
entre los movimientos sociales
de los diferentes países y entre
las diferentes resistencias
locales a la ofensiva mundial
del capital financiero.
Por consiguiente, ningún
movimiento social ni ningún
proceso político debe ser visto
aisladamente ni haciendo
abstracción de lo que sucede en
el resto del mundo, aislando la
visión del país respectivo del
conjunto de las transformaciones
sociales mundiales sino que debe
ser encarado como un proceso
fuertemente influenciado por lo
que acontece, en lo inmediato,
en la vasta región continental
de la cual forma parte ese país
en la fragmentación
políticosocial del globo en
grandes regiones y también,
aunque más lentamente, en otras
regiones culturalmente más
extrañas y alejadas. Los
piqueteros argentinos, las
luchas bolivianas, el zapatismo
forman parte, por ejemplo, del
universo políticocultural
europeo-latinoamericano (al cual
está en parte incorporado
también el mundo árabe) en mucho
mayor medida que del
estadounidense o del de la gran
región asiática o la africana.
Segunda premisa
:
El terreno de la lucha política
y de la lucha de clases es el
territorio, esa construcción
social del espacio geográfico.
La mundialización enfrenta, sin
duda, en cada rincón del
planeta, a los explotados con el
capital internacional y no sólo
con "su" explotador nacional o
local y con el aparato estatal
que sirve a éste, pero las
clases subalternas libran el
combate político y
socioeconómico en su propio
territorio y contra las
instituciones y las clases
locales que las oprimen,
sojuzgan o dominan.
Es falsa por lo tanto la
afirmación de Negri-Hardt (1) de
que los Estados tienden a
desaparecer ante una suerte de
gobierno mundial de las
transnacionales. Y no lo es sólo
porque las transnacionales se
alían pero no dejan de utilizar
sus respectivos Estados para
competir entre sí y para
garantizar sus ganancias frente
a los explotados y a la
competencia de sus pares sino
también, y fundamentalmente,
porque el capital realiza sus
ganancias en el territorio, y
necesita para ello un Estado
(justicia corrupta, órganos
represivos, leyes favorables,
extensiones de tasas).
La acción del capital financiero
mundial subordina y debilita
esos Estados, pero no los
elimina como actores. Sobre
todo, al reducir ampliamente las
funciones que permitían al
aparato estatal de los países
dependientes obtener consenso
mediante el clientelismo, las
obras públicas, la educación y
al agravar enormemente la
situación de las clases
subalternas, esa mundialización
reaccionaria corroe sus
mecanismos de control político y
social al mismo tiempo que
radicaliza un sector creciente
de la población.
El resultado se puede ver en la
reacción popular cada vez mayor
en Estados Unidos mismo ante la
insensibilidad y la impotencia
demostradas por el Estado frente
al desastre de Nueva Orleáns, a
la creciente comprensión de que
el capitalismo prioriza la
guerra frente a la protección
civil frente a las catástrofes
ecológicas que él mismo provoca
y del carácter racista (contra
los pobres y las minorías) de un
régimen que sólo piensa en el
lucro y en el mercado. O se
puede ver también en la crisis
de dominación que viven en
particular los países donde el
Estado ha sido muy debilitado
por las dictaduras y por las
políticas económicas de las
clases y sectores gobernantes,
como en Argentina, o donde
siempre fue muy débil debido a
las pugnas entre las diferentes
fracciones oligárquicas y al
enfrentamiento con los
campesinos, como en Bolivia,
Ecuador o Colombia.
Este debilitamiento estatal abre
brechas, grietas, para la
intervención autónoma de las
clases subordinadas o de los
sectores más activos de las
mismas. Eso pone en el orden del
día la autonomía, las
experiencias autogestionarias,
la autoorganización y las luchas
independientes de todos los
aparatos estatales (del
gobierno, de los partidos, de la
Iglesia, del control por los
burócratas sindicales al
servicio del primero).
Las placas tectónicas sociales
se desplazan y provocan
creciente inestabilidad
política. La base de la
independización de los
movimientos de masas del Estado
y de los aparatos de mediación
reside en el debilitamiento de
la llamada sociedad política
frente a la sociedad civil. El
aparato de Estado entra en
crisis, erosionado por su
abandono de la soberanía (y de
su consiguiente justificación en
el plano de la ideología) y por
su retirada de muchas de las
funciones que le procuraban
consenso y le permitían echar
raíces o tener vasos capilares
en la sociedad,. Es una crisis
de dominación que debilita no
sólo las instituciones estatales
o paraestatales sino también la
idea misma del Orden y las
jerarquías. En esa crisis se
desarrollan las experiencias
autogestionarias y a lo legal
comienza a contraponérsele la
legitimidad de las exigencias de
los movimientos sociales. Se
produce un cambio masivo en la
subjetividad y quienes eran
meros objetos de las políticas
neoliberales del capital
financiero internacional
comienzan a construirse como
sujetos.
Tercera premisa:
Pero no lo hacen como informe y
desorganizada "multitud" sino
mediante sus relaciones de
clase, como lo muestran los
diversos movimientos bolivianos,
organizados en sindicatos
obreros, campesinos, o
vecinales.
Baruch Spinoza murió en 1677,
bastante antes de la aparición,
del seno del artesanado y de los
campesinos, de la moderna clase
obrera y del capitalismo
industrial. Negri y sus
seguidores (2), saltándose la
historia, retoman el concepto de
multitud, que es precapitalista,
supuestamente porque estaríamos
en una fase postcapitalista,
cuando estamos, en realidad,
siempre en el capitalismo, en
una fase peculiar del mismo. Su
concepto de multitud –que
supuestamente sería la causante
de la crisis del capitalismo y
de sus readecuaciones políticas
y sociales, y sería
revolucionaria en esencia- es
igual al proletariado que los
marxistas dogmáticos
consideraban homogéneo y
predestinado al triunfo, también
por su esencia misma y, por lo
tanto, no agrega nada y es como
aquél falso. Todos los
argumentos que ellos dan para
demostrar que el proletariado no
es el único sujeto
revolucionario (la existencia,
mayoritaria, de otros sectores
explotados y oprimidos junto a
él o su misma heterogeneidad ya
que está compuesto por múltiples
subsectores y capas que tienen
muchas veces intereses
contrapuestos) eran igualmente
válidos ya en el siglo XIX y la
pluralidad de los sujetos de un
cambio social sólo expresa el
hecho de que el capitalismo
actual lesiona al mismo tiempo a
múltiples sectores (desde los
que esperan en vano ser
integrados en la civilización y
poder responder a sus
necesidades más elementales,
hasta los que quieren dejar de
ser discriminados, o sea no
solamente a los explotados sino
también a los oprimidos y
relegados) creando así las bases
para la conjunción de las luchas
democráticas (étnicas,
nacionales, culturales) y
sociales en un alianza "con
geometría variable".
El concepto de clase es, por
otra parte, relacional, no
expresa algo siempre igual a sí
mismo, fijo y eterno. Se es
explotado porque hay
explotadores, y viceversa. La
clase obrera no es cuantificable
ni está formada por un conjunto
de personas con idénticas
características sociales. Como
en el caso de los indios, es
obrero quien aspira a serlo
porque está desocupado o espera
ganar más incorporándose a un
trabajo asalariado, quien se
siente obrero o quien asume
tener raíces culturales obreras
aunque el concepto admita muchos
mestizajes. Vastísimos sectores
de los trabajadores son
excluidos de las conquistas de
la civilización, pero no del
proyecto capitalista; por el
contrario, están incluidos en él
porque su condición subhumana le
es funcional. La desocupación es
hoy estructural, no coyuntural,
porque se ha eliminado la
perspectiva (nunca concretada,
por otra parte) del pleno empleo
( 3). Pero esos trabajadores no
constituyen una nueva clase
obrera en formación (4), ni la
subclase que pintaba Jack London
en El talón de hierro, ni un
nuevo proletariado romano porque
se ven a sí mismos como obreros,
luchan por tener trabajo, tienen
esperanza, se organizan para
concretarla. En este choque, por
un lado, entre la mundialización
capitalista que demuestra todos
los días que el futuro, dentro
del sistema social actual, no
existe, que se acabó la
perspectiva del pleno empleo,
que la guerra será la norma y,
por lo tanto, como en todo
período de guerra, se reducirán
los derechos y los niveles de
vida, y por otro, los
trabajadores, está la base de la
incertidumbre actual. Porque es
posible disminuir el tiempo de
trabajo asalariado y asegurar
trabajo en forma masiva y es
posible también reducir
enormemente el alcance mismo del
régimen salarial sin disminuir
la producción (que, sin embargo,
debe ser diferente) y la
productividad. Y, sobre todo,
porque eliminando el lucro como
condición para producir se
pueden reordenar los consumos,
adaptarlos a las necesidades
reales de la población fijadas
democráticamente por ésta misma,
reducir el despilfarro de
recursos y el daño ambiental,
reorganizar el territorio. Pero
todo esto exige un cambio
radical en la economía y en la
sociedad. Mientras ese cambio no
se logra, todos vivimos en una
transición cuyo sentido y
desenlace se ignora, vivimos en
la incertidumbre, en la
transitoridad, con todas las
consecuencias que la misma puede
tener sobre la subjetividad
individual y colectiva.
El riesgo constante no es sólo
de guerra, planteado por la
teoría sobre la "Guerra
Preventiva" que esgrime la Casa
Blanca. Es también de catástrofe
ecológica, agravada por la
depredación ambiental y el
recalentamiento planetario, es
el peligro de caída repentina en
la miseria y la pérdida total de
las condiciones elementales para
la civilización, como el
abastecimiento en agua, es el
riesgo causado por la violencia
en las familias, entre las
personas, en las relaciones
sociales. Y el miedo provoca el
crecimiento del fatalismo y de
la resignación de los esclavos
("gracias que por lo menos tengo
trabajo") pero también la
respuesta solidaria, o la ira,
la desesperación, la impaciencia
de la angustia, la aventura o la
búsqueda de un Salvador ( 5).
Por consiguiente, si hay rasgos
que deberían diferenciar la fase
actual de mundialización de las
anteriores fases del
capitalismo, ellos serían la
gigantesca concentración de la
riqueza y del poder en un polo
(sin que, como piensa Negri, las
transnacionales constituyan un
gobierno mundial, pues siguen
dependiendo de sus respectivos
Estados) y, en el otro, el
surgimiento, la extensión, la
radicalización y la
generalización de movimientos
sociales, cuyos ejes son obreros
y campesinos y que hacen suya la
lucha por las reivindicaciones
étnicas, contra el racismo, por
la igualdad de las mujeres y
contra la discriminación que las
afecta en particular en los
países dependientes, por los
derechos a la diversidad de
inclinaciones sexuales, por la
defensa de la educación laica y
para todos, contra la represión,
el racismo, el colonialismo. Se
confrontan dos frentes: el de
quienes con su política amenazan
el futuro de la civilización y
del planeta y quieren hacer
retroceder la sociedad a la fase
de un nuevo Medioevo, ahora
tecnificado, y el de quienes,
tratando de defender las
conquistas sociales y de
civilización alcanzadas en el
pasado, no miran hacia atrás
sino hacia un futuro, una
alternativa, que aún no se
define. Lejos de desaparecer o
de disminuir, la lucha de clases
carece ahora de las mediaciones
anteriores y se hace más dura
que nunca, aunque se dispute
muchas veces bajo disfraces
nacionalistas o religiosos. La
conversión de decenas de
millones de campesinos en
obreros o asalariados, aunque
todavía sin conciencia obrera y
mucho menos anticapitalista,
lejos de expresar la
desaparición de los obreros como
sujetos de la transformación
social ( 6), los acompaña con
otros sujetos pero con la
particularidad de que el peso
específico de los primeros es
mayor que el de sus aliados,
aunque su contingente sea menos
numeroso, y de que sus métodos y
orientaciones de lucha
encuentran eco en otros sectores
y les dan un eje para
organizarse.
Cuarta premisa:
Hay, desde hace un siglo, una
urgente necesidad de superación
del capitalismo. La experiencia
nefasta del llamado "socialismo
realizado", burocrático,
liberticida, totalitario,
desprestigió el nombre del
socialismo y dio un golpe
terrible a las esperanzas en una
alternativa anticapitalista,
vacunando contra el socialismo y
el marxismo a cientos de
millones de seres humanos que
padecieron o aún padecen las
dictaduras burocráticas y
desmoralizando a otros cientos
de millones y a la mayoría de
los intelectuales y académicos
que antes seguían ese
pensamiento dogmático y
elemental, mechado de
nacionalismo, que la URSS y los
partidos comunistas presentaban
como marxismo. Pero el
capitalismo, y no sólo los
revolucionarios, es quien
impulsa las luchas
anticapitalistas y de éstas y
del análisis de aquél surgen las
teorías anticapitalistas, en una
fase todavía de confusión e
imprecisión en que le se debe
hacer, simultáneamente, el
balance del pensamiento
socialista en el siglo XIX tal
como Marx y Engels hicieron el
balance del Saint-simonismo, del
fourierismo, de Cabet, de Owen y
de todo el socialismo utópico
anterior a ellos y, además,
trazar las grandes líneas de
cuál puede ser hoy una
alternativa posible al
capitalismo, o sea, de lo que
muchos llaman el socialismo del
siglo XXI. Muchos comienzan a
avanzar por esa senda. El valor,
por ejemplo, de las obras
últimas de Negri, a pesar de sus
grandes y evidentes errores y de
que no arma a nadie para la
construcción de una alternativa
al capitalismo, consiste en que
intentan criticar la fase actual
del capitalismo y se plantean,
no la supervivencia de éste sino
su fin (aunque piensen tal fin
como triunfo del amor divino).
El problema central para quienes
buscan no sólo la liberación de
los trabajadores sino sobre todo
su autoemancipación reside por
consiguiente en las
transformaciones en la
subjetividad, en su construcción
como sujetos, en lo que hasta
hace no mucho tiempo se llamaba
conciencia. El San Francisco que
Negri invoca como ejemplo para
los militantes contemporáneos no
sirve para mucho en esta tarea;
en cambio, hay que hacer
hincapié en la relación que
existe entre los movimientos
sociales y sus luchas y la
construcción de una nueva
subjetividad. Porque es
innegable que "nadie escapa a su
época" y que todos estamos
inmersos en el fetichismo que
Marx reveló y que Holloway
retomó ( 7) haciendo una
importante contribución, aunque
con conclusiones mecánicas y
fatalistas. De modo que, a la
luz de los momentos en que el
velo se desgarra con los grandes
conflictos, se van haciendo
avances parciales hacia un
pensamiento realista sobre el
mundo en que vivimos, pues su
comprensión cabal está todavía
muy lejos y requiere una
síntesis entre el sentido de las
transformaciones científicas y
culturales a escala mundial y el
de las relaciones sociales en el
propio territorio, cosa que
escapa a las posibilidades de
quienes luchan, por fuerza, sólo
desde éste contra la acción
mundial multiforme del
capitalismo.
De ahí la doble importancia de
los movimientos sociales, germen
de la "otra mundialización", la
alternativa al capitalismo.
Porque ellos son escuela de
lucha y laboratorio teórico y,
al mismo tiempo, plantan "una
pica en Flandes", crean
elementos de dualidad de poder,
enseñan a disputar y ejercitar
el poder en la lucha por la
autonomía o en los esfuerzos en
pro de la autogestión. Intentaré
por eso extraer alguna somera
conclusión de los movimientos
sociales en Argentina, Ecuador,
Bolivia, Brasil y México.
Qué nos dice la vida:
Por supuesto, un estudio
pormenorizado de esos cinco
casos requiere un libro, que
estoy preparando. Por
consiguiente, me limitaré aquí a
trazar algunas líneas del
análisis, que debe ser
fundamentado y expuesto más
extensamente.
En primer lugar, lo que
impresiona es su
contemporaneidad, casi
simultaneidad, y el hecho de que
todos ellos ponen, de diversa
manera, en cuestión la
dominación y el poder (no el
gobierno, ni el control del
aparato estatal) todo lo cual es
el resultado de la
mundialización dirigida por el
capital financiero que,
zarandeando las viejas
estructuras sociales, desata
conflictos y engendra la
posibilidad de una
mundialización alternativa. Unos
años antes (1990) del
levantamiento zapatista los
indígenas ecuatorianos ya habían
derribado un presidente y
construían su poder local y
regional, al mismo tiempo que un
instrumento político ad hoc (la
CONAIE, que está en permanente
construcción y
reestructuración), en la
Argentina se producía el
Santiagazo, en Bolivia y Brasil
estaban ya en el orden del día
los movimientos campesinos, en
México acababa de producirse el
movimiento neocardenista de
1988, que ganó la presidencia de
la República y fue duramente
reprimido mediante cientos de
asesinatos selectivos. En todos
esos países las clases
dominantes son hegemónicas, pero
carecen de consenso (por lo
menos delpolíticocultural, ya
que la mayoría de la población
acepta el consumismo y la
ideología neoliberal que lo
sustenta y, aunque el grado de
prestigio de las instituciones
estatales y de los partidos es
ínfimo, cree todavía en el
verticalismo estatal y piensa
que un cambio de gobierno, que
desean producir con sus luchas,
equivale a un cambio en el
poder). En todos los casos , no
hay delegación de la
representación política a
Líderes, Salvadores, partidos o
instituciones. Los movimientos
sociales producen y tienden a
renovar sus dirigentes y se dan
una organización independiente
del Estado y en parte
alternativa al mismo (incluso en
el caso argentino, donde las
organizaciones piqueteras
negocian con el gobierno bolsas
de comida y Planes Jefa y Jefe
de Familia, o sea, un subsidio
mínimo de desocupación).
Actualmente en Bolivia, y antes
en Brasil con la elección de
"Lula" (o en Uruguay, con la de
Tabaré Vásquez), la
participación electoral masiva
expresa sin duda la esperanza de
obtener un cambio social por la
vía legal y pacífica (otra no
parece posible en lo inmediato)
y la fuerte y constante
abstención en Ecuador o en
México se explica en parte por
la enorme emigración que
despuebla regiones pero sobre
todo porque las organizaciones
que podrían ser la base para una
alternativa (CONAIE, EZLN) no
ofrecen una clara alternativa
política ni tienen organización
en todo el territorio sino sobre
todo en algunas zonas indígenas
y porque su política de
alianzas, cuando existe, es muy
confusa.
No hay por eso una oposición
entre el camino electoral (que
refleja que todavía se tiene
confianza en el Estado, en cuyo
marco se pretende un cambio de
gobierno y de políticas) y la
lucha de los movimientos
sociales que construye
relaciones y organismos
semiestatales (regiones
autónomas, Juntas de Buen
Gobierno, fábricas, empresas o
tierras ocupadas por sus
trabajadores ignorando la
sagrada propiedad privada e
imponiendo en cambio la
legitimidad del derecho a
ganarse la vida). Como lo
muestra el ejemplo boliviano,
las elecciones pueden no ser
sólo un ejercicio formal para
que el sistema, como el
Gatopardo, pueda mantenerse
cambiando. Porque pueden
constituir también un momento de
politización, de esclarecimiento
programático y de organización
de alianzas para conseguir con
la fuerza de la mayoría una
Constituyente (momento electoral
y democrático por excelencia,
pero también momento de
transición, fundacional) que dé
las bases para construir una
sociedad liberada de sus
cadenas.
No hay una muralla china entre
reformas y revolución.
Primeramente, porque la lucha
por las reformas que el
capitalismo, en su fase actual,
no quiere ni puede dar se torna
entonces subversiva y da así la
base para el crecimiento de la
conciencia anticapitalista e
incluso revolucionaria de
quienes combaten por ellas. En
segundo lugar, porque la
resistencia pasiva y sin
objetivo político ni conciencia
de la cual nos habla Scott ( 8)
cada vez menos es la única y
principal forma de resistencia,
ya que ésta comienza a ser
activa y programática (MST
brasileño, movimientos sociales
bolivianos, EZLN mexicano, en
particular). La pasividad de
quienes esperan que la sola
resistencia anule los planes del
capitalismo (olvidando cuántos
retrocesos en las conquistas ha
habido, cómo han sido
destrozadas por esta
mundialización verdaderas
casamatas culturales y
organizativas de los
trabajadores, cuántas
comunidades, lenguas, culturas,
han desaparecido a pesar de las
resistencias) es algo que no
podrá mantenerse por mucho
tiempo pues se entra en una fase
de agudos choques sociales, en
el marco de la guerra como
política del gran capital, y
también en una fase de
comprensión consciente de cuál
es el enemigo, fase que obliga a
las organizaciones a dar un
salto teórico ubicándose en el
anticapitalismo y en la
izquierda socialista.
La alianza de organizaciones
sociales, campesinas y
sindicatos que con la sigla del
MAS y la candidatura de Evo
Morales disputa una efímera
presidencia y unas Cámaras que
convocarían la Constituyente no
esconde sino que proclama el
nexo entre su lucha actual y sus
objetivos socialistas y sostiene
que pretende legalizar en las
urnas los objetivos legítimos de
los movimientos sociales que
derribaron en corto tiempo dos
presidentes. El MST brasileño
también proclama su socialismo,
aunque el objetivo inmediato de
su lucha sea la tierra y la
democracia y trate de evitar que
el gobierno de El grave problema
de la CONAIE, en cambio, lo que
favoreció la cooptación por el
sistema de muchos de sus
dirigentes sobre todo en el
efímero paso por el gobierno de
Gutiérrez, es la carencia de una
definición teórica pues mezcla
el repudio al tipo de
funcionamiento de los partidos
tradicionales, incluidos los de
la izquierda, con la falta de
balance crítico del pasado de la
lucha de clases en el país y con
ideas postmodernistas
paralizantes y deja amplio
margen, incluso, al esencialismo
indio. Su apoyo y su accionar en
las comunidades está bastante
desligado del funcionamiento
como organización y aún más del
funcionamiento del que debería
ser su instrumento
político-electoral pero marcha
muchas veces por su cuenta, el
Pachakutik.
El EZLN, por el contrario, ha
dado un salto cualitativo al
dejar de considerarse meramente
rebelde y atacar a la izquierda
socialista, para pasar a
declararse anticapitalista y de
izquierda. Es cierto que no ha
hecho un balance ni una
autocrítica de sus errores
anteriores (su silencio
prolongado, su aislamiento
sectario, su indefinición
política) pero ha entrado ahora
en un proceso ( 9) que llevará
al zapatismo mexicano a
establecer alianzas sobre una
base programática
anticapitalista y a definir su
colocación de izquierda
rompiendo con la vaguedad de la
mezcla anterior entre el
nacionalismo revolucionario y el
ultraizquierdismo con matices
maoístas. Esta evolución podría
tender un puente entre un sector
importante del movimiento
indígena y las organizaciones
obreras y campesinas que, aunque
aún con direcciones burocráticas
impuestas en el pasado, luchan
hoy contra la política del
capital financiero y, al mismo
tiempo, podría dar a mediano
plazo un eje para aglutinar una
parte importante de las bases en
las clases subalternas que han
votado y posiblemente votarán
por el Partido de la Revolución
Democrática. El anticapitalismo
y el izquierdismo que hoy
proclama el EZLN lo obligan, por
otra parte, a hacer política en
todos los terrenos y su clasismo
(la necesidad declarada de la
alianza con el movimiento
sindical y el campesino) no sólo
quita terreno bajos los pies a
los teóricos de la "multitud" o
del rechazo a la política y a
construir un poder desde abajo y
enfrentado con el del Estado
sino que también influirá
positivamente sobre otros
movimientos "alternativos" o
"autónomos" de todo el mundo,
que se habían construido un
zapatismo a la medida de su
confusión. Al mismo tiempo, esos
pronunciamientos y la
construcción de alianzas con
otras fuerzas anticapitalistas
sacarán la cuestión de la
construcción de la autonomía de
las regiones zapatistas en
Chiapas para proyectar la lucha
por la autonomía, según las
condiciones locales, a todo el
país, abarcando indígenas,
mestizos y negros.
Por último, los piqueteros
argentinos viven una profunda
contradicción. Algunas de sus
múltiples organizaciones
obedecen ahora a partidos de la
izquierda o de la ultraizquierda
que las han llevado del
apoliticismo al electoralismo,
para colmo con ataques sectarios
a otros partidos similares (que
tienen organizaciones piqueteras).
Además, su declaración de
independencia política frente al
gobierno peronista de Néstor
Kirchner no corresponde al hecho
de que la mayoría aplastante de
las bases de esas organizaciones
piqueteras (y con más razón de
las de aquellas que negocian con
el gobierno) votan por el
peronismo. El socialismo que
muchos de los partidos que
dirigen organizaciones
piqueteros es puramente
propagandístico pues su acción
no está dirigida a favorecer el
crecimiento de los sujetos del
cambio social y a colaborar en
la creación de una nueva
subjetividad anticapitalista de
masas porque esos partidos son
verticales, centralizados,
clientelistas y no hacen nada,
en los hechos, para construir en
la gente común una conciencia
internacionalista real (comités
de autoorganización de los
obreros bolivianos en Argentina
para favorecer el triunfo de la
izquierda social en las
elecciones próximas, por
ejemplo) sino que creen que el
"internacionalismo" consiste en
criticar la "traición" del MAS
boliviano o del PT brasileño.
Minoritarios en diciembre del
2001, cuando el estallido social
que ellos creyeron era el
comienzo de una revolución, para
algunos incluso socialista,
porque no supieron comprender y
respetar las vías propias
mediante las cuales se
politizaban cientos de miles de
personas, son aún más
minoritarios ahora, cuando se
presencia un reflujo de las
acciones en las calles
(piquetes, cacerolazos,
asambleas populares) y está
apenas empezando la actividad de
los trabajadores ocupados (que
la ultraizquierda consideraba
fallecidos). Kirchner, el López
Obrador del Sur, pone un
obstáculo al desarrollo de un
movimiento autónomo porque
mantiene en pie la ilusión en
que desde el nacionalismo vaga y
limitadamente distribucionista
se puede reconstruir el país y
en que los partidos
tradicionales pueden ser un
canal para esa tarea. La
incapacidad programática y
política de la ultraizquierda
contribuye a frenar un
movimiento de autoorganización
que dio (y en parte sigue dando)
elementos importantes a la
construcción de la independencia
política de los trabajadores.
¿Es posible la revolución, es
posible el socialismo a pesar de
las transformaciones provocadas
por esta mundialización?
La revolución no es obra de los
revolucionarios sino del
capitalismo, que crea las
condiciones para la insurgencia
de millones de personas que sólo
querían cambios pacíficos y
reformas que el sistema les
niega. La revolución, además,
ayuda a cambiar la subjetividad
de quienes la viven como
protagonistas.
Por lo tanto no es posible
pensar que la revolución sea
imposible debido al consumismo,
el egoísmo, el hedonismo
propagados por las políticas
neoliberales y a la destrucción
de todo lo que es comunitario,
solidario, colectivo y de las
identidades colectivas para dar
a cada uno sólo una
identificación en su relación
con los mercados. El régimen
corporativo y totalitario del
fascismo italiano y la educación
desde la niñez hasta la edad
adulta en el sometimiento al
mismo no impidieron que, ante
una terrible prueba para todos
(la guerra) los que antes eran
fascistas combatieran y murieran
por lo que creían era el
socialismo organizados por un
partido comunista cuya dirección
(Togliatti y su círculo
inmediato) era cínica y
stalinista pero cuyos militantes
eran sinceros revolucionarios.
El capitalismo crea las
condiciones para la revolución
al amenazar la existencia misma
de lo conquistado durante
siglos, al agraviar la
conciencia humana y al provocar
inmensos sufrimientos a las
grandes mayorías. Si esas
condiciones llegan a concretarse
o no, eso depende de la
existencia de revolucionarios
con la audacia y la preparación
necesarias para encauzar lo que
comienza siempre como una
rebelión.
Por suerte no existen ya los
partidos stalinistas, siempre a
contrapelo de todos los
movimientos revolucionarios que
no controlaban, desde la lucha
de César Augusto Sandino hasta
la revolución boliviana de 1952
y la cubana de 1957-59 o la
argelina y a todos los grandes
movimientos de masa que tendían
a desbordar a sus direcciones
burguesas, como el cardenismo en
los años 30 o el peronismo de
los 40. El fin de la
identificación falsa entre la
revolución y el llamado "bloque
socialista" dirigido por
burocracias reaccionarias y
corruptas ha liberado el
pensamiento socialista.
Pero a condición de que se haga
un balance del pasado porque la
revolución no es sólo un proceso
"espontáneo" sino que también se
prepara, es un arte y porque no
es posible -sin sufrir y hacer
sufrir tarde o temprano las
consecuencias de ese error-
creer que hubo un "bloque
socialista" como hasta hace
pocos años proclamaba Marcos.
De ahí la necesidad de la
claridad y la consecuencia
teóricas si se quiere ser
realmente anticapitalista y de
izquierda y la necesidad,
también de un núcleo que recoja
las exigencias y las
experiencias de las clases
subalternas de su región y de su
país, saque las conclusiones
teóricas, presente ésta de nuevo
a los oprimidos y construya
conciencia a partir de saber
escuchar, interpretar lo que
escucha, organizar las
interpretaciones, convertirlas
en acción. Ese núcleo, grande o
pequeño, cualquiera sea el
nombre que elija, es un
"partido", no en el sentido de
una organización burocrática
centralizada y disciplinada sino
en el de un laboratorio de
elaboración de ideas y
propuestas y de planeación de
experimentos donde las mismas se
pongan a prueba. Pero esta es
materia de otra discusión.
En cuanto al socialismo futuro,
si es que se llega a él y no hay
una catástrofe masiva antes, sin
duda no podrá ser esbozado por
estudiosos o especialistas, sino
que sólo podrá salir
concretamente de las
experiencias masivas de lucha.
No podrá estar, sin embargo,
basado solamente en la propiedad
estatal de los medios de
producción (salvo de los
necesarios para el desarrollo
del país) y en la planificación
centralizada sino, al contrario,
en la planificación desde abajo,
descentralizada, a partir de las
necesidades y no de los planes,
con la iniciativa y la
participación en la dirección de
los proyectos de los habitantes
de cada localidad. Un socialismo
que no sea democrático,
pluralista, autogestionario y en
el que cada uno no sea un
ciudadano, dirigente y ejecutor
a la vez de los planes
colectivos, no puede merecer ese
nombre. El socialismo depende,
por lo tanto, de una democracia
radical que prepare la ruptura
cultural con los modos de vida y
de pensamiento propios del
capitalismo de esta fase y, así,
eroda el poder en la cabeza de
todos y cada uno para crear las
condiciones para una simple
administración de las cosas y no
de las personas, como ya
planteaba Saint-Simon. Sin las
transformaciones en la relación
de fuerzas entre los dominantes
y los dominados y en la
subjetividad de éstos que
aportarán las revoluciones la
conquista de tal socialismo será
sumamente dificultosa pues
subsistirán casi indemnes la
brutalidad y la ignorancia, el
machismo, el egoísmo, el
oportunismo, la sed de mando.
Pero esto también es tema para
otra ocasión ya que desborda el
de esta ponencia.
Por último, si Marx era
determinista ¿por qué no esperó
el cumplimiento de sus profecías
y pasó una dura vida tratando de
explicar qué era el capitalismo
para acabar con éste? Y si creía
que el fetichismo hacía
imposible la comprensión y la
acción ¿por qué lo expuso y
luchó por crear una corriente de
ideas en un mundo sometido a
aquél?
Muchas ideas de Marx, de Engels,
de Lenin, de Trotsky o del Che
han sido desmentidas por la
realidad pero no se puede
estudiar a ésta sin ellos, no se
la puede, sobre todo, cambiar
sin esa base teórica y
particularmente, sin el esfuerzo
de entender a los explotados,
sin el "patriotismo de clase" de
que hablaba Trotsky, sin la
indignación moral y la rabia
ante la injusticia que movía al
Che…
México, 15 de septiembre del
2005-09-18
NOTAS:
(1) Antonio Negri-Michael
Hardt, 2002, Imperio, Buenos
Aires, ed. Paidós.
(2) Ver principalmente Antonio
Negri y Michael Hardt, 2004,
Multitude-Guerre et démocratie à
l´âge de l´Empire, La Découverte,
París, y Paolo Virno, 2004,
Gramática de la Multitud- para
un análisis de las formas de
vida contemporáneas, Ed.
Malatesta-El Juguete Rabioso, La
Paz, Bolivia, entre otros.
(3) Ver André Gorz, 1998 Miseria
del presente, riqueza de lo
posible, Paidós, Buenos Aires.
(4) Como plantea erróneamente
Raúl Zibechi. 2003, en
Genealogía de la revuelta-
Argentina, la sociedad en
movimiento, Letras Libres-Nordan,
La Plata-Montevideo, cuando
afirma que "Parte de este
trabajo está dedicado a
desarrollar la idea de que los
piqueteros son parte de un
proceso de formación de una
nueva clase obrera" (pág. 131).
En la pág.171 es aún más
tajante: "Postulo que el
movimiento piquetero forma parte
de un amplio proceso social en
el que se está formando una
nueva clase obrera (…) Se trata
de una nueva clase obrera,
diferente tanto de la que
conocimos durante la
industrialización como de la del
período artesanal. Estamos
presenciando la conformación de
una tercera clase obrera: la
primera tuvo como eje al
sindicato de oficios, la segunda
al sindicato de masas y la
tercera parece girar en torno de
la organización territorial
compleja". Estas afirmaciones no
tienen en cuenta que las clases
no dependen del tipo de
organización, por otra parte
sólo de una minoría de ellas,
como los sindicalizados en los
sindicatos de oficio y aun en
los sindicatos por industria,
sino que se definen unas
respecto a otras; además el
obrero lo es por su tipo
peculiar de trabajo en la
producción capitalista, no por
su vida en el barrio y, por
último, la formación de una
nueva clase no parte jamás de un
movimiento político-social, como
en el caso de los piqueteros.
Estos, además, por importante
que sea su lucha como expresión
de un proceso de toma de
conciencia política, son muy
minoritarios con respecto a los
trabajadores ocupados y a los
sindicalizados. Eso no quita sin
duda importancia a las
transformaciones sociales y
culturales resultantes de la
desocupación estructural y al
papel del territorio como eje de
la reorganización de las clases
dominadas. Pero esos son otros
problemas.
(5) Boaventura de Sousa Santos,
en A crítica da raza~o
indolente. Contra o desperdicio
da experiência, 2000, Cortez,
Sao Paulo, pág. 35, sostiene, a
mi juicio exagerando, que: "Lo
que es nuevo, en el contexto
actual, es que las clases
dominantes se han desinteresado
del consenso, tal es la
confianza que tienen en que no
hay alternativa a las ideas y
soluciones que defienden. Por
eso no se preocupan por la
vigencia posible de ideas o
proyectos que les son hostiles
porque están convencidas de su
irrelevancia y de la
inevitabilidad de su fracaso.
Con esto se transformó la
hegemonía y pasó a convivir con
la alienación social y, en vez
de basarse en el consenso, pasó
a basarse en la resignación" (trad.
de G.A.) Aunque ésta es sin duda
un factor muy importante, creo
que las otras reacciones que
enumero y analizo en mi libro La
Protesta Social en
Argentina-1990-2004, 2004, Ed.
Peña Lillo-Continente, Buenos
Aires, sobre todo en el capítulo
sobre la formación del sujeto,
lo son aún más.
(6) En relación con la
población, hay actualmente
muchos más asalariados y obreros
industriales de los que existían
en Francia, Italia o Alemania
cuando fue escrito el Manifiesto
Comunista.
(7) John Holloway, Cambiar el
mundo sin tomar el poder, 2002,
Universidad de
Puebla-Herramientas,
Puebla-Buenos Aires
(8) James Scott, 2000, Los
dominados y el arte de la
resistencia, Era, México.
(9) Véase La Sexta Declaración
de la Selva Lacandona, 2005,
editado en folleto por la UACM,
México.
BIBLIOGRAFIA CITADA:
Almeyra, Guillermo, 2004, La
protesta social en Argentina.
1990-2004, Ed. Peña Lillo-
Continente, Buenos Aires.
Ejército Zapatista de Liberación
Nacional, 2005, Sexta
Declaración de la Selva
Lacandona, UACM, México.
Gorz, André, 1998, Miseria del
presente, riqueza de lo posible,
Paidós, Buenos Aires.
Holloway, John, 2002, Cambiar el
mundo sin tomar el poder,
Universidad de Puebla-
Herramienta, Buenos
Aires-Puebla.
Negri, Antonio y Michael Hardt,
2002, Imperio, Paidós, Buenos
Aires.
Ibidem, 2004, Multitude-Guerre
et démocratie à l´age de
l'Empire, La Découverte, París
Scott, James, 2000, Los
dominados y el arte de la
resistencia, Era, México.
Santos, Boaventura de Sousa,
2000, A crítica da razao
indolente: contra o desperdicio
da experiencia, Cortez ed., Sao
Paulo.
Virno, Paolo, Gramática de la
Multitud, para un análisis de
las formas de
vida contemporáneas, 2004, Ed.
Malatesta-El Juguete Rabioso, La
Paz, Bolivia.
Zibechi, Raúl, 2003, Genealogía
de la revuelta. Argentina, la
sociedad
en movimiento,Letras libres-Nordan,
La Plata-Montevideo.
*Nota: Todas las Ponencias del
Coloquio Internacional Imperio y
Resistencias, están disponibles
en el siguiente enlace: http://dcsh.xoc.uam.mx/Coloquio/
Gentileza: Melina Alfaro [
melina.alfaro@gmail.com ]
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