|
|
La Noche de los Lápices se
transformó en el símbolo de la
represión militar contra los
estudiantes, Victoria Ginzberg.
- 22/11/05 (Argentina)
 
|
|
La Noche de los Lápices se
transformó en el símbolo de la
represión militar contra los
estudiantes.
Por
Victoria Ginzberg
Emilce Moler fue secuestrada
en la madrugada del 17 de
setiembre de 1976. Tenía 17 años
y militaba en la Unión de
Estudiantes Secundarios,
agrupación estudiantil de
tendencia peronista. Ella,
Gustavo Calotti --actualmente
radicado en Francia-- y otra
chica que vive en La Plata son,
junto a Pablo Díaz, los
sobreviviente de la llamada
Noche de los Lápices. Tiene 39
años, está casada, tiene tres
hijos y vive en Mar del Plata
desde que los militares la
obligaron a dejar La Plata.
"Teníamos un proyecto político",
dice en relación a que las
desapariciones de los
secundarios de La Plata no se
debieron exclusivamente a la
lucha por el boleto estudiantil.
Reivindica su militancia y
afirma que "la pelea por una
sociedad más justa en la que
todos tengan dignidad y trabajo
sigue absolutamente vigente. Y
si seguir pidiendo justicia es
un idealismo sigo siendo
idealista".
--¿Por qué su nombre no se
asocia con La Noche de los
Lápices?
--No fue algo deliberado. Fui
cuidadosa porque la cosa pública
es muy difícil de sostener a lo
largo del tiempo. Sabía que
tenía que tener otros objetivos
en mi vida, pero también fueron
historias de desencuentros.
Hablé sobre el tema desde el
primer momento, pero no estar en
La Plata ni en Buenos Aires
influyó muchísimo. A lo largo de
estos años eso se ha ido
modificando.
--¿Cómo era su vida antes del
secuestro?
--Estaba en quinto año de Bellas
Artes. Era muy alegre, llena de
vida, con muchos ideales. En la
vida cotidiana estudiaba dibujo,
me dedicaba al grabado y me
preocupaba por qué carrera iba a
seguir.
--¿Estudió algo relacionado con
el arte?
--No, soy matemática. La
historia me cambió mucho. Salí a
los 19 años de la cárcel de
Devoto con libertad vigilada y
rendí quinto año libre. Me
sentía bastante vieja, quería
tener una independencia
económica y estudiar una carrera
de arte me significaba mucha
dependencia. Además tenía miedo,
pensaba que me podían mirar peor
si estudiaba arte. Busqué algo
que no tuviera nada que ver con
la realidad y elegí matemática.
--¿Cuándo pudo conectarse de
vuelta con la realidad?
--Fui siguiendo los pasos que
siguió el país. En el '82 estaba
en los últimos años de la
facultad y ya estaba
participando de los incipientes
centros de estudiantes. Tuve el
aislamiento necesario para
protección, nada más. Estuve
inmersa en toda la problemática
de Malvinas y luchando por la
democracia.
--¿Qué se acuerda de la noche
del secuestro?
--Desgraciadamente todo. Fue
entre las 3 o 4 de la mañana del
17 de setiembre. Llegó una
patota grande de hombres
fuertemente armados a mi casa y
encañonaron a mis padres con
armas largas. Buscaban a una
estudiante de Bellas Artes.
Cuando aparezco yo, que era muy
chiquita, parecía menos de 17
años, no me querían llevar. Se
iban a llevar también a mi
hermana mayor, finalmente, como
no había lugar en el auto, a
ella la dejaron. Era un plan
deliberado pero también jugaba
mucho el azar.
--¿Qué pasó después?
--Me encapuchan, me atan, me
meten en una auto y me llevan a
un lugar que, mucho tiempo
después, supe que era el centro
clandestino de Arana. Ese es uno
de los recuerdos mas dolorosos
que tengo porque durante toda la
semana recibí torturas y en los
momentos en que no me torturaban
a mí, escuchaba cómo torturaban
a otros. Ahí me encontré con
Gustavo Calotti. También pude
reconocer los gritos de dolor de
Horacio Ungaro y compartía la
celda con Claudia Falcone y
María Clara Ciochini y con otras
personas más. Lo que se puede
contar de esos momentos es el
horror, la situación límite, la
degradación como ser humano,
como mujer. Es indescriptible.
Después de una semana en Arana
me trasladan. A los chicos que
hoy están desaparecidos los
hacen bajar en otro lugar, los
que sobrevivimos continuamos.
--¿Adónde la llevaron?
--A la Brigada de
Investigaciones de Quilmes. Allí
no recibí tortura física, pero
seguía vendada, atada, en
calidad de desaparecida. Después
pasé a la comisaría 3ra de
Valetín Alsina, en Lanús, donde
me sacaron las vendas y me
desataron, pero todavía estaba
ilegal. En enero del 1977 me
legalizaron y pasé a la cárcel
de Devoto, siendo menor. En
Arana era como que no tenía
conciencia, no sabía lo que
pasaba al minuto siguiente en mi
vida. Pero cuando cerraban las
rejas de la celda sentía morir.
Hasta que recibí las primeras
visitas. Como siempre, rescato
la solidaridad de los
compañeros. Pasé algo más de un
año y medio en Devoto hasta que
me dieron la libertad vigilada y
me dijeron que me vaya de La
Plata, debía ser muy peligrosa.
Con mi familia decidimos venir a
Mar del Plata.
--¿Volvería a vivir en La Plata?
--Me costaría mucho reconstruir
mi vida en La Plata. Es una
ciudad que me trae mucho dolor
porque en cada calle veo las
imágenes de los compañeros que
hoy no están, que
desgraciadamente son muchos más
que estos seis chicos que están
desaparecidos, y son ausencias
que duelen mucho. Tardé veinte
años en volver a mi escuela.
--Su padre era comisario
inspector ¿cómo vivió el
secuestro?
--Fue durísimo. Si bien no sabía
lo que estaba pasando porque ya
era jubilado, tenía más noción
que mi mamá de lo que podía
ocurrirme. Nunca fue un policía
demasiado convencido, así que
desde lo ideológico no fue tan
terrible, pero como padre sintió
que no podía hacer nada, que su
cargo no le servía, que después
de una vida íntegra de trabajo
tenía que pedir por la vida de
su hija y no le daban bolilla.
Se puso en el rol de padre, no
en el de policía, y luchó
conmigo a brazo partido, me
comprendió y me apoyó, igual que
mi madre, y pienso que eso fue
una de mis llaves de salvación.
--¿Qué le cuenta a sus hijos
sobre la dictadura?
--Tenemos el tema instalado de
una manera natural. Además la
mayoría de nuestros amigos
vivieron esos años y también
aportan. Lo más importante es
que no me vean derrotada,
abatida, ese sería el principal
triunfo de los militares. Me ven
íntegra, con ganas de seguir
hablando, luchando y sin miedo a
participar. Eso es lo que les
trato de transmitir.
--¿En qué cambió en estos años?
--No cambié mucho, salvo por los
años y las arrugas. Nunca me
arrepentí de lo que pensaba.
Pelear por una sociedad más
justa, que todos tengan dignidad
y trabajo, me parece que sigue
siendo absolutamente vigente. Y
si seguir pidiendo justicia en
este país es un idealismo sigo
siendo idealista. Cambié en la
pasión que ponía en esas cosas y
en tomar conciencia de que no
vamos a ser protagonistas de
ningún cambio importante. Pero
bueno, seremos una buena
retaguardia.
--¿Qué le pareció la película La
Noche de los Lápices?
--Muestra lo que significó la
desaparición de los chicos de
una manera bastante fidedigna y
tiene componentes de película
respecto de las historias de
alrededor. Hay que rescatar que
sirvió para que este hecho se
conozca. Ese es un mérito
indiscutible, pero hay que
recrearlo con verdaderas
historias. Creo que con La Noche
de los Lápices se hizo un modelo
de lo que pasó en nuestro país,
que hay que recrearlo con lo que
fue dejado de lado y lo que yo y
otros podamos aportar no entra
en contradicción con lo que se
sabe sino que muestra una
dimensión más profunda del
horror.
--La Noche de los Lápices se
asocia a la lucha por el boleto
estudiantil pero usted habla de
una lucha política más amplia.
--No creo que a mí me detuvieran
por el boleto secundario, en
esas marchas yo estaba en la
última fila. Esa lucha fue en el
año '75 y, además, no
secuestraron a los miles de
estudiantes que participaron en
ella. Detuvieron a un grupo que
militaba de una agrupación
política. Todos los chicos que
están desaparecidos pertenecían
a la UES, es decir que había un
proyecto político, con escasa
edad, pero proyecto político al
fin.
septiembre 1998
http://www.elortiba.org/lapices.html
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
|
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|