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Desde los pibes alemanes a la
noche de los lápices, por
Osvaldo Bayer.-
11/11/05 (Argentina)
 
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Desde los pibes alemanes a la
noche de los lápices
Por
Osvaldo Bayer
Etchecolatz empezó a
sentirse mal, estaba en su casa
y sintió dolor de cabeza y dijo
que era un perseguido político.
Sinvergüenzadas argentinas. El
peor de los asesinos estaba en
su casa y se hace el perseguido.
"Político", nada menos. El
verdugo más cobarde de nuestra
historia se autodenomina
político. La política del tiro
en la nuca. Lleva siempre la
escarapela argentina en la
solapa. Azul y blanco. Trasfondo
de nuestra filosofía social. Los
asesinos están entre nosotros.
Es el autor de la acción más
alevosa imaginable. La prisión,
tortura, muerte y desaparición
de los adolescentes de la Noche
de los Lápices. De adolescentes.
Y lo que todavía no se ha dicho:
los militares y uniformados
argentinos les ganaron a los
nazis. En una acción muy
parecida, los argentinos
mostramos mucho más poder,
autoridad, la más absoluta
ilegalidad en la represión.
En febrero de 1943, en plena
guerra, un núcleo de estudiantes
alemanes de la ciudad de Munich
editó volantes contra la guerra.
Su moral no les permitía
soportar más eso de matarse unos
a otros, bombardear ciudades
asesinando madres y chicos, con
la destrucción absoluta de la
vida. Esos volantes los
arrojaban desde los pisos de
arriba al patio de la
universidad. Fueron observados
por el portero que los denunció
de inmediato. Los estudiantes
–cinco varones y una chica–
recién comenzados los veinte
años, fueron sometidos a un
juicio, encontrados culpables de
traición a la patria y
guillotinados al tercer día.
Todo salió en los diarios,
después fueron ejecutados otros
estudiantes y también el
profesor Huber, quien los había
apoyado. Sus bellas cabezas
cayeron rodando en un tacho.
Habían leído demasiada poesía,
habían leído el sufrimiento en
los ojos de los demás y en sus
propios ojos. La guerra, no
podían ni querían seguir siendo
bestias. Sus cabezas fueron
separadas de sus cuerpos. Pero
los nazis oficializaron todo y
publicaron todo, hasta el nombre
del juez y del verdugo. El juez
Roland Freisler quien
posteriormente condenó a la
horca a los rebeldes del 20 de
julio. Todos con su
responsabilidad en el crimen.
En La Plata ocurrió algo muy
similar. Pero los héroes de la
resistencia civil argentina eran
más jóvenes, apenas
adolescentes. Habían luchado por
la rebaja del boleto
estudiantil. Para que los que
vivían lejos pagaran igual que
los que vivían cerca. Justicia,
camaradería, solidaridad, la
bella palabra. Se reunían y
cantaban por la calle: "Luchar,
luchar, por el boleto popular",
"Eso, eso, eso, boleto de un
peso". Cuando llegó la dictadura
pasaron a ser sospechosos.
Activistas. Terroristas. Fueron
secuestrados por la policía
comandada por un general de la
Nación, el general Camps, un
enfermo mental que aplicó con un
entusiasmo total las reglas de
la muerte argentina: secuestro,
robo de las pertenencias,
humillación, tortura hasta la
aniquilación, hambre, y por fin
desaparición. Cada vez peor,
cada vez mejor. Destruir al ser
humano integralmente. Aplastarlo
como a un insecto. Y total
silencio ante los familiares y
amigos. Desaparecido. No están
ni vivos ni muertos, están
desaparecidos, como se expresó
ante los periodistas extranjeros
el señor presidente de la Nación
Argentina, teniente general
Jorge Rafael Videla. Etchecolatz,
Camps, Videla. Figuras de
exposición en una muestra
argentina que comienza con Roca.
Es toda una línea. Lo que pasa
es que los mapuches son
chilenos. Ahí está la clave. Es
decir, los militares argentinos
se quedaron en la sombra, no
admitieron nunca el crimen.
Hasta hoy, Etchecolatz nunca lo
reconoció. No sé,
desaparecieron. Se habrán ido a
Suecia. No, no me enteré.
En su libro, de precisión
jurídica, María Seoane y Héctor
Ruiz Núñez establecen que seis
jóvenes prisioneras embarazadas
fueron arrojadas a los calabozos
de los muchachos de La Noche de
los Lápices para que éstos las
atendieran sin tener elementos
ni conocimientos. Aquí sí los
argentinos les ganamos a los
nazis. Los prisioneros alemanes
de Munich, tras seis días de
calabozo alimentados con una
ración mínima, fueron llevados a
la guillotina y ahí ejecutados.
Aquí, entre nosotros, fue todo
más florido: picana, látigo,
hambre, escupitajos, manoseo y
violación para María Claudia y
Clara, todo mezclado con
desconocidas embarazadas
humilladas hasta el hartazgo. Es
que somos católicos apostólicos
romanos. Los representantes de
la Iglesia Católica en La Plata
les dijeron a los desesperados
padres: "No busquen más a sus
hijos". "Recen". Monseñor Plaza.
Sophie Scholl, la joven mujer
alemana de "La rosa blanca" –ese
bello nombre tenía la
organización antinazi de Munich–
puebla hoy con su foto todos los
rincones universitarios
sensibles a su lucha y a su
joven muerte.
Poco a poco los jóvenes rostros
de los queridos María Chiocchini,
María Claudia Falcone, Francisco
López Muntaner, Claudio de Acha,
Horacio Angel Ungaro, Daniel
Racero y Pablo Alejandro Díaz
van surgiendo del horizonte
estudiantil y aparecen uno por
uno en las aulas de los ámbitos
secundarios. La semana pasada me
llamaron para hablar de ellos en
el patio del Colegio Nacional
Pueyrredón. Más que mis palabras
se oyeron los aplausos de las
manos jóvenes. Hubo lágrimas.
Emoción. Dolor. Pensaron en las
muertes. De sus compañeros.
Desaparecidos. Ese mismo día
Etchecolatz se consideró un
preso político.
La pregunta es: ¿por qué tanta
brutalidad, tanta impunidad?
¿Cuáles fueron los maestros y
profesores de nuestros militares
y policías? Hoy, salvo los que
se jubilaron, siguen siendo los
mismos docentes en los colegios
militares y policiales. ¿Dónde
asimiló Camps el instinto de
hacer desaparecer? ¿Dónde
aprendió Etchecolatz tanta
impunidad y crueldad? Y la
cobardía de negar que lo
hicieron. ¿La aprendieron o les
viene de familia? ¿Buscaron esa
profesión porque les calmaba los
instintos? La pregunta no es
porque sí, viene de estudios que
se hicieron sobre los nazis
famosos y sus instintos desde la
vida familiar.
Los crímenes nazis estaban
documentados por ellos mismos.
Aquí hasta Videla los niega. Un
aspecto del cinismo y la
mendacidad que debemos tener en
cuenta para medir la
personalidad de quienes
establecieron la "Muerte
argentina", la desaparición.
Hasta la Inquisición de la
Iglesia Católica quemaba vivas a
sus víctimas en plazas públicas
y con la presencia de la Cruz.
Nuestros verdugos escondieron
todo. Esa es su máxima cobardía.
Que los dos partidos políticos
argentinos siempre reinantes
trataron de disimular con las
palabras "obediencia debida" y
el batacazo del indulto. Pero no
es tan fácil esconder la basura
debajo de la alfombra. Están los
alucinados del coraje, que jamás
abandonan la escoba, a pesar de
las ametralladoras y las picanas
eléctricas
www.diariomardeajo.com.ar
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
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