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El estatuto ficcional del
narrador-testigo como estrategia
discursiva en el libro VII de
Historia General del Perú,
Chrystian Zegarra. - 15/11/05
 
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El estatuto ficcional del
narrador-testigo como estrategia
discursiva en el libro VII de
Historia General del Perú
Chrystian
Zegarra *
Como toda obra de vasto
alcance, la Historia General del
Perú del Inca Garcilaso de la
Vega conforma un conglomerado de
propuestas y visiones. Esto se
manifiesta claramente en su afán
por ser una revisión y
reescritura de un voluminoso
corpus de crónicas precedentes.
El objetivo del presente ensayo
es analizar las relaciones que
se establecen, a nivel del
discurso narrativo, entre el
narrador y la materia narrada en
el libro VII de la segunda parte
de los Comentarios Reales del
Inca Garcilaso. Con este
propósito nos interesa subrayar,
en primer lugar, los pasajes en
los cuales el narrador de la
historia se construye a sí mismo
como protagonista de los hechos
y, en una segunda instancia, las
implicancias que esta estrategia
trae consigo.
Uno de los temas de interés que
pueden delimitarse a partir de
la monumental obra del Inca es
la dicotomía -un tanto
problemática desde el punto de
vista de las definiciones y
niveles discursivos-, entre
historia y autobiografía. Así,
para una parte significativa de
la crítica, la Historia General
no es más que la narración en
clave autobiográfica de
Garcilaso y su afán por
revalorar la figura de su padre
después de los sucesos militares
de las guerras civiles peruanas.
Algunos críticos sostienen que
la motivación principal que
lleva al Inca a escribir su
texto está condicionada por su
calidad de mestizo que reclama
en España la restauración de
privilegios por ser hijo de uno
de los conquistadores del nuevo
mundo. Como es de conocimiento,
estos derechos le fueron negados
por el cargo de "traidor" que
pesaba sobre su padre, a raíz de
los sucesos de la batalla de
Huarina, donde acaeció el
episodio sumamente difundido de
la ayuda que éste brindó a
Gonzalo Pizarro al
proporcionarle un caballo en
medio de la acción bélica. Así,
González Echevarría enfatiza la
idea que, básicamente, la
segunda parte de los Comentarios
sea leída como relación -en el
sentido de discurso de carácter
legal que se dirige a una
autoridad-. Para él, el texto
del Inca sería una especie de
alegato esgrimido ante la Corona
española en busca de limpiar y
reivindicar la imagen
deteriorada de su padre:
The Historia General del Perú is
an oblique biography of
Sebastián Garcilaso de la Vega
and an even more indirect
autobiography of Garcilaso de la
Vega, el Inca, the narrator. The
book is a relación in the guise
of a historia; the history of
the conquest of Peru is the
framing narrative, but the focus
of the overall, broad picture is
blurred, while the marginal
figure of Sebastián, in a
corner, appears in sharp relief,
but if observed closely, one can
also see the contour of
Garcilaso's own profile. (80;
énfasis suyo)
Según lo que se desprende de
esta cita, una de las
motivaciones centrales que
operaron como catalizador en el
proyecto escritural del Inca es
el episodio de Huarina, en el
cual Garcilaso pone de
manifiesto todo un juego de
ansiedades reivindicativas. Eso
dicho, en un agudo artículo, que
sirve de respuesta a la tesis
esbozada por González Echevarría,
José Durand advierte que el Inca
es consciente del proyecto
general de su escritura, en
términos de planificación de un
programa determinado-, desde una
fase temprana, desde la época de
los Diálogos de Amor o la
Florida del Inca. Afirma Durand
que en los Diálogos, Garcilaso
menciona a la Florida, y también
a una obra que tenía pensada
escribir acerca de los incas.
Sin embargo, en estos libros
"las guerras civiles ni se
aluden" (217). El Inca
manifiesta su voluntad de contar
la historia de la genealogía de
la cultura incaica acabando con
la ejecución del último
soberano. Pero no menciona el
tema de la conquista del Perú
como materia de algún trabajo
venidero. Por esto, si bien es
cierto que no se debe restar
importancia a la reivindicación
de la figura del padre en la
historia narrada por Garcilaso,
afirmar que es el detonante que
lo lleva a escribir su versión
de la historia del Perú, es una
aseveración que necesita ser
matizada para esclarecer los
sugerentes alcances de la misma.
En palabras de Durand: "Aunque
Huarina importa mucho, los temas
de esa Historia son
variadísimos, y los dos primeros
libros poco o nada tienen que
ver con el asunto. En cuanto a
la estructura de la obra, no
olvidemos que termina con
sucesos relativos a los incas
(Tupa Amaru, etc.), anudando así
el conjunto de ambas partes"
(216).
En este punto consideramos
pertinente esquematizar el
vínculo textual entre el
enunciador y el universo
narrado. Este deslinde será de
utilidad para señalar la manera
como la voz narrativa se erige a
sí misma, en segmentos
importantes del libro VII, como
personaje. Para este propósito
es de suma utilidad lo planteado
por José A. Rodríguez Garrido
acerca de la identidad del
narrador en la obra del Inca.
Según este crítico, la segunda
parte de los Comentarios Reales
se constituye en un texto de
carácter argumentativo. Esto
implica que se debe hacer una
distinción entre el sujeto
histórico que produce el
discurso desde una situación
concreta (el Inca Garcilaso en
tanto entidad histórica), y la
voz construida al interior del
texto a quien él llama "enunciador".
Las relaciones que se establecen
entre ambas instancias son de
reciprocidad ya que el receptor
de la obra tiende a identificar
a la voz del enunciador con la
del escritor -el historiador en
este caso-. Más aún, esta
asociación es necesaria, ya que
"de lo contrario el texto
argumentativo se percibiría como
falaz o hipócrita" ("La
identidad" 375). Dentro de este
planteamiento es posible
dividir, al menos, tres
instancias enunciativas en la
Historia General del Perú. La
primera de ellas sería la voz
que sirve como eje del discurso
histórico y que manifiesta su
voluntad narrativa desde las
primeras líneas del "Prólogo":
"Por tres razones, entre otras,
señores y hermanos míos escribí
la primera y escribo la segunda
parte de los Comentarios Reales
desos reinos del Perú" (21).
Esta es la misma voz que coteja
fuentes de historiadores y
cronistas previos para construir
su propio universo discursivo
(sobre este punto comentaremos
más adelante lo planteado por
Rodríguez Garrido). Un segundo
nivel del enunciador se produce
cuando la voz narrativa se
presenta a sí misma como testigo
de los eventos narrados. Son
innumerables los pasajes de la
Historia General en los cuales
el enunciador, generalmente con
el fin de autorizar sus
afirmaciones recurre a fórmulas
del tipo: 'yo conocí a X', 'yo
estuve presente en tal ocasión'
o 'tal evento me lo contó X'
-las citas, arbitrarias, sirven
sólo a fines didácticos-. Cabe
afirmar que esta segunda forma
enunciativa se produce
generalmente para desautorizar
alguna fuente citada previamente
(Gomara, Zárate o El Palentino),
y para poner en relieve su
propia versión de los hechos en
tanto espectador o testigo
privilegiado de los mismos. Esto
se entiende mejor al considerar
el papel de Garcilaso como
historiador que escribe a partir
de su propia vivencia en el
nuevo mundo, y no simplemente
"de oídas" como lo hacen sus
predecesores escribiendo desde
España -con excepción de Zárate
a quien el Inca respeta más-.
sin haber conocido el escenario
donde sucedió la materia de sus
crónicas:
Yo soy hijo de aquella ciudad, y
assimismo lo soy de todo aquel
Imperio, y me pesa mucho de que
sin culpa dellos ni ofensa de la
Majestad Real condenen por
traidores, o a lo menos hagan
sospechosos della, a los que
ganaron un Imperio tan grande y
tan rico que ha enriquecido a
todo el mundo, como atrás queda
largamente probado. Yo protesto,
como cristiano, de decir verdad
sin pasión ni afición alguna; y
en lo que Diego Hernández
anduviere en la verdad del hecho
le alegaré; y en lo que
anduviere oscuro y equívoco, le
declararé, y no seré tan largo
como él, por huir de
impertinencias. (VII: I, 95;
énfasis nuestro)
Habiendo referido a los dos
primeros niveles de enunciación,
propondremos una tercera
instancia que es la que más nos
interesa discutir. En este nivel
el narrador-testigo se convierte
en personaje, ficcionalizándose
como parte de su propia
historia. Garcilaso, de esta
manera, se convierte en uno más
de los elementos que conforman
el vasto tramado narrativo de la
Historia General, participando
de manera activa de los sucesos
históricos. El desdoblamiento
del Inca en personaje de sí
mismo ha sido notado por Enrique
Pupo-Walker:
Es necesario señalar que los
amplios espacios imaginarios
hacen posible que en los
Comentarios el Inca desempeñe el
doble papel de relator y sujeto.
La suya es de esa manera una
función que le desdobla en
creador y personaje; y que le
permite comportarse al mismo
tiempo como ente imaginario y
protagonista de la historia.
Garcilaso al contemplarse de ese
modo, crea a la vez el texto y
la persona que sirve como eje al
proceso narrativo. (103;
subrayado suyo)
Eso dicho, es necesario afirmar
que las tres estancias
enunciativas se presentan
interconectadas entre sí, al
punto que coexisten en
determinados pasajes del texto.
Retomando la propuesta de
Rodríguez Garrido -la diferencia
entre enunciador y ente
histórico-, diremos que al
interior de la figura del primer
término se producen las
subdivisiones ya anotadas,
actuando cada una de acuerdo a
la funcionalidad que el autor le
otorga en secuencias concretas
de la obra. Además, con el fin
de analizar la función que
cumple el narrador-protagonista
es dable revisar algunas
consideraciones previas
esbozadas por Rodríguez Garrido
en un trabajo acerca del manejo
de las fuentes históricas por el
Inca en el transcurrir del
proceso de escritura. En este
sentido nos interesa la idea de
legitimación del discurso a
partir de la cita de fuentes de
los cronistas. Según Rodríguez
Garrido el principal efecto de
citar trabajos ajenos es la
descontextualización de lo
citado con el objetivo de
recontextualizarlo en el propio
texto (96). De esta manera el
fragmento ajeno adquiere una
nueva dimensión cuando el nuevo
autor se apodera de él para
hacerlo significar lo que éste
desea de acuerdo a sus
intenciones. El ejemplo más
categórico de este punto es el
pasaje donde el Inca discute la
temática establecida
canónicamente por las fuentes
históricas acerca del episodio
de Huarina. Después de citar las
versiones de los tres cronistas
(Gomara, Zárate, El Palentino),
Garcilaso da su propia versión
de los hechos, la cual se
establece como más fidedigna y
verosímil dada su condición de
autor con acceso a fuentes
primarias (testigos que le
cuentan cómo sucedieron en
realidad los eventos). El
objetivo de toda esta larga
elaboración textual en base a
citas de otros autores no es
otro que refutar lo dicho por
ellos y asentar, de esta manera,
una autoridad sobre la materia
narrada que proviene de la
posición, cualitativamente
superior, de testigo. O del
acceso a relatos orales de
primera mano. Afirma Rodríguez
Garrido:
Con todo, podemos concluir que
al seleccionar y aprobar lo
dicho por los otros, más aún al
comentarlo y rectificarlo,
Garcilaso se arroga la función
de autoridad en la construcción
del discurso sobre la historia
del Perú. La aparente humildad
que implica la cesión de la
palabra es en verdad estrategia
mediante la cual se instala la
autoridad del enunciador de los
Comentarios. […] De esta manera,
los Comentarios reales se
convierten en una enorme empresa
verbal dedicada a la
construcción de un discurso
histórico, que es el discurso de
todos y ya no sólo el de los
historiadores españoles, bajo la
dirección de quien por sus
orígenes y por su biografía se
siente autorizado para ello.
("Las citas" 114)
Tomando como referencia lo
afirmado arriba nos enfocaremos
en algunos pasajes del libro VII
de la Historia General en los
cuales la transformación del
enunciador en protagonista -el
tercer nivel de nuestro
esquema-, sirve para crear en el
lector la imagen autoritativa
del narrador. El motivo de
centrarse en este libro radica
en que constituye el preludio al
desenlace de la historia. Así,
Carmela Zanelli argumenta que ya
no hay lugar para una gran
revolución después del fracaso
político de Gonzalo Pizarro y su
promesa de "articular una
sociedad mestiza con sus propios
valores, […] la sociedad
transicional que hizo posible la
existencia del propio autor y su
niñez en el Cuzco" ("La
dimensión trágica" 352). El
proyecto escritural de los dos
últimos libros tiene, a nuestro
juicio, una doble
direccionalidad: reivindicar la
figura del padre (claramente
evidenciado en la oración
fúnebre del libro VIII) y
terminar de manera cíclica con
la historia de los incas
narrando la rebelión y ejecución
de Túpac Amaru I, el último rey
de la dinastía. Ahora bien, el
libro VII narra un único suceso
histórico: la rebelión de
Francisco Hernández Girón ante
el reparto de tierras después de
la rebelión de las Charcas.
Podríamos resumir los eventos
descritos en este libro
remitiéndonos a dos -sin excluir
que hayan más- oposiciones
dicotómicas que están en juego.
La primera es la diferencia
sustancial entre vecinos y
soldados. Se realza el primer
término por razones de abolengo
y, por otra parte, se
menosprecia el segundo ligándolo
con motivaciones de ambición. La
segunda antinomia, y quizá el
eje del libro, es la que se
estructura en torno a los
conceptos de lealtad y traición.
Toda la materia narrativa del
libro VII es un largo compendio
de historias de traidores, en
las cuales los soldados no dudan
en pasarse de un bando a otro de
acuerdo a su propia
conveniencia. Así, el retrato
que nos ofrece el Inca de
Hernández Girón es el de un
hombre preso por la inseguridad
ante el temor de ser traicionado
en el momento menos esperado,
incluso es presa del temor que
suscitan sus oficiales más
cercanos.
Dentro de este marco general
veamos algunos pasajes
relevantes. Después de
producirse el asalto de
Hernández Girón a la casa del
corregidor del Cuzco, el padre
de Garcilaso, junto con un grupo
de "vecinos", trata de persuadir
a este último para que escape
del lugar y vaya a la plaza a
anunciar que se ha producido la
revuelta y así reducirla sin que
llegue a mayores. La respuesta
del corregidor es una negativa
que refleja un acto claro de
cobardía:
Mi padre y Diego de los Ríos y
Vasco de Guevara y dos
caballeros hermanos, […]
entraron por la puerta que el
corregidor entró, y yo con
ellos; […] Garcilaso, mi señor,
salió, perdida toda su
esperanza, y al pie de la
escalera se quitó los pantuflos
que llevava calzados, y quedó en
plantillas de borceguíes, como
havía jugado las alcancías.
Subió al tejado, y yo en pos
del. Subieron luego la escalera
y la llevaron por el tejado
adelante y la echaron en la casa
de Juan de Figueroa, y a ella
bajaron todos, y yo con ellos. (VII:
II, 98; el énfasis es nuestro)
La posición del
narrador-protagonista es
privilegiada ya que no sólo
comparte el escenario de los
hechos -afirmando su autoridad-,
sino que añade una dimensión
ética al momento histórico: él
participa, sigue al grupo de
hombres leales a la corona que
dan la espalda a los ideales
ambiciosos de Hernández Girón.
Incluyéndose dentro del grupo de
hombres honestos, el
narrador-testigo realza su
superioridad ética y también, de
paso, exime a Sebastián
Garcilaso de cualquier argumento
que se pudiera esgrimir en su
contra. Su papel de observador
de primera mano, como artificio
retórico, es irrefutable: "It is
as a witness that Garcilaso
inserts himself in the narrative
and tells his autobiography"
(González Echevarría 82). No
sólo como testigo, sino más bien
como participante de una
historia que en el fondo también
le pertenece en tanto vivencia y
recuerdo. Garcilaso se ve a sí
mismo en su relato como elemento
clave que permite la "huida" de
su padre y del pequeño grupo de
vecinos del espacio conflictuado
de la rebelión, donde la lucha
por el poder significaba sólo el
beneficio personal. La
ficcionalización del enunciador
tiene un importante rol
simbólico, ya que es el joven
Garcilaso quien prepara la
salida del padre del Cuzco
sirviendo de centinela. Además,
en un nivel mayor, su propia
narración se constituye como una
fuente autorizada de los hechos
ante la cual nadie puede debatir
diciendo que el padre tuvo algo
que ver en esta revuelta: "Yo
fui aprisa al mandado, y cuando
volví, halle que mi padre y sus
dos parientes […] se habían ido
y rodeado mucha tierra y malos
pasos por no pasar por la puerta
de Tomás Vásquez" (VII: II, 99).
De esta forma, el padre de
Garcilaso desaparece de la
historia de manera repentina en
este punto, afirmándose
únicamente que va hacia Lima
para unirse a las fuerzas de la
Corona. Sin embargo, aparece una
vez terminada la rebelión para
ser nombrado corregidor del
Cuzco: "Y que Garcilaso de la
Vega fuese corregidor y
gobernador de la ciudad del
Cuzco" (VII: XXX, 180).
Como mencionamos líneas arriba,
uno de los ejes sobre los que se
construye el libro VII es el
binarismo entre lealtad y
traición. En este sentido, uno
de los pasajes más
significativos es cuando
Garcilaso, en el capítulo XII,
inserta el relato de "la lealtad
de un caballo que yo conocí" (VII:
XII, 128). Sin embargo, esta
digresión no está del todo
desconectada de la historia
narrada, ya que el caballo
referido pertenece a uno de los
oficiales del ejército real que
huye después del ataque de
Hernández Girón en Uillacori. Es
más, la anécdota es observada
por el Inca "desde el
corredorcillo de las casas de
Garcilaso de la Vega, mi señor"
(VII, XII, 129). Por esto, a
partir de la visión del
protagonista-testigo, el espacio
de la casa del padre se
convierte en una especie de
lugar simbólico donde no puede
haber lugar para la traición.
Sin embargo, dentro del nivel
que presenta al enunciador como
actuante, encontramos un evento
importante que parece
contradecir los sucesos de la
historia misma. Nos referimos al
pasaje en el cual el joven
Garcilaso ayuda al ejército real
a instalarse en el Cuzco: "Allí
estuvieron seguros toda la
noche, con sus centinelas
puestas por las calles que ivan
a dar a la casa. Y yo estuve con
ellos, y hice tres o cuatro
recaudos a casas donde me
embiavan sus dueños., y en esto
gaste la noche" (VII: XXIII,
161). Dijimos arriba que en la
historia se menciona que el
padre de Garcilaso sale del
Cuzco en dirección a Lima y de
allí desaparece por un tramo
considerable del relato; pero
cuando Garcilaso narra el
regreso de Pero Hernández el
leal a la casa de su padre,
encontramos a Sebastián
Garcilaso presente. Este pasaje
es narrado seguidamente del
referido líneas arriba (la ayuda
de Garcilaso a las tropas
reales):
El día siguiente, estando yo en
un corredor de la casa de mi
padre, a las tres de la tarde,
vi entrar por la puerta de la
calle a Pero Hernández el leal,
en su caballo Pajarillo, y, sin
hablarle, entre corriendo al
aposento de Garcilaso, mi señor,
a darle la buena nueva; el cual
salió a prisa y abrazó a Pero
Hernández, con grandísimo
regocijo de ambos. (VII: XXIII,
161-162)
Notamos, entonces, que en
determinados momentos la voz del
enunciador contradice o
evidencia algunas oposiciones
con la materia de la historia.
No podemos afirmar que es una
clara voluntad del Inca de hacer
prevalecer la presencia del
padre en instancias cruciales
-el regreso de Pero Hernández
significa la vuelta del
personaje leal al espacio
paterno, libre de cualquier
conjetura-; sino más bien que la
identidad que el enunciador se
ha construido a partir de su
posición de testigo relega, por
momentos, a un segundo plano los
hechos concretos de la historia,
poniendo en relieve el estatuto
simbólico de los mismos. Al ser
estos hechos los que el Inca
vivió con mayor intensidad, su
recuerdo prevalece en el acto de
escritura, dejando de lado la
verosimilitud de su propia
narración. José Anadón afirma al
respecto:
It is a known phenomenon that
childhood memories, and even
those from youth, become
embedded in people's minds much
more easily than recent ones. In
Garcilaso, such abundant
autobiographical recollections,
voiced by so many friendly
people close to him, Indians and
Spaniards alike, appear to be
familiar and daily affairs. They
emerge and are depicted in his
writings with the simplicity of
spontaneous occurrences and the
vigorous impulse of nature.
(154)
De esta manera, la autoridad que
construye la voz narrativa a
partir de su papel de testigo y
protagonista del relato, además
de estar sometida a las
inexactitudes señaladas arriba,
también está sujeta a la visión
transformada del Inca cuando
intenta narrar su historia.
Existe una distancia de más de
cinco décadas desde los hechos y
su escritura. En todo este lapso
temporal debemos considerar los
años dedicados por el Inca a su
formación humanista, el inmenso
caudal de conocimiento de
autores y libros clásicos que
tuvo a mano al momento de
escribir. Este fenómeno produce
que la visión del joven-testigo
se vea mediatizada por el filtro
del hombre mayor poseedor de un
amplio bagaje cultural. Así,
cuando Garcilaso polemiza con El
Palentino acerca de la
descripción del ejército real y
toda su maquinaria de guerra,
deberíamos preguntarnos si esa
es la imagen del recuerdo del
narrador-testigo o -más bien- la
de un hombre que, a la distancia
y después de todo lo leído,
puede componer una descripción
más sofisticada de la escena. El
texto ilustra el pasaje así: "Y
para que se sepa como la
llevaban [la artillería], lo
diremos aquí, que aquel día que
entraron en el Cuzco yo me hallé
en la plaza, y los vi entrar
desde el primero hasta el
postrero" (VII: XXIV, 162;
énfasis nuestro); desacreditando
a la otra fuente: "por lo cual
se puede entender que lo que el
Palentino dice […] fue más por
afeitar, componer y hermosear su
historia que no porque paso así,
sino como lo hemos dicho" (VII:
XXIV, 163). Sin embargo, la
representación de las fuerzas
reales, con detalles precisos de
emplazamiento de los hombres y
de las armas, escapa -a nuestro
juicio- la percepción de un
joven de catorce o quince años
sin mayor bagaje erudito.
En síntesis, podemos concluir
que la voz narrativa -o el
enunciador- de Historia General
del Perú se presenta como un
complejo tramado de relaciones e
interrelaciones que, en algunas
circunstancias, adquieren mayor
relevancia que la materia
narrada. Si Carmela Zanelli
enfatiza el carácter trágico de
la historia y la búsqueda del
Inca por sintetizar su
ascendencia india y española en
la figura conciliadora de la
Virgen María, a quien dedica la
segunda parte de sus Comentarios
("Virgin Mary" 68); también
podría proponerse una vertiente
trágica, aunque de otro tipo, al
interior de la voz narrativa del
enunciador la que, a través de
las distintas instancias que la
componen, plantea una constante
búsqueda de su propia identidad.
Para esto se sirve, como ya
vimos, de su posición de testigo
y participante de algunos
sucesos claves que son narrados
en el curso de la historia. Sin
embargo, más que un sujeto
homogéneo y reconciliado con su
propia problemática, lo que el
narrador propone es un sujeto en
camino de ser constituido. El
enunciador se presenta como un
producto bicultural edificado a
partir del discurso textual,
donde el hecho de pertenecer a
dos mundos en pugna por un
verdadero acercamiento queda
como propuesta de diálogo
irresuelto y abierto al lector
contemporáneo. Garcilaso es el
primer escritor del hemisferio
occidental que se alimenta de
las raíces de dos culturas en
apariencia irreconciliables.
Pensamos que la mayor fuerza de
su legado consiste en la
urgencia por establecer lazos,
puentes, conexiones entre ambas.
La gran empresa de Historia
General del Perú cierra el
círculo iniciado anteriormente
por los Comentarios Reales:
concientizar a los lectores
acerca de esta doble naturaleza.
Así, al interior de la gran
maquinaria retórica desplegada
por el Inca, sobresale el
esquema correlacional que
caracteriza a los reyes
españoles del siglo XVI como
descendientes del paradigma
Godo, y la misma visión
vinculándola a la imagen de los
incas en Garcilaso. Efraín
Kristal es quien ha propuesto
esta intresante conexión con
trasfondo conciliador: "In
sixteenth-century historical
works, the Spanish royalty is
portrayed as descending from the
Goths, a pagan and idolatrous
people who had converted to
Christianity" (113). Los rasgos
de ascendencia cristiana
manifiestos en la imaginería de
los incas apoya esta hipótesis.
Por esto, al interior del
tramado argumentativo de la
Historia y de los Comentarios se
plantea el imperativo de
búsqueda de autenticidad y
legitimidad señalado como
prioridad por los niveles
discursivos del enunciador. El
sujeto escindido entre universos
en conflicto, entre arenas
divergentes cuya proximidad se
hace palpable en la obra
narrativa nos devuelve el fiel
reflejo de nuestra vivencia
latinoamericana.
Obras citadas
Anadón, José. "History as
autobiography in Garcilaso
Inca". Garcilaso Inca de la
Vega. An American humanist. Ed.
José Anadón. Notre Dame:
University of Notre Dame Press,
1998. 149-163.
Durand, José. "En torno a la
prosa del Inca Garcilaso". Nuevo
texto critico 1.2 (1988).
Garcilaso de la Vega, Inca.
Historia General del Perú. Ed.
Angel Rosenblat. Buenos Aires:
Emecé, 1944.
González Echevarría, Roberto.
Myth and Archive. A theory of
Latin American narrative.
Cambridge; New York: Cambridge
University Press, 1990.
Kristal, Efraín. "Goths and
Turks and the representation of
pagans and infidels in Garcilaso
and Ercilla". Garcilaso Inca de
la Vega. An American humanist.
110-125.
Pupo-Walker, Enrique. Historia,
creación y profecía en los
textos del Inca Garcilaso de la
Vega. Madrid: Ediciones J.
Porrúa Turanzas, 1982.
Rodríguez Garrido, José A. "Las
citas de los cronistas españoles
como recurso argumentativo en la
segunda parte de los Comentarios
Reales". Lexis 17.1 (1993):
93-114.
———. "La identidad del
enunciador en los Comentarios
reales". Revista Iberoamericana
61.172-173 (Jul-Dic 1995):
371-383.
Zanelli, Carmela. "The Virgin
Mary and the possibility of
conciliation of distinctive
cultural traditions in the
General History of Peru".
Garcilaso Inca de la Vega. An
American humanist.59-70.
———. "La dimensión trágica de la
historia: El caso de Gonzalo
Pizarro en la Historia General
del Perú del Inca Garcilaso de
la Vega". La cultura literaria
en la América virreinal. Ed.
José Pascual Buxó. México: UNAM,
1996. 351-360.
*Chrystian Zegarra nació
en Trujillo del Perú, en 1971.
Estudió Literatura
hispanoamericana en la
Pontificia Universidad Católica
del Perú. Fue miembro del grupo
poético «Inmanencia» con quienes
publicó dos libros colectivos:
Inmanencia (Lima, 1998) y
Regreso a Ourobórea (Lima,
1999). Junto con los otros
integrantes del grupo participó
en el evento «Junio de Poesía»
celebrado en la Ciudad de México
el año 2000. En marzo del 2004
publicó El otro desierto.
Actualmente realiza un doctorado
en Literaturas Hispánicas en la
Universidad de Californa en Los
Ángeles.
©
Chrystian Zegarra 2005
Espéculo. Revista de estudios
literarios. Universidad
Complutense de Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/incagarc.html
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
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