|
|
Las esculturas de Juan Soriano,
Serge Fauchereau. - 28/11/05
 
|
|
Las
esculturas de Juan Soriano
Serge Fauchereau
La Jornada Semanal- México
La obra de
un artista acaba siendo el mundo
que nos propone –en dos o tres
dimensiones, con o sin color, en
miniatura o monumental, único o
multiplicado. Ahora bien, es un
solo mundo: el propio,
coherente, reconocible. Si
examinamos el desarrollo de la
obra pintada, dibujada, grabada
o esculpida de Juan Soriano a lo
largo de varias décadas,
observaremos, sin embargo, que
su mundo, aunque diverso y
complejo, está compuesto en
buena medida por animales.
El conjunto de esculturas
confirma la capacidad de
inventiva, constantemente
renovada, de este artista. Pero
quien vea una sola escultura
podrá incluso tener una idea
bastante certera de la
orientación general de la obra,
de la libertad de su visión: una
gran mano de fierro a la sombra
de un edificio en la Ciudad de
México, una rechoncha y
tranquila paloma vigilando la
entrada de un museo en
Monterrey… Aquí se verá una
zoología inaudita, la
ornitología personal de Juan
Soriano.
Los animales constituyen un
añejo tema artístico, uno de los
más antiguos que existen. Hace
miles de años los hombres ya
dibujaban sobre las paredes de
las grutas caballos, toros,
peces y toda clase de animales
reales o imaginarios. El hombre
o la mujer que hacía tal cosa
obedecía probablemente más a un
acto mágico que a un propósito
decorativo, para sí mismo y para
los demás. Era ya un verdadero
artista, aun cuando no hubiese
todavía palabra alguna para
designar tal actividad.
Los animales son, asimismo, un
tema artístico muy moderno ya
que, en el arte occidental, se
les redujo prontísimo al estado
de símbolos. Así, el león y el
águila, por ejemplo, asociados
convencionalmente a la fuerza y
a la valentía, se esculpían para
impresionar o para sugerir el
poderío de una institución o de
algún potentado. Por otra parte,
los animales servían para hacer
lucir o para realzar el
prestigio de un héroe real o
imaginario: de allí la tradición
de la estatua ecuestre. Si en el
siglo xix podía imaginarse la
figura de un rinoceronte o de un
elefante en una plaza o en un
parque, era por afán de exotismo
y para mostrar hasta dónde se
extendía el colonialismo. Nadie
hubiera pensado en una vaca, una
simple vaca, en un zócalo… Hasta
que llegaron grandes artistas
que se adueñaron de pequeños
temas: Constantin Brancusi
esculpió pájaros, muchos
pájaros, tortugas y focas; Franz
Marc, a su vez, pintó gatos,
perros y changos azules, verdes
y rojos…
La verdad es que estas
distinciones cronológicas no son
sino muecas académicas, porque
en arte no hay nada antiguo ni
nada moderno. Los bisontes
rupestres de la gruta de Lascaux
no son ni más ni menos
elaborados, ni tampoco más o
menos conmovedores que los
caballos de Franz Marc: nada
moderno ni nada antiguo, tanto
en el tema como en la manera de
tratarlo. Juan Soriano ha
esculpido un toro y ha esculpido
una motocicleta vespa, tan fuera
del tiempo uno como la otra. Si
un día se hallara una moto
modelada o pintada en una gruta
paleolítica, se probaría cuánta
razón tengo yo.
Debido a que trabajan con formas
y con colores, los artistas se
interesan en los animales.
Éstos, en efecto, se presentan
bajo aspectos infinitamente
variados: un cangrejo y una
jirafa, un oso y una anguila,
una rana y una mariposa. Ahora
bien, viene a cuento recordar
una obviedad: los animales de
Soriano son esculturas, no
animales contrahechos. Basta una
simple foto de aficionado, si
sólo se quiere conmover y
provocar un acceso de
sentimentalismo. El artista
tiene miras mucho más amplias,
hondas y duraderas en lo que a
nosotros respecta. Se trata de
arte y no de "peor es nada"; de
creación y no de reproducción.
Entre numerosos animales, Juan
Soriano ha escogido los pájaros
en particular, ya que son muy
diversos: hay un gran trecho del
gorrión al avestruz, del
pingüino al loro, del mirlo
negro al flamingo rosa. El
artista, por supuesto, no copia:
ve más allá. A cada quien le
tocará luego ver en esas
esculturas, según el gusto, un
pelícano con calcetines, un
guajolote con sombrero o una
gallina azul.
El pájaro posee la facultad de
cambiar de forma: se extiende,
se desgreña, se acurruca a su
antojo. Soriano ha querido dar
cuenta de esta característica y
esa es la ventaja de la
escultura: según el ángulo o la
posición en que uno se
encuentre, el mismo pájaro está
parado en una pata o emprende el
vuelo, picotea el piso, se
pavonea o bien empolla; a no ser
que esté alisando sus plumas.
He sugerido que Juan Soriano es
de la familia de Brancusi y
Franz Marc. Pero no podemos
olvidarnos de ancestros mucho
más remotos: ¿quién sino los
artistas precolombinos han
tratado a los animales más
libremente pero siempre con
respeto: jaguares que danzan,
tortugas con rostro humano,
serpientes emplumadas...? Por lo
mismo, a Soriano le tiene sin
cuidado el naturalismo: sólo
cuentan el goce del ojo y la
excitación de la fantasía.
Dado que el arte no es de ayer
ni de hoy, el artista suele
tener siempre, y por donde
quiera, parientes a los que
probablemente nunca conocerá.
Tuve la oportunidad de ver en el
museo de Taipei un pájaro en
barro de la época Chang (¿mil,
dos mil años antes de nuestra
era?), calzado con una suerte de
pantuflas y con un sombrero
cubriéndole las orejas, porque
tiene orejas. Con todo, no
alcanzo a creer que el artista
chino pudo haberse inspirado en
el Pájaro xvi de Soriano que, a
su vez, lleva una cimera de
guardia imperial. Los linajes
espirituales, las familias de
sensibilidad, no dependen más de
la cronología que de los juegos
de influencias, reales o
imaginarios.
No hace tanto tiempo que existe
el humor en la escultura llamada
moderna, cuanto más si es
pública y monumental. ¿Quién
empezó? ¿Arp? Hemos de agradecer
por lo tanto a Soriano el saber
liberar nuestra fantasía y
nuestros hábitos visuales con
ranas o pájaros por él
inventados: el Pájaro xiii trae
puesta una corbata de moño, me
parece; el Pájaro xviii es una
hembra bastante pechugona; el
Pájaro xvii tiene la dignidad de
un tótem, pero el Pájaro ix
resulta fálico y relajiento.
No hay sentimentalismos ni
segundas intenciones en los
animales: la urraca no es
ladrona ni el pavorreal
vanidoso. Somos nosotros quienes
nos proyectamos en ellos, de
modo que tal gorrión se ve
gracioso y tal pato bonachón,
tal gallina ponedora resulta ser
una madre que presume a su
familia, tal garza parece
engreída… En cuanto a estas
esculturas, diremos que Juan
Soriano ha observado bien a los
animales. Creo también que, como
artista, ha observado con
detenimiento a la gente.
Tradución de Sylvia
Navarrete
.
Gentileza: Melina Alfaro
[melina.alfaro@gmail.com]
|
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|