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La antropología y los pueblos indígenas en México.-30/10/05
 

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La antropología y los pueblos indígenas en México.- 30/10/05


 


La antropología y los pueblos indígenas en México[1]

Por Gilberto López y Rivas [2]

Si la antropología como ciencia nace con el pecado original de haber estado estrechamente ligada al colonialismo y a los esfuerzos por imponer en el ámbito mundial las relaciones capitalistas, en México la disciplina antropológica surge de su relación fundamental con el llamado indigenismo. El indigenismo tiene sus orígenes más cercanos en los momentos posteriores al movimiento armado revolucionario de 1910 a 1917, cuando la escuela mexicana de antropología, encabezada por Manuel Gamio, comienza a elaborar los marcos de referencia conceptual que permitieran darle contenido a la política del Estado para con los diversos pueblos indígenas que se distribuyen en todo el territorio nacional.

Gamio expresaba los planteamientos ideológicos de una burguesía ya apuntalada como la fuerza hegemónica de ese proceso revolucionario y la necesidad de darle coherencia a un proyecto de nación acorde con los intereses de esa clase.

Para este padre fundador de la antropología mexicana, la nación no se consolidaría como tal en tanto siguiera persistiendo el carácter heterogéneo de su composición, expresada en al menos sesenta "pequeñas patrias", con sus respectivas lenguas y culturas, planteando la necesidad de lograr la incorporación del indígena a la vida nacional.

Para Gamio, la marginalidad de los indígenas se debía al estancamiento provocado por la diferenciación lingüística, por lo que la solución para el problema era la conveniente intervención del Estado para establecer una política que pretendía ir en auxilio del indígena, pero que en los hechos busco su asimilación a la nacionalidad dominante y la homogeneización cultural y lingüística de la nación mexicana.

Estas ideas tenían un consenso en el ámbito latinoamericano, como puede inferirse de la siguiente resolución adoptada en la VIII Conferencia Panamericana de Educación que tuvo lugar en Lima en 1938, en la que se declaró que los indígenas "tienen un preferente derecho a la protección de las autoridades públicas para suplir la deficiencia de su desarrollo físico y mental" por lo que los gobiernos debían "desarrollar políticas tendientes a la completa integración de aquellos en los respectivos medios nacionales".

Así, a partir de un primer Congreso Indigenista Interamericano que tiene lugar en Pátzcuaro, Michoacán, en abril de 1940, el indigenismo integracionista se afianza no sólo como la política del Estado mexicano para con los indios sino que se extiende a escala latinoamericana a partir de su adopción por muchos países, como Perú, Ecuador, Guatemala, Bolivia, con el establecimiento de organismos de asuntos indígenas, llamados desde entonces institutos nacionales indigenistas, que toman la función de idear y poner en práctica las bases para la acción indigenista de los Estados. En este Congreso se acuerda la creación del Instituto Indigenista Interamericano, en el cual participan en la actualidad 17 Estados (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela).

Cabe destacar el papel protagónico que jugaron los antropólogos en la elaboración de estas políticas, desde el momento en que Gamio definió a la antropología como "la ciencia del buen gobierno", iniciándose un maridaje entre los antropólogos y el Estado mexicano que no fue roto en parte sino hasta el movimiento estudiantil - popular de 1968 que creó las condiciones para que las corrientes críticas antropológicas se manifestaran y denunciarán el papel de complicidad de nuestros colegas en los procesos etnocidas iniciados hace varias décadas.

El desarrollo del indigenismo de Estado ha pasado por diversas fases y sus características ideológicas han ido adaptándose a las transformaciones de las sociedades latinoamericanas, persistiendo, sin embargo, la esencia definitoria que le dio vida: el indigenismo es una política de unos para otros; esto es, una política de un Estado criollo - mestizo para con los pueblos o etnias indígenas y, en consecuencia, el indigenismo en todas sus variantes es por naturaleza autoritario y verticalista. Los renovados discursos no logran anular este carácter. El indigenismo constituye un sistema teórico-práctico que se impone a las etnias desde los aparatos burocráticos de los Estados latinoamericanos, como una fuerza objetivamente opresiva, manipuladora y disolvente.

Esto es importante reiterarlo por que, como todo lo que tiene que ver con nuestro país, el Estado mexicano ha sido lo suficientemente hábil en el ámbito internacional como para encubrir su naturaleza real, de tal forma que muchos antropólogos europeos o estadounidenses no son conscientes del contenido profundandamente antiindígena de las prácticas del indigenismo.

Desde sus inicios, el indigenismo asumió un relativismo cultural restrictivo como uno de sus componentes, de tal manera que se consideró que en las culturas indígenas había "aspectos" que merecían ser conservados, y que merecían respeto y protección por parte de los Estados, y otros "negativos" que debían ser eliminados por no ser compatibles, ya sea con la modernidad o con los sistemas jurídicos vigentes.

De esta manera, la burocracia indigenista se convertía en "seleccionadora" en el destino que tendrían los procesos de "incorporación" del indígena a la sociedad nacional, sin tomar en cuenta los derechos de estos grupos a decidir su propio rumbo. El indigenismo se caracterizó desde entonces por el uso de una retórica de respeto a las lenguas y costumbres indígenas, con una práctica de destrucción de las estructuras étnicas de los pueblos indios. Baste mencionar que casi el 90% de las resoluciones de los Congresos Interamericanos no se han cumplido desde la fundación del Instituto Indigenista Interamericano, para darnos cuenta del contraste entre la teoría y la práctica del indigenismo.

Uno de los argumentos más característicos del indigenismo como política de Estado es precisamente conceptualizar lo "étnico" como parte del "atraso", por lo que al eliminarlo, de hecho -según este punto de vista- se logra la incorporación del indio a la sociedad nacional y su arribo a la modernidad.

El fundamento de esta posición es una especie de evolucionismo unilineal a partir de lo cual lo "étnico" es la contrapartida del desarrollo histórico, el "fardo cultural" que impide que los indios pasen de una situación de "casta" con respecto a la sociedad "mayor", o con respecto a las sociedades "complejas" o "nacionales", a una situación de "clase". Esta última idea fue expresada por una antropólogo mexicano, Gonzalo Aguirre Beltrán, quien fue una personalidad fundamental en la elaboración teórica del indigenismo, y para quien la plena integración de los indígenas al capitalismo constituía la completa realización sociohistórica de sus estructuras étnicas y, en consecuencia, toda acción indigenista se justificaba en aras de alcanzar esa meta culminante.

De esta manera, la política de los Estados para con las etnias o pueblos indios de América Latina se ha fundamentado en el integracionismo. Sin embargo, ésta no ha sido la única corriente indigenista. El etnopopulismo tomo su lugar a partir del desgaste del indigenismo integracionista y la necesidad de los Estados por contrarrestar la fuerza del movimiento indígena independiente en favor de sus derechos y reivindicaciones.

Esta perspectiva expresa, en sus inicios, las posiciones de los intelectuales de la pequeña burguesía indígena y mestiza de contraponerse al integracionismo a partir de una crítica que nunca pudo superar su evidente estadolatría, y su incapacidad para recurrir al marco clasista en el análisis de las relaciones entre los pueblos indios y las sociedades nacionales. Esta inconsistencia metodológica y política en la crítica llevó a muchos de sus principales ideólogos a procesos de cooptación por parte del Estado que, de esa manera, los incorpora a dirigir los aparatos indigenistas, o a servir como asesores para la elaboración de las nuevas políticas de "participación" o "etnodesarrollo".

El etnopopulismo parte de una concepción de apoyo radical a los grupos étnicos y se representa así mismo como el auténtico vocero de sus intereses. Otorga un valor absoluto a lo étnico como una esencia suprahistórica anterior a las clases y a las naciones y, por tanto, sobreviviente a las mismas en el futuro. El etnopopulismo recurre con frecuencia a la idealización de la comunidad étnica, como viviendo en armonía con la naturaleza y en el interior de sus propias estructuras, en las cuales la solidaridad y la ayuda mutua imperan. Esto ha sido muy impactante para algunos sectores intelectuales que a partir del etnicismo han creado un movimiento muy extendido en México, llamado de "la mexicanidad", que se plantea la restauración de los preceptos y las creencias que se supone corresponden a la época prehispánica, introduciendo cultos, rituales, indumentarias, cantos y formas de organización muy en boga entre una clase media en busca de soluciones individuales a sus problemáticas existenciales.

Curiosamente este movimiento promueve, en el terreno de lo político, las posiciones de no participar en los partidos u organismos de oposición al gobierno e, incluso, ha sido muy hábil para obtener ayuda estatal para muchos de sus proyectos.

Partiendo de la independencia de las luchas indígenas con respecto a movimientos oposicionistas de los pueblos mestizos o ladinos, el etnopopulismo plantea que el proyecto de los indios no se realizara a partir de proyectos nacionales contrahegemonicos, sino al margen de los mismos, con el evidente propósito de dividir a los explotados en su conjunto, aislar al movimiento indígena de las luchas populares e introducir la idea del exclusivismo étnico, el dualismo y la pasividad políticas.

Paradójicamente, estas posiciones otorgan una gran importancia al papel que el Estado puede jugar en favor del proyecto etnicista, ya que nunca llega a plantearse la naturaleza antiindígena del mismo; por el contrario, se considera necesario actuar "desde el Estado" para lograr las modificaciones y los cambios pertinentes en favor de los pueblos indígenas, justificando de esa manera la presencia de connotados etnicistas en el gobierno como en el caso paradigmatico del "ministro" Arturo Warman.

Paralela a la acción indigenista en sus diferentes modalidades, los Estados latinoamericanos han hecho uso del genocidio contra los pueblos indígenas, cuando ha sido necesario, no hay que olvidar que en Guatemala se siguió una política de tierra arrasada que incluyó una represión permanente por más de treinta años, la creación de grupos paramilitares con los propios indígenas para controlar desde adentro a los pueblos, los polos de desarrollo o aldeas estratégicas, los bombardeos con napal y otras bombas incendiarias y desfoliadoras. Estas políticas de exterminio se siguieron también en el Perú, con el pretexto de la lucha contra Sendero Luminoso, y en algunos lugares de la selva amazónica del Brasil, en los que se pretende expulsar a las poblaciones indígenas con objeto de apoderarse de sus tierras y recursos naturales.

Así mismo, los pueblos indios han sido objeto de prácticas permanente de violación a los derechos humanos, tanto en lo que se refiere a los individuales como a los que les corresponden como etnias. Stavenhagen considera que "el indio es más vulnerable y está expuesto a que sean violados sus derechos, precisamente porque es indígena".

Por su parte, los sectores más recalcitrantes del gobierno de Estados Unidos han utilizado varias estrategias para controlar y mediatizar a los pueblos indios. La principal de éstas ha sido la penetración religiosa a través del llamado Instituto Lingüístico de Verano, desde la década de los treinta, y la actual labor de numerosas denominaciones religiosas entre los pueblos indios.

El ILV fue estudiado por nosotros tanto en sus postulados ideológicos como en sus acciones concretas, publicándose un libro del Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales de México, La Declaración Mariategui, y lográndose, a partir de una movilización de más de dos años, la cancelación del convenio entre el ILV y el gobierno mexicano en 1978.

El ILV trabajaba a partir de una organización dividida en tres secciones: una religiosa encargada de darle ese contenido a las campañas de penetración entre las poblaciones indígenas, así como de conseguir los fondos necesarios entre compañías petroleras, iglesias fundamentalistas y otros organismos de carácter "gubernamental"; una de lingüistas que tenía en sus manos el aspecto "técnico" de la conversión religiosa en la lengua "nativa", quienes a su vez eran, en realidad, misioneros preparados para vivir dentro de las comunidades, aunque con una conveniente modernización de su hábitat; y una tercera sección de aviadores y técnicos de radio que constituían el aparato logístico de comunicación y transporte para la labor "religiosa".

La verdadera labor del ILV se inscribía en una gran variedad de trabajos de espionaje, contraespionaje, contraguerrilla, control y manipulación ideológica de poblaciones, todo ello en favor de los intereses del gobierno y las transnacionales estadounidenses. Los sacrificados e inocentes misioneros documentaban las formas locales para sobrevivir en la selva, la etnobotánica, los cruces de ríos en épocas de crecida, las ramificaciones o redes de comunicación entre las comunidades, el liderazgo, los recursos naturales, particularmente de los estratégicos (tenemos, por ejemplo, el traslape casi exacto de los mapas de las zonas petroleras de Colombia y Ecuador, coincidiendo con los asentamientos ocupados por la acción misionera del ILV).

Las cartillas de alfabetización de la Biblia del ILV introducían el individualismo, rompían todo sentimiento de lazos comunales o colectivos, planteaban abiertamente su lucha contra el comunismo, o contra la oposición al gobierno, apoyaban la acción de los gobiernos locales, aún cuando éstos actuaran sobre la base de la represión, estimulaban una conciencia pragmática, puritana, de arribismo individual, de ruptura de la familia extensa, proyectando la imagen de un modelo o ideal de sociedad que se concretaba en Estados Unidos.

Se practicaba una política de asistencialismo para los conversos, con las sobras de la sociedad de consumo, y la conveniente promoción de los más fanáticos y representativos de los reclutas entre las etnias de América Latina.

Actualmente, el ILV es uno de los centenares de organismos religiosos, científicos, asistencialistas o de ayuda humanitaria que actúan en las etnorregiones de América Latina en forma abierta o encubierta, algunos de los cuales expresan el carácter neocolonial de la política de Estados Unidos en América Latina. Esta penetración neocolonial es apoyada por los gobiernos de los países respectivos ya que también aquí se expresan las alianzas estratégicas que las clases dominantes mantienen con su contraparte en Estados Unidos.

En la comunidad de antropólogos de los inicios de los años ochenta, si bien había surgido una corriente crítica a la política indigenista de Estado, y al etnopopulismo, no había anclado la investigación antropológica, desde la perspectiva de la cuestión étnico-nacional, en torno a los problemas teóricos y prácticos de los procesos de libre determinación y autonomía de los pueblos indígenas y sobre proyectos específicos de carácter jurídico y político orientados a la solución de la cuestión étnica en México.

En los inicios de los ochenta, a partir de un seminario sobre la cuestión nacional que se organizó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), surge el Consejo Latinoamericano de Apoyo a las Luchas Indígenas (CLALI), que se funda con base en un documento suscrito por más de un centenar de antropólogos y algunos dirigentes indígenas, como Rigoberta Menchú. Este documento, publicado en varios países de América Latina, como "La cuestión étnico -nacional en América Latina", expresa la oficialización de la ruptura que se venía dando en el seno de la disciplina antropológica mexicana con el indigenismo como política de Estado. Asimismo, esta "Declaración" asentaba un compromiso de acompañamiento de los antropólogos a las luchas de los pueblos indígenas en el marco de los procesos de democratización general de las naciones latinoamericanas.

Sin embargo, fue la rebelión zapatista del 1 de enero de 1994 la que cuestionó de manera profunda las perspectivas antropológicas que se venían desarrollando al margen de las luchas de los pueblos indios. El diálogo de San Andrés entre el EZLN y el gobierno federal se transformó en una tribuna nacional de reflexión sobre la cuestión étnica y en el ámbito de gestación de una propuesta de autonomía resultado del consenso entre los distintos sectores del movimiento indígena.

Nunca hubieran imaginado los creadores de la política indigenista que el "problema indígena" se transformaría en un problema nacional a finales del siglo, a través de una rebelión armada de los pueblos y comunidades de Chiapas. Desde los años treinta, cuando se definió la política de la revolución mexicana para con los indios y se establecieron las bases de lo que sería el indigenismo de Estado, la naturaleza pluriétnica de la nación y los derechos de los pueblos no habían sido preocupación de pensadores y políticos. En el mejor de los casos, los indígenas aparecían recurrentemente como sujetos-víctimas, objetos de explotación y de políticas peternalistas. Aún en el marco de los análisis marxistas, los indígenas y los campesinos no fueron percibidos como sujetos de liberación. Criticando la perspectiva de los pensadores socialistas, de los años veinte sobre la revolución mexicana, Leopoldo Mármora identifica el etnocentrismo en su esquema de clases, en el que los "únicos sujetos sociales posibles y necesarios de todo cambio real de la situación interna", eran la burguesía liberal y el proletariado moderno, mientras los indígenas y campesinos, la "sustancia" misma de la nación mexicana, quedaban fuera de sus utopías.

Un paralelo que expone las profundas raíces del pensamiento evolucionista, intrínsecamente etnocéntrico, es el que establece Rodolfo Stavenhagen entre las perspectivas neoliberales y las del marxismo ortodoxo sobre la cuestión indígena en América Latina, a pesar de originarse en distintas tradiciones intelectuales y en diferentes análisis e interpretaciones de la dinámica social y económica. En ambos casos, los pueblos indios son vistos como obstáculos para el desarrollo y destinados a desaparecer por la vía de la aculturación y la modernización.

Es la rebelión zapatista la que empieza a desestructurar estas ideologías y perspectivas teóricas, que sitúan a los pueblos indios fuera del acontecer histórico, como rémoras del pasado que niegan su potencial político en procesos revolucionarios, todavía ancladas en prácticas sociales discriminatorias y con formas discursivas estigmatizantes.

De hecho, fue en la mesa de derechos indígenas, durante las negociaciones de San Andrés Larráinzar, Chiapas, cuando más claramente se revelaron los intereses de las clases en el poder, sus prejuicios hacia los indios, y la resistencia a pensar formas nuevas de construcción de la nación -como formación social- y del Estado -como estructura jurídico-política.

Como reivindicación central, la autonomía en sus connotaciones actuales aparece recientemente en el movimiento indígena a la luz de tres acontecimientos sociopoliticos relevantes: la promulgación de un régimen de autonomía regional en Nicaragua en 1987, en el marco de las transformaciones de la revolución sandinista; el desarrollo de mayores niveles de organización y autoconciencia de las organizaciones indígenas ante la contracelebración del quinto centenario de la invasión europea al continente americano, y la lucha por la presencia de los pueblos indios en la Constitución de la República, como expresión de la multiculturalidad de la nación mexicana.

En todo caso, la antropología actual pretende privilegiar en el análisis las determinaciones objetivas y subjetivas que originan los conflictos étnicos y nacionales contemporáneos que se extienden a casi todas las regiones del mundo - los cuales están asociados, precisamente, con la ausencia de derechos de Estados que han fincado su conformación en la homogeneización y asimilación de las entidades socioétnicas diferenciadas, así como la refundación de nuevas concepciones del Estado y su relación con la nación, y las políticas que podrían impulsar los estados nacionales multiétnicos.

Llegamos así al final del ciclo de una relación peligrosa entre el Estado mexicano y los antropólogos. Bueno, al menos de ese sector de los antropólogos que ha decidido acompañar a sus "objetos de estudio" en el reto de reconstruir una nación democrática y multiétnica.

[1] Conferencia en la Universidad de Viena, enero de 2003.

[2] Doctor en Antropología por la Universidad de Utah, Estados Unidos. Profesor investigador del INAH, México. Colaborador de La Jornada.

 



Gentileza: Guillermo C. Cohen-Degovia [ cohen_degovia@hotmail.com ]


 


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