|
|
Anticipo del ensayo "El país que
nos habla". -13/10/05
 
|
|
Anticipo del ensayo "El país que
nos habla"
Por Ivonne
Bordelois
El siguiente texto es un
adelanto del libro de Ivonne
Bordelois, que obtuvo el Premio
de Ensayo LA NACION-Sudamericana
2005.
En estas líneas quisiera trazar
la encrucijada en que puede
encontrarse actualmente la
Argentina como país lingüístico.
La lengua es, sin duda, el
camino más poderoso de identidad
comunitaria: es el reflejo
inapelable de la propia miseria
y riqueza interior, de las
tensiones culturales que se
viven en una nación,
particularmente cuando se
atraviesan circunstancias de
innegable crisis social y
económica.
¿Qué ocurre con el habla
cotidiana, con el sentimiento de
ser hablantes de una lengua que
puede ser también un instrumento
irreemplazable de autoestima,
cuando tantas certezas y valores
se derrumban? Estos peligros,
estas amenazas, nos conciernen
directamente: como dice Brice
Parain, del mismo modo en que
tratamos a la lengua nos
tratamos a nosotros mismos. En
momentos en que el lenguaje se
presenta como una cuestión
candente en su proyección
política y vital, es importante
reflexionar sobre los poderes y
debilidades que lo caracterizan,
los dones y las acechanzas que
se ciernen a su alrededor.
Quizá sea necesario afirmar, en
primer lugar, que, a pesar de
que parezca una utopía, la
lengua proporciona a cada uno de
nosotros el terreno y la
esperanza de un proyecto más
practicable que los que otorgan,
en el caso de la Argentina, las
circunstancias políticas, las
estadísticas de la deuda externa
o los avatares del riesgo país.
Mientras que la gran mayoría de
los ciudadanos argentinos
sentimos que no somos
responsables de la catástrofe
económica y moral que hemos
sufrido, sí existe una
responsabilidad colectiva en
cuanto al cuidado por la validez
de nuestro lenguaje, en términos
no retóricos sino vitales.
Queremos decir que la
degradación que sufre la
población en tantos aspectos de
la vida ciudadana y cotidiana no
debería extenderse a ese vínculo
profundo que es el lenguaje como
elemento imprescindible de
comunicación y de identidad.
Aun cuando ha sido posible,
lamentablemente, acorralar los
ahorros de los ciudadanos
argentinos y los planes de
porvenir que con ellos se
relacionaban, el acorralamiento
de la lengua y de la cultura
sólo puede realizarse con la
complicidad y el consentimiento
de la ciudadanía, que en este
sentido es perfectamente
responsable de lo que pueda
ocurrir. Y lo que puede ocurrir,
desde el punto de vista
lingüístico, puede ser
tremendamente negativo o
altamente positivo, según las
elecciones que se realicen.
Humillados y atropellados como
nos hemos sentido, desfondados
en nuestra propia dignidad y
autoestima, descorazonados en
nuestras legítimas esperanzas,
los argentinos no hemos perdido,
con todo, la esperanza de
reconstruir una identidad no
vergonzante, un pasaporte que no
dé lugar a sospechas, una manera
de caminar que nos asegure un
espacio respirable en el mundo.
Y para empezar, reconozcamos que
es muy difícil -prácticamente
imposible- vivir cotidianamente
con la sensación de una
corrupción que todo lo permea,
todo lo permite, todo lo
contagia, todo lo avasalla. La
impunidad se viste con los
nombres más poderosos y los
amagos de juicio y de castigo
ejemplares asoman periódicamente
en los medios como pequeños
relámpagos destinados a iluminar
nuestras expectativas,
simplemente para burlarlas con
una suerte de cómica e
indignante regularidad.
Aparte de experimentar una
estafa permanente, sentirnos
impotentes ante esa corrupción
es una de las más difíciles
experiencias que debemos
sobrellevar, porque advertimos,
muy a pesar de nosotros mismos,
que esta impotencia bordea los
límites de la complicidad y,
decididamente, no queremos ser
cómplices. [...]
Somos muchos los que asumimos
como territorio propio el de
nuestro lenguaje, y me consta
que formamos parte de él todos
aquellos que hayamos sentido
que, detrás de la degradación
tenebrosa que sufre la palabra
entre nosotros estos días, hay
una amenaza tremenda de pérdida
de los últimos baluartes de
identidad que nos quedan. Pero
lo que nos da una luz fuerte de
esperanza es que a esta amenaza
sí estamos en condiciones de
confrontarla, y sí podemos
reconstruir el terreno perdido,
siempre que no desertemos de la
fe en los poderes de
insurrección y resurrección del
lenguaje, y siempre que no
traicionemos nuestra propia
responsabilidad, capacidad,
fortaleza y entusiasmo para
restituir a la faz de la vida
comunitaria estos poderes. [...]
Nada mejor que destituirnos de
la palabra -asiento de la
conciencia crítica- si se nos
quiere convertir en ciudadanos
pasivos, totalmente sometidos a
las leyes del mercado. Un
sistema de prestigios y poderes
establecidos verticalmente, con
la potencia arrasadora que los
medios y los controles políticos
han adquirido en nuestros días,
se contrapone por su propia
naturaleza a esa solidaridad
horizontal, espontánea, gozosa y
gratuita que es propia del
lenguaje. [...]
El rescate de la palabra no es
ya un problema de crítica
filológica o de talento
literario, sino el requerimiento
de una nueva conciencia
ecológica, una alerta contra el
embate de las fuerzas que
impiden nuestro nexo con ese
lenguaje del que surgen la
crítica, el júbilo y el contacto
más profundo con los otros y con
nosotros mismos.
Como punto de partida
fundamental, es preciso recordar
que el lenguaje no es un mero
instrumento de comunicación: es
un cimiento solidario, una
visión del mundo que nos conduce
a lo más íntimo y precioso de
nosotros. Aun amenazado y
acorralado por los mercaderes de
opio que se multiplican por el
planeta, es un don y un bien
inalienable que está siempre
disponible y abierto a nuestra
voluntad de rescate y de
restitución.
Gentileza:: Agustín Cardini [
acardini83@hotmail.com ]
aginadigital
|
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|