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Juana Azurduy y la Revolución
continental. -10/10/05
 
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Juana Azurduy y la Revolución
continental.
Por
Alberto J. Lapolla
[agrolapolla@yahoo.com.ar]
Una historia silenciada
Juana de América.
La Guerrillera de la Libertad
Francisco de Miranda murió en
las mazmorras de Fernando VII en
Cádiz. Mariano Moreno fue
envenenado por el capitán de un
barco británico y su cadáver
arrojado al mar, anticipando un
destino recurrente para los
revolucionarios argentinos.
Manuel Belgrano murió en la
pobreza en 1820, cuando aún la
América necesitaba de sus
inigualables servicios. Todavía
no se habían cumplido ocho años
de que hubiera salvado a la
Revolución continental en
Tucumán. Bolívar murió solo,
perseguido por facciones
oligárquicas que combatían su
proyecto de unidad continental,
expresando con amargura “he
sembrado en el viento y arado en
el mar.” Bernardo O’Higginns fue
desterrado y perseguido luego de
luchar toda su vida por la
libertad americana. Monteagudo
fue apuñalado en una oscura
calle de Lima. Dorrego fue
fusilado sin juicio alguno -por
instigación de Rivadavia- por su
antiguo compañero de mil
batallas, “el sable sin cabeza”,
el genocida Juan Galo de Lavalle.
Juan J. Castelli el “orador
supremo de la Revolución”, quien
destruyera los argumentos
realistas en mayo de 1810, el
jefe del ejército libertador
americano que más cerca estuvo
de llegar a Lima y destruir de
un golpe el poder imperial
español, antes de la llegada de
San Martín, murió con su lengua
cortada, preso y perseguido.
Apenas dos días antes San
Martín, Alvear y su discípulo
Monteagudo acababan de desalojar
al gobierno
contrarrevolucionario de
Rivadavia y el Primer
Triunvirato, retomando la senda
de Moreno y la Revolución. En
este marco de ingratitud caída
sobre nuestros revolucionarios,
aquellos que nos dieron la
libertad y produjeron la más
grande de las revoluciones del
mundo occidental del siglo XIX,
no es de extrañar que Juana
Azurduy, la mayor guerrera de
América, ‘Juana de América’ -en
un continente que hizo de la
resistencia su identidad-,
terminara sus días como una
mendiga miserable en la calles
de Chuquisaca habitando un
rancho de paja.
Juana Azurduy y su esposo el
prócer americano Manuel Ascencio
Padilla, son los máximos héroes
de la libertad del Alto Perú y
por ende de nuestra libertad
como americanos y como provincia
argentina de la gran nación
americana. Sólo la ignominia que
aún campea sobre nuestra
historia y sobre sus mejores
hijos, hace que la República de
Bolivia -escindida de la gran
nación rioplatense, por el
elitismo sin par de los
ejércitos porteños que
desfilaron, saquearon,
defeccionaron y abandonaron el
Alto Perú, a excepción del
general Belgrano y por las
apetencias oligárquicas- no
considere a Juana y a su esposo
el Coronel Padilla, como sus
máximos héroes, y sí rinda
honores al mariscal Santa Cruz
uno de los generales realistas
que reprimió la Revolución de La
Paz de 1809, y que se pasó a las
filas patriotas al final de la
guerra de la Independencia. Fue
el propio Bolívar quien al
visitar a Doña Juana -ya
destruida por las muertes de los
suyos, el olvido de sus
conciudadanos y el saqueo de sus
bienes- le expresara ante la
sorpresa de sus compatriotas,
que Bolivia no debía llevar su
nombre sino el de Padilla, su
mayor jefe revolucionario. Pero
los adulones destruyen las
revoluciones.
El Alto Perú tierra india
Juana Azurduy -junto a su
esposo- simbolizan lo mejor de
la revolución americana, lo
popular y lo indio de nuestra
gesta emancipadora. Combatieron
por la libertad del Alto Perú
-por entonces parte del
Virreinato del Río de la Plata
primero y de las Provincias
Unidas después- desde la
revolución de Chuquisaca y la
Paz en 1809 -que fueran ahogadas
en sangre desde Lima y Buenos
Aires. Y en particular
guerrrearon sin descanso y sin
cuartel desde el grito de
libertad del 25 de mayo de 1810.
Ellos y los 105 caudillos indios
y gauchos como Vicente Camargo,
el Cacique Buscay, el Coronel
Warnes, el padre Muñecas,
Francisco Uriondo, Angulo,
Zelaya, el Marqués de Tojo, el
Marqués de Yavi, José Miguel
Lanza, Esquivel, Méndez, Jacinto
Cueto, el indio Lira, Mendieta,
Fuente Zerna, Mateo Ramírez y
Avilés entre muchos otros, junto
a Güemes en Salta, fueron
quienes impidieron que luego de
las sucesivas derrotas de los
ejércitos porteños al Norte, los
realistas pudieran avanzar sobre
Buenos Aires y destruyeran la
revolución. Juana y Padilla eran
oriundos de Chuquisaca -también
llamada La Plata o Charcas- sede
de la universidad. Allí
estudiaron -y conspiraron-
Mariano Moreno, Juan José
Castelli y Bernardo de
Monteagudo. Castelli, ya jefe
del ejército del Norte, se
hospedó en la casa de Padilla en
su marcha hacia La Paz. Moreno
era abogado defensor de indios
pobres y perseguidos en el
estudio del doctor Gascón en
Chuquisaca. Allí contactó con el
movimiento revolucionario. Juana
nació en 1780, el año en que
Túpac Amaru lanzó su revolución
indígena que casi liquida al
poder español. Sería el mismo
favorito -de la reina- Godoy,
quien señalara que la rebelión
de Túpac estuvo a punto de
quitarle a España los
virreinatos del Perú y del
Plata. Esa rebelión ahogada en
la sangre de los cien mil indios
ajusticiados por la represión
genocida española y en los
gritos del suplicio del gran
Túpac, su esposa Micaela
Bastidas Puyucawa y sus hijos,
abrió el camino de la libertad
pese a su derrota. El ejemplo
del Inca Condorcanqui no podía
sino conmover hasta los tuétanos
el corazón de la América del
Sur, del cual el Alto Perú y el
Perú eran su núcleo principal de
población original, con culturas
profundas y altivas. Nada sería
igual después de la rebelión de
Túpac: ni el dominio español ni
la resistencia americana. La
generación posterior a su
derrota, sabría vengar su
suplicio y expulsaría a los
criminales españoles por mucho
tiempo -por lo menos hasta la
llegada del Traidor Carlos Saúl
I, ya al final del siglo XX. Es
así que el sol de nuestra
bandera es el glorioso sol de
los incas y de Túpac Amaru.
La Revolución continental
Juana Azurduy es la máxima
heroína de la Independencia
Americana y su vida un verdadero
ejemplo de la entrega a la
revolución y a la lucha por la
libertad de sus semejantes. El
Alto Perú era el corazón del
sistema colonial español y del
genocidio indígena. Allí los
indios enviados al socavón del
Potosí eran despedidos para
nunca más volver. Morían a los
veinte años de edad con los
pulmones perforados, a los dos
años de llegar a la bocamina.
Allí todas las injusticias eran
realizadas en nombre del rey de
España. Los azotes -las arrobas-
eran el trato habitual para el
indio. Juana, una hermosa mujer
de familia criolla, habría
podido tener una vida acomodada
de mujer casada. En lugar de
ello prefirió el combate sin
cuartel por la libertad. En esa
lucha perdió de la manera más
cruel a sus cuatro hijos
pequeños, destruidos por el
hambre, las penurias y el
paludismo. Vio la cabeza de su
esposo -el héroe Padilla-
clavada en una pica carcomida
por los gusanos. Vio a los
ejércitos elitistas porteños,
subir hasta la garganta del
Desaguadero y ser destruidos uno
tras otro por las tropas del
Virrey del Perú. Arrogantes al
extremo de impedir que las
fuerzas guerrilleras -mejor
capacitados que ellos para el
Alto Perú- combatieran como
parte del ejército regular. Cada
vez más deteriorados,
centralistas, autoritarios y
cada vez más odiosos contra lo
indígena. El extremo fue el
ejército corrupto, de Rondeau y
Martín Rodríguez, que en el
colmo de su impericia hizo
volver al General Arenales que
oficiaba -por orden de San
Martín- como comandante de las
montoneras, dejándolas sin
estrategia de conjunto. Martín
Rodríguez por su parte, hizo su
aprendizaje de saqueo y
enriquecimiento ilícito en el
Alto Perú, para luego
continuarlo en la “feliz
experiencia” de la restauración
rivadaviana posterior a 1820.
Primero fue Castelli, que en su
ejemplar afán revolucionario no
estuvo exento de un jacobinismo
a veces desmesurado, en
particular por las actitudes
iconoclastas del joven
Monteagudo. Belgrano intentó
reparar luego, los excesos de su
primo Castelli. Él ayudó y
premió a Juana y al coronel
Padilla. Fue sin duda la mejor
de las expediciones, pero tenía
por meta un imposible como era
llegar a Lima por allí, cuestión
que Don Manuel ya sabía. Sólo
aceptó continuar por las
presiones de Buenos Aires.
Luego, la lamentable experiencia
de Rondeau. Por último el
intento también fallido de
Lamadrid, enviado por Belgrano
para auxiliar la feroz represión
de que eran objeto los ejércitos
montoneros de los caudillos
altoperuanos luego de Sipe Sipe.
La Guerra gaucha montonera
Luego de Vilcapugio y Ayohuma,
pero en particular a posteriori
del desastre de Sipe Sipe en
1815, la situación del Alto Perú
se tornó terrible. El poder
español impuso un terror
desenfrenado como política de
‘pacificación’ de la revolución
altoperuana. Decenas de miles de
paisanos fueron pasados por las
armas o murieron en combate. Las
torturas más atroces y los
escarmientos más crueles fueron
aplicados a los guerrilleros
mayoritariamente indios de lo
que hoy es Bolivia. 105
caudillos altoperuanos libraron
la Guerra Gaucha. “La Guerra de
las Republiquetas” la llamó
Mitre en su historia oficial,
para no usar la palabra
montonera, pues su gobierno
había sido enfrentado por la
montonera federal -y que él pasó
a degüello de la misma manera
que los españoles- de todo el
país. Fue la mayor guerra de
guerrillas del continente
americano entre 1810 y 1825. De
los 105 jefes sólo sobrevivirían
nueve, al final de la guerra. La
mayoría moriría en combate o
sería bárbaramente ajusticiada
por el terror de Abascal y
Pezuela. Sus cabezas serían
clavadas en picas en las plazas
de los pueblos para escarmiento
popular. La guerra de
partidarios -partisanos-
montoneros o de recursos, la
guerrilla del Alto Perú y la de
Güemes en Salta, fueron
organizadas por el General San
Martín veterano de la guerra de
guerrillas en España contra
Napoleón. Pocos saben que esta
guerra sería el ejemplo que
tomarían los patriotas
italianos, franceses,
yugoeslavos, rusos, bielorrusos,
ucranianos y griegos para luchar
contra la ocupación alemana en
la Segunda Guerra Mundial. Hasta
allí llegaría el rumor potente y
victorioso de Juana de América y
sus compañeros, pese a que entre
nosostros Doña Juana sea sólo
una canción.
La historia oficial argentina
prefirió olvidar a los gloriosos
revolucionarios del Alto Perú,
por dos razones. Primero porque
debido a las infamias cometidas
por los ejércitos porteños,
lograda su independencia en 1825
-y tal cual dejó entrever
Ascencio Padilla en la carta que
envió al fugitivo Rondeau- el
Alto Perú decidió independizarse
no sólo de España, sino también
de Buenos Aires. Pasaría a
llamarse Bolívar primero y
Bolivia después, pese a la
oposición del Libertador que
comprendía que así ambas
naciones perdían, pero el Alto
Perú perdía más. La medida a su
vez profundizaba la
balcanización de la América
unida que Gran Bretaña piloteaba
a toda máquina apoyada en los
Rivadavia y García de cada
ciudad-puerto del continente. La
segunda razón del olvido
altoperuano en la historia
argentina, obedece a razones más
abyectas. La guerra del alto
Perú es esencialmente una guerra
de indios, de caudillos, de
gauchos, de los patriotas de a
caballo, del pueblo puro de
América. Ese mismo pueblo que
las tropas porteñas destruirían
una y otra vez en la Banda
Oriental, en el litoral o en el
interior y finalmente en el
Paraguay. Además eran
guerrilleros, caudillos
militares y habían ganado su
grados -Manuel Ascencio Padilla
fue designado Coronel del
ejército del Norte cuando su
cabeza estaba ya clavada en una
pica. Juana Azurduy fue nombrada
Teniente Coronel del ejército
argentino a pedido de Manuel
Belgrano- en el combate.
Reivindicar su memoria para la
historia oficial es nombrar lo
innombrable. Lo gaucho. La
“barbarie” de Sarmiento, la
lucha de los pobres. Reconocer
que los indios, los gauchos, los
negros, los esclavos, los
mestizos no eran inferiores sino
que por el contrario, lucharon
con mayor tenacidad y
desprendimiento que la clase
culta porteña por la libertad.
Reconocerlo es negar el papel
rector de Buenos Aires en el
destino americano que inventó el
partido unitario -y luego
mitrista- y tanto daño hizo a la
causa americana. Mejor es
olvidar. “No sólo son bolivianos
-‘bolitas’- además son indios,
negros, matacos –monos”.
Era verdad como demostraría San
Martín que por el Alto Perú no
se podía llegar a Lima, pero
Buenos Aires con la historia
oficial oculta algo más grave
que explica el suplicio de la
población altoperuana, jujeña y
salteña entregada a la represión
genocida española. Buenos Aires
pudo haber liberado un gran
ejército que tuvo combatiendo
largo tiempo en la Banda
Oriental para auxilio de los
pueblos del Norte. Sólo debía
reconocer -tal cual lo planteó
Moreno en su Plan
Revolucionario- que Artigas
debía comandar la guerra por la
liberación de la Banda Oriental,
con sus gauchos y su pueblo, del
cual era el jefe natural. Pero
eso era inadmisible para la
elitista y exclusionista clase
mercantil porteña. En lugar de
eso prefirieron entregar la
Banda Oriental, primero a
Portugal -se lo propusieron en
secreto Alvear, Alvárez Thomas y
Pueyrredón- y luego aceptaron su
“independencia” colonial
británica, que lograba así crear
otro Estado en la boca del
Plata, impidiendo que la
Argentina tuviera el exclusivo
control de los ríos de la
Cuenca. Esa y no otra fue la
causa de todas las guerras
contra Rosas, Caseros incluida.
Cualquier cosa antes de aceptar
que los gauchos se manden a sí
mismos o peor aún que “nos
manden”. Con sólo enviar esas
tropas al Alto Perú y
estacionarlas en Potosí -como
señalaron Belgrano y San Martín-
mientras se preparaba el cruce
de los Andes, el pueblo
boliviano habría sido salvado de
sufrir lo indecible.
Juana Azurduy es la Revolución,
es el pueblo en armas, son las
mujeres del pueblo en armas, que
pelean junto a los hombres,
igual o mejor que ellos, que los
mandan. Mujeres y hombres que
destruyen ejércitos completos,
superiores en número y
armamento. Armados con hondas,
macanas, lanzas, boleadoras, a
fuerza de coraje y fiereza.
Coraje y fiereza que dan la
decisión de luchar hasta el fin
por la libertad, por la justicia
contra la opresión y el
sometimiento de los semejantes.
Luego del asesinato de su esposo
y de varios de los principales
jefes guerrilleros, Juana bajó a
Salta y combatió junto a Güemes,
quien la protegió y le dio el
lugar correspondiente. Luego del
asesinato de Güemes en 1821,
Juana entró en una profunda
depresión. En 1825 solicitó
auxilio económico al gobierno
argentino para retornar a
Chuiquisaca. La respuesta del
gobierno salteño resultó
indignante, apenas le otorgó ‘50
pesos y cuatro mulas’ para
llegar a la ‘nueva nación de
Bolivia’. Doña Juana murió a los
82 años en la mayor pobreza.
“Juana avanzaba casi en línea
recta, rodeada por sus feroces
amazonas descargando su sable a
diestra y siniestra, matando e
hiriendo. Cuando llegó a donde
quería llegar, junto al
abanderado de las fuerzas
enemigas, sudorosa y sangrante,
lo atravesó con un vigoroso
envión de su sable, lo derribó
de su caballo y estirándose
hacia el suelo aferrada del pomo
de su montura conquistó la
enseña del reino de España que
llevaba los lauros de los
triunfos realistas en Puno,
Cuzco, Arequipa y La Paz.” (1)
Por esta acción en la batalla
del Villar, en 1816, Juana
Azurduy fue ascendida por
Belgrano al grado de Teniente
Coronel del Ejército de las
Provincias Unidas.
(1) O’Donnell Pacho. Juana
Azurduy. Planeta. 1998
* Artículo publicado por la
Revista Lilith de marzo de 2005.
Buenos Aires.
Lea
www.redvoltaire.net
Gentileza:: hmujica [
hmujica@suisse.com ]
aginadigital
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