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Alfabetizar, algo más que
aprender a leer y escribir .-
27/08/05
 
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Alfabetizar, algo más que
aprender a leer y escribir
En comedores, centros de
salud y escuelas del sur del
conurbano crece una experiencia
de educación comunitaria, basada
en la teoría de Paulo Freire. La
propuesta, paralela a la
enseñanza tradicional, involucra
a 2500 niños, adolescentes y
adultos. En el barrio La
Saladita, de Avellaneda, se
diseñaron talleres de
carpintería, artesanías y cocina
infantil.
En el sur de la provincia de
Buenos Aires avanza una
propuesta educativa paralela a
la enseñanza tradicional: la del
Foro Social y Educativo Paulo
Freire. Con la meta de
alfabetizar sin que la
alfabetización culmine en la
mera enseñanza de la
lectoescritura, unos 350
docentes, no docentes,
profesionales y estudiantes de
varias carreras tratan de
quebrar la fórmula que vincula
la miseria con el analfabetismo.
Trabajan en horarios
extraescolares y en varios
centros situados en barrios
pobres: una escuela, un comedor,
un centro de jubilados, una
salita de primeros auxilios. Su
propuesta llega a 2500 niños,
jóvenes y adultos que aprenden
lo que ellos mismos piden
aprender para luego diseñar sus
propios proyectos laborales. La
idea surgió de los lineamientos
del Foro Social Mundial
Educativo y los fundamentos
teóricos de la “educación
comunitaria” del pedagogo
brasileño Paulo Freire. Su lema
es “Otra educación es
necesaria”, y la hacen posible.
La red de alfabetizadores de la
zona sur del foro es la más
consolidada, pero hay otros
nudos en Capital Federal,
Cipolletti, Salta y Jujuy. En el
conurbano norte, los
alfabetizadores aplican su
oficio en la estación Olivos con
los cartoneros que viajan en el
Tren Blanco mediante el servicio
de un merendero y la publicación
del boletín Historias de
cartoneros.
“Digan lo que digan los diarios
y las estadísticas, hay
analfabetos. En mi barrio conté
cien, por lo menos”, cuenta a
Página/12 Mónica Sánchez,
coordinadora de Aprender a Ser
Grandes, una asociación de
Burzaco, partido de Almirante
Brown. Los alfabetizadores
organizaron talleres “en los que
varios chicos aprendieron a
lavarse los dientes, muchos (de
ellos) lo hicieron por primera
vez” con cepillos y la pasta
dentífrica regalada por los
mismos voluntarios. Y “como
alfabetizar no es enseñar a
repetir lo que se aprende”, se
hacen actividades de lectura
comprensiva: “Leemos el diario
–cuenta Mónica– y analizamos las
noticias; los chicos piden
charlar sobre las notas que
tienen temas de droga, violencia
familiar y las policiales que
hablan sobre las fiestas de
cumpleaños que terminan mal, a
los tiros. Se interesan porque
esas cosas tienen que ver con la
realidad de ellos”.
En cada una de las 20
instituciones, el trabajo trata
de alejarse del asistencialismo.
Y aunque en algunas de ellas
satisfacen necesidades urgentes,
la herramienta pedagógica no se
abandona. Por ejemplo, en un
comedor, la excusa para
alfabetizar es la comida; en una
salita de primeros auxilios de
Caraza, el pretexto es la
procreación responsable. En
2004, catorce proyectos
recibieron el financiamiento del
Ministerio de Desarrollo Social
de la Nación. Y se están
haciendo gestiones para que la
flamante Dirección de Educación
Popular reconozca como “Centro
de educación popular” a cada uno
de los espacios donde educa el
foro.
El coordinador de la red,
Eduardo Marello, no deja de ser
crítico en su análisis de las
propuestas gubernamentales: “Por
suerte, el Ministerio de
Educación lanzó un plan de
alfabetización. Pero enseñar a
leer y escribir no es todo. Eso
tiene que ir acompañado por la
enseñanza de algo que atienda
las necesidades de la población,
de un oficio. Se perdió la
transmisión de un oficio de
padre a hijo, es un eslabón que
se cortó y va a ser muy difícil
recuperar en el corto plazo”.
Los proyectos son fruto de un
trabajo de varias etapas, y
Marello las explicó: “El primer
paso es conocer el mundo del
otro, ver su realidad. La
alfabetización parte de
situaciones generadoras de temas
sobre los que la gente necesita
saber algo” y superarse como
persona. Recién luego viene la
alfabetización propiamente dicha
y ese acto implica una relación
recíproca: “El otro sabe algo
que yo no sé, y yo sé algo que
el otro no sabe. Entonces, los
dos estamos en condiciones de
aprender. El rol del
alfabetizador es ser un mediador
entre ambos saberes”, resumió.
Un ejemplo concreto de estas
definiciones es lo que se hizo
en el barrio La Saladita, un
complejo de 15 torres de
departamentos del partido de
Avellaneda donde viven unas 600
familias. El trabajo del foro
está en el Centro de Educación
de Adultos 722, en el que 35
alfabetizadores reciben a 150
personas. El primer paso para
poner el marcha la educación
comunitaria fue hacer una
encuesta que reveló las
necesidades educativas del
lugar. Sobre la base de los
resultados se diseñaron talleres
de electricidad, carpintería,
tejido, títeres, música,
artesanías y cocina infantil en
la que una nutricionista enseña
a cocinar lo que los mismos
chicos tienen ganas de comer.
Reina Adorno es la responsable
del Centro. “Aquí, la
delincuencia está a flor de
piel. No hay trabajo, no hay
otra cosa, los chicos salían a
robar; muchos murieron, otros
están detenidos. Encima eran
discriminados por los vecinos.
Pero gracias al foro, cuando les
abrimos las puertas encontraron
un espacio donde formarse. La
educación no se cambia
modificando las leyes, se cambia
con escuelas con 20 alumnos por
aula en donde haya posibilidad
de un trato personalizado.”
Vicente, alfabetizador
“Antes fumábamos un porro y nos
íbamos a la cancha. Ahora, en
vez de jugar a la pelota
pintamos murales”, dice Vicente,
que con 29 años y antecedentes
penales es alfabetizador. El
edificio del centro de La
Saladita es modesto, de una sola
planta y cinco salones muy
pequeños. Al lado, una salita de
primeros auxilios. Y entre ambos
edificios, un canasto para las
bolsas con residuos que no hace
mucho, cuando se llenaba, seguía
acumulando basura a su
alrededor. Vicente lleva al
cronista a hacer una recorrida y
muestra la solución que le
encontró a ese problema: “La
gente se acostumbró a tirar
basura y eso daba una imagen de
mugre que no podía ser. Por eso
pintamos un mural, para que
respeten el lugar”. Luego
camina, se para frente a otro
dibujo y lo describe: “Este es
sobre el sida. Eso que está ahí
es el ‘bicho’”, dice señalando
un círculo con ojos que
simboliza un VIH gigante,
ubicado entre una familia y
preservativos con ojos y caras
sonrientes. Ahora falta pintar
las jeringas porque por esa vía
también se contagia la
enfermedad”. “Vine a ayudar y
para que los demás me ayuden a
mí. Los pibes me dicen ‘¡hola
profe!’ y pienso ‘¿yo,
profesor?’”
En Perú, educadores interesados
en la metodología de Paulo
Freire tomaron contacto con
Marello y comenzaron a diseñar
la red en su país. En pocos
meses conformaron foros en
varios colegios y universidades
de provincias peruanas. El
objetivo es que en la Argentina
suceda algo similar, “pero en
Perú fue más fácil porque la
organización vino de arriba
hacia abajo; en nosotros, el
proceso se dio al revés, surgió
de una necesidad de las clases
más bajas”, comparó el
coordinador. La propuesta del
foro en la Argentina cuenta con
el apoyo del Laboratorio de
Políticas Públicas de la
Universidad de Río de Janeiro y
otras instituciones. No
obstante, lo fundamental sigue
siendo que las instituciones de
base quieran sumarse al
proyecto. “Lo primero que nos
preguntan cuando llegamos a un
barrio es ‘¿quién está detrás de
ustedes, quién los banca?’
–recuerda Marello–; no pueden
entender que esto es genuino,
que no hay políticos de por
medio, que sólo es cuestión de
generar cambios culturales.”
Informe:
Adrián Figueroa Díaz.
Enviado
por
Agencia Latina de Información
Alternativa
www.alia.com.ar
mail@alia.com.ar
Gentileza:: Noticias de
ALIA [noticias@alia.com.ar]
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