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Marsellesa Fútbol Club
Había que ser guapo para jugar
en la Cancha de La Línea, contra
los locales, el Marsellesa
Fútbol Club. En su corta
trayectoria, estaban invictos.
Apenas unos cuantos equipos
sacaron un empate, a base de
sudor y sangre. Sudor por la
entrega inhumana. Sangre porque
nunca fue fácil disputar un
balón con un asesino de verdad,
con un ladrón de verdad y un
pirómano de verdad. El
Marsellesa era una institución
atípica, compuesta por
delincuentes de reconocido
prestigio, que se hacían
respetar en la cancha y, al
menor roce, a la primera
molestia, sacaban sin problemas
un puñal y amenazaban al
árbitro, o a aquellos atacantes
que se pasaban de listos con sus
gambetas.
Varios clubes temían jugar
contra estos irresponsables.
El requisito para entrar a esa
peculiar institución era haber
cumplido una pena aflictiva
sobresaliente en algún penal de
alta seguridad de la nación. A
los nuevos socios los recibían
de acuerdo al grado del delito
cometido. Los criminales y
asaltantes gozaban de un trato
especial. De ingreso inmediato.
Luego venían los "lanzas", que
son tipos que extraen carteras y
billeteras, y escapan a una
velocidad increíble con el botín
en las manos. Estos tenían
asegurado un puesto por las
bandas, para aprovechar la
rapidez de sus pies y piques
endemoniados. Aquellos
especialistas en robar animales,
los famosos cuatreros, jugaban
atrás, en la última línea, junto
a los asesinos. El golero era
siempre aquel solitario
asaltante de banco, un tipo
raro, proclive a la meditación y
malos pensamientos, capaz de
enfrentar la adversidad solo,
sin pedir ayuda. Los violadores,
proxenetas y pedófilos eran
rechazados de plano, por
estatutos y normas de buenas
costumbres... Sí, el club tenía
una reserva de valores morales
que, desgraciadamente, la
población desconocía.
Para no discriminar a sus
colegas de fechorías menores,
también jugaban rateros,
cuenteros, ladrones de cuantías
pequeñas y estafadores
mediocres. Aunque, a decir
verdad, el fuerte del Marsellesa
residía en los que menos sabían
jugar fútbol, pero eran
perversos: los rivales, al
enfrentarlos, les entregaban la
pelota como seguramente hubieran
pasado su dinero en un fortuito
encuentro nocturno.
Para confundir a la policía, la
mayoría de los ex reclusos se
inscribían con nombres
adulterados. Sólo había unos
pocos legalmente anotados, que
actuaban como "palos blancos".
Querían jugar tranquilos. Sin
sobresaltos. La única
identificación que tenían eran
sus apodos: "el Tuerto", "la
Sombra del Chupao Marino",
"Papas fritas", "el Lagarto",
"Cabeza de Ajo", "el Cara de
Fantasma", etc. Como se ve, eran
apodos simples y naturales. De
uso común. Al menos en San
Miguel.
El temible club ganaba los
partidos usando la maldad, las
trampas y el acoso constante. De
partida, todos los árbitros
venían arreglados. Cobraban
faltas imaginarias, tiros libres
inventados, penales inexistentes
y expulsaban injustamente a dos
o tres contrarios por pleito. La
gente, que no es tonta, se daba
cuenta que en la mayoría de los
lances salían airosos gracias a
la descarada ayuda de los
jueces. Y al uso indiscriminado
de artimañas.
Cuando el partido se complicaba,
tiraban animales vivos a la
cancha: gatos negros, chanchos,
pavos reales, perros feroces,
gallinas, conejos. Lo hacían
para amedrentar y confundir a
los rivales. Cierta vez mandaron
a un loco de verdad, de ojos
revueltos y carácter vehemente,
quien persiguió ¡con un tenedor!
a los futbolistas, hasta
hacerlos desaparecer del lugar:
sin tardanza los del Marsellesa
reclamaron la adjudicación del
pleito, por abandono y no
presentación de equipo
contrario. Aquel partido lo
perdían tres a cero: luego de
una encendida discusión, para no
exagerar la desigualdad
deportiva, los dirigentes de la
Asociación de Fútbol
dictaminaron un empate.
Usando esas argucias mantenían
el invicto.
Cuando jugaba el Marsellesa, la
Cancha de La Línea se repletaba.
Era un espectáculo. Causaba
atracción popular. Ganas de
verlos en acción. Además,
siempre pasaba algo interesante,
que una pelea, el robo de una
cadenita de valor, un puntapié
en la espalda, un gol con la
mano. Para opacar al rival,
entraban al campo sin camisetas,
mostrando con orgullo letal esas
enormes cicatrices que les
cruzaban como mapa las paredes
del estómago, pecho y espalda.
Con ese ardid, los rivales ya
empezaban en desventajas. Y si
este truco no funcionaba
completamente, usaban la segunda
parte del plan: se presentaban
buscando el cara a cara, la
cercanía física, y ahí
nuevamente perdían los rivales,
por el halo homicida que
despedían, los tic nerviosos,
los gestos hostiles, los tajos
en el rostro, esos granos en la
nariz, y el derrame de la jerga
y el lenguaje que se aprende en
las cárceles, más los escupos
hacia el lado, impronta de los
guapos en serio.
Muchos partidos los ganaron a
trompadas ¾ en el mejor de los
casos¾ y con trampas de
conocimiento público, pero que
nadie veía... Extrañamente,
cuando el resultado les
favorecía, se ponían cobardes y
hasta soportaban que los
perdedores les pegaran, y se
quejaban como niños atemorizados
ante el árbitro. Algunos hasta
lloraban: lo hacían de emoción
por lograr un triunfo legítimo,
no de miedo.
El año 1975 el Marsellesa vivió
su momento de gloria. Haciendo
famosas trampas llegaron a la
final. Derrotó ¾ más bien
"abatió"¾ , con buenas y malas
armas, a una parte significativa
de los equipos que osaron pisar
su reducto. La hazaña que
estaban logrando llegó a oídos
del mundo gansteril, quienes
aparecieron en la sede del club
ofreciendo "sus servicios" para
conquistar el esquivo trofeo del
campeonato. Quiso la suerte que
durante la competencia nadie
fuera detenido y el plantel se
mantuvo íntegro hasta el último
tramo del campeonato. Su rival
serían sus vecinos, la Unión
Milán. Había mucha bronca entre
ellos.
Y aquí viene lo insólito de la
historia.
El partido fue esperado con
ansia. Se hicieron apuestas.
Vino gente de otras comunas,
periodistas deportivos y
directores técnicos de clubes
grandes. Curiosamente, los
muchachos del Marsellesa no
hablaron, no prometían nada,
casi no se vieron en el barrio.
Algunos decían que querían estar
concentrados para el decisivo
cotejo. Era la explicación más
razonable que se escuchó. El día
del cotejo, cundió la
incertidumbre: pasaban los
minutos y no aparecían. Se
ignoraba dónde se encontraban,
qué planeaban. Había una norma
que señalaba que si no se
presentaban, Unión Milán se
consagraría campeón. Sus adeptos
no sabían qué hacer. Qué pensar.
Preguntaban por qué tardaban en
llegar. Después se sabría algo:
resulta que un dirigente foráneo
reveló a la policía los nombres
legales de los integrantes de
ese equipo... De inmediato, con
fotos y retratos, los agentes
encubiertos prepararon un ardid
para detenerlos en masa. Algunos
de ellos eran requeridos por la
justicia por delitos menores:
robos con intimidación, fraude
al fisco, giro doloso de
cheques, atraco a mano armada,
cosas así.
El tiempo transcurría.
El árbitro ¾ el único que se
atrevió a dirigir¾ , caminó
hasta el centro de la cancha.
Miró la hora. Cuatro de la
tarde. Hizo sonar el pito,
llamando a los equipos. Entonces
se apersonó donde el jefe de los
policías, un tipo al que nadie
ubicaba. No era del barrio. Ni
jugaba fútbol. Tenía excelente
apariencia. Hablaba
correctamente, con educación.
Quizá era un profesor. Dijo ser
mensajero del club Marsellesa.
De palabras cortas y precisas,
explicó que ya sabían de la
presencia de la "cana" y quería
pactar un trato muy simple: que
permitieran disputar la final y
luego los jugadores se
entregarían voluntariamente.
Hubo consultas a los altos
mandos. Dudas. Caos. El tipo,
para apurar el acuerdo, remató:
¾ Si no hay trato, no tendrán
presos...
El tipo tenía razón. La policía
aceptó, y procuró tomar todas
precauciones del caso.
Aquel ignoto personaje,
elegantemente vestido, exhaló
una sonrisa, prendió un cigarro
negro, subió a su auto y,
haciendo chirriar las ruedas,
levantando polvo, desapareció.
Iba a comunicar la decisión. Al
rato, saltando unos muros,
bajando de los tejados de las
casas colindantes, saliendo de
unos escondites, aparecieron los
peculiares futbolistas del
glorioso Marsellesa. Seres
desaliñados. Oscuros. Que
caminaban escupiendo a la vez,
con el cuerpo engrifado de odio,
enojados con ellos mismos y con
todo el mundo. La policía, al
verlos, se friccionaba la manos.
Sería la primera vez en la
historia de ese club que
jugarían un partido decente, sin
hacer trampas ni cometer actos
ilícitos. Más encima, después se
irían a la capacha. ¡Tenían una
rabia descomunal! Esto último no
era inédito: en varias ocasiones
la policía sacó de la cancha a
más de un delincuente
intensamente buscado, que
pillaron in fraganti
divirtiéndose, mientras ellos se
devanaban los sesos detrás de
sus huellas.
La gente, en mayor cantidad, se
puso a favor del Marsellesa. Los
animaban con cánticos, cuyas
letras hablaban de la esperanza
y la libertad absolutas.
Antes de comenzar la brega, los
muchachos del Marsellesa
hicieron un solo grupo,
abrazados entre sí, ¿qué se
dijeron? Nadie lo supo. Lo que
sí quedó claro, que intentarían
alargar el pleito hasta el
máximo: si había empate, iban a
un alargue de treinta minutos
adicionales. Y en caso de
persistir la igualdad, definían
a penales. Todo eso extendía su
permanencia en la sociedad,
único fin que ahora defendían.
Sin embargo, el trámite del
partido desde un principio no
les favoreció: a los veinte
minutos ya perdían dos a cero.
No se desesperaron. Tampoco,
disputaban la pelota con mala
fe. Jugaban de manera limpia.
Sin meter codazos a mansalva.
Respetando al rival. No
reclamaban nada. Parecían
niñitos buenos. Santos. Que no
quebraban un huevo y que
cumplían con todos los sanos
deberes de la patria. A decir
verdad, estaban jugando el mejor
partido que se les había visto.
Tocaban de primera. Encaraban
bien, en velocidad. Generaron
excelentes jugadas. Eso sí,
cuando el balón caía cerca de
donde se hallaba la "cana", ni
locos iban en busca de la
pelota. Se dieron el lujo de
celebrar una hermosa diana antes
de terminar el primer tiempo. El
público aplaudía a rabiar.
El entrenador del Unión Milán
reprendió a sus jugadores por su
juego displicente.
Por su parte, los muchachos del
Marsellesa se juramentaban
mejorar el resultado y dilataron
con exageración el regreso al
segundo tiempo, que jugarían con
los dientes apretados.
¡Resultaba impresionante verlos
inhalando aire libre! Tenían que
aprovechar, cómo no.
Nunca imaginaron una reanudación
más feliz: a los tres minutos
"Cabeza de Ajo" embocó un tiro
de cuarenta metros. Dos a dos.
Largo rato celebraron la
conquista. El director técnico
del Unión Milán aprovechó de
realizar dos cambios. De ahí el
partido fue una vorágine. Una
sucesión de errores recíprocos.
Había nerviosismo. Poca sutileza
en el trato del balón. Sobraba
la fuerza. La energía. Faltando
diez minutos para el término,
iban cuatro a cuatro. Un
resultado inesperado. Increíble.
La policía creía que el Unión
Milán estaba coludido ¾
ignoraban cuál era la finalidad¾
con el Marsellesa. Un par de
minutos después, sucedió algo
todavía más extraño: autogol a
favor del Marsellesa... El
público festejaba. Gritaba.
Lloraban. Los muchachos estaban
consiguiendo una proeza. Podían
ser campeones en buena ley,
aunque suene extraño decirlo.
¡Es un milagro del Señor!, llegó
a decir un creyente. Ahora
tocaba aguantar y listo, la copa
quedaría en sus manos. Sin
embargo, los jugadores del
Marsellesa pensaban otra cosa...
Faltando un minuto para la
finalización del pleito, un
defensa descaradamente lanzó la
pelota a su propio arco. Empate
cinco a cinco. Fueron al alargue
de treinta minutos. Nadie
comprendió aquel acto
irracional, suicida, de
autoproferirse un gol en contra.
Los comentarios y balbuceos
tapizaron aún más de misterio
aquella geografía humana.
El calambre real e irreal les
permitió tomarse un cuarto de
hora de descanso. No estaba
contemplado, pero qué se le iba
hacer. Era un apreciado tiempo
en libertad, para respirar aire
limpio, tocar la tierra,
chapotear en el escaso pasto,
mirar el horizonte y sentirse
formando parte de sus
coterráneos. Se prometieron
dejar la vida en la cancha para
mantener la igualdad hasta el
final, pues aquel resultado
permitía definir el partido a
penales, y eso no es rápido,
toma su tiempo, y seguramente la
tarde ya habría caído...
Definitivamente estaban jugando
bien. Con experiencia.
Seguridad. Irónicamente, era el
Unión Milán el que cometía fouls,
bueno, esto le convenía a los
astutos del Marsellesa: se
quedaban más rato simulando las
faltas. Y la hora avanzaba,
dejando entrever esas líneas
nocturnas que se alargaban por
el firmamento como esperanza de
un domingo pobre. No hubo más
goles. Ninguno de los dos
equipos quiso arriesgar. Fueron
a los penales. La incertidumbre
se transformó en angustia.
Familiares de los malhechores
encendían velas a las animitas.
No las encendían para que se
consagraran campeones del
torneo, sino para que Dios
apurara el descenso de la
penumbra...
Astutamente, el capitán del
Marsellesa eligió el arco más
cercano a un muro.
Lo que vino enseguida sucedió de
manera muy rápida. La gente se
aglutinó alrededor del arco.
Espontáneamente armaron una
especie de muro de contención,
para favorecer la huía de
aquellos facinerosos. El
resultado fue obvio: Unión Milán
ganó cuatro a dos. Campeón. La
policía, en cambio, sólo pudo
detener a cinco reos. El resto
escapó ágilmente, gracias a la
ayuda de la incipiente noche y
de los fanáticos. En este
partido, se puede decir que el
Marsellesa venció seis a cinco a
los agentes federales.
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BREVE INFORME DESCRIPTIVO DE
CARRERA LITERARIA Y PROFESIONAL
REINALDO EDMUNDO MARCHANT
Sobre Estudios y Cargos
Relevantes:
Reinaldo Edmundo Marchant (1958,
Santiago de Chile).
Escritor. Estudios superiores
Facultad de Letras de la
Universidad Católica, Diplomado
en Administración de Recursos
Humanos, con Mención en
Comunicación y Cultura. Profesor
de literatura y Director de
Talleres Artísticos. Diplomático
Agregado de Cultura y Prensa en
Embajada de Chile en Uruguay –
1994 – 1997 – y Embajada de
Chile en Colombia – 1998 –1999-.
Articulista y Cronista diario La
Época, La Nación, Revista
Análisis, Pluma y Pincel, Cauce,
Semanario Chileno Alemán
"Cóndor", Revista Todo Música,
Suplemento Deportivo Diario La
Segunda (otros medios). Gestor y
Productor Cultural. Editor
Medios de Comunicaciones para el
poder local: Semanario Municipal
Pedro Aguirre Cerda y Semanario
Municipal El Bosque. Actualmente
es Profesor de Literatura de la
Universidad Diego Portales y
Consejero Nacional del libro y
la Lectura.
TRAYECTORIA LITERARIA, ACADÉMICA
Y CULTURAL
Se dio a conocer en la década de
los ochenta como integrante de
la Nueva Narrativa Chilena.
Desarrolló en esos años una
prolífica labor literaria y
periodística. En 1988 remitió
cinco novelas inéditas al
principal Concurso Nacional de
Literatura Andrés Bello,
logrando el primer lugar con su
libro "El Abuelo"; dicho
certamen se dirimió sólo días
después triunfo del NO del 5 de
Octubre.
Junto a su actividad creativa,
escribió durante años los días
domingo en la Revista Temas del
diario La Epoca. También fue
articulista y cronista de
revistas culturales y
deportivas. Como un
reconocimiento a su labor
artística, en 1994 el Presidente
de la República Eduardo Frei lo
nombra Agregado de Cultura y
Prensa en la Embajada de Chile
en Uruguay, donde realizó tres
libros de Antologías de
escritores chilenos y uruguayos,
una en coautoría con Mario
Benedetti; este trabajo le
significó ser nombrado "Miembro
Correspondiente de la Academia
Uruguaya de Letras" (1996),
siendo el más joven en su
historia. En los años 1998 -
1999 ocupó el mismo cargo
Diplomático en la Embajada de
Chile en Colombia. En 1998 se
adjudicó el prestigioso "Premio
Internacional de Novela Ciudad
de Pereira, Colombia".
Ha escrito a la fecha nueve
Novelas, cinco libros de Cuentos
y tres Antologías.
Sus novelas y cuentos han
recibido más de una docena de
premios literarios y
reconocimientos, entre los que
destacan el Concurso Universidad
Católica, 1983; Concurso
Nacional " Cuentos de mi País",
Bata, 1984; Premio Nacional de
Cuentos Antonio Pigafetta, 1985;
Premio Internacional Nuevo
Cuento Latino, EE.UU., 1985;
Premio CMI de Novela, Suiza,
1986; Premio de Novela Breve
Rotary Club de Santiago, 1986;
Premio de Novela Inédita
Ministerio de Educación de
Chile, 1987; Premio Nacional de
Novela Andrés Bello,1988; Premio
Nacional de Literatura Sociedad
de Escritores de Talca y
Universidad de Maule, 1989;
Premio Municipal de Literatura
Eusebio Lillo, El Bosque, 1993;
Premio Asociación Uruguaya de
Escritores, 1995; Premio
Literario Asociación de Mujeres
Escritoras y Periodistas de
Uruguay, 1996; XV Concurso Anual
de Novela Ciudad de Pereira,
Colombia, 1999; Premio Mejor
Libro Publicado, Edición de
Lujo, Cartagena de Indias,
Galería Franco del Arte y el
Libro, Colombia, 1999.
La producción literaria del
autor ha sido incluida en
numerosas Antologías, editada en
Revistas, Diarios nacionales e
internacionales; cuenta con una
gran acogida de la crítica
especializada. Sus libros se han
presentado en diversos países,
siendo impartidos por
prestigiosos profesores como
Lucía Guerra, José Promis,
Guillermo Valencia y David
Petreman, en universidades de
Estados Unidos, Fernando Moreno
y Jorge Luis Sour en Francia, y
también en casas de estudios
superiores de Uruguay, Colombia,
Argentina y Chile.
Ha dictado Conferencias sobre el
Libro, La Lectura, Pablo Neruda,
Gabriela Mistral, Literatura
Chilena Actual, Temática de mis
Libros, Nueva Narrativa – entre
otros temas -, en los siguientes
países. Uruguay: Sala Vaz
Ferreira, Academia Uruguaya de
Letras, Feria del Libro de
Montevideo, Universidad la
República, Embajada de Chile en
Uruguay, Sociedad Uruguaya de
Escritores, Museo de Arte y
Letras, Academia de Historia y
Literatura. En Colombia:
Universidad del Norte,
Barranquilla, Universidad La
Sábana, Universidad Javeriana,
Teatro Municipal de Cartagena de
India, Feria Internacional del
Libro de Bogotá y Melledín,
Instituto Gabriela Mistral de
Cali, Centro Educacional Pablo
Neruda de Bogotá, Salón
Santillana de Bogotá – entre
otros -. Argentina: Salón de
Honor del SADE, Instituto de
Letras Martín Fierro, Feria del
Libro de Buenos Aires, Centro de
Cultura y el Libro de Mar del
Plata – entre otros -. México:
Feria Internacional de
Guadalajara, Embajada de Chile,
Centro Cultural Juan Rulfo –
entre otros -. España:
Universidad de Salamanca,
Instituto de Letras de Madrid,
Feria del Libro de Jirón – entre
otros -.
Correo electrónico:
marchant10@yahoo.es
Gentileza:: Mario Meléndez
[
mariomelendez71@yahoo.com ]
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