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Reinaldo Edmundo Marchant


 


Marsellesa Fútbol Club

Había que ser guapo para jugar en la Cancha de La Línea, contra los locales, el Marsellesa Fútbol Club. En su corta trayectoria, estaban invictos. Apenas unos cuantos equipos sacaron un empate, a base de sudor y sangre. Sudor por la entrega inhumana. Sangre porque nunca fue fácil disputar un balón con un asesino de verdad, con un ladrón de verdad y un pirómano de verdad. El Marsellesa era una institución atípica, compuesta por delincuentes de reconocido prestigio, que se hacían respetar en la cancha y, al menor roce, a la primera molestia, sacaban sin problemas un puñal y amenazaban al árbitro, o a aquellos atacantes que se pasaban de listos con sus gambetas.


Varios clubes temían jugar contra estos irresponsables.


El requisito para entrar a esa peculiar institución era haber cumplido una pena aflictiva sobresaliente en algún penal de alta seguridad de la nación. A los nuevos socios los recibían de acuerdo al grado del delito cometido. Los criminales y asaltantes gozaban de un trato especial. De ingreso inmediato. Luego venían los "lanzas", que son tipos que extraen carteras y billeteras, y escapan a una velocidad increíble con el botín en las manos. Estos tenían asegurado un puesto por las bandas, para aprovechar la rapidez de sus pies y piques endemoniados. Aquellos especialistas en robar animales, los famosos cuatreros, jugaban atrás, en la última línea, junto a los asesinos. El golero era siempre aquel solitario asaltante de banco, un tipo raro, proclive a la meditación y malos pensamientos, capaz de enfrentar la adversidad solo, sin pedir ayuda. Los violadores, proxenetas y pedófilos eran rechazados de plano, por estatutos y normas de buenas costumbres... Sí, el club tenía una reserva de valores morales que, desgraciadamente, la población desconocía.


Para no discriminar a sus colegas de fechorías menores, también jugaban rateros, cuenteros, ladrones de cuantías pequeñas y estafadores mediocres. Aunque, a decir verdad, el fuerte del Marsellesa residía en los que menos sabían jugar fútbol, pero eran perversos: los rivales, al enfrentarlos, les entregaban la pelota como seguramente hubieran pasado su dinero en un fortuito encuentro nocturno.


Para confundir a la policía, la mayoría de los ex reclusos se inscribían con nombres adulterados. Sólo había unos pocos legalmente anotados, que actuaban como "palos blancos". Querían jugar tranquilos. Sin sobresaltos. La única identificación que tenían eran sus apodos: "el Tuerto", "la Sombra del Chupao Marino", "Papas fritas", "el Lagarto", "Cabeza de Ajo", "el Cara de Fantasma", etc. Como se ve, eran apodos simples y naturales. De uso común. Al menos en San Miguel.


El temible club ganaba los partidos usando la maldad, las trampas y el acoso constante. De partida, todos los árbitros venían arreglados. Cobraban faltas imaginarias, tiros libres inventados, penales inexistentes y expulsaban injustamente a dos o tres contrarios por pleito. La gente, que no es tonta, se daba cuenta que en la mayoría de los lances salían airosos gracias a la descarada ayuda de los jueces. Y al uso indiscriminado de artimañas.


Cuando el partido se complicaba, tiraban animales vivos a la cancha: gatos negros, chanchos, pavos reales, perros feroces, gallinas, conejos. Lo hacían para amedrentar y confundir a los rivales. Cierta vez mandaron a un loco de verdad, de ojos revueltos y carácter vehemente, quien persiguió ¡con un tenedor! a los futbolistas, hasta hacerlos desaparecer del lugar: sin tardanza los del Marsellesa reclamaron la adjudicación del pleito, por abandono y no presentación de equipo contrario. Aquel partido lo perdían tres a cero: luego de una encendida discusión, para no exagerar la desigualdad deportiva, los dirigentes de la Asociación de Fútbol dictaminaron un empate.


Usando esas argucias mantenían el invicto.


Cuando jugaba el Marsellesa, la Cancha de La Línea se repletaba. Era un espectáculo. Causaba atracción popular. Ganas de verlos en acción. Además, siempre pasaba algo interesante, que una pelea, el robo de una cadenita de valor, un puntapié en la espalda, un gol con la mano. Para opacar al rival, entraban al campo sin camisetas, mostrando con orgullo letal esas enormes cicatrices que les cruzaban como mapa las paredes del estómago, pecho y espalda. Con ese ardid, los rivales ya empezaban en desventajas. Y si este truco no funcionaba completamente, usaban la segunda parte del plan: se presentaban buscando el cara a cara, la cercanía física, y ahí nuevamente perdían los rivales, por el halo homicida que despedían, los tic nerviosos, los gestos hostiles, los tajos en el rostro, esos granos en la nariz, y el derrame de la jerga y el lenguaje que se aprende en las cárceles, más los escupos hacia el lado, impronta de los guapos en serio.


Muchos partidos los ganaron a trompadas ¾ en el mejor de los casos¾ y con trampas de conocimiento público, pero que nadie veía... Extrañamente, cuando el resultado les favorecía, se ponían cobardes y hasta soportaban que los perdedores les pegaran, y se quejaban como niños atemorizados ante el árbitro. Algunos hasta lloraban: lo hacían de emoción por lograr un triunfo legítimo, no de miedo.


El año 1975 el Marsellesa vivió su momento de gloria. Haciendo famosas trampas llegaron a la final. Derrotó ¾ más bien "abatió"¾ , con buenas y malas armas, a una parte significativa de los equipos que osaron pisar su reducto. La hazaña que estaban logrando llegó a oídos del mundo gansteril, quienes aparecieron en la sede del club ofreciendo "sus servicios" para conquistar el esquivo trofeo del campeonato. Quiso la suerte que durante la competencia nadie fuera detenido y el plantel se mantuvo íntegro hasta el último tramo del campeonato. Su rival serían sus vecinos, la Unión Milán. Había mucha bronca entre ellos.


Y aquí viene lo insólito de la historia.


El partido fue esperado con ansia. Se hicieron apuestas. Vino gente de otras comunas, periodistas deportivos y directores técnicos de clubes grandes. Curiosamente, los muchachos del Marsellesa no hablaron, no prometían nada, casi no se vieron en el barrio. Algunos decían que querían estar concentrados para el decisivo cotejo. Era la explicación más razonable que se escuchó. El día del cotejo, cundió la incertidumbre: pasaban los minutos y no aparecían. Se ignoraba dónde se encontraban, qué planeaban. Había una norma que señalaba que si no se presentaban, Unión Milán se consagraría campeón. Sus adeptos no sabían qué hacer. Qué pensar. Preguntaban por qué tardaban en llegar. Después se sabría algo: resulta que un dirigente foráneo reveló a la policía los nombres legales de los integrantes de ese equipo... De inmediato, con fotos y retratos, los agentes encubiertos prepararon un ardid para detenerlos en masa. Algunos de ellos eran requeridos por la justicia por delitos menores: robos con intimidación, fraude al fisco, giro doloso de cheques, atraco a mano armada, cosas así.


El tiempo transcurría.


El árbitro ¾ el único que se atrevió a dirigir¾ , caminó hasta el centro de la cancha. Miró la hora. Cuatro de la tarde. Hizo sonar el pito, llamando a los equipos. Entonces se apersonó donde el jefe de los policías, un tipo al que nadie ubicaba. No era del barrio. Ni jugaba fútbol. Tenía excelente apariencia. Hablaba correctamente, con educación. Quizá era un profesor. Dijo ser mensajero del club Marsellesa. De palabras cortas y precisas, explicó que ya sabían de la presencia de la "cana" y quería pactar un trato muy simple: que permitieran disputar la final y luego los jugadores se entregarían voluntariamente. Hubo consultas a los altos mandos. Dudas. Caos. El tipo, para apurar el acuerdo, remató:


¾ Si no hay trato, no tendrán presos...


El tipo tenía razón. La policía aceptó, y procuró tomar todas precauciones del caso.


Aquel ignoto personaje, elegantemente vestido, exhaló una sonrisa, prendió un cigarro negro, subió a su auto y, haciendo chirriar las ruedas, levantando polvo, desapareció. Iba a comunicar la decisión. Al rato, saltando unos muros, bajando de los tejados de las casas colindantes, saliendo de unos escondites, aparecieron los peculiares futbolistas del glorioso Marsellesa. Seres desaliñados. Oscuros. Que caminaban escupiendo a la vez, con el cuerpo engrifado de odio, enojados con ellos mismos y con todo el mundo. La policía, al verlos, se friccionaba la manos.


Sería la primera vez en la historia de ese club que jugarían un partido decente, sin hacer trampas ni cometer actos ilícitos. Más encima, después se irían a la capacha. ¡Tenían una rabia descomunal! Esto último no era inédito: en varias ocasiones la policía sacó de la cancha a más de un delincuente intensamente buscado, que pillaron in fraganti divirtiéndose, mientras ellos se devanaban los sesos detrás de sus huellas.


La gente, en mayor cantidad, se puso a favor del Marsellesa. Los animaban con cánticos, cuyas letras hablaban de la esperanza y la libertad absolutas.


Antes de comenzar la brega, los muchachos del Marsellesa hicieron un solo grupo, abrazados entre sí, ¿qué se dijeron? Nadie lo supo. Lo que sí quedó claro, que intentarían alargar el pleito hasta el máximo: si había empate, iban a un alargue de treinta minutos adicionales. Y en caso de persistir la igualdad, definían a penales. Todo eso extendía su permanencia en la sociedad, único fin que ahora defendían.


Sin embargo, el trámite del partido desde un principio no les favoreció: a los veinte minutos ya perdían dos a cero. No se desesperaron. Tampoco, disputaban la pelota con mala fe. Jugaban de manera limpia. Sin meter codazos a mansalva. Respetando al rival. No reclamaban nada. Parecían niñitos buenos. Santos. Que no quebraban un huevo y que cumplían con todos los sanos deberes de la patria. A decir verdad, estaban jugando el mejor partido que se les había visto. Tocaban de primera. Encaraban bien, en velocidad. Generaron excelentes jugadas. Eso sí, cuando el balón caía cerca de donde se hallaba la "cana", ni locos iban en busca de la pelota. Se dieron el lujo de celebrar una hermosa diana antes de terminar el primer tiempo. El público aplaudía a rabiar.


El entrenador del Unión Milán reprendió a sus jugadores por su juego displicente.


Por su parte, los muchachos del Marsellesa se juramentaban mejorar el resultado y dilataron con exageración el regreso al segundo tiempo, que jugarían con los dientes apretados. ¡Resultaba impresionante verlos inhalando aire libre! Tenían que aprovechar, cómo no.


Nunca imaginaron una reanudación más feliz: a los tres minutos "Cabeza de Ajo" embocó un tiro de cuarenta metros. Dos a dos. Largo rato celebraron la conquista. El director técnico del Unión Milán aprovechó de realizar dos cambios. De ahí el partido fue una vorágine. Una sucesión de errores recíprocos. Había nerviosismo. Poca sutileza en el trato del balón. Sobraba la fuerza. La energía. Faltando diez minutos para el término, iban cuatro a cuatro. Un resultado inesperado. Increíble. La policía creía que el Unión Milán estaba coludido ¾ ignoraban cuál era la finalidad¾ con el Marsellesa. Un par de minutos después, sucedió algo todavía más extraño: autogol a favor del Marsellesa... El público festejaba. Gritaba. Lloraban. Los muchachos estaban consiguiendo una proeza. Podían ser campeones en buena ley, aunque suene extraño decirlo. ¡Es un milagro del Señor!, llegó a decir un creyente. Ahora tocaba aguantar y listo, la copa quedaría en sus manos. Sin embargo, los jugadores del Marsellesa pensaban otra cosa...


Faltando un minuto para la finalización del pleito, un defensa descaradamente lanzó la pelota a su propio arco. Empate cinco a cinco. Fueron al alargue de treinta minutos. Nadie comprendió aquel acto irracional, suicida, de autoproferirse un gol en contra. Los comentarios y balbuceos tapizaron aún más de misterio aquella geografía humana.


El calambre real e irreal les permitió tomarse un cuarto de hora de descanso. No estaba contemplado, pero qué se le iba hacer. Era un apreciado tiempo en libertad, para respirar aire limpio, tocar la tierra, chapotear en el escaso pasto, mirar el horizonte y sentirse formando parte de sus coterráneos. Se prometieron dejar la vida en la cancha para mantener la igualdad hasta el final, pues aquel resultado permitía definir el partido a penales, y eso no es rápido, toma su tiempo, y seguramente la tarde ya habría caído...


Definitivamente estaban jugando bien. Con experiencia. Seguridad. Irónicamente, era el Unión Milán el que cometía fouls, bueno, esto le convenía a los astutos del Marsellesa: se quedaban más rato simulando las faltas. Y la hora avanzaba, dejando entrever esas líneas nocturnas que se alargaban por el firmamento como esperanza de un domingo pobre. No hubo más goles. Ninguno de los dos equipos quiso arriesgar. Fueron a los penales. La incertidumbre se transformó en angustia. Familiares de los malhechores encendían velas a las animitas. No las encendían para que se consagraran campeones del torneo, sino para que Dios apurara el descenso de la penumbra...


Astutamente, el capitán del Marsellesa eligió el arco más cercano a un muro.


Lo que vino enseguida sucedió de manera muy rápida. La gente se aglutinó alrededor del arco. Espontáneamente armaron una especie de muro de contención, para favorecer la huía de aquellos facinerosos. El resultado fue obvio: Unión Milán ganó cuatro a dos. Campeón. La policía, en cambio, sólo pudo detener a cinco reos. El resto escapó ágilmente, gracias a la ayuda de la incipiente noche y de los fanáticos. En este partido, se puede decir que el Marsellesa venció seis a cinco a los agentes federales.

 

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BREVE INFORME DESCRIPTIVO DE CARRERA LITERARIA Y PROFESIONAL
REINALDO EDMUNDO MARCHANT


Sobre Estudios y Cargos Relevantes:


Reinaldo Edmundo Marchant (1958, Santiago de Chile).

Escritor. Estudios superiores Facultad de Letras de la Universidad Católica, Diplomado en Administración de Recursos Humanos, con Mención en Comunicación y Cultura. Profesor de literatura y Director de Talleres Artísticos. Diplomático Agregado de Cultura y Prensa en Embajada de Chile en Uruguay – 1994 – 1997 – y Embajada de Chile en Colombia – 1998 –1999-. Articulista y Cronista diario La Época, La Nación, Revista Análisis, Pluma y Pincel, Cauce, Semanario Chileno Alemán "Cóndor", Revista Todo Música, Suplemento Deportivo Diario La Segunda (otros medios). Gestor y Productor Cultural. Editor Medios de Comunicaciones para el poder local: Semanario Municipal Pedro Aguirre Cerda y Semanario Municipal El Bosque. Actualmente es Profesor de Literatura de la Universidad Diego Portales y Consejero Nacional del libro y la Lectura.


TRAYECTORIA LITERARIA, ACADÉMICA Y CULTURAL


Se dio a conocer en la década de los ochenta como integrante de la Nueva Narrativa Chilena. Desarrolló en esos años una prolífica labor literaria y periodística. En 1988 remitió cinco novelas inéditas al principal Concurso Nacional de Literatura Andrés Bello, logrando el primer lugar con su libro "El Abuelo"; dicho certamen se dirimió sólo días después triunfo del NO del 5 de Octubre.

Junto a su actividad creativa, escribió durante años los días domingo en la Revista Temas del diario La Epoca. También fue articulista y cronista de revistas culturales y deportivas. Como un reconocimiento a su labor artística, en 1994 el Presidente de la República Eduardo Frei lo nombra Agregado de Cultura y Prensa en la Embajada de Chile en Uruguay, donde realizó tres libros de Antologías de escritores chilenos y uruguayos, una en coautoría con Mario Benedetti; este trabajo le significó ser nombrado "Miembro Correspondiente de la Academia Uruguaya de Letras" (1996), siendo el más joven en su historia. En los años 1998 - 1999 ocupó el mismo cargo Diplomático en la Embajada de Chile en Colombia. En 1998 se adjudicó el prestigioso "Premio Internacional de Novela Ciudad de Pereira, Colombia".

Ha escrito a la fecha nueve Novelas, cinco libros de Cuentos y tres Antologías.

Sus novelas y cuentos han recibido más de una docena de premios literarios y reconocimientos, entre los que destacan el Concurso Universidad Católica, 1983; Concurso Nacional " Cuentos de mi País", Bata, 1984; Premio Nacional de Cuentos Antonio Pigafetta, 1985; Premio Internacional Nuevo Cuento Latino, EE.UU., 1985; Premio CMI de Novela, Suiza, 1986; Premio de Novela Breve Rotary Club de Santiago, 1986; Premio de Novela Inédita Ministerio de Educación de Chile, 1987; Premio Nacional de Novela Andrés Bello,1988; Premio Nacional de Literatura Sociedad de Escritores de Talca y Universidad de Maule, 1989; Premio Municipal de Literatura Eusebio Lillo, El Bosque, 1993; Premio Asociación Uruguaya de Escritores, 1995; Premio Literario Asociación de Mujeres Escritoras y Periodistas de Uruguay, 1996; XV Concurso Anual de Novela Ciudad de Pereira, Colombia, 1999; Premio Mejor Libro Publicado, Edición de Lujo, Cartagena de Indias, Galería Franco del Arte y el Libro, Colombia, 1999.

La producción literaria del autor ha sido incluida en numerosas Antologías, editada en Revistas, Diarios nacionales e internacionales; cuenta con una gran acogida de la crítica especializada. Sus libros se han presentado en diversos países, siendo impartidos por prestigiosos profesores como Lucía Guerra, José Promis, Guillermo Valencia y David Petreman, en universidades de Estados Unidos, Fernando Moreno y Jorge Luis Sour en Francia, y también en casas de estudios superiores de Uruguay, Colombia, Argentina y Chile.

Ha dictado Conferencias sobre el Libro, La Lectura, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Literatura Chilena Actual, Temática de mis Libros, Nueva Narrativa – entre otros temas -, en los siguientes países. Uruguay: Sala Vaz Ferreira, Academia Uruguaya de Letras, Feria del Libro de Montevideo, Universidad la República, Embajada de Chile en Uruguay, Sociedad Uruguaya de Escritores, Museo de Arte y Letras, Academia de Historia y Literatura. En Colombia: Universidad del Norte, Barranquilla, Universidad La Sábana, Universidad Javeriana, Teatro Municipal de Cartagena de India, Feria Internacional del Libro de Bogotá y Melledín, Instituto Gabriela Mistral de Cali, Centro Educacional Pablo Neruda de Bogotá, Salón Santillana de Bogotá – entre otros -. Argentina: Salón de Honor del SADE, Instituto de Letras Martín Fierro, Feria del Libro de Buenos Aires, Centro de Cultura y el Libro de Mar del Plata – entre otros -. México: Feria Internacional de Guadalajara, Embajada de Chile, Centro Cultural Juan Rulfo – entre otros -. España: Universidad de Salamanca, Instituto de Letras de Madrid, Feria del Libro de Jirón – entre otros -.
Correo electrónico: marchant10@yahoo.es

 

 

 

Gentileza:: Mario Meléndez [ mariomelendez71@yahoo.com ]

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