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El viento
entre los álamos.- 04/07/05
(Uruguay)  
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El viento entre los álamos
Lucía
Masci.
Caras y Caretas
Resulta reconfortante
encontrar, entre la muchísima
hojarasca de nuestra cartelera,
una puesta como El viento entre
los álamos, ópera prima del
francés Gérald Sibleyras (44
años), recientemente estrenada
por la Comedia Nacional con la
dirección de Mario Ferreira. La
exquisitez del trabajo de tres
grandes de nuestra escena como
lo son Julio Calcagno, Pepe
Vázquez y Jorge Bolani, hacen de
este montaje una cita
imperdible.
Estrenada en francés en 2003 en
el Théâtre Montparnasse, El
viento entre los álamos (Le Vent
des peupliers) ahonda en la
subjetividad de tres ex
combatientes de la Primera
Guerra Mundial que esperan la
muerte desde la apacible terraza
de un geriátrico.
Corre el año 1959. Gustavo, René
y Fernando, son ahora tres
ancianos en busca de razones
para su propia existencia, para
seguir de este lado y vivir un
plus que se alargue hasta la
llegada del inminente y
pusilánime final. Ya no hay
heroísmo, y si lo hay, éste pasa
ahora, como los miedos, por el
entorno cotidiano. Así Fernando
(Jorge Bolani), entre los
desmayos que le provoca un
pedazo de obús alojado en su
cabeza, busca creer que será
asesinado por la hermana
Magdalena, Gustavo (Pepe
Vázquez), quien no se anima a
atravesar el portón, pretende un
deceso heroico en plena misión
de “escape” y René (Julio
Calcagno), cuyos últimos 25 años
han transcurrido en la
institución, renunció a toda
gloria que no sea construirse
una visión que, aunque
resignada, le permita cierta
relación positiva con lo que lo
rodea. Los miedos se reducen
ahora a los rezongos de la
hermana Magdalena, o a resbalar
en el musgo, o a cumplir años el
mismo día que otro internado, o
al contacto con el mundo
exterior, o a la pérdida del
pelo. Así los personajes se
apoyan, se miden, compiten y se
cotejan con el otro como en un
espejo. Una impostada dignidad
es lo único que les queda por
defender, y cada uno lo hace a
su manera. Mientras teorizan
sobre lo cotidiano deformado por
sus visiones dislocadas, se
dibuja con claridad este mundo
de la supuesta comunicación de
palabras desechables y se
intuye, en la profundidad, el
otro, el que vivieron y que
ahora da forma a sus fantasmas,
manías y terrores. El deseo del
escape, sólo existe para mostrar
que es imposible ya moverse.
Igual que el perro de piedra que
sirve las veces de tema de
conversación y de compañía
-sobre todo para Gustavo- la
inmovilidad es la marca de lo
inevitable. Conscientes de que
están en la última estación,
sueñan con viajes que oscilan
entre la ya inexistente
Indochina francesa o los álamos
que divisan desde la terraza, lo
mismo da. Exactamente como esos
álamos que, quietos en el
horizonte, son apenas mecidos
por el viento, el interior de
estos personajes se mueve tan
lentamente como el contexto que
habitan, ese en el que saben,
además, que “a nadie le importa
un pito”.
Esta situación que podría
volverse corrosiva y tétrica, se
aligera sin embargo hasta
adquirir un falso aire de
comedia a partir del uso del
diálogo que hace Sibleyras, un
diálogo cargado de teatralidad,
de ironía, de un profundo humor,
y que mueve a juegos entre los
personajes capaces de colocarnos
siempre al borde de la risa o
del llanto, allí donde nace la
ternura. Con un ritmo casi
musical en las palabras,
Sibleyras logra trazar de manera
sutil y vigorosa a estos tres
personajes en forzosa
convivencia. Sus intercambios
lindan con el absurdo y dejan
entrever la trama de una vida ya
apagada que el espectador
reconstruye, a partir de las
pocas pistas que cada tanto
dejan caer. El texto se mueve
dentro de lo implícito, de lo no
dicho, y apela fuertemente al
espectador, a su esfuerzo por
descubrir la naturaleza de cada
uno de estos entrañables
personajes a quienes la edad y
los traumas de la guerra han
exacerbado sus características
más sobresalientes. De allí que
cada vez que llegamos al dolor,
la tristeza o la piedad,
cambiemos el sentimiento por
risa, asombro y constatación
sobre caracteres que una vez
perfilados quedan ahí, frente a
nosotros, para que los
disfrutemos hasta que se
apaguen.
El humor, entonces, rige la
pieza. En este sentido importa
destacar especialmente el
excelente trabajo llevado a cabo
por la traductora literaria
Laura Masello quien imprime al
texto de una naturalidad de
matices justos, ritmo claro,
palabras no intercambiables, que
hace que esta pieza francesa
parezca escrita para el español.
La puesta de Ferreira se apoya
en la excelencia del elenco,
aunque la dirección de actores
es precisa y se percibe. También
salta a la vista la lógica
tentación de estos tres grandes
a la improvisación, a los
aportes personales con los que
de forma notoria se divierten en
escena. Sin embargo –es una
virtud de la dirección- logran
mantenerse en el paso previo,
haciendo lucir el texto en su
plenitud. El público disfruta de
esos lujos avalados por la talla
y la experiencia de los actores,
y el triunfo es para el rigor y
el balance justo entre el genio
y las reglas del juego.
Algunos aportes técnicos
subrayan la atmósfera creada por
el texto. En este sentido, la
intención de proyectar el cielo,
las nubes, el paisaje que los
ancianos disfrutan desde la
despojada escenografía que
representa su terraza, es
acertada. Sin embargo, sí debió
haberse cuidado el manejo
práctico del diseño realizado
por Liliana Viana, ya que
algunos errores en la proyección
distraen y pesan sobre el ritmo
cronométrico que se desprende de
la propia pieza. La música de
Silvia Meyer resulta, como
siempre, un aporte preciso y
acertado.
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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