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Espejito
espejito...- 16/08/05 (Uruguay)  
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Espejito espejito...
Por Lucía Masci.
Caras y Caretas
Erzebeth, reciente estreno
de La mordida teatro con
dirección de Nelson González y
actuación de Camila Carbajal,
intenta ser una lectura poética
en torno a la fascinante figura
de Erszébet Bathory (Hungría,
1560-1614) quien fuera conocida
como la “Condesa Sangrienta” por
haber torturado y asesinado en
los sótanos de su castillo de
Csejthe a 650 jovencitas.
Habiendo matado impunemente
durante casi diez años, amparada
por el manto de silencio que
imponía su rango, la condesa fue
finalmente condenada en 1611 y
emparedada en su propio
castillo, en el que murió en
soledad tres años después.
Cuenta la leyenda que Erszébet
se bañaba en la sangre de sus
víctimas (campesinas y
sirvientas primero, nobles
después), creyendo así poder
renovar eternamente su belleza y
juventud. Bathory, quien había
sido entregada con tan sólo diez
años a la familia de su futuro
esposo, Ferenzc Nádasdy, con
quien se casó a los quince, fue
arrancada violentamente de su
niñez y creció, tal como dictaba
la costumbre, bajo la vigilancia
de su puritana suegra. A partir
de entonces, presa para siempre
en su soledad narcisista, en su
estático trono, en un espejo en
el que no encontró el reflejo
que buscaba, sus ritos
demenciales –justificados por un
“derecho” que, según había
aprendido, le pertenecía en
tanto noble- no sólo fueron su
rebelión y venganza sino que se
convirtieron en el escape a la
inercia, en esa única pausa al
dolor que se transformó en su
razón de existir.
Aunque se la ha vinculado al
vampirismo debido a su sed de
sangre y su vida en
Transilvania, lo cierto es que
la condesa fue más bien una
víctima de su época. Según
establece su biógrafa Alejandra
Pizarnik, el interior de la
melancólica Erszébet era, “una
escena sin decorados donde el yo
inerte es asistido por el yo que
sufre esa inercia”.
INTIMIDAD DE UNA VÍCTIMA. El
director uruguayo Nelson
González busca recrear esa
“escena” íntima, aunque no logra
mostrar al público más que algún
retazo de aquello en lo que
hurga. La ausencia de un trabajo
dramatúrgico que sostenga las
inconexas palabras de este
monólogo repercute sobre un
espectáculo que, de este modo,
resulta algo vago e
incomprensible. Según González,
el texto fue trabajado sobre la
intimidad del personaje, y “no
se prestó tanta atención al
hecho de contar una historia,
como a la posibilidad de jugar
poéticamente con la incomodidad
del público, que debe salir con
preguntas e intentar completar
lo que vio”. Como sea, lo cierto
es que González y La mordida
teatro vienen desarrollando un
tipo de experimentación escénica
de la cual Erzebeth constituye
–luego de Tinieblas- apenas el
segundo gesto.
Una escenografía cargada de
simbolismo representa una
pollera, un trono, una vagina.
Sobre esta estructura que la
sostiene y a la vez la aísla se
erige como un ídolo la
protagonista, constructora,
habitante y símbolo de un
universo puramente femenino
compuesto por cómplices,
sirvientas y víctimas. Pero su
sustento radica en su condición
de noble, y no en la de mujer.
Esa estructura es entonces
también su cárcel, su condena.
La pieza parece enfocarse en un
tiempo indeterminado, en ese
tiempo infinito, casi un limbo
onírico, desde el cual Erszébet
trasciende su muerte y, aún
emparedada, grita su
inmortalidad. De allí la
distancia buscada a partir de un
tratamiento extrañado de los
recursos vocales (una
exageración “extranjerizante” de
las erres) y del movimiento
corporal de la actriz. En este
punto, cabe destacar la
contundencia del trabajo de
Carbajal, que otorga a su
personaje una calidad y cualidad
en los movimientos que parecen
así intervenidos por la
tecnología del cine.
Sin embargo, y es una pena, el
espectáculo no logra asir con
claridad las características del
esquivo personaje que toma como
materia y éste parece, más bien,
devorar a sus fascinados
escudriñadores. Erszébet se
muestra entonces, como en sus
retratos, lejos, tan lejos que
el espectador no advertido no
logra verse siquiera seducido
por su historia, que se reduce a
algunos datos en el programa de
mano. En cambio, una energía
enrarecida se apodera de la sala
a partir del trabajo de la
actriz y brillan ciertos
momentos en que las palabras ya
no importan. La disonancia del
trastornado espíritu de la
protagonista es apoyada por un
adecuado diseño de sonidos, que
incluye gritos desgarrados -esos
de las jovencitas que pautan el
ritmo interior de su victimaria-,
el extraño canto de una mujer
(tal vez Ilona Harczy, cuya
privilegiada voz fuera también
acallada en la sala de torturas
de Csejthe), una música sombría,
sonidos de agua o
deshielo...Aporta de manera
significativa el diseño de luces
de Claudia Sánchez,
puntualizando o enfatizando con
sutileza el trabajo gestual de
la actriz.
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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