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Actualizar el
rito.- 08/07/05 (Cuba)  
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Actualizar el rito
Amado
del Pino.
Granma.
Eugeneo Hernández Espinosa
(1936), Premio Nacional de
Teatro, es de nuestros
importantes dramaturgos el que
ha abordado más frecuentemente
el monólogo. Obras como Emelina
Cundiamor y Lagarto Pisabonito
dan fe de la gracia, el rigor y
la pasión con que Eugenio ha
trabajado los textos para el
actor en solitario. Oyá Ayawá es
uno de los títulos menos
conocidos del ciclo de estas
piezas. Centrada en una de las
orishas o diosas fundamentales
del panteón afrocubano, la obra
yuxtapone brillantemente lo
ritual con lo humano; la
trascendencia aliada a la
inmediatez. Para la puesta en
escena, que acaba de subir a las
tablas de la sala Llauradó, el
consagrado actor y director
Pancho García acentuó el costado
terrenal de esas disyuntivas,
pero lo hizo con ejemplar
cuidado y logrando la magia de
que los textos o referencias
agregadas posean un espíritu
similar al espléndido verbo, la
fecunda imaginación de Hernández
Espinosa.
La protagonista, según esta
nueva visión, es una mujer que
no se conforma con su éxito
laboral y se impacienta, al
pedirle a los dioses que le den
posibilidades que ella misma
debe, o bien obtener, o
conformarse con prescindir de
tanta vanidad y sed de poderío.
La formidable actriz Micheline
Calvert consigue dar toda esa
amplia gama de matices que van
desde el arrebato sincero de fe,
hasta el casi grotesco
oportunismo revestido de magia.
De la forma sutil, consustancial
al arte, Pancho acentúa la
poesía de los orishas, la
belleza pagana del ritual, pero
pone el dedo sobre llagas
sangrantes como la doble moral y
el oportunismo, fantasmas, que
muchas veces se esconden detrás
de valores religiosos. Hay un
juego perenne entre la
apariencia burocrática del
personaje y su identificación —a
ratos orgánica, por momentos
contradictoria— con la deidad a
la que se ha consagrado.
Con el apoyo de una banda sonora
correcta, aunque previsible a
ratos, de una escenografía
—firmada por García y Pedro
Alexis Avilés— que alcanza
belleza y eficacia, a pesar de
que hubiese preferido menos
objetos sobre las tablas;
Micheline ratifica su
virtuosismo, a la vez que se
evidencia que estamos ante la
firme mano de un director que
conduce a la intérprete y
consigue hermosas imágenes. El
trabajo con los diversos
registros vocales se torna
impecable, límpida la cadena de
acciones. Estremecedor resulta
el momento —hacia la mitad del
espectáculo— en que el personaje
se despoja de las tensiones y
aspiraciones que llenan sus
plegarias y se deja ver —como un
susurro trémulo— la poesía de la
Oyá poderosa y legendaria;
atormentada y valerosa.
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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