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Historia de la revista "Humor"
Karina
Micheletto
Parece un imposible: en la
Argentina existió una revista
cultural que llegó a vender 330
mil ejemplares. No sólo eso: lo
hizo enfrentando a la dictadura
militar, redoblando la apuesta,
diciendo desde el humor lo que
nadie creía que toleraría la
censura, con tapas que
caricaturizaban a los generales
de turno. Con el tiempo, aquel
fenómeno que fue la revista
Humor se volvió artículo de
colección, presente en Parque
Rivadavia y en cuanta plaza de
reventa exista. Ahora el
director de aquella publicación,
Andrés Cascioli, con la
colaboración de los periodistas
Oche Califa y Juan Carlos Muñiz,
editó el libro La revista Humor
y la dictadura, donde recopila
lo mejor de aquellos años de
Humor. La antología, publicada
por Ediciones Musimundo, sirve
para hacer un repaso por los
temas y protagonistas de la
historia argentina reciente,
muchos de los cuales sólo tenían
cabida en la revista. También
por las firmas que circulaban
por Humor, un seleccionado que
incluía a Alejandro Dolina,
Osvaldo Soriano, Juan Sasturain,
Enrique Vázquez, Santiago
Kovadloff y Aída Bortnik, entre
muchos otros. Y, por supuesto,
por los guionistas y dibujantes,
los motores de la revista, según
se encarga de aclarar Cascioli:
además de las tapas de Cascioli,
las tiras de Grondona White,
Meiji, Tabaré, Tomás Sanz,
Trillo y Altuna, Ceo, Aquiles
Fabregat, entre otros (Vida
interior, La clínica del Doctor
Cureta, Las puertitas del Señor
López o El cacique Paja Brava,
por citar algunos clásicos),
quedaron asociadas a la revista.
La cuidada edición de La revista
Humor y la dictadura (500
páginas en tapa dura) trae una
yapa interesante: la reedición
del famoso número 97,
secuestrado por la dictadura en
enero de 1983. "Nicolaides
explicó por qué la tapa era
ofensiva: él aparecía
caricaturizado sobre una
patineta, cayéndose con la
Justicia atrás. Y en el juicio
dijo que era imposible que un
general de la Nación no domine
una patineta", cuenta Cascioli.
En su estudio de Retiro, el
responsable de aquellas tapas,
que en los '60 hizo la colimba
"de dibujante" ("tenía que
dibujar gratis para los milicos.
Me llevaban al departamento y me
pedían el cuadro que querían. Y,
claro, yo prefería hacer eso a
marchar", recuerda), aclara que
fueron los dibujantes y
humoristas los hacedores de
Humor. "Los primeros que pusimos
la cara, que nos jugamos el
cuero, fuimos los dibujantes.
Fabre era el único que no era
dibujante, pero estaba de
nuestro lado, era guionista.
Después se sumaron los
periodistas", marca. "Yo les
abrí las puertas un poco a
pedido de la gente, porque las
cartas de lectores insistían en
que les diéramos espacio a los
que tenían que denunciar cosas.
Primero fueron los lectores los
que escribían y después los
periodistas. Ese fue el orden,
pese a que a algunos no les
guste."
El otro punto sobre el que
Cascioli sienta postura es por
qué la dictadura toleró una
revista como Humor: "Ahora
algunos periodistas se atreven a
decir que la dictadura
necesitaba una revista así. ¿Qué
necesitaba? ¡La dictadura estaba
loca! En una reunión en Casa
Rosada, Harguindeguy tiró una
Humor en la mesa y dijo:
'Tenemos que matarlos a todos'.
Ahora muchos se autojustifican
porque mientras nosotros
hacíamos Humor, ellos no
hicieron nada. Otros hablan por
ignorancia, porque eran nenes,
estaban leyendo Billiken o Humi,
si tenían padres más
despiertos".
–Tampoco es verdad que lo único
que ocurría dentro de la cultura
era Humor.
–No, claro, había muchas
manifestaciones. Y donde ponían
avisos y trataban de comunicarse
con sus espectadores era en
Humor. Alguna vez juntamos a los
perseguidos por la dictadura en
un recital de tres días, para
molestar a Palito Ortega –un
empleado de la dictadura, tenía
un trabajo en Canal 13 que se lo
daba Massera–, que había traído
a Frank Sinatra. Frank Sinatra
estuvo piola, no fue a la Casa
de Gobierno: tuvieron que ir los
tres dictadores a saludarlo a su
camarín.
–¿En qué momento se dio cuenta
de que con Humor pasaba algo
importante?
–Cuando empezamos a recibir
cuarenta cartas por día de todo
el país. Y cuando nos dimos
cuenta de que podíamos seguir
avanzando, aun sabiendo cómo
había reaccionado Harguindeguy.
Cuando teníamos un problema
volvíamos atrás y usábamos a la
farándula. Después volvíamos a
los militares, mezclándolo con
la farándula, y así. Era pensar
todo el tiempo cómo se podían
decir las cosas, cómo gambetear
a la censura, ése era nuestro
trabajo. Y después algunos como
Viuti o Fontanarrosa traían lo
que les rechazaban por
autocensura en Clarín, por
ejemplo.
–Respecto del famoso secuestro
del número 97, llama la atención
que antes hubieran pasado tapas
más comprometidas.
–Es que se cansaron. Entre los
militares había un grupo que
insistía todo el tiempo en
prohibirla y otro grupo que lo
paró. En octubre del '82
intentaron cerrarla, y los que
se opusieron fueron los
políticos (en el libro se
reproducen las cartas que
algunos como Alfonsín, Luder o
Cafiero mandaron al Ministerio
del Interior). En el '83 no
aguantaron más y fueron a
secuestrar cualquiera, la que
tocó. Se logró imprimir 100 mil
ejemplares, y 200 mil que iban
al interior fueron parados por
la policía. Después presentamos
un recurso de amparo y cuando lo
ganamos se los reclamamos a la
policía. Los habían vendido
todos.
–¿Cómo?
–En el '95 un taxista me confesó
que había sido uno de los
policías que secuestró la
publicación, y que fue testigo
de cómo se vendía la revista,
iban los mismos policías a
vender. Así que le agradezco a
la policía que se haya
preocupado por la libertad de
prensa (risas). Humor no era una
revista de izquierda ni
comunista. Era una revista que
defendía los derechos humanos y
la democracia. Nunca alabamos a
Fidel ni al Che Guevara, ni nos
jugamos por la izquierda
internacional. Decíamos lo que
pasaba.
–La tendencia en todo caso era
radical.
–No, para nada. Nosotros
apoyamos a Alfonsín porque los
preferíamos a Luder y Lorenzo
Miguel y porque considerábamos
que estaba más cerca de la
democracia. Pero en la revista
había muchos peronistas: Mona
Moncalvillo, Dolina, José Pablo
Feinmann, Alvaro Abós…
–Transmitían una imagen de
familia, donde nombraban hasta
al cadete. ¿Era realmente así?
–Era muy divertido hasta que
empezó a complicarse.
–Se refiere a la última etapa.
–Sí. Durante el menemismo tuve
grandes problemas afuera y
adentro. Porque el menemismo se
metía en todos lados. Te
multaban, te metían gente,
publicaba y no te pagaba… Le
gané un juicio a María Julia
Alsogaray y yo pagué las costas,
porque ella se declaró
insolvente.
–¿Evalúa como un error haber
seguido adelante en esa última
etapa?
–Cometí muchos errores. Todos
creían que yo estaba lleno de
plata, pero todo lo que gané lo
puse en revistas. Cuando vino la
debacle traté de pararla, hice
libros, inventé de todo. Pero no
se puede luchar contra más de
treinta juicios que me hizo
Menem. Cuando cerró Humor, tenía
un edificio que valía más de un
millón de dólares, que pasó a
manos del síndico que tenía que
pagar. Estaba la plata para
pagarles a todos. Yo terminé
hipotecando mi casa. La pasé muy
mal.
Gentileza:: [
oparrondo@telefonica.net
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