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El amasijo
GAJES DEL OFICIO CELESTIAL
(Donde se habla de pajarracos y
oración)
Por: John Argerich
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El barrio de Pepparberg
enorgullece a mi ciudad. Limpito,
con bellos edificios y jardines
floridos. Con el pasto siempre
bien cortado, sin un papel en el
suelo, ni vendedores ambulantes
golpeando a la puerta, para
ofrecer porquerías. "Una monada
de lugar para vivir", dicen las
señoras gordas. Y uno está
cómodo, porque hay cuanto
reclama el buen pasar. Correo,
supermercado, banco, juegos
infantiles, más un largo
etcétera. Que incluye gimnasio,
salón de belleza y dos tiendas
bien surtidas.
Hasta tenemos iglesia
pentecostal y pajarería, de
donde salieron los actores
principales de este drama. Una
historia de religión y loros,
como anticipa nuestro acápite.
Dicho lo cual, presentaremos los
personajes del drama. Uno es el
pastor Svensson, fiel siervo de
Dios. El otro, Perico, rara avis
sudamericana color de la
esperanza. Chaqueña o
santafesina, para precisar
mejor, que un día dejó las
costas del Paraná para emigrar
al Kattegatt. Y sospechosa, como
todo lo que venga de ultramar.
Además está la sueca Gudrun
Andersson, gordita, peinando
canas, pero aun empeñada en
hallar su gran amor. Como telón
de fondo, una feligresía cuya
mescolanza no debe
sorprendernos, porque con lo que
cuesta ir al centro, todo bicho
que camina pasea por Pepparberg.
-Me llevo el pajarito -dijo la
dama de referencia, quien por
falta de pareja dedicaba sus
largas noches a rezar.
Y como es sabido, los loros
repiten cuanto ecuchan.
-Padre nuestro, que estás en los
cielos... -decía ella con
espasmos místicos, mientras por
sus entrañas iba la procesión.
Y relataba sus cuitas al
Altísimo, implorando siempre
igual merced.
-¡Mándeme un viejito pintón y
con guita, capaz de consolar mi
soledad, Señor!
El loro, por más inteligencia y
discreción que le hubiera
atribuído el veterinario, no era
capaz de grandes sutilezas. Pero
debe haberse barruntado cómo
funcionaban las influencias
celestiales. Porque a la semana
de llegar a su nuevo domicilio,
repetía con fanatismo esa
plegaria. Al principio cada
hora, luego cada media hora,
hasta que por fin sus oraciones
se convirtieron en un torrente
verbal imnposible de parar.
-Padre nuestro, que estás en los
cielos...
Acompañaba sus rezos con
profusos ademanes, para agregar
finalmente un mensaje en voz
baja. Algo que pusiera la nota
personal al repertorio, evitando
el anonimato. Porque, como bien
sabemos, los creyentes rezan
diciendo siempre los mismo. Como
para hacerlo dormir de
aburrimiento al de arriba.
-¡Dale, che...! -rompía la
rutina el loro.
Estaban en pleno mayo. Y siendo
primavera, la señora Andersson
acostumbraba poner su loro en el
balcón, para premiar tanta
virtud. De más está decir que
Perico retozaba bajo un rayito
de sol, recordando su niñez. Al
rato ella volvía del mercado,
trayéndole siempre alguna
lechuga, galletitas o vitaminas.
¡Perejil jamás, por si fuera
cierto lo que dicen! Y él los
recibía contento, para volver
sin demora a su actividad
habitual.
-Padre nuestro, que estás en los
cielos... -oraba con pegajosa
convicción, que se hubiera dicho
humana, de no ser por las
plumas.
Y un buen día el pastor Svensson
pasó delante de la casa, en su
ronda vespertina. Vestido de
sport, con el cuello blanco que
exhibe su carácter de guía
espiritual. Satisfecho, tras
visitar enfermos y gente
necesitada de un consejo.
Ocasión siempre apta para
recoger donativos, que favorecen
el cuidado de las almas. Pues la
oración solvente predispone con
ventaja los oídos del Señor
-¡Qué maravilla! -exclamó, al
escuchar los rezos e
imploraciones provenientes del
balcón donde retozaba Perico.
Una experiencia inédita, en este
mundo impío. Y siendo hombre
práctico, como todos los suecos,
enseguida halló utilidad a tal
cuadro situacional. ¡Sería lindo
tener ese lorito en la iglesia,
para que los paseantes oyeran un
murmullo constante de oración!
Lo cual contribuiría a crear el
aire de santidad, necesario para
inspirar las virtudes
parroquiales. Tocó el timbre, y
apareció la señora Anderson,
doña Gudrun, en familia,
recibiéndolo con una sonrisa
satisfecha. Frente a lo cual el
pastor comprendió que era
preciso ir rápidamente al grano,
para aprovechar el factor
sorpresa. Hombre de visión,
cuando ejercía su apostolado,
-Bienvenido, pastor Svensson
-dijo ella.
-Bienvenido, pastor Svensson
-repitió el loro, y después se
puso a rezar.
La mirada del visitante se posó
en esa maravilla.
-¡Se lo compro, señora! -dijo
señalando a Perico, sin otro
comentario que quitara
dramatismo a su oferta.
Pero la viuda estaba enamorada
del lorito, y contestó que no.
Entonces el pastor tuvo otra de
las ideas geniales que le
permitieron hacer carrera. O sea
salirse con la suya, dejando a
todos convencidos de que habían
hecho buen negocio. En el caso
de marras, algo tan sencillo
como el huevo de Colón. Comprar
otro loro y meterlo en la jaula
con Perico, para que de tanto
oírlo, también aprendiera a
rezar.
-¿Acepta el trato, señora?
Después de pensarlo un instante,
la viejita miró al loro,
viéndolo bien predispuesto. ¡Qué
bueno, haber hallado una forma
cómoda de anotarse puntos en el
ranking del más allá! Lo demás,
fue cuestión de trámite.
-¡Suerte, Filiberto! -deseó el
ministro a su flamante
adquisición- Vendré a visitarte
dentro de un mes, para ver qué
has aprendido.
-¡Chau, jefe!
Pero las cosas rara vez son como
parecen , y si vamos a ser
francos, en la mirada de ese
loro había un destello extraño.
-Dios los bendiga -despidióse
con una sonrisa el buen pastor.
Y con tanto trabajo, las semanas
pasaron volando. Casamientos,
bautizos, entierros, sermones,
¡qué sé yo!.
-¡Hoy es el día convenido!
-recordó de pronto Svensson, al
mirar un calendario que colgaba
en la cocina de la iglesia.
Esa tarde, luego de cumplir con
la tarea programada, puso rumbo
a lo de la señora Andersson. E
iba preparando frases
inspiradas, para impresionarla.
Siempre con alguna cita bíblica,
de esas que ponen sal a la
amable plática. Pero estaba
escrito que ese día fuera
distinto. Y no bien ella abrió
la puerta, el pastor se
sorprendió. Gudrun tenía un tic
nervioso, y los ojos enrojecidos
de tanto llorar.
-¿Qué ocurre, doña?
-¡Apenas puedo soportar esta
desgracia! -dijo ella- Mi lorito
ha dejado las oraciones, y ahora
sólo grita cosas que dan
vergüenza... ¡Tuve que sacarlo
del balcón para que los vecinos
no oyeran sus blasfemias, señor!
Aquel santo varón se quedó mudo
de asombro. Y considerando lo
ocurrido, rascóse un rato la
pensadora. Después, como era
hombre práctico, dijo:
-Hay que preguntarle al loro.
Dicho y hecho. Desde el zaguán
se veía la jaula, arrinconada en
lo profundo de un cuarto oscuro.
Para que los pajarracos
durmieran, así estaban callados.
Svensson se acercó
sigilosamente. Con ánimo de
interrogar a Perico, pero sin
darle tiempo para que inventara
excusas.
-¡A vos te hablo, atorrante! ¿Querés
explicarme tu cambio de actitud?
-dijo.
El aludido abrió los ojos,
mirándolo de costado. Luego hizo
un gesto, como queriendo
desentenderse de aquella
situación. Más callado que
conejo en escabeche.
-¡Hablá de una vez!
Pero nada. Entonces el ministro
puso cara de viernes santo. Y ya
estaba por meter una mano en la
jaula, cuando Perico empezó a
gritar.
-¡Pará, pará que te cuento, pará...!
Hubo segundos de suspenso, que
el lorito aprovechó para
recuperar la calma. Luego dijo:
-¿Y qué querés, papafrita? Yo le
rezaba a Dios pidiéndole una
lora... ¡Y vos me trajiste un
loro hinchapelotas, que quiere
hacerme testigo de Jehová!
-¡Eso es competencia desleal!
-repuso indignado, don Svensson.
El quintacolumnista de Filiberto
miraba al techo.
-¡Krach, karach, krach! -dijo,
por todo comentario.
"¡Ya no se puede confiar en
nadie!", pensó el pastor.
Después, cayó el telón. La vida
es así.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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