|
|
Oppenheimer, el padre de la
bomba atómica (I), por José
María Pérez Gay.- 18/08/05
 
|
|
Oppenheimer, el padre de la
bomba atómica (I), por José
María Pérez Gay
José
María Pérez Gay
La Jornada
México
Hacia julio de 1939, los
asesores políticos y militares
del presidente estadunidense
Franklin D. Roosevelt observaban
el asedio de los nazis a la
ciudad de Danzig, en Prusia
oriental: una guerra europea de
enormes dimensiones -estaban
convencidos- tocaba a las
puertas del mundo. En su
cubículo del Institut for
Advenced Studies, de la
Universidad de Princeton, Albert
Einstein recordaba los días de
agosto de 1914, el macabro
entusiasmo de sus colegas
alemanes ante la Primera Guerra
Mundial: su explícita resolución
de poner al servicio de los
militares sus enormes
capacidades y descubrimientos.
¿Por qué debía ser ésta vez
diferente? -se preguntaba
Einstein-. En el Instituto
Kaiser Wilhelm de Dahlem, en
Berlín, no sólo surgieron, en
1915, las armas químicas, ahora
-según fuentes confiables- los
nazis fabricaban un arma más
demoledora.
A principios de julio de 1939,
los húngaros Leo Szilard y
Eugene Winger, físicos nucleares
exilados en Estados Unidos, se
entrevistaron con Einstein en la
bahía de Peconic. Szilard había
logrado por primera vez junto
con Enrico Fermi, el físico
italiano, la fisión del uranio
en una reacción en cadena
controlada. Fermi y Szilard,
investigadores de la Columbia
University, habían huido del
fascismo en Europa, y ambos
tenían muy claros los avances de
la investigación atómica
alemana. Durante un paseo por
los bosques de Peconic, Szilard
y Winger le describieron la
situación a Einstein: "Según
nuestros cálculos -dijo Szilard-
ésta fisión de 500 gramos de
uranio puede desencadenar una
energía semejante al incendio de
miles y miles de toneladas de
carbón; pero sobre todo la
energía puede concentrarse en un
solo instante. Si lográramos
fabricar una bomba de uranio su
fuerza destructiva se
multiplicaría miles de millones
de veces". Einstein se detuvo un
momento, se descalzó en el
pasto, miró al cielo y guardó
silencio. "Estamos seguros de
que Alemania ha llevado a cabo
las mismas investigaciones",
insistió Szilard. "Quizá hayan
avanzado mucho más en el campo
de la investigación atómica, no
lo sabemos, pero si esa arma cae
en las manos de Hitler..."
"Sabemos que Alemania ha
prohibido la exportación de
uranio en la Checoslovaquia
ocupada" -agregó Winger-;
además, quiere comprar a los
belgas uranio de las más alta
calidad en el Congo. "Pero los
físicos alemanes en su totalidad
son enemigos del sistema nazi
-replicó Einstein-. Han
insultado a Werner Heinsenberg,
lo han llamado judío blanco".
"¿Conoce usted a Carl Friedrich
von Weizsäcker?" -preguntó
Winger. Einstein movió la cabeza
y dijo que no lo conocía.
"Cuando estaba usted en Berlín,
profesor Einstein, Von
Weizsäcker era todavía muy
joven; ahora es uno de los
físicos más capaces, es director
del Instituto Kaiser Wilhelm y,
al parecer, un miembro del
partido nazi".
Leo Szilard interrumpió y siguió
explicando: "Cuando efectuamos
el experimento, nunca imaginamos
la expulsión de tantos
neutrones, créame, pensábamos
que la reacción en cadena nunca
se llevaría a cabo. Pero la
reacción ya es un hecho,
profesor, Enrico Fermi la hizo
posible, él mismo construyó el
reactor, no podemos tapar el sol
con un dedo. Hemos hablado ya
con la armada de Estados Unidos,
pero usted los conoce, qué le
puedo contar. Para cualquier
ingeniero, militar o civil, la
teoría de la relatividad es una
cuestión académica, que sólo
estudian seres medio locos,
ajenos a la realidad. Y de la
física nuclear ni hablemos,
nadie nos toma en serio". "¿Qué
debemos hacer?" -preguntó
Einstein.
"El presidente Roosevelt es el
único que puede escucharnos"
-afirmó Winger-, "pero
necesitamos que alguien hable
con él, alguien que no se someta
a la tortura de las antesalas,
cuyo prestigio sea tan poderoso
como para que el presidente lo
reciba de inmediato, alguien que
además conozca la situación en
Europa". "¿En quién han
pensado?" -preguntó Einstein.
Szilard y Winger inclinaron la
cabeza y miraron al suelo.
"Entiendo -murmuró Einstein-.
Ustedes conocen mejor que nadie
mi profunda aversión a la
guerra, el asco que siento..."
No terminó la frase, respiró con
toda profundidad y les dijo:
"Escribiré una carta. ¿Qué debo
decirle al presidente?"
Cuando regresaron a la
habitación en Piconic, Szilarfd
le presentó a Einstein el
borrador de una carta. "En el
caso de que los nazis llegasen a
desarrollar un arma de tales
dimensiones -decía la carta-,
todo el mundo civilizado se
encontraría en grave peligro".
"Sólo podemos esperar -dijo
Szilard antes de despedirse-,
esperar que nunca lleguemos a
construir un arma tan
destructora" Einstein guardó
silencio, no respondió. "Dónde
hay voluntad", pensó, "hay
camino". Y la voluntad existía.
El gobierno de Roosevelt se tomó
tiempo. En julio de 1940,
Einstein escribió otra carta más
apremiante. Un día antes del
ataque a Pearl Harbor, en
diciembre de 1941, comenzó la
historia del proyecto atómico de
Estados Unidos. En los Alamos,
en medio del desierto de Nevada,
se construyó una "ciudad
secreta". Al final el Manhattan
Proyect contaba con más de 150
mil colaboradores. Los físicos
nucleares mñas notables, los que
habían escapado al dominio
nazifascista, trabajaban en ese
proyecto, de Niels Bohr y Leo
Szilard a Enrico Fermi. Pero los
científicos no administraban el
proyecto Manhattan, sino los
militares al mando del general
Groves. Los investigadores
tenían guardaespaldas oficiales
día y noche, ni siquiera los
parientes más cercanos debían
sospechar en qué trabajaban. Si
era necesario un intercambio de
ideas entre las diferentes
secciones, se debía tramitar un
permiso especial de la
administración militar antes de
cualquier diálogo. Las personas
que vivían en la ciudad secreta
estaban sometidas a estricto
control. Se leían todas las
cartas, se escuchaban todos los
teléfonos; el mismo personal de
los hoteles era de miembros del
servicio de espionaje. Apenas
una docena de personas sabía lo
que pasaba en esa ciudad
secreta, tenían una visión total
de la vida diaria, pero sólo un
grupo muy escogido estaba
enterado de que ahí se había
iniciado la fabricación de dos
bombas atómicas.
En la ciudad secreta todos los
problemas eran inéditos y
exigían respuestas inmediatas.
Una nueva industria nacía a la
vida; los químicos trabajaban
con materiales que desconocían y
el centro debía levantarse
cuanto antes y comenzar la
producción. Se seleccionaron dos
enormes superficies para
construir los ductos y controlar
la difusión de gas. El primero
en Hanford, un valle solitario a
orillas del río Columbia, en el
estado de Washington; el otro,
un área de 27 mil hectáreas en
Oak Ridge, a orillas del río
Columbia, un lugar lejano en
Tennessee. En el centro de
Hanford trabajaban 75 mil
albañiles; la fábrica de Oak
Ridge se localizaba dentro del
edificio más grande del mundo,
una suerte de enorme rascacielos
ladeado, donde laboraban 35 mil
técnicos especialistas. En 1939,
al considerar Washington por
primera vez el proyecto
Manhattan no era más de 6 mil
dólares el presupuesto; al
final, la suma era de 2 mil
millones de dólares, una
cantidad considerable si tenemos
sobre todo en cuenta que los
albañiles ganaban un poco más de
tres dólares diarios. En toda la
historia del género humano nunca
se había reunido a tantos
individuos para un proyecto
técnico tan específico. En la
construcción de las pirámides de
Egipto quizá se movilizó a un
número igual de trabajadores y,
en el siglo XX, en la
construcción del canal Mar
Blanco-Mar Báltico bajo el
mandato de Stalin. En el caso de
las pirámides se trataba de
esclavos; en el del canal, de
prisioneros en el Gulag. A
principios de 1945, el proyecto
Manhattan ocupaba más
trabajadores que toda la
industria automotriz de Estados
Unidos.
Todo este despliegue descomunal
para la producción de los
materiales necesarios eran sólo
etapas preparatorias. Alguien
debía encontrar el camino para
construir con esos materiales
una bomba; se trataba de
problemas científicos que no se
habían conocido antes; se debía
reunir a los mejores hombres de
ciencia del país (desde luego
sin considerar a Einstein) y se
debía convencerlos de trabajar
en un grupo perfectamente unido.
¿Quién tenía esa inteligencia
científica y sería capaz de
dirigir un proyecto de tal
magnitud? ¿Quién conocía a
profundidad los últimos
descubrimientos de la física
nuclear? Sólo existía alguien
que conocía a los científicos y
dominaba tan bien como ellos la
materia: J. Robert Oppenheimer.
Gentileza:: Ricardo
Alvarado [alvarado.ricardo@gmail.com]
paginadigital |
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|