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Límites personales, por Mikel
Agirregabiria Agirre.- 08/07/05
 
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Límites personales, por Mikel
Agirregabiria Agirre
A medida que avanzamos en la
vida, aprendemos a conocer,
reconocer y finalmente a amar
los límites de nuestras
facultades.
Todo tiene sus límites. La
madurez no es sino la penosa
constatación de nuestro fracaso
relativo en casi todo lo que
hemos intentado durante nuestra
vida. Perseguimos muchas metas,
pero sólo alcanzamos algunas y a
medias. Al fin descubrimos que
todo tiene un límite, incluso la
melancolía. Sólo con demasiados
años juzgamos finalmente que la
felicidad consiste en reconocer
nuestros propios límites,… y
amarlos.
La infancia y la juventud poseen
como cualidades más preciadas la
ilimitada esperanza en sus
propias aspiraciones y la
gloriosa sobreestimación de sus
capacidades. La desbordante
imaginación no tiene límites. La
experiencia humana no toma
conciencia de su ser sino en las
situaciones límite. El
aprendizaje, especialmente
durante la adolescencia, va
marcando los hitos de nuestra
realidad personal. La
naturaleza, que enseña la vía de
los placeres, señala también sus
intraspasables límites.
Pronto descubrimos que el
progreso vital no consiste en
ampliar los límites, sino en
conocerlos mejor. El juego de
ponerse límites a uno mismo es
el mayor de las delicias
secretas de la vida. Por ello,
la “educación de la
permisividad” ha hecho entrar en
crisis al modelo escolar. La
falta de capacidad de los
adultos para poner límites a la
juventud es el gran problema de
nuestro tiempo. Todos hablamos
de la necesidad de imponer
límites, pero nadie se encarga
de responsabilizarse: la tarea
siempre le corresponde a otros.
El profesorado dice: «Si en los
hogares no les ponen límites,
¿qué podemos hacer nosotros?»
Las familias responden: «La
escuela ya no educa, nuestros
hijos "se desatan" allí y en la
calle.»
El establecimiento de límites
contribuye a lograr la madurez
psicológica y a formar la
identidad personal. Alguien está
bien definido cuando sabe lo que
es y lo que no es; cuando ha
elegido lo que piensa, siente y
quiere. Los límites indican
asimismo lo que no piensa, lo
que no siente, lo que no puede y
lo que no debe y lo que no
quiere. Saber quién es, qué lo
diferencia de los otros. Esto
nos da conciencia de nuestra
identidad. Esto nos da unidad y
nos permite reconocernos y
movernos adecuadamente en
nuestro ámbito.
Los límites no recortan nada,
sino que nos permiten distinguir
entre lo real y la fantasía. Nos
ubican en la realidad y nos
definen como personas. Así
descubrimos quiénes somos, con
toda la riqueza y la pobreza que
acompaña a este descubrimiento.
Supone una agridulce sensación
de desdicha y felicidad.
Tristeza, porque siempre quedan
expectativas defraudadas;
bienestar, al comprender que
somos totalmente originales,
únicos e irrepetibles. Además,
la condición de únicos da paso
al amor, que sólo es posible
entre personas diferentes que se
complementan.
Los límites son altamente
educativos porque la realidad es
necesariamente limitativa. Mal
que nos pese, no nacimos
omnipotentes. Hemos de ir
vislumbrando esto desde la niñez
con la socialización. La
realidad no es manipulable como
el pensamiento mágico de la
infancia egocéntrica. La vida
muchas veces nos dirá no y
habremos de aceptarlo o
viviremos resentidos. La
tolerancia a la frustración es
un rasgo básico de la
personalidad madura.
Toda genuina educación supone
una racionalización, reducción o
demora del deseo, que distinga
el caprichoso antojo de la
exigible necesidad. Si
permitiésemos una satisfacción
plena e inmediata de todas las
continuas demandas de cualquier
ser humano, sólo crearíamos un
despótico monstruo ególatra. Ha
de haber medida en las cosas, y
ciertos límites, allende de los
cuales el bien no puede
subsistir. La libertad de cada
uno tiene por límite lógico no
provocar la opresión de los
demás; al igual que existe un
frontera al buscar la felicidad,
el dolor ajeno.
Lo más difícil es establecer los
correctos límites personales,
sin caer en los dos errores
extremos: sobrepasarlos o
cercenarlos en demasía. Todo
poder que no reconozca límites,
crece, se eleva, se dilata, y
por fin se hunde por su propio
peso. Si el medio más seguro de
ocultar nuestros límites es no
traspasarlos, también es un
profundo error creer que no hay
nada por descubrir; equivale a
tomar el horizonte por el límite
del mundo. Sepamos que el
espíritu humano se extiende a
medida que el universo se
despliega.
Para concluir y resumir nos
quedamos con la narración
insuperablemente del gran
escritor portugalujo Juan
Antonio de Zunzunegi: “Todo lo
bueno se acaba y... / Y ésa es
su delicia, que se acabe antes
de terminar en la monotonía. /
Sí...; sólo lo que tiene límites
es hermoso”.
Mikel Agirregabiria Agirre.
Getxo
http://www.getxoweb.com/mikel
Versión final en:
http://www.geocities.com/agirregabiria2005/limites.htm
Gentileza:: Mikel Agirregabiria
Agirre [agirregabiria@euskalnet.net]
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