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Compartimos artículo de
Estanislao Antelo.- 01/07/05
 
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Estanislao Antelo
Tarea es lo que hay
Pienso que la palabra crisis no
tiene mas filo. Crisis de
nervios, crisis de pareja,
crisis financiera. Acabo de
contar dieciocho veces la
palabra crisis en un programa
supuestamente político, de
radio. Hagan la prueba. Es
palabra hueca, gastada, vacía de
impacto, palabra de periodistas.
La selección de fútbol está en
crisis. La familia está en
crisis. La política y la T.V. La
adolescencia pero también el
mercado de cereales. Hasta los
niños ricos están en crisis.
¿Qué o quién no está en crisis?
Si todo es crisis nada es
crisis.
Pero además crisis suele
cargarse de un doble optimismo:
aquel que remite a la
oportunidad y aquel otro que
describe el pasaje de un mundo
viejo, que no acaba de morir a
un mundo nuevo que no acaba de
llegar. Este optimismo doble
suena inofensivo frente a la
magnitud de los eventos
cotidianos que irrumpen en el
interior y en las cercanías de
las escuelas.
Propongo ir por otro lado:
a. La batalla
En este mundo que habitamos hay
fuerzas que tienden a juntar y
otras que tienden a separar.
Fuerzas que tienden a unir, y
otras que tienden a desunir.
Fuerzas que tienden a la reunión
y otras a la dispersión. Fuerzas
que trabajan por el amparo y
fuerzas que producen desamparo.
La precocidad, la inmadurez
crónica del cachorro humano y
los problemas de crianza que
definen en buena medida el
horizonte de toda educación nos
alertan desde el inicio mismo
sobre este choque de fuerzas. Y
en este mundo, para algunos, en
el inicio, hay escuelas.
Una hipótesis conocida indica
que esta lucha titánica entre
fuerzas es ineludible,
indisoluble. Como una roca.
Quiero decir que se puede tomar
lugar en la batalla pero la
batalla no puede abolirse. Es
uno de los nombres de la
sociedad humana. No hay sociedad
humana sin esta lucha. Pero no
sólo no la hay. Los esfuerzos
basados en la ilusión de una
sociedad en la que esta lucha
esté ausente, han sido
decepcionantes. Hay una frase
escolar que explica de alguna
manera esta tensión. Una frase
que siempre me ha parecido
inquietante: tiene un uno, se lo
digo por su bien.
Como ustedes saben, a diferencia
del animal que de alguna manera
lleva inscriptas desde el
nacimiento las formas de reunión
y separación, en el animal
humano esto debe ser aprendido,
puesto a prueba, trabajosamente.
El cachorro humano tiene que
aprender, cada vez, de sus
mayores, las formas de la
reunión y la separación. Pero no
solo aprende sino que introduce
variaciones en esas mismas
formas. Las manadas y los bandos
humanos son móviles y cambiantes
pero además practican la
indocilidad elemental de
desviarse de los caminos
trazados. En las escuelas estos
aprendizajes van desde el
compañerito de la salita hasta
el buzo de 5to 1 que sanciona un
nosotros, comercial, nacional,
industrial pasando por los
amores y odios escolares. La
escuela es o era uno de los
sitios donde se aprende a estar
juntos y separados. La historia
de los encuentros y
desencuentros escolares está aún
incompleta tanto como el
análisis del efecto global de la
capacidad de generar los deseos
de aglutinamiento y fuga de esta
institución.
Podríamos llamar hombre,
incluso, al resultado de esta
batalla y de los avatares de
estos aprendizajes, con final
abierto. Final abierto quiere
decir que no sabemos de antemano
su resultado. Pero final abierto
quiere también decir que tenemos
siempre una tarea por delante.
Podríamos llamar educación al
esfuerzo inaudito por producir
batalladores, es decir,
semejantes cuya enfermedad
radica en su persistencia en ser
otra cosa distinta de lo que
son. Podríamos llamar escuela a
una de las máquinas educativas
adiestradoras de semejantes
capaces de intervenir en la
batalla. Pero, no hay en este
litigio, un mañana sin
obstáculos y sin tarea. Alguna
vez creímos que cuando
saliéramos de la escuela, al fin
(los que salimos), no habría mas
tarea. Nos equivocamos. Tarea es
lo que hay, por un buen rato. El
que se asusta, pierde.
b- Las formas de lo que hay o
momentos de la batalla
Quisiera hablar no de crisis
sino del momento de la lucha en
el cual las fuerzas de la
desunión, de la separación, de
la dispersión, llevan la
delantera. Momentos en que las
operaciones tendientes a la
reunión titubean o, mas
precisamente, momentos en los
que las fuerzas hasta ahora
conocidas que tienden a la
reunión no reúnen. La
proliferación compulsiva de
talleres y otras formas tenues
del amontonamiento humano, no
hacen sino nombrar esta
omnipresencia de la no-reunión.
Quisiera hablar no de crisis
sino del momento en que esa
lucha se ha extendido a todos
los territorios de nuestras
vidas. Momentos en que, tanto
las instituciones atadoras como
los hombres sabios con capacidad
de enlazar, flaquean. Es lo que
un escritor perturbador llama la
ampliación del campo de
batalla[1]. Esto es, lo que
sucede, sucede a despecho de las
instituciones recientes que
supieron de rara manera ponernos
al amparo de las fuerzas que
tienden a separar: el Estado, la
Familia y la Escuela. Lo que
sucede, sucede a despecho de la
palabra santa o sabia que tiraba
de los hilos. Lo que sucede,
sucede también en la escuela.
Quisiera hablar no de crisis
sino del momento de la lucha en
el cual las cosas están mas
sueltas, y desatadas, que de
costumbre. Como ha dicho Charly
García en un extraño enunciado:
cuando el mundo tira para abajo,
es mejor no estar atado a nada.
Y esto, según creo, es lo que
acontece. De manera paradojal,
en una sociedad que gusta
denominarse a sí misma, como
sociedad de redes, nadie quiere
enredarse. Sin enredos. Sin
historias, dicen que dicen, los
mas jóvenes. Pero crisis no
sería entonces sólo el excesivo
desatarse de las cosas sino esa
agitada constatación del
carácter precario de los hilos y
la corta duración de todo lazo,
si es que todavía esa palabra
abre algún camino. Más aún,
quizás sea la forma madeja lo
que se ha puesto en cuestión.
Sería casi como lo siguiente:
cuando el mundo tira para abajo
ya no cuenta si uno está atado o
desatado.
Quisiera hablar no de crisis
sino del momento en que se
experimenta algo así como una
falla, una falta, un vacío. Y
digo que se experimenta porque
del desorden, del desatarse de
las cosas no se sigue
necesariamente una crisis. No
son pocos los que encuentran
orden en el desorden ni son
menos los que alardean de las
virtudes del desorden. Un
terremoto nos ofrece algo de lo
humano en estado puro: vemos
allí solidaridades y vemos
miserias. Quizás cuando los
educadores dicen, por ejemplo,
se nos ríen en la cara o se nos
van de las manos, estén
experimentado lo que sucede como
una crisis. Quizás no. Quizás no
son sólo las formas de reírse
(ya no a nuestras espaldas) ni
de irse (de nuestras manos) las
que están afectadas. Quizás, es
la relación misma que hacía
posible el reírse y el irse, la
que está afectada.
Por último, quisiera hablar no
de crisis sino del momento en
que nuestros vocabularios se ven
imposibilitados de describir lo
que acontece. Momentos en los
que lo que pasa no se deja
atrapar por nuestros lenguajes.
Momentos de ensordecedor mutismo
o de silenciosa verborragia
opinacional. Momentos de sin
sentido circulante o momento de
excesiva interpretación.
Momentos en los que los papeles
se queman o se han vuelto
ilegibles o ya nadie los lee. En
jerga pedagógica, muchos
maestros dicen a mi no me
prepararon para esto. La
advertencia de esta queja no
dice mucho, sin embargo, sobre
que sería el aquello para lo
cual un maestro debería estar
preparado. A mi no me
prepararon, haría mas honor a la
verdad.
Quizás, entonces, crisis no sea
una palabra adecuada. Lo que
sucede no se alcanza a contener
en esta palabra.
c- Lo que hubo de haber
Hablar de escuela en la crisis,
es una redundancia. ¿Por qué?
Porque según entiendo, la
escuela se inventó en el
interior de esta batalla que
acabo de describir, se inventó
de alguna manera, para oponerse
a las fuerzas que tienden a la
desunión, a la dispersión, a la
interrupción. La escuela se
inventó -sabiendo del carácter
ineludible de la batalla- para
hacerle frente, para tomar lugar
en la batalla y para poner al
cachorro al abrigo, al amparo.
No para abolirla. No es nuevo
entonces, esto de la escuela en
la crisis. Siempre la escuela
estuvo en la crisis. El en la
crisis fue de alguna manera su
puntapié inicial. No se entiende
una escuela sin el en la crisis
como no se entiende una Mafalda
sin sopa.
Por lo tanto, mas que
interrogarnos incansablemente,
sobre las estrategias para salir
de la mentada crisis, podríamos
interrogarnos sobre el lugar que
podemos ocupar en la batalla,
interrogarnos sobre el filo de
nuestras herramientas. Por
ejemplo, y en primer término,
interrogarnos sobre dónde está
aquello que hoy une y dónde lo
que desune. ¿Qué reúne? ¿Qué
hace hoy que el hombre encuentre
amparo en otros hombres?. ¿Qué
junta? O, como pregunta con
meridiana belleza Richard
Sennett ¿Quien necesita de
nosotros?[2] Preguntarnos
incluso si la reunión es una
condición necesaria para
enfrentar la perenne amenaza de
lo que desune.
Es cierto que la escuela fue una
máquina privilegiada del deporte
de juntar. Y lo hizo con el
pretexto de distribuir metódica
y sistemáticamente conocimiento
y, con el otro, de hacer una
nación, una comunidad, un más
que uno. Pretextos para encerrar
durante doce años a los
cachorros hubo de haber muchos.
Es cierto que en su afán de
reunir, no escamoteó esfuerzos
para establecer unos requisitos
de admisión y un reparto
arbitrario para los miembros del
club escolar. Pero la estrategia
que la escuela ofreció para
enfrentarse a la amenaza de lo
que desune, fue la de ponerse de
espaldas al presente, como la
iglesia, quizás. Y dar la
espalda al presente es casi como
dar la espalda a la vida misma,
desairar lo que pasa, silbando
bajito.
La escuela tuvo un talento
especial para identificar la
amenaza y poner al ser al abrigo
del afuera, poner al ser al
abrigo del tiempo. No lo dije,
pero lo que amenaza, lo que
amenaza con soltar, con desunir,
es el tiempo. El tiempo, no solo
esta loco, como se dice, sino
que introduce el desgaste, la
vejez, la muerte. El tiempo todo
lo corroe. La escuela se
inventó, creo, para hacer frente
a este ajetreo.
De ahí que se aislara del
exterior y puso a Cronos en
stand-by. Mi amigo Mario Zerbino
ha llegado a conclusiones
semejantes al hacer un simple
ejercicio de interrogación: ¿qué
se opone a la escuela?
Curiosamente se ha vuelto
difícil hoy contestar esta
pregunta, es decir, identificar
esta amenaza[3].
Y así como el amor (recuerden
que el amor se cree eterno, mas
fuerte que la muerte) supo
enfrentar estas amenazas
exteriores con la ilusión de la
eternidad. La escuela se creyó
algo parecido. De ahí esa
sensación compartida de que la
escuela no terminaría nunca.
¿Cuándo es el recreo? ¿Cuándo la
salida? ¿Y para cuando la vida?
Supuso además que de espaldas a
la vida y en un tiempo
suspendido, estaríamos a salvo.
Supuso que el camino no
encontraría obstáculos, o para
decirlo rápidamente, supuso que
para apaciguar a Jaimito
bastaría un poco de Platero y
Yo[4]. Usted estudie, yo sé por
que se lo digo (es decir, porque
se lo digo yo), ya va a ver
cuando sea grande. Y fue ahí que
aprendimos a salir, a desear
salir, aprendimos a crecer. Se
aprende a crecer a los tumbos y
en la escuela. O se aprendía
eso, digo.
Ahora bien, todos ustedes deben
recordar como esto fue en algún
momento impugnado. Todos ustedes
deben recordar como hubo de
haber un tiempo en que se empezó
a sospechar de la eficacia de
ese sitio anacrónico donde lo
que ocurría poco o nada tenía
que ver con la vida. La escuela
debe abrir las puertas a la
vida, la escuela debe dejar de
darle la espalda a la vida, la
escuela debe ser la vida misma.
Recuerdan seguramente estos
reclamos. Y hubo una vez que la
escuela abrió sus puertas y se
conectó con la famosa realidad
que supuestamente desconocía.
d- Lo que puede haber
Mi hipótesis entonces es que la
treta escolar de poner al
cachorro humano al abrigo del
tiempo no opera mas o si lo
hace, lo hace marginalmente. Mi
hipótesis es que habernos
desprendido del agobio, del
anacronismo, del carácter
mazmorrero de lo escolar, no
trajo consigo el mundo prometido
que nos esperaba a la salida. Mi
hipótesis es que la escuela se
ha quedado sin su afuera y si
algún nostálgico educador no
puede evitar mandar a su ex
Jaimito para afuera se
encontrará con un problema
difuso para encontrar lo que
poco tiempo atrás parecía ser un
límite. Y esto no quiere decir
que los maestros no enseñen y
los alumnos no aprendan. No se
trata por cierto de que en lugar
de la enseñanza lo que hay hoy
es asistencialismo y cuidado y
afecto y todo eso. No quiere
decir que no habrá mas escuelas.
Por el contrario, probablemente
haya cada vez mas escuelas, pero
otras. Otras escuelas, otros
intentos, otras tareas. Una de
ellas, ineludible, es
interrogarse sin temor, cuál es
el lugar de la salida escolar,
sin su afuera.
O, ¿en qué medida estas
escuelas, sustitutos de
instituciones de cuidado, que se
enorgullecen de que al fin le
hacen frente a la crisis tienen
poder para intervenir en la
batalla?. ¿En qué medida, digo,
las fuerzas de la reunión o lo
que termine por ser eficaz
frente a la dispersión, pueden
multiplicarse?. ¿En qué medida
estas escuelas enseñan el arte
necesario de la alteración, la
variación, el deseo
irrenunciable de hacer otra cosa
con lo que hay?. El problema que
tenemos es que si bien el
destino se hace día a día, sin
grandes pretensiones ni
megalomanías, el combustible de
lo humano no consiste en igualar
un estado sino en superarlo. El
núcleo duro de una educación, no
de la escuela, sino de la
educación, reside en la
metamorfosis.
Quizás la escuela o lo que de
ella quede en pie, encontrará
este sendero si consigue a su
vez, hacer diferencia con el
resto, es decir, si consigue
identificar su propio exterior.
Sólo si el afuera es diferente
del adentro, habrá algún tipo de
diálogo y deseo de enfrentar la
dispersión. Sólo si la escuela
no pierde de vista, la potencia
educativa del verbo diferir,
podrá ubicarse con vigor en la
batalla.
Entonces, más que anunciar fines
del mundo, cataclismos y otras
versiones de lo catastrófico,
conviene trabajar, una vez mas,
en la elucidación del estado de
la batalla. Crisis no es que se
han impuesto, para siempre, las
fuerzas de la desligazón. Si
esto ocurriera estaríamos frente
a la disolución total. Esto es
lo que el pensamiento
conservador escatológico y
protopsicótico gusta de ofrecer.
Son lo que anuncian que estamos
siempre al borde de la
disolución. En argentina hay
mucho de esto, por derecha o por
izquierda. Una especie de
chantaje asociado a otro, que
dice que se acabaron las recetas
mágicas. Que, como dicen los
economistas -los nuevos
propagadores de la resignación y
el abandono de la batalla-
Argentina tiene que aceptar las
reglas del juego y que las cosas
son como son. Si la tarea
consiste en aceptar las cosas
tal como son, la escuela pasará,
como tantas otras máquinas, al
desván de las antiguedades.
¿Por qué?
Porque no hay escuela, no hay
educación, no hay cultura, sin
la supuesta pero fecunda certeza
de que las cosas pueden ser de
otro modo. Y no hay escuela, ni
educación, ni cultura, si los
pedagogos no nos esforzamos, una
y cada vez, en que el mundo en
que vivimos tome nota de esta
certeza. Porque es y ha sido
esta certeza la que ha batallado
una y cada vez, en uno y en cada
lugar, contra eso que ya no cabe
en la palabra crisis.
[1]
Houellebecq, Michel. Ampliación
del campo de batalla. Anagrama,.
Barcelona, 1999.
[2] Sennett, Richard. La
Corrosión del carácter.
Anagrama, Barcelona, 2000.
[3] El Historiador Pablo Pineau
puede venir en nuestra ayuda: El
mismo sistema de relevos y
transformaciones que une la
mazmorra con la cárcel moderna
une al monasterio con la
escuela. En ambos casos, el
espacio educativo se construye a
partir de su cerrazón y
separación tajante del espacio
mundano, separación que se
justifica en una función de
conservación del saber validado
de la época, y que emparenta a
ambas instituciones a su vez con
el templo antiguo. La escuela se
convierte en la caja donde se
conserva algo positivo de los
ataques del exterior negativo.
En Pineau, P; Inés Dussel;
Marcelo Carusso. La Escuela como
máquina de educar. Paidós.
Bs.As., :2001.
[4] El Filósofo alemán nos
advierte que la idea humanista
que suponía ligar la adecuada
lectura al amansamiento está
agotada. Sloterdijk, Peter
(2000) Regras para o parque
humano. Uma resposta á carta de
Heidegger sobre o humanismo. Sao
Paulo. Estaçao Libertade.
Gentileza:: Agustín Cardini [acardini83@hotmail.com]
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