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Desfiles escolares, ¿Es este el
verdadero patriotismo?, por
Wilfredo Ardito Vega.- 18/07/05
 
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Desfiles escolares, ¿Es este el
verdadero patriotismo?, por
Wilfredo Ardito Vega
Wilfredo Ardito Vega
Hace unos años, comenzaba en
Iquitos el desfile escolar por
Fiestas Patrias, cuando se
desató una lluvia torrencial.
Con un poco de sentido común y
de humanidad, el desfile habría
sido suspendido, pero en este
caso, miles de escolares fueron
obligados a marchar varias horas
bajo la lluvia. No fueron pocos
los que terminaron enfermos.
Este hecho absurdo nos
manifiesta los excesos a los que
se pueden llegar quienes creen
que la mejor forma que niños y
adolescentes rindan homenaje a
su país es desfilando
marcialmente en la vía pública.
El aniversario de la
Independencia no es la única
ocasión que genera estas
prácticas. En Cajamarca, semanas
atrás pude ver a algunos
profesores compasivos alcanzar
agua a unas alumnas a punto de
desmayarse. Se trataba de las
delegaciones de la policía
escolar, obligadas a estar de
pie cinco horas bajo el sol para
desfilar ante las autoridades…,
que llegaron más de dos horas
después de lo previsto. En
Trujillo, la semana pasada, el
Gobierno Regional dispuso que
centenares de niños
permanecieran de pie más de seis
horas, para rendir homenaje a
quienes intervinieron en la
revolución aprista de 1932.
Este año, el Ministerio de
Educación ha emitido un
comunicado señalando que no
avala los desfiles escolares, y
que mas bien recomienda que se
usen efectivamente las horas de
clase, pero desde San Isidro
hasta Puerto Maldonado, las
autoridades locales desoyen este
llamado a la cordura. Sin
embargo, no se trata solamente
del tiempo que se invierte en
los ensayos (150 horas según los
estudios del propio Ministerio),
sino los desfiles escolares en
sí mismos adolecen de varias
concepciones cuestionables.
La obsesión por el "porte
marcial" y la "gallardía"
termina generando que los niños
más gordos, bajos de estatura,
discapacitados o con problemas
de coordinación sean percibidos
como un problema por maestros y
directores. Los atributos
físicos como la estatura (y
muchas veces el color de la
piel) determinan quienes
desfilan primero o portan la
bandera. Esta priorización en
elementos externos olvida que un
buen ciudadano es quien en su
vida cotidiana actúa con
rectitud, aunque no desfile con
gallardía.
Los partidarios de los desfiles
escolares suelen argumentar que
enseñan a los alumnos a actuar
con disciplina. Según esta
percepción, una persona
disciplinada es quien aprende a
cumplir con una acción que uno
no desea, bajo la amenaza de una
sanción. Una concepción más
madura de disciplina, en cambio,
implicaría aprender a seguir
imperativos morales en la vida
cotidiana, partiendo de los
propios valores y no del temor.
Personalmente, tengo además
serias dudas sobre si es
conveniente el estilo marcial de
los desfiles escolares. En el
Perú, como en casi toda América
Latina, las principales víctimas
de los ejércitos han sido los
ciudadanos del propio país.
Aquí, donde siguen libres la
abrumadora mayoría de militares
que asesinaron u ordenaron
asesinar a millares de sus
compatriotas indefensos, no me
llenaría de tanto orgullo imitar
a los militares en un desfile. "Desmarcializar"
las actividades patrióticas
haría mucho bien para que los
alumnos conocieran otras
manifestaciones de civismo en su
vida cotidiana. Si alguien desea
ejemplos pongamos al pueblo de
Tambogrande en su lucha contra
la empresa Manhattan, a la
señora Elsa McKee y su valeroso
trabajo por defender el Parque
Castilla de Lince y tantos
anónimos Jueces de Paz que
administran justicia en las
condiciones más precarias.
Siento el mayor respeto hacia
las manifestaciones externas de
patriotismo, como el canto del
himno o la procesión de la
bandera. He cantado el himno del
Perú (y de Huaraz, Chachapoyas,
Huancayo, Arequipa y otras
muchas ciudades) en innumerables
actos oficiales y realmente
resulta emocionante, desde la
primera vez, en un encuentro de
comunidades yaguas. Me ha
conmovido siempre que los más
pobres, los más olvidados por
las autoridades sean quienes
cantan con más fervor. Sin
embargo, el valor de estos
rituales externos no está en sí
mismos, sino en cuanto nos
ayudan a tener una mejor
conducta como ciudadanos.
La verdadera devoción por la
patria consiste en procurar ser
mejores ciudadanos y en ese
sentido, todos los peruanos
deberíamos reconocer que podemos
hacer mucho más. Por eso, julio
no sólo debería ser un mes de
rituales externos, sino una
oportunidad para hacernos
algunas preguntas: ¿Le pago a mi
empleada doméstica lo justo
(gratificación de este mes
incluida, claro está)? ¿Saludo a
los vigilantes cuando camino por
la calle o paso ante ellos como
si fueran un árbol más que se
moja con la llovizna invernal?
¿Intento regatear lo máximo
posible al taxista o al cobrador
de combi?
Entre todos los peruanos,
aquellos que, sea por vivir en
Lima o en la costa, por tener
mejor educación o mejor posición
económica, gozamos de
oportunidades que nuestros
compatriotas jamás pudieron
disfrutar, deberíamos aprender
que nuestros privilegios son una
responsabilidad frente a los
demás. Si sobre esto se
reflexionara con los más jóvenes
en Fiestas Patrias, antes que
obligarlos a desfilar, nuestro
país sería mucho mejor.
Gentileza:: Ricardo
Alvarado [alvarado.ricardo@gmail.com]
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