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El amasijo
DE POMPEYA, CON AMOR
(Donde se habla del primer
inmigrante conocido)
Por: John Argerich
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Aquel quince de abril era una
fecha cualunque del largo
invierno escandinavo. Con días
oscuros y fríos, a pesar de que
teóricamente acababa de llegar
la primavera. Lo cual me
recuerda una frase popular. Que
aquí tenemos dos estaciones
solamente. El invierno y Malmö
Central. Soportando agua a
baldazos, como manda la
tradición. Y bajo la luz
tornasolada de un farol, los
muchachos sorbían lentamente su
último feca. Ni pensar en un
vinacho, con lo que cuesta.
Porque a nadie le queda margen
promediando el mes. Y habiéndose
agotado los temas deportivos,
empezaron a hablar de la gente.
Que Fulano, que Mengano, que
Perengano. Que la señora de
Perengano. Vidas conocidas hasta
el último renuncio, que es lo
jugoso. E inmerecedoras, a esta
altura, de ampliar su crónica. O
sea que siendo las diecinueve y
treinta minutos, hora de Europa
Central, nos habíamos quedado
sin tema para seguir charlando.
Pero como la creatividad es musa
legendaria del bocho nacional, a
uno se le prendió la Philips. En
el universo que son nuestras
vidas quedaba un misterio
profundo por resolver. El pelado
Fioravanti había llegado al país
en tiempos apostólicos. Y sin
embargo, nadie conocía bien las
causas. Circunstancia apta para
generar comentarios muy
dispares, que en su momento hizo
a algunos cumpas mirarlo de
refilón.
-¿Será un cana? -preguntaban
sottovoce.
Pero con el tiempo se vió que
no. Solidario con la guitarra,
cada vez que había partido de
fóbal. Así que ahora las dudas
eran de pura curiosidad.
-Yo creo que ese ñato debe haber
desertado de la fragata
"Sarmiento" en alguna vuelta al
mundo antiguo -comentaron dos
toñas que le reconocían estatus
de fundador
-O capaz que vino a Suecia de
polizón, con los vikingos...
-dijo otro historiador de
nuestro entorno social.
-Para mí que es un marciano,
llegado en algún asteroide sin
rumbo fijo -propuso como
alternativa Pepita Flores- De
esos que andan yirando por el
espacio exterior, y cada tanto
se vienen en banda, haciéndole
un buraco al mapamundis.
Y todos pararon la oreja para
escuchar sus opiniones, porque
aquella naifa era un valor en la
escasa intelectualidad del
exilio. Dicho sea sin despreciar
lo presente. Alumna aventajada
de astronomía en el claustro
lunditano. Pero lo más
impresionante de su personalidad
era que estaba para meterle
cinco golazos en el primer
tiempo. "Un bocato di cardinale",
hubiera dicho mi primo el cura,
soslayando esos votos que lo
tenían a mal traer. Merecido
elogio para un churro que nos
hacía saltar en una pata, por la
tensión arterial. Siempre con
tacos altos, minifalda roja, y
suetercito blanco ajustado al
cuerpo, que espoleaba la
imaginación. ¿Para qué seguir?
La concurrencia quedó tan
prisionera con los detalles de
aquella topografía, que poco
importaba su opinión técnica.
Razón suficiente para acallar
toda crítica, aunque la tesis
propuesta fuera un globazo. Más
que nada porque el pelado
Fioravanti nunca pasó por Cabo
Cañaveral.
-¡Ay, mi Dió...! -dijo un
espectador, con aquel show en
vivo y en directo, que a pesar
del fresquete hacía transpirar.
Y vistas las circunstancias, el
ambiente estaba espeso. Porque
esa chirusa ponía en pie de
guerra al fiambre más tranqui de
Chacarita. Así que poco debe
sorprendernos el repentino
interés de los muchachos por los
misterios que encierra el
universo sin fin.
-¡Despaachate nomás, peebéta!
-dijo un cordobés, con pinta de
instruído, por las gafas- Ese
asunto me inteeresa che...
Todos lo miraron, tras el acto
de adhesión. Unos, pensativos.
Otros, por mirar nomás. Pero la
charla ya había tomado un rumbo
claramente definido.
-Pa' saber diánde salió el pelao
Fioravanti, lo mejor sería
preguntarle a él, digo yo -opinó
un morochón de buen diente, que
morfaba choripán- ¡No hay nada
peor que quedarse en ayunas,
vea!
Pepita nos miraba como
sobrándonos, mientras cruzaba
desafiante las de andar.
-Si, claro, pero como ya es
tarde me voy a casa -dijo,
después de mirar el reloj
La gente no sabía cómo hacerla
cambiar de idea. Pero gracias a
los contubernios y matufias que
se mandan las cadenas de ADN, en
este mundo no todos somos
tímidos. Así que un pelirrojo
medio panzón echó mano al
bolsillo, pelando su teléfono
celular, el "móvil", como dicen
aquí. Primero miró alrededor
para verificar los efectos de la
maniobra, siempre generadora de
prestigio. Y tras marcar un
numerito, siguieron palabras
amables para llegar al tema.
-Fioravanti, a la orden -dijo el
abonado.
-¿Sos vos, peladín?
-El mismo que morfa y chupa
-repuso aquel, con una facilidad
de dicción rara en Escandinavia.
-¿Venís de Buenos Aires, che?
-De Pompeya, con amor.
Habíamos encontrado al personaje
cuya vida privada nos daba tela
para seguir charlando un ratito
más.
-La barra siempre te tiene
presente, viejo...
-¿Quien habla, si se puede
saber?
El gordito dijo un nombre largo
que terminaba en "insky".
Entrerriano, seguramente.
-¡No jodás! Mi teléfono marca
que estás llamando del 040...
¿Vos también pusiste bulín en
Malmö?
-"Todo chobi que minaca va
cayendo al microwave", decía mi
tío Juan.
Otra expresión que desnuda la
influencia cultural del progreso
técnico.
-¡Al asador, cuenta el
proverbio! -dijo Fioravanti,
porque ya peinando canas, se
trabucaba con las innnovaciones.
Y como aquel colorado era medio
filósofo, agregó un pensamiento
profundo.
-¡Hasta chamuyamo distinto con
tanto cambio, porque la
tenología afeta el hablar!
-¡Bien dicho! -repuso el pelado,
tan a los gritos que lo oíamos
clarito.
Un porteño cien por cien. Pero
medio desconfiado el hombre,
porque nunca se sabe a qué fato
raro puede deberse tanta
atención.
-Hace mucho no sabía nada de
ustedes... -dijo, como pensando
en voz alta- ¿Qué se te ofrece?
Y nuestro compañero de mesa se
quedó medio orsái con la
pregunta. O sea sintiéndose
chusma y medio, porque lo habían
chapado junando en la vida
ajena, sin otro ojepto que el
puro sport.
-Estoy con lo muchacho en el
feca, y todo piensan que sos el
decano de la colonia nacional
-dijo- Pero nadie sabe cómo
llegastes acá. ¡Contá un pomito
de tu vida, pa' entretenernos,
contá!
Y Fioravanti se animó a revelar
su secretazo. Total, tarde o
temprano aquí todo se sabe.
Porque somos pocos y nos
conocemos.
-Cuando yo era pibe, no morfaba
la sopa, che...
-Yo tampoco... ¿y diáhi?
-Mi vieja siempre me amenazaba
con que un diablo iba a llevarme
al infierno con boleto de ida,
solamente.
-Pero la cosa no puede haber
sido tan fulera, si al salir el
sol volvías al dolce far niente
de la vida privada.
-No, claro. Pero hay un detalle
que mamá nunca batió, y tuve que
aprender por experiencia...
-¡Largá el rollo, Fioravanti!
-De la última pesadilla, no iba
a despertarme más.
Pepita Flores se había puesto un
saco largo y miraba en silencio.
Churrasca, la pendeja. Pero
entendiendo que su tesis del
aerolito, no era rival para los
fatos que encierra la realidad.
Y de pronto se nos fue a todos
la sonrisa, y nos rajamos
mirando el suelo con los
recuerdos en el sótano del
hemisferio austral. Silbando
bajito, el que todavía recordaba
una canción. La historia del
pelado Fioravanti era como las
de tantos otros. La mía incluso,
para no contarles más.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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